MasukLa señora Hernando intentó hablar, pero su voz salió débil y temblorosa.
Antes de poder terminar, un fuerte ataque de tos la sacudió.
—¡Sam, llama a una ambulancia! —gritó Isabella.
Las manos de Samantha temblaban mientras buscaba su teléfono y marcaba a emergencias. El corazón de Isabella latía con fuerza mientras sostenía a su madre, intentando regular su respiración. Las lágrimas le ardían en los ojos.
Momentos después, el sonido de las sirenas rasgó la tranquila tarde. Los paramédicos entraron a toda prisa y levantaron a la señora Hernando en una camilla. Isabella no soltó su mano hasta el último instante, antes de seguir la camilla hasta la ambulancia.
En el hospital, el tiempo se volvió borroso. Isabella estaba sentada fuera de la sala de urgencias, aún con el chándal húmedo, las manos entrelazadas con fuerza. Samantha permanecía a su lado, en silencio pero firme.
Tras lo que pareció una eternidad, el médico salió con expresión grave.
—Sí —respondió Isabella enseguida, poniéndose de pie—. ¿Cómo está mi madre?
—Por ahora está estable —dijo él, quitándose las gafas—, pero su problema cardíaco ha empeorado. Ha estado sometida a mucho estrés. Cualquier sobresalto emocional podría ser peligroso. Tendremos que vigilarla de cerca durante los próximos días.
Las palabras golpearon a Isabella como un balde de agua helada. Sabía que su madre no estaba bien, pero no imaginaba que fuera tan grave.
Samantha le apretó la mano.
Isabella asintió apenas, aunque la culpa le oprimía el pecho.
Esa misma tarde, la señora Martez llegó con una canasta de frutas y el rostro lleno de preocupación. Isabella estaba sentada junto a la cama de su madre, observando el lento y constante subir y bajar de su pecho.
—Querida —dijo suavemente la señora Martez, posando una mano sobre su hombro—. Vine en cuanto me enteré.
—Gracias, tía Martez —murmuró Isabella con voz ronca y los ojos enrojecidos.
De la cama se oyó un débil susurro.
Isabella giró la cabeza de inmediato.
—Adeline —la saludó cálidamente la señora Martez—. ¿Cómo te sientes?
La señora Hernando volvió la cabeza y sonrió con debilidad.
—Me preocupé mucho cuando supe lo que pasó —respondió la otra, dejando la canasta sobre la mesita—. Necesitas descansar un tiempo.
La expresión de la señora Hernando se volvió pensativa. Tras una breve pausa, tomó la mano de su hija.
El ceño de Isabella se frunció.
Los dedos frágiles de su madre se cerraron con suavidad sobre los suyos.
—Mamá, por favor —la interrumpió Isabella, con la voz quebrada—. No digas eso.
La señora Hernando sonrió débilmente y le secó una lágrima. Lentamente se incorporó y tomó el rostro de su hija entre las manos temblorosas.
Las palabras le atravesaron el alma a Isabella. Se inclinó y abrazó a su madre con fuerza, llorando sin contenerse.
La señora Hernando le acarició el cabello con ternura.
—Mamá… —susurró Isabella, entre el dolor y la incredulidad.
Su madre le apretó la mano con suavidad.
Durante un largo momento, el único sonido en la habitación fue el pitido constante del monitor cardíaco. Isabella bajó la mirada, dejando que las palabras resonaran en su mente.
Considéralo mi deseo.
—Bella, ¿no sientes compasión por tu madre? —añadió la señora Martez con delicadeza—. Sólo quiere verte casada antes de que sea demasiado tarde para asistir a tu boda.
Isabella se mordió el labio, con un nudo en la garganta.
—¿Miguel sabe algo de esto? —preguntó por fin.
—No te preocupes —respondió la señora Martez con una sonrisa tranquilizadora—. Hablaré con él.
Isabella suspiró lentamente.
Luego se volvió hacia su madre, forzando una leve sonrisa.
Los ojos de su madre se iluminaron con alivio. La señora Martez también sonrió, y la tensión en la habitación se disipó poco a poco.
Las tres compartieron una breve risa, frágil pero sincera. Por primera vez en todo el día, el aire se sintió más ligero.
Cuando la visita terminó, Isabella acompañó a la señora Martez hasta el vestíbulo del hospital y esperó hasta que el coche desapareció a la vuelta de la esquina.
Diez años… apenas recuerdo cómo es el rostro de Miguel. Pero si esto hace feliz a mamá… tal vez eso sea suficiente.
Por Dios, parecía que cada hueso del cuerpo de Adeline se estuviera desgarrando uno por uno. El dolor era abrumador, insoportable en todo sentido de la palabra.Jason no dejaba de consolar a su esposa. Cuando finalmente llegó el momento y el bebé de Adeline estaba listo para nacer, el doctor entró para asistir en el parto. Jason permaneció a su lado, incapaz de apartar la vista. Su corazón se apretaba dolorosamente al ver a su esposa sufrir así. Cada grito que escapaba de los labios de Adeline hacía que los pelos del cuello de Jason se erizaran.—Jason… ya no soporto el dolor —lloró Adeline, con la voz temblorosa y cargada de lágrimas que corrían por su rostro. Jason le secaba suavemente las lágrimas una y otra vez.&md
Al escuchar el grito de Adeline, Odette se quedó paralizada. Sus ojos se abrieron de par en par y todo su cuerpo temblaba, como si pudiera sentir el dolor que su mejor amiga estaba soportando. Andrew notó de inmediato lo pálida y tensa que se había puesto su esposa.Odette estaba completamente aterrorizada.Maximilian se disculpó y se apresuró a entrar para revisar a Adeline.Dios… ¿será realmente tan doloroso? —susurró Odette en silencio en su corazón.—Amor —llamó Andrew suavemente.—S-sí… —respondió Odette, con los labios temblorosos.Andrew sabía que e
—Maldita sea… me colgó —murmuró Odette con frustración—. Ugh, Adeline… ¿qué se supone que haga ahora? Estoy tan confundida.—¿Confundida sobre qué, cariño?La voz de Andrew surgió de repente justo al lado de la cama.Los ojos de Odette se abrieron de par en par. Su corazón casi le sale del pecho.—¡Andrew?! ¿N-no estabas en el baño? —balbuceó.Él levantó una ceja, claramente divertido, con una leve sonrisa en los labios.—Terminé más rápido de lo que pensaba —dijo con calma—. Entonces… &iques
Celine soltó una risa corta, burlona y aguda.—Señorita Selena —dijo con calma—, escúchame bien.—Sí, me gusta Jason. Pero hay algo que necesitas entender: Jason ama a Adeline más que a su propia vida.Sus ojos se dirigieron hacia Jason, al otro lado del salón de baile.—¿No viste lo aterrorizado que estaba hace un momento? ¿Sabes que Jason fue quien le donó un riñón a Adeline? ¿Sabes que una vez me pidió que fingiera ser su novia… por una sola razón? Para hacer que Adeline sintiera celos.Celine esbozó una leve sonrisa.—Hizo todo eso porque la ama.
Se escucharon carcajadas.—Estás bromeando —se burló Belva—.—No hay manera de que alguien como Jason te eligiera —añadió otra, con tono burlón.—¿Por qué iba a bromear sobre esto? —replicó Adeline con firmeza—. ¿Qué tiene de malo? Jason es mi esposo. Si no me creen, pregúntenle a Selena.Se giró hacia Selena con una sonrisa afilada y cargada de intención.—¿Verdad, Selena?Selena puso los ojos en blanco, claramente molesta.—Selena, ¿es cierto? —preguntó Belva—. ¿Jason e
Adeline sonrió felizmente.—¡Oye, por favor! —protestó Odette dramáticamente, fingiendo cubrirse los ojos—. ¡Aquí hay un niño!—¡Ay, cállate! —le respondió Adeline.Jason notó que Adeline seguía tragando saliva nerviosamente.Tomó un vaso, le sirvió un poco de agua y se lo entregó.—Bebe —dijo suavemente—. Siempre se te olvida hidratarte. Recuerda que ya has tenido problemas de riñón antes.—Perdón, se me olvidó —dijo Adeline en voz baja.Jason la ayudó a bebe







