เข้าสู่ระบบCAPÍTULO 5: Radiografía de una traición I
VALENTINA
Al cruzar las puertas de vidrio de Clean S.A., me encontré con la primera gran sorpresa: Laura, mi asistente y mano derecha, me confirmó lo que ya sospechaba. Mi flamante marido hacía dos días que no pisaba la oficina.
Desde hacía seis meses me había apartado del ritmo diario de trabajo para dedicarme al ciento por ciento a mi hogar, ilusionada con la idea de formar una familia que Miguel siempre se encargaba de posponer con excusas. La única empleada en la que realmente confiaba ciega y plenamente era en Laura. Ella había visto nacer este proyecto desde sus cimientos.
Me acerqué a su cubículo, con el rostro serio y la mirada decidida.
—Laura, tenemos que hablar —le dije en un susurro firme, sin darle margen a dudas—. Prefiero que lo hagamos en otro lugar. Vámonos a mi casa; estoy segura de que Miguel llegará muy tarde hoy, tal como lo ha estado haciendo en los últimos días.
Laura me observó con los ojos muy abiertos, notando la tensión palpable en cada uno de mis movimientos. Asintió en silencio, recogió sus cosas con rapidez y me siguió hacia el aparcamiento.
Cuando subimos a mi coche y eché a andar por avenida principal, Laura recién se atrevió a romper el silencio que nos venía asfixiando desde el cubículo.
—¿Por qué tanto misterio, Valentina? ¿Qué ha sucedido? —preguntó, con un temblor de genuina preocupación en la voz.
—Necesito que, más que nunca, me ayudes, Laura. Debemos auditar la empresa a fondo —le solté sin rodeos, girando el volante con firmeza—. Sospecho que nos están robando.
Laura se quedó petrificada en el asiento del copiloto, boquiabierta.
—¿Robando? —balbuceó, incrédula—. Valentina... ¿desconfías de tu propio marido?
No hizo falta que le dijera nada más. Mi silencio y la dureza de mi expresión respondieron por mí.
—Comencemos —añadí, aparcando frente a las puertas de mi casa y apagando el motor—. ¿Estás segura de que quieres que trabajemos aquí? ¿Y si Miguel sospecha algo?
—No lo hará —le aseguré, abriendo la puerta—. Está trabajando en la oficina hasta tarde todos los días.
Laura lo entendió todo al instante. No hizo más preguntas, y la verdad es que se lo agradecí. No estaba preparada para contarle los detalles de la escena patética que había presenciado en el restaurante: la silueta de Miguel, las caricias y la mujer embarazada restregándome en la cara la mentira de los últimos años. Lo que sí compartí con ella fue el bloqueo técnico: le conté que intenté ingresar a la cuenta bancaria de la empresa y que la contraseña había sido cambiada de forma unilateral, además de descubrir que nuestras cuentas compartidas con Miguel estaban casi en cero.
—Me encantaría decirte que no pasa nada, Valentina, pero todo indica que algo está sucediendo —murmuró Laura con los puños apretados mientras caminábamos hacia el despacho de la planta baja.
—Lo sé. Lo primero que debemos hacer es contactarnos con el banco —le indiqué, abriendo la laptop y conectando el disco de seguridad—. Tú tienes la firma registrada para trámites operativos, pero tenemos que ir más allá.
Una vez que llegamos a la casa, nos pusimos a trabajar sin perder tiempo. Revisamos los registros de llamadas, los correos corporativos y las actas con el contador de la empresa. Existe un dato clave que Miguel había pasado por alto en su soberbia: la empresa la había creado yo misma durante mi tesis en la universidad, mucho antes de contraer matrimonio. Al haberse gestado como un emprendimiento unipersonal previo a nuestra unión legal, el régimen de bienes dejaba claras excepciones corporativas, y no se necesitaba la firma de Miguel para bloquear temporalmente las cuentas o auditar los movimientos.
—Solo debo revocarle temporalmente el permiso de administración exclusiva a mi esposo —le dije a Laura, sintiendo una chispa de alivio recorrer mi columna—. Ya hablé con el área jurídica externa. En dos días nos entregarán los resultados preliminares de la auditoría. Quiero enterarme absolutamente de todo lo sucedido en los últimos seis meses.
Y vaya que comencé a enterarme.
Con la tablet en las manos y los ojos fijos en los reportes de ventas que Laura sacó de los archivos del servidor, mi secretaria comenzó a desgranar una lista de tropiezos y decisiones absurdas que casi me hacen desmayar.
—Perdimos uno de los clientes más importantes del sector hotelero, Valentina —me confesó Laura con la voz rota de la frustración, bajando la mirada—. Una cuenta de oro que nos dejaba el mayor margen de ganancia mensual.
—¿Cómo? ¿Por qué no me enteré? ¡Yo revisaba cada trimestre los convenios claves! —me reproché a mí misma, golpeando suavemente la superficie del escritorio con la palma de la mano. ¿Cómo fui tan ciega? ¿Cómo permití que mi ausencia temporal se convirtiera en un cheque en blanco para su ineptitud?
Pero lo peor, el golpe más bajo y doloroso de la tarde, llegó casi al final, cuando Laura me miró con una mezcla de lástima e incomodidad que me heló la sangre.
—Esa no es la peor parte, Valentina... —susurró Laura, tragando saliva con dificultad—. En la oficina, desde hace meses... todos pensábamos que estabas retirada por tu inminente embarazo. Miguel se encargó de esparcir ese rumor entre los proveedores y los empleados de confianza.
Me quedé en completo silencio. El aire pareció desaparecer de la habitación.
—¿Qué? —logré articular, sintiendo que la rabia se acumulaba en mi garganta en forma de nudo asfixiante.
—Sí... Decía que estabas en reposo absoluto por complicaciones y que por eso él debía asumir el control total de las finanzas y de la representación legal —continuó Laura, agachando la cabeza—. Por eso nadie sospechó nada cuando comenzó a apartar al personal antiguo y a mover el dinero a cuentas de terceros. Todos creían que era por una buena causa familiar.
Un temblor de pura indignación me sacudió de pies a cabeza. Usar la ilusión más grande de mi vida, ese anhelo profundo y constante de convertirme en madre que él mismo se había dedicado a pisotear y postergar, como una simple excusa barata y manipuladora para justificar sus movimientos financieros a mis espaldas...
—No estoy embarazada, Laura —le dije con la voz gélida, directa, clavando mis ojos en los suyos para que entendiera la magnitud de la farsa—. Aunque me hubiera encantado estarlo... la realidad es que ese hijo que él espera no es mío, sino de otra mujer.
Laura abrió los ojos de par en par, llevándose las manos a la boca en un gesto de espanto absoluto.
CAPÍTULO 73: Un juego canceladoLUCAS—No, no, no. Lucas, escúchame bien —murmuró, moviendo las manos con una desesperación contenida, señalando frenéticamente hacia el pasillo—. Ni se te ocurra mover un solo músculo. Pidiéndote, exigiéndote que no abras esa puerta por nada del mundo.La observé con una mezcla de fascinación y absoluta diversión. Su cabello seguía ligeramente alborotado por la noche de tragos, y el contraste entre su ropa de diseñador arrugada y su evidente pánico fraternal resultaba extrañamente adorable.—Valentina, tranquila, respira —le respondí, manteniendo mi tono de voz normal, lo que provocó que ella me lanzara una mirada fulminante y me hiciera un gesto universal con el dedo índice sobre los labios para que me callara—. Somos grandes. Los dos somos adultos con vidas independientes. Tu hermano no es tu tutor legal. Solo dile la verdad: que tuviste un problema ayer por la noche, que el sistema de seguridad bloqueó tu cerradura y que, como cualquier persona sens
CAPÍTULO 72: Resaca, bloqueos y el reloj implacableVALENTINAEstoy soñando plácidamente. No logro distinguir con exactitud los detalles del paisaje que me rodea, pero la brisa es cálida y hay una sensación de ligereza en mi pecho que no había experimentado en años. Sé, con la certeza que solo los sueños otorgan, que es un momento inmensamente feliz. No hay demandas, no hay exmaridos resentidos, no hay holdings corporativos que salvar. Solo paz.Hasta que, de manera abrupta, una luz intensa y dorada se filtra a través de mis párpados cerrados, apuñalando mis retinas y dejándome virtualmente ciega.Abro los ojos de repente, soltando un quejido ronco mientras levanto una mano para protegerme del sol inclemente. Mi cabeza palpita al ritmo de un tambor tribal, un latido sordo y constante justo detrás de mis sienes. Parpadeo varias veces, intentando que mis ojos se adapten a la luminosidad de la habitación.Dejo caer la mano sobre el colchón y mis dedos se hunden en unas sábanas de algodón
CAPÍTULO 71: La llave equivocada y puertas que se abrenLUCASSabía perfectamente que Valentina no estaba en su departamento porque, durante las últimas horas, no se había escuchado absolutamente nada del otro lado de la pared. Había agudizado el oído en más de una ocasión, buscando el sonido familiar de sus tacones o el murmullo de la televisión, pero el silencio era total. Pasaba de la medianoche cuando lo escuché.Primero fue un ruido sordo, como si alguien hubiera tropezado contra la pared. Luego, sentí unos pasos muy pesados arrastrándose por la alfombra del pasillo exterior, seguidos por el inconfundible tintineo metálico de un manojo de llaves cayendo al suelo y una serie de maldiciones ahogadas.No lo pude evitar. Le puse pausa a la película, dejé la copa sobre la mesa de centro y me acerqué a la entrada. Salí a mirar de qué se trataba.Era Valentina.Estaba de pie frente a la puerta de su departamento, tenía el cabello ligeramente revuelto cayéndole sobre el rostro y sostení
CAPÍTULO 70: Neón, tequila y la memoria del corazónVALENTINAAún no entiendo, por más que le doy vueltas en mi cabeza nublada, cómo me dejé convencer por Laura de venir a este lugar.El bajo de la música electrónica rebotaba contra las paredes forradas en terciopelo oscuro y vibraba directamente en mi pecho, amenazando con desarmar el poco equilibrio emocional que me quedaba. Las luces de neón parpadeaban en tonos púrpuras y azules, cortando la oscuridad del local y revelando una multitud de cuerpos que se movían al unísono. El aire olía a perfume caro, a sudor y a ginebra derramada.Yo estaba sentada en un taburete alto junto a la barra. Hace mucho tiempo que no venía a un bar de este estilo. De hecho, si soy completamente honesta, creo que nunca fui de las que venían a bares. —¡No pongas esa cara de funeral, Valentina! —gritó Laura por encima de la música, inclinándose sobre la barra para hacerse escuchar. Llevaba el cabello suelto, los labios pintados de un rojo intenso y una ene
CAPÍTULO 69: Algunas mujeres son difíciles de convencerLUCASLa puerta de mi despacho se cerró con un chasquido seco, resonando como un eco hueco en la inmensidad de la habitación. Marcela no me dio tiempo a réplica. Sus tacones se alejaron por el pasillo con esa cadencia militar y precisa que la caracterizaba, dejándome a solas con el peso de sus acusaciones flotando en el aire denso de la tarde.Me recosté lentamente en el respaldo de cuero de mi sillón, exhalando un suspiro que me quemó la garganta. Pasé ambas manos por mi rostro, frotándome los ojos hasta ver destellos de luz.Las palabras de Marcela habían sido certeras. Aún podía visualizar la escena con una claridad pasmosa: nuestro antiguo departamento sumido en el caos de las maletas a medio hacer, sus ojos oscuros inyectados en furia y lágrimas de frustración que se negaba a derramar. Recuerdo perfectamente cómo me señaló con el dedo tembloroso desde el umbral de la puerta y juró, con una voz cargada de un veneno puramente
CAPÍTULO 68: Cuentas pendientesLUCAS—He revisado minuciosamente las declaraciones juradas, los registros de la propiedad, las cuentas bancarias y hasta los bienes a nombre de terceros —comenzó a decir Marcela, con esa voz pausada y analítica que siempre utilizaba para diseccionar un caso—. Y te lo digo con total franqueza, Lucas: este hombre es un fantasma financiero. Miguel Argüello está en la más absoluta y completa bancarrota.Solté un suspiro cansado y me acomodé en el asiento, cruzando los brazos sobre el pecho.—No me sorprende en lo más mínimo —le respondí, recordando la expresión de derrota absoluta en el rostro de Miguel cuando firmó el acuerdo de divorcio—. Intentó vaciar las cuentas de Clean S.A. antes de que Valentina lo descubriera, y cuando ella le cortó el acceso a los fondos del holding Valente, se quedó sin margen de maniobra. Marcela asintió lentamente, pasando una página del expediente con su dedo índice, perfectamente manicurado.—Lo que intento decirte, Lucas,







