LOGINDaisuke llegó a casa de sus padres cerca de las 4:30 de la madrugada. Todo estaba en absoluto silencio. Se adentró procurando avanzar hasta su habitación en silencio y sin encender luz alguna. Cerró la puerta detrás de sí, se desnudó y se tumbó sobre la cama completamente extenuado. Suspiró. Recordó aquel extraño encuentro con el sujeto que, tras tropezar y caer al suelo junto con él, le prestó aquel paraguas rojo: Satō Hikaru…
Cerró sus ojos. Podía verlo en su mente… aquellas finas facciones en su rostro; esos expresivos ojos marrones, que lucían tonalidades naranjas por las luces a su alrededor; el cabello oscuro empapado por completo, y pegado a su rostro; su blanca piel aterciopelada… Trató de obligarse a dormir, intentó concentrarse en que sólo trabajaría en el bar de Hiroshi-san durante unas semanas, porque tendría que volver a la universidad y continuar con sus estudios de arte…
Recordó la fuerte discusión que tuvo con su padre al avisarle qué estudiaría, y dónde. “¡Esa es una carrera para chicas, y en una universidad para chicas!”, le gritó su padre completamente molesto, no había pasado mucho tiempo desde que él había ido personalmente a decirle a sus padres que era gay; había tenido miedo de hacerlo, pero su hermana menor, Kaori, de dieciocho años, había estado ahí para apoyarlo todo el tiempo. Su madre lo imaginaba, pero cuando su padre estalló en reclamos y gritos permaneció en absoluto silencio. Corría con suerte, su padre no lo había echado de casa, sólo tenía estrictamente prohibido llegar a casa con “alguien”… volvió a sentir escalofríos de recordarlo todo.
Aquel miedo que sentía de enfrentar a su padre y revelarle su homosexualidad le había llevado a sostener relaciones pasajeras y peligrosas a escondidas de su familia. Y el hecho de tener que esconderse ante los demás por el “bien del apellido Hirano”, le hacía frecuentar bares de Nichō y tener amoríos de una noche sin revelar sus datos verdaderos; por un lado lo sentía excitante y divertido, pero por otro lado, no se sentía completamente libre.
Decidió mudarse de la casa de sus padres a un apartamento de Yoyogi, por la cercanía a la universidad, y para tener privacidad; después de todo, la posición económica de su familia era ventajosa en ese sentido, ya que su padre había preferido pagar la universidad y la renta de un apartamento a tener a su hijo homosexual en casa, “poniendo en riesgo el nombre de su familia”. De pronto se sintió completamente desfallecido…
Le despertó el escuchar el tono de su móvil, talló sus ojos con insistencia y estiró sus brazos aún con flojera. Se incorporó con lentitud, tomó aquel aparato y respondió la llamada.
— ¿Sí? —dijo desganado.
— ¿Dai? —Se escuchó la voz de Ryū al otro lado de la línea—. Soy yo, lamento despertarte tan temprano, pero quería saber si podías avisarle a Masutā que hoy llegaré a las ocho, porque la consulta con el dentista es a las seis y no me dará tiempo de estar ahí antes.
—Sí, no hay problema, Ryū; yo le digo que llegas a las ocho —dijo Daisuke mirando la hora en el pequeño reloj despertador que se encontraba en la mesilla de noche, junto a su cama.
—Gracias, Dai. Nos vemos ahí, entonces.
—Vale, nos vemos a las ocho.
Cortó la llamada. Eran las ocho y cuarto de la mañana, a esas horas seguro su padre ya se habría ido a trabajar, y su madre debía estar en la cocina experimentando alguna receta. Dudaba que su hermana estuviera en casa, tal vez ya debía haberse ido a la escuela. Se levantó aún con pereza, y se dispuso a ducharse. Tomó su toalla y su ropa del armario, y se introdujo al cuarto de baño para darse una ducha rápida con agua fría para quitarse el exceso de flojera.
Salió de su alcoba; corrió a la cocina para saludar a su madre, de paso para avisarle que algunos días iría a dormir ahí por la cercanía con el trabajo.
— ¡Daisuke! —exclamó su madre el verle ingresar a la cocina—, tu padre me dijo que habías llegado casi a las cinco, ¿no necesitas dormir más, hijo?
—No, estoy bien, mamá; gracias. Espero no haber causado molestias —dijo el chico sentándose en una de las lujosas sillas del comedor de su familia.
—Para nada, hijo; esta es también tu casa, a veces me gustaría que estuvieras más por aquí. Sobre todo porque, bueno, sales de trabajar ya muy tarde.
—Sólo serán algunos días a la semana, mamá. Ya en dos meses entro a estudiar, y no tendré mucho tiempo para andar por aquí, ni por Kabukichō.
— ¿Trabajas en Kabukichō?
—Así es, en un pequeño bar; es bastante agradable, y parece que tiene su buena cantidad de clientes frecuentes.
— ¿Cerca de Nichō? —preguntó su madre con una ligera molestia en su voz.
—Más o menos, aunque como yo soy asistente del dueño, me dedico más a preparar tragos, que a servir a la clientela —explicó adelantándose al tema que quería tocar su madre.
—Daisuke… —musitó preocupada—; hijo, desearía que no te metieras en problemas, de ser posible.
—Mamá, no busco meterme en problemas, ¿sabes? —dijo Daisuke mirando hacia la mesa que tenía enfrente.
—No es fácil con tu padre, él es un hombre muy conservador, hijo…
—Lo sé, mamá. Sé que él preferiría que yo fuera otra persona, pero no puedo ser alguien más, y no puedo cambiar mis preferencias sólo porque él esté incómodo, lo siento —respondió con firmeza el chico.
—Entiendo… Sólo, no traigas “gente” aquí, ¿quieres? —suplicó su madre.
—Lo sé, no lo haría.
—Tu hermana hace muchas preguntas y comentarios respecto al tema, ha tenido varias confrontaciones con tu padre…
—No sabía.
—Ella tiene sus propias ideas, y las defiende; por un lado eso me gusta, pero por otro me asustan los conflictos y discusiones que se arman en casa —relató la mujer colocando una taza llena de café caliente, sobre la mesa, enfrente de su hijo—. Por supuesto que me gustaría que mis dos hijos estuvieran en casa hasta casarse… —dudó—, o hasta que hayan encontrado a alguien con quien compartir sus vidas, alguien que les valore y les trate como merecen.
—Yo lo sé, mamá —dijo Daisuke con ligera sonrisa, levantando aquella taza y soplando hacia aquel líquido para enfriarlo—. Yo también te amo, mamá, y sé que Kaori también lo hace.
—Quiero que pruebes esto, y me digas, qué tal está —dijo colocando sobre la mesa un platón con varias piezas de pan de diferentes tamaños y apariencias.
— ¿Otra vez experimento de recetas que viste en internet? —cuestionó Daisuke tomando una de aquellas piezas para llevársela a la boca y probarla. Su madre asintió entusiasmada, sin dejar de analizar cada una de sus expresiones, aguardando pacientemente a que su hijo respondiera—. Está bueno, muy bueno, sólo algo duro... —dijo mordisqueando de nuevo aquel trozo de pan.
Su madre sonrió, asintió de nuevo, y volvió a acercarse al mostrador de la cocina para hacer algunas anotaciones en la pequeña libreta que la mujer utilizaba como recetario. Daisuke se limitó a beber café y comer panecillos sin dejar de observar a su madre moverse de un lado a otro juntando ingredientes.
—Por cierto, Daisuke; ¿aquel paraguas rojo, de quién es? —cuestionó la mujer sin dejar de trabajar.
—Alguien del trabajo me lo prestó, mamá. Hoy voy a devolverlo —respondió levantándose de la silla para tomar la taza vacía y el platón con algunos panecillos encima para llevarlos a alguno de los mostradores.
—Ya veo… —musitó—. Deja el platón sobre la mesa, Daisuke; la taza dámela, yo me encargo —dijo levantando la taza y llevándola a la tarja de la cocina—. Descansa un poco más y arréglate para ir a trabajar, ¿vendrás a dormir esta noche? —cuestionó la mujer mirando directamente al muchacho.
—No lo creo, es domingo; mañana no trabajo, así que iré a mi apartamento —respondió desinteresado.
— ¿Trabajas el martes? —preguntó curiosa.
—No recuerdo con exactitud qué días no trabajo, pero te avisaré después, lo prometo —dijo el chico desapareciendo en el pasillo, sin volver su vista atrás.
La mujer le vio desvanecerse entre la oscuridad del amplio pasillo que conducía a las escaleras. Suspiró.
Su nuevo apartamento era un lugar más bien pequeño; en el que, en realidad, no cabía más que un sillón de dos plazas; su cama, arrinconada contra uno de los muros; una pequeña mesa, que la haría de escritorio también, y el amplio librero que solía llenar de libros, materiales, discos y películas. El resto de los muebles que solía tener su familia decidió guardarlos para cuando el muchacho decidiera mudarse a algún lugar más amplio.Caminó hasta la ventana y se asomó para ver a la gente en el exterior ir y venir, como si quisiera hipnotizarse con aquello. Suspiró de forma ruidosa. Caminó hasta la mesa y colocó una hoja sobre la misma, buscó un bolígrafo, y comenzó a escribir aquella carta de despedida que Ryū le hubiera animado a escribir. Observó aquel bolígrafo en su mano, y desviaba su mirada hacia aquella ho
Comenzó a retomar sus actividades poco a poco; primero la universidad, ya que sólo había perdido unas cuantas semanas de estudios al final del verano, y debía ponerse al día. Había días en los que le costaba trabajo desde levantarse; días en los que permanecer en silencio, recordando a Hikaru, y las noches llorándole, iban disminuyendo conforme las semanas fueron transcurriendo. La llegada del invierno fue como dar pasos hacia atrás en el estado de ánimo del muchacho, haciendo que sólo saliera del apartamento para ir a la universidad o al trabajo, lloraba y maldecía a menudo, y recibir visitas era algo que le sacaba de ese estado por unas cuantas horas.Volver a trabajar en el Mitsu no aka fue lo que logró reanimarlo, la convivencia con Rai, Ren y Ryū lograba sacarlo de aquella monotonía en la que se había sumido cuando comenzó a salir del apartament
Daisuke no podía determinar qué era peor, el hecho de ir enterándose de a poco de todas las cosas que Hikaru había estado haciendo incluso cuando se suponía que estaban juntos; o el hecho de saber que no podía volver a ver su rostro de nuevo, a besar aquella blanca piel aterciopelada a la que también sus manos se sentían atraídas de forma poderosa. Tembló de nuevo, sintiendo aquellas terribles ganas de llorar que le invadían bastante seguido en las últimas dos semanas. Casi no había salido del apartamento en el que vivieran juntos durante poco más de un año; tiempo en el que compartieron alegrías y lágrimas, en el que así como discutían se amaron con intensidad…Se encogió sobre la cama abrazando sus piernas, sin poder evitar que el llanto se apoderara de él por completo.— ¿Por qué?... &mdas
Llegó al departamento de Daisuke cerca de las cuatro de la tarde; lucía desaliñado y agotado, pero tenía que habar con el muchacho; tenía que convencerlo de ir a ver a su amigo al hospital, quizás así Hikaru hiciera un esfuerzo extra por reaccionar. Se detuvo un par de minutos frente a la puerta sin decidirse a tocar el timbre, talló su rostro con ambas manos hasta escuchar la voz de una mujer detrás de él.— ¿Se le ofrece algo?—Buenas tardes —saludó realizando una ligera reverencia—; estoy aquí para ver a Hirano-kun —explicó—. Es importante.— ¿Con Daisuke? —Preguntó la mujer sorprendida—, ¿y él no está?—No lo sé, no me he asegurado de ello —admitió nervioso.La mujer se acercó para dar un par de golpesillos sobre la puerta. El m
Ryū esperó un par de días para llamar a la madre de Daisuke, y explicarle lo que había sucedido; sabía a la perfección que su amigo no le avisaría a su familia, por temor a que lo juzgaran; tenía que ser claro con la señora, lo último que quería era ver a su amigo herido también por su familia. Se aseguró de hacer llegar las cosas de Hikaru a Higa Hayato junto con Yū, era preciso hacerlo para evitar que el chico tuviera que ir por sus cosas y volvieran a verse las caras.— ¿Estás seguro que sólo con esto basta? —le preguntó Yū.—No hay mucho más que podamos hacer por ahora; sólo estar ahí para Dai —le dijo esbozando una ligera sonrisa—. No podemos armar un pleito donde Daisuke ya pidió distancia.Yū asintió molesto.—Mayu está con él casi todo el tiempo desde ay
El último día en Fujisawa y Enoshima recorrieron un poco más de la isla, y por la tarde nadaron en el mar un poco. No querían quemarse demasiado bajo el sol; por lo que se dedicaron a recorrer más lugares bajo techo que al aire libre.Volvieron a Tokio pasadas las seis de la tarde, había sido un viaje que habían disfrutado, y que le confirmaba a Hikaru que su amante quería estar a su lado, y eso le llenaba de felicidad. Sabía que las siguientes semanas se les complicarían por la universidad y las consultas médicas de Daisuke, a las que él no tenía tiempo para acompañarlo, ya que debía presentar exámenes; y, de alguna forma, era volver de a poco a esa rutina que habían podido mantener durante el otoño y parte del invierno.Tenía demasiadas cosas que solucionar, y debía ir haciéndolo antes de que todos sus “problemitas&r







