FAZER LOGINRodolfo llenó su copa de vino, la levantó y exclamó radiante:
—¡Vamos, brindemos por nuestro querido Maison y por su regreso a la buena vida!
Los amigos del círculo universitario no entendieron muy bien por qué había usado la palabra "regreso", pero brindaron de todos modos en señal de apoyo. Corría el rumor de que esta vez Maison traía de vuelta el foco industrial del Grupo Thorne a Cábralia. Siempre que lograran quedar bien con él y estrechar lazos, ¿qué motivo habría para no aprovechar las oportunidades que pudieran surgir?
El protagonista de la velada estaba sentado en un rincón del sofá, sosteniendo una copa de vino entre sus dedos largos y finos. Al escuchar el alboroto, asintió levemente con la cabeza con una expresión que no invitaba precisamente a la alegría. Acto seguido, todas las miradas se desplazaron hacia Catarina Viana, que estaba de pie a su lado.
Esa señorita era considerada el verdadero amor de Maison. De no haberse visto enredado con una mujer que intentó seducirle, Catarina habría sido la legítima esposa de la familia Thorne. Una historia bastante triste. Maison nació con todas las comodidades del mundo y había llevado una vida tranquila durante sus primeros veinte años; su único error había sido aquella mujer.
Aún lo recordaban bien. A primera hora de la mañana, un grupo de periodistas se presentó en el último piso del Hotel Marriott y, en cuanto abrieron la puerta, fotografiaron a Maison durmiendo junto a una mujer desconocida. Aquello le puso en una situación muy comprometida. Si no daba explicaciones, quedaría como sospechoso de conducta inapropiada y las acciones de la empresa se desplomarían. Maison, guiado por el pragmatismo de los negocios, se casó con aquella mujer y presentó el acta matrimonial.
El desprecio que sentía por ella quedaba en evidencia con esos ocho años en Estados Unidos; lo que no estaba tan claro era por qué había decidido volver ahora de manera tan repentina.
—Señorita Catarina, ¿le apetece tomar algo? —Un joven atrevido tomó la iniciativa. Como Maison estaba de mal humor, congraciarse con Catarina parecía la apuesta más segura.
—Claro —respondió Catarina con una sonrisa luminosa. Se sirvió una copa de vino tinto y la apuró de un solo trago. Al comprobar su simpatía, todos se agolparon a su alrededor para colmarla de halagos. Vestida con seda y detalles dorados, irradiaba perfección en cada gesto.
En un rincón de la sala, Rodolfo se sentó junto a Maison y le pinchó:
—¿El frío americano ha convertido tu cara en un cubo de hielo?
Su amigo había cambiado mucho. Antes era una máquina de hacer negocios sin fisuras; ahora lucía un semblante gélido y abiertamente hermético. Rodolfo sabía lo que ese "regreso" significaba realmente: en el extranjero, Maison no tenía empleados, ni asistente, ni chófer, y vivía en apenas cincuenta metros cuadrados. No lograba entender por qué se había autoimpuesto ese exilio.
Inclinándose hacia él, Rodolfo le susurró:
—¿Has vuelto esta vez porque has decidido pedir el divorcio?
La luz intensa dividía el rostro esculpido de Maison en contrastes, haciendo imposible descifrar sus emociones. Se puso en pie con determinación:
—Si no hablas, nadie va a pensar que eres mudo.
Rodolfo se quedó sin palabras, pero enseguida reparó en un destello en el dedo anular de Maison. ¿Un anillo? ¿Ni siquiera se había divorciado y ya tenía prisa por casarse con Catarina? Aquello no pintaba bien. Si Natasha llegaba a ver ese anillo, Maison tendría un serio problema. Isabela era amiga íntima de Natasha, y Natasha no perdonaba a quien hiciera daño a los suyos.
Con eso en mente, Rodolfo marcó el número de su novia:
—Natasha, no hace falta que vengas a buscarme esta noche, ya cojo un taxi.
—Perfecto —respondió Natasha sin dudarlo—. Yo tampoco tengo ninganas ganas de ver a esa falsa de Catarina. Te dejo la puerta abierta.
Rodolfo estaba furioso, aunque se lo callaba. Para él, por mucho que Catarina fuera un desastre, no era peor que Isabela: una chica sin familia que se había "metido en la cama de otro" para abrirse paso en la vida. Pero eso no podía decírselo a Natasha, o la boda quedaría cancelada.
Maison, con expresión impasible, recogió su chaqueta y se dispuso a marcharse. La gente abrió paso a su alrededor. Catarina lo siguió de inmediato:
—Maison, ¿has llamado al chófer?
Él respondió con indiferencia. En realidad, aquel banquete había sido insistencia de ella. Lo conocía desde hacía veinte años y sabía que detestaba las multidões, pero siendo presidente de la empresa, los compromisos sociales eran inevitables. Ella sentía que él la cuidaba bien. En Nueva York, Maison la había ayudado a cambiar a una universidad mejor y a obtener su doctorado. Le pagaba un alquiler carísimo para que viviera con todas las comodidades, mientras él mismo habitaba en un apartamento modesto.
—Maison, quiero trabajar en P&D. ¿Puedes ayudarme? —pidió Catarina.
Él vaciló un instante:
—Recuerdo que estudiaste hardware. P&D se centra en software y algoritmos.
—La inteligencia artificial es el tema del momento —insistió ella—. Quiero intentarlo.
Maison permaneció en silencio unos segundos.
—Me encargaré de los preparativos.
El corazón de Catarina se aceleró. Tenía la sensación de que su regreso a Cábralia, justo después de que ella mencionara que echaba de menos la comida de allí, no era ninguna coincidencia. Al posar la mirada en las manos de él, volvió a ver el anillo. ¿Querría quedarse con ella...? Los trámites del divorcio eran complicados, pero ella tendría paciencia.
El matrimonio de Killian y SamiaEl jardín de la villa estaba irreconocible. Isabela había pasado tres semanas supervisando cada detalle: las flores blancas y doradas entrelazadas en los arcos, las mesas cubiertas de lino color crema y las luces suspendidas que, al caer la noche, transformarían aquel lugar en una constelación privada.Maison había observado todo en silencio, sonriendo de aquella manera a la que ella todavía no había aprendido a resistirse, y solo había dicho:—Quedó perfecto. Igual que tú.Ella había fingido no escuchar.Pero había sonreído durante todo el camino hasta la habitación.Detrás de escena, el caos era delicioso.João intentaba convencer a Elvis de que se ajustara la corbata, mientras Elvis insistía en que las corbatas eran instrumentos de tortura inventados por personas que nunca habían necesitado respirar de verdad.Kenedy, impecable desde temprano, observaba a los dos con la paciencia de quien ya había renunciado a intervenir.—Ustedes dos van a retrasar
Acompañada por todos, Isabela fue trasladada de urgencia al hospital. El parto se adelantó a la fecha prevista. Maison, presa de los nervios, olvidó una de las bolsas con todo lo necesario; al final tuvo que pedir a la tía Liu que se la llevara.El hospital contaba con los mejores especialistas en control del dolor. Isabela apenas sintió molestias, salvo durante unos minutos en el trayecto. A todos los demás les pidieron salir de la sala; solo quedaron ella, las matronas y Maison a su lado. Isabela permanecía semiconsciente, veía algo de televisión y comía barritas energéticas. Hacia las once de la noche, una de las matronas anunció:—Ya puede nacer.Comparado con lo que fue el primer parto, este resultó mucho más tranquilo. Tras un fuerte llanto, un pequeño ser reposó sobre el pecho de Isabela. El recién nacido tenía los párpados entrecerrados, largas pestañas y la nariz respingada: era la viva imagen de su madre. Maison limpiaba suavemente el rostro y el cuello de Isabela cuando esc
En el patio, bajo un cobertizo improvisado, el aroma de la barbacoa llenaba el aire. Junto a las brasas, Killian enseñaba a Samia cómo asar la carne, mientras tres hombres sentados a la mesa guardaban un silencio algo tenso.Samia se llevó la mano a la boca y le susurró a Killian:—¿Tu padre está enfadado?—Solo necesita tiempo para aceptar las cosas —respondió él con calma, sin dejar de dar vuelta a la carne.Samia miró a su alrededor y sintió compasión por Maison, quien parecía ser el único que salía perdiendo en aquella situación. Con curiosidad, preguntó:—¿Hace cuánto se conocen tú y Dandara?—Desde que nacimos.—¿Y tus padres y los de ella?Killian hizo una pausa, miró a lo lejos un instante y respondió:—Se conocieron en la universidad. El tío Johan es el hermano mayor de la mejor amiga de mi madre.Samia asimiló aquello. Así pues, el destino de Isabela ya estaba trazado desde siempre. No era de extrañar que Killian jamás hubiera tenido ojos para otra. Con una leve sonrisa un t
Tras aquel acuerdo, la relación de Samia pareció encaminarse por fin hacia una senda estable y feliz. Killian cubría todos sus gastos; cuanto Samia lograba ganar en trabajos ocasionales quedaba íntegro en su bolsillo. Tal como él decía: tenía tres años para ir juntando su ajuar. Sin lugar a dudas.Como estrella del equipo de baloncesto universitario, Killian solía jugar partidos cada dos semanas. Siempre que podía, Samia acudía a las gradas a animarlo. Un día, tras una victoria contundente, hizo algo que nadie esperaba: bajó directamente a la grada y la besó ante todos. Sin importarle quién viera, sin reservas. Ante miles de espectadores, anunció de forma pública y sin dejar lugar a dudas que estaba enamorado. Dejó claro a todos que tenía dueña.Al irse, Samia caminaba escondiéndose tras Tany como una niña avergonzada. Tany, entreternida y con una pizca de envidia, le dijo:—¡Pececito, me están ahogando en este mar de amor tan dulce!—No es así —corrigió Samia irguiéndose con dignidad
Un escalofrío le recorrió la espalda. Se acercó con cautela, abrazándose a sí misma como si estuviera a punto de escuchar un secreto que cambiaría su vida… o una sentencia.Maison cruzó una pierna, ignorando su inquietud, y fue directo al grano:—Hace tres días investigué tu lugar de origen. Descubrí que hace dieciocho años, Vanuza —que era estéril— te compró a tus padres biológicos por treinta mil reales.Consolar no era el fuerte de Maison. Habló sin rodeos, sin suavizar las palabras, sin imaginar el impacto que causaría en ella.Hubo un silencio absoluto. Estéril. Así pues, la infancia de Samia no había sido sino un medio en manos de Vanuza… un instrumento para atraer buena suerte y lograr por fin tener un hijo.Tras un largo instante, Samia logró articular apenas:—Gracias.Llevaba mucho tiempo queriendo saber la verdad sobre sus orígenes, pero carecía de medios y no quería preocupar a Killian. Incluso había pensado en contratar a un investigador privado. Y ahora resultaba que alg
Tras recorrer cinco habitaciones de huéspedes todas idénticas, Killian logró por fin convencer a Samia de que se quedaran en la suya.—Tú duermes en la cama. Yo dormiré en el sofá.El sofá medía dos metros: espacio más que suficiente para que un adulto descansara cómodamente.Samia no dijo ni sí ni no. Simplemente frunció los labios y se quedó mirándolo fijamente.Killian se sintió ligeramente incómodo bajo aquella mirada:—¿Pasa algo?—¡Claro que pasa algo! —Samia se estremeció al recordar lo ocurrido horas antes—. ¡Tienes un perro y no me lo dijiste!En realidad, Killian sí se lo había mencionado… pero él mismo lo había olvidado por completo.Se disculpó con sinceridad:—Si necesitas cualquier cosa, usa simplemente esta tarjeta. Sin límite.Samia se quedó sin palabras.Miró aquel rostro digno de estrella de cine y luego la tarjeta bancaria en su mano. ¿Había algo que pudiera reprocharle? Nada.Decidió perdonarle la vida. Dio un paso adelante, lo tomó de la manga de su camiseta y lo







