INICIAR SESIÓNOctavia
"¿Lucas?" Probé conectar con mi hermano, él sabría dónde está Orión. La voz de Lucas en mi mente fue un alivio momentáneo.
"Octavia, ¿estás bien?" Respondió rápidamente, su voz cargada de preocupación. Mis manos temblaban ligeramente, y mi respiración se volvía más irregular.
"Sí, sí, yo estoy bien. ¿Sabes algo de Orión?" pregunté tímidamente, como si el simple acto de pronunciar su nombre pudiera traerlo de vuelta.
"Él se ha ido hace una hora a prepararse para su cita de esta noche. ¿No ha llegado aún?" Me informó Lucas. La información era desconcertante, y un nudo se formó en mi garganta.
"No, pero ¿a dónde se ha ido a preparar? He estado casi toda la tarde en la habitación con Sam, y a él no lo veo desde hace horas..." La preocupación me estaba consumiendo, y mis pasos se volvieron más rápidos mientras me dirigía a la casa de la manada.
"Vi, ¿intentaste vincular con él?"
"Claro que sí, Lucas. Fue lo primero que hice. Ciro no responde a Darcy y Orión no me responde a mí. ¿Dónde estás?" Devolví el enlace mientras me paraba frente a la casa de la manada, mi pulso latiendo con fuerza.
"Estoy en mi oficina..." Respondió rápidamente. La tensión en el aire era palpable, y mi mente daba vueltas tratando de encontrar respuestas.
"Voy en camino", dije mientras caminaba con paso decidido de regreso a la casa de la manada. Cada paso resonaba con la incertidumbre que se apoderaba de mí.
"Él no nos ha dejado plantadas", la voz de Darcy se quebraba en mi mente. Sus emociones me confundían; estaba triste, tenía miedo. Solo esperaba que sus emociones no fueran un mal augurio. La inquietud crecía mientras la posibilidad de una sorpresa se desvanecía, reemplazada por la preocupación por la seguridad de Orión.
Entré corriendo a la oficina de Lucas sin golpear. Por suerte, él estaba solo. Sentado detrás de su escritorio, se paró y avanzó hacia mí en cuanto cerré la puerta detrás de mí. La habitación, normalmente tranquila, ahora estaba llena de tensión palpable. El aire se sentía cargado de ansiedad.
—¿Qué está ocurriendo? —indagó preocupado, su mirada buscando respuestas en mi rostro.
—Orión no ha aparecido. No es normal en él, me ha dejado esperando más de 45 minutos. Él no me dejaría así... Lucas... Algo le pasó...
—Octavia, claro que él no te dejaría esperando tanto tiempo, te hubiera avisado... —dijo Lucas con voz suave, tratando de calmarme.
Las palabras de Lucas solo incrementaron el miedo que sentía. Mi corazón comenzó a latir cada vez más fuerte, el sonido retumbaba en mis oídos. El aire no llegaba correctamente a mis pulmones, y la sensación de terror no me abandonó. Mis manos temblaban ligeramente, y mi piel se erizaba ante la incertidumbre.
Me di la vuelta y salí de la oficina para llegar a la de Orión. Lucas me seguía a dos pasos detrás de mí. Abrí la puerta de la oficina y me lancé al escritorio. La madera fría contra mis manos era una distracción momentánea del pánico que se apoderaba de mí. Miré todos los papeles que había allí, sin atreverme a tocar nada para no perder las posibles pistas.
Mi mirada recorrió cada documento en su escritorio, las letras de los informes danzaban ante mis ojos. Una palabra congeló mi sangre, y una punzada de dolor se clavó en mi pecho.
Samuel.
No era coincidencia que ese nombre estuviera hasta arriba en los papeles; habíamos decidido dejarlo como último asunto a tratar, así que si estaba hasta arriba...
—Él no podría escucharme si estuviera en las mazmorras, ¿no? —Pregunté levantando la mirada hasta mi hermano.
—No, no podría.
Sam llegó hasta nosotros en su búsqueda por Lucas. Cuando entró en la habitación, se estremeció como si hubiera sentido la desesperación en el ambiente. El aire se volvió más denso con la presencia de todos, y la tensión flotaba en el espacio.
—Tú no deberías estar aquí, ¿qué pasó? —preguntó mirando de Lucas a mí.
—Es Orión. Él no apareció en la cita...
—Mierda... —fue su única respuesta. Sus ojos reflejaban la misma preocupación que sentía en mi interior, y el peso del silencio se hacía cada vez más opresivo.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, y el silencio se apoderó de la habitación como un manto pesado. El tintineo de los papeles y el murmullo del viento en la ventana creaban una atmósfera de ansiedad. Lucas se acercó a mí y puso una mano reconfortante en mi hombro. Podía sentir el calor de su contacto, una pequeña chispa de consuelo en medio de la oscuridad que se cernía sobre nosotros.
—¿Alguna señal de él? —preguntó Sam, con la voz más tensa de lo normal.
Negué con la cabeza, incapaz de articular palabras en ese momento. La preocupación y la impotencia se mezclaban en un torbellino dentro de mí, dejándome paralizada.
—Deberíamos buscarlo —sugirió Lucas, y su tono indicaba urgencia. Sus palabras resonaron con un eco de determinación, pero también con la carga de la incertidumbre.
Salimos de la oficina de Orión con pasos decididos. La noche estaba despejada y un viento cálido abrazaba cada parte de mi cuerpo. La gente aún iba y venía ayudando a quien lo necesitara.
Los hombres de Samuel, que no representaban amenaza, se habían retirado a sus respectivos lugares, prometiendo justicia contra aquellos que no aceptaran el nuevo liderazgo de Orión. Mientras tanto, nuestra ciudad se libró de los traidores que conspiraron en nuestra contra, muchos de ellos adultos cuyo resentimiento provenía del mandato del antiguo Alfa, el padre de Orión.
Al llegar a las mazmorras, percibimos de inmediato que algo no estaba bien. En el aire flotaba un olor extremadamente dulce, tan abrumador que provocaba náuseas. Sam estaba detrás de mí, las arcadas evidenciaban su malestar.
—No tienes que entrar Sam... —Dije dándome la vuelta y enfrentándola.
—¿Y quedarme aquí fuera sola? Nop, ya he visto varias películas de terror, siempre muere primero la rubia que se queda sola... —respondió ella con sarcasmo en su voz.
—Bien, cuando tienes razón, tienes razón.
Adentrándonos en las mazmorras, la humedad y la desolación persistían, pero algo rompía la habitual quietud. Caminé en la oscuridad a pasos lentos, tocando las paredes para orientarme en el pasillo, cuando estaba cerca de la celda de Samuel, tropecé y caí al suelo.
—Octavia ¿estás bien? —escuché decir a Lucas detrás de mí. —Sam prende la luz de tu celular.
Mis sentidos captaron cada movimiento de mis compañeros, pero mi atención se centró en el bulto bajo mí. Mis manos exploraron, y la luz reveló un horror indescriptible: un hombre sin vida. Levanté la vista hacia el pasillo, solo para descubrir más de diez cuerpos destrozados.
Sam avanzó con determinación, pero su rostro pálido reflejaba horror y disgusto. El brillo usual de sus ojos había desaparecido, reemplazado por una mirada de incredulidad.
—¿Esto es... esto es real? —murmuró Sam, su voz temblorosa.
Sentí la mano de Sam temblar cuando intentó iluminar los rincones más oscuros, su expresión reflejando el impacto emocional de la escena.
—¡Esto no puede ser! —exclamó Lucas, su grito resonando en el espacio.
Cada sombra se convertía en una amenaza potencial mientras todos avanzábamos por las mazmorras. El sonido apagado de nuestros pasos resonaba como un tambor en un pasillo sin fin. La linterna de Sam temblaba ligeramente en su mano, y sentí el nudo en mi estómago apretarse con cada segundo que pasaba. Cada esquina oscura era una incógnita, y la tensión en el aire se espesaba, como si estuvieran adentrándose en lo desconocido.
Avancé entre los cadáveres, cada paso resonando como un eco ominoso en los pasillos de las mazmorras. La penumbra era densa, solo interrumpida por la luz intermitente de las linternas que sosteníamos. El olor acre y metálico del desastre llenaba el aire, provocando arcadas ocasionales mientras intentábamos mantener la compostura.
Las siluetas inmóviles de los cuerpos se alineaban como sombras tétricas en los bordes del camino. Los rostros de algunos eran familiares, lobos de la manada que habían caído en la traición o se habían convertido en víctimas involuntarias de la masacre. Mis pasos eran cautelosos, como si temiera despertar a los muertos que yacían a mi alrededor.
Finalmente, llegué a la celda de Samuel. La tenue luz de la linterna reveló la puerta entreabierta. Mis ojos se fijaron en el interior oscuro, y una mezcla de temor y esperanza se apoderó de mí. El silencio en la celda era inquietante, solo interrumpido por el murmullo lejano del viento.
—No, no, no, no... —caí de rodillas, desesperada, ante la celda vacía. La conexión entre la desaparición de Orión y la celda vacía de Samuel se volvía clara, como las piezas de un rompecabezas oscuro y retorcido que encajaban.
Orión El aire en la habitación estaba cargado con el olor a alcohol y desesperación, una oscuridad opresiva reinaba, apenas rota por la débil luz que se filtraba a través de las cortinas cerradas. Cada día se fundía con el siguiente en un ciclo monótono y sin sentido, un reflejo de mi desolación interna. Las botellas vacías se esparcían por el suelo como testigos mudos de mi abandono. En el exterior, la vida de la manada continuaba, liderada ahora por mi Beta. Podía sentir, incluso en mi estado de aislamiento, los murmullos y las discusiones sobre elegir un nuevo Alfa Principal. Pero ese mundo me parecía distante, irrelevante. Mi mente y mi corazón estaban sumergidos en la oscuridad, incapaces de preocuparse por algo más allá de mi propio sufrimiento. —Orión, —la voz firme de Lucas a menudo resonaba a través de la puerta cerrada, intentando sacarme de mi letargo. —La manada te necesita, debemos tomar decisiones importantes. Pero sus palabras se desvanecían en la penumbra que me en
Octavia Inspiré profundamente, aferrándome a la vida, a la luz que Alice había encendido en mi interior. A pesar del dolor que aún me consumía, sentí una determinación creciente. No estaba sola; tenía un propósito, una razón para seguir adelante. Con un esfuerzo que parecía sobrehumano, coloqué una mano sobre mi pecho, justo donde Alice había dejado su toque reconfortante. Mis dedos encontraron algo pequeño y metálico, puntiagudo al tacto. Con mano temblorosa, lo extraje y lo elevé a la altura de mis ojos para examinarlo más de cerca. Era el colgante, la mitad de él. El Sol, ahora irónicamente separado de su contraparte, la Luna. El símbolo de una unión quebrada, de una mitad faltante, resonaba con el eco de soledad y pérdida en mi corazón. Al sentarme lentamente, mi mirada vagó por el entorno. Las nubes oscuras aún dominaban el cielo, amenazadoras y pesadas, mientras el humo negro se cernía sobre mí, como un augurio de desesperanza. El aire estaba cargado de una energía inquietan
Octavia La realidad se desvanecía a mi alrededor, como si el mundo entero se hubiera reducido a un punto ciego en mi percepción. El dolor era insoportable, una tormenta desgarradora desatándose dentro de mí. "¡Darcy!" grité, pero mi voz sonaba distante, ahogada por el estruendo de mi propio corazón. Sentía cada fibra de mi ser rasgándose, desgarrada por la fuerza brutal con la que Darcy fue arrancada de mi alma. Era más que dolor físico; era una agonía espiritual, una herida que trascendía el cuerpo y cortaba directamente en lo más profundo de mi esencia. Estaba tirada en el suelo frío y húmedo del bosque. La tierra debajo de mí parecía girar y contorsionarse, y las lágrimas corrían por mis mejillas sin control, cada una silenciosa acusación contra el universo por permitir tal crueldad. "¡Darcy! ¡Darcy, por favor!" gritaba, mi voz rompiéndose con cada llamado. Pero solo había silencio, un vacío ensordecedor donde antes había una presencia amorosa y reconfortante. El aire a mi al
Orión Las palabras resonaron en mi mente como un golpe devastador. El vínculo que compartía con Octavia, esa conexión profunda y eterna que nos unía, había desaparecido. Era como si una parte de mi alma hubiera sido arrancada, dejando un vacío oscuro y doloroso. —¡No! ¡No puede ser! —grité, negándome a aceptar la realidad. El dolor era insoportable, no solo físico sino también emocional. Sentía que cada latido de mi corazón se desgarraba, cada respiración un reflejo de mi pérdida. Lucas llegó a mi lado, su rostro reflejando el pánico y la confusión. —Orión, ¿qué sucede? ¡Habla conmigo! —Octavia... Darcy... Han desaparecido, —logré decir, mi voz quebrada por el dolor. —No puedo sentirlas, Lucas. Se han ido... Las palabras parecían resonar en el aire, un eco de la tragedia que nos envolvía. Mientras la batalla rugía a nuestro alrededor, dejando huellas de desgaste y desesperación en el barro y en las heridas de mis compañeros, el sentido de nuestra lucha parecía disiparse en la to
Orión El aire a nuestro alrededor se cargó de electricidad, una sensación desconcertante que erizaba cada vello en mi cuerpo. Sentí cómo una oleada de energía invisible nos envolvía, una fuerza tan potente que parecía emanar del mismo corazón de la tierra. —¿Qué demonios fue eso? —exclamó Alfa Zane, su voz teñida de sorpresa y cautela. Los autos se detuvieron bruscamente, como si una mano invisible los hubiera agarrado y los hubiera frenado en seco. Intenté arrancar el motor nuevamente, pero estaba claro que algo más allá de nuestra comprensión estaba en juego. —Esto no es normal, —murmuró Alfa Einar, mirando a su alrededor, tratando de percibir la fuente de aquella energía abrumadora. Salí del auto y me detuve un momento para sentir la tierra vibrar bajo mis pies, pensando en nuestra próxima estrategia mientras observaba cómo la naturaleza misma parecía conspirar contra nosotros, con el viento llevando susurros de una amenaza oculta. El cielo se había oscurecido, como si presagi
Lucien Corrí hacia ella y clave mis colmillos en su cuello, el sabor dulce y embriagador de la sangre de Octavia fluía a través de mí, avivando cada célula de mi ser. La esencia de su vida, su vitalidad, me llenaba de una euforia oscura y poderosa. Mi humanidad, sin embargo, se retorcía en agonía bajo el peso de la culpa y el horror por lo que estaba haciendo. El gruñido que emanó de lo más profundo de mí al sentir a la Diosa Luna acariciando a Octavia era un reflejo de la posesividad salvaje que ahora me dominaba. Ella es mía, pensé con una certeza que iba más allá de la razón, marcando un territorio que ni siquiera sabía que existía dentro de mí. La Diosa, con su voz suave y seductora, se alejó ligeramente, reconociendo mi reacción. —Por supuesto, mi amor, ella te pertenece, —dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos. A pesar de sus palabras, sentí una corriente de celos y resentimiento hacia ella. Mientras bebía la sangre de Octavia, cada sorbo era una mezcla de éx







