INICIAR SESIÓNRoxana
Lucía ya me esperaba en la puerta de La Dolce Vita cuando Luigi detuvo la camioneta. Su rostro reflejaba esa preocupación maternal que solo ella conseguía transmitir sin palabras.
—Te hice de comer —dijo, abriéndome los brazos.
Me dejé envolver por su abrazo, aspirando el aroma a albahaca y harina que siempre la acompañaba, y por primera vez desde que vi a Alessandro en el auditorio, pude respirar.
Sus manos acariciaron mi espalda mientras me guiaba hacia el interior, donde las luces suaves creaban un cálido refugio.
—Paolo está revisando el inventario —murmuró mientras cerraba con llave y señaló la barra donde un plato de pasta humeante me esperaba—. Tenemos tiempo.
Cuando me quité la bufanda, su expresión cambió. Sus dedos rozaron ligeramente mi cuello, y maldije por dentro por no percatarme antes.
—¿Qué te hizo esta vez? —preguntó en voz baja.
Paolo, captando la tensión, murmuró algo sobre revisar la cocina y desapareció discretamente.
Me dejé caer en el taburete.
—Él volvió, Lu —susurré, sin mirar el plato—. Alessandro Di Marco está aquí.
Lucía se quedó inmóvil, procesando la información.
—No puede ser… Me lo temí cuando dijiste lo del peor error. ¿Qué pasó?
—Necesito que su empresa salve un proyecto. Hoy mismo sellé una colaboración. —Mi voz se quebró—. Aceptó reunirse, pero en el cumpleaños de Andrea.
—Dio mio, Roxana... —Lucía bajó la voz y me tomó la cara entre las manos—. Esto te está destruyendo. Mírate, por favor.
—Lo sé y estoy trabajando en ello. Pero necesito tiempo.
—Quizá si lo hubieras enfrentado cuando fuiste a buscarlo…
—Mateo fue claro, Lu. ¿Qué podía hacer? Me mintió y yo caí como una…
Dejé la frase sin terminar. Lucía conocía cada detalle de aquella mentira que me había atado a Valentino todos estos años.
El tintineo de la puerta trasera interrumpió nuestra conversación. Andrea entró con su mochila escolar, sonriendo al vernos.
—¡Tía Lu! ¡Mamá! —gritó Andrea, corriendo con su uniforme arrugado y esa sonrisa que me derretía el corazón—. No sabía que vendrías.
—¿Cómo estuvo la escuela, cariño? —pregunté, acariciando su cabello y recibiendo su abrazo como mi mejor aliciente.
——¡Increíble! Hablamos sobre el cerebro en ciencias. Es como una computadora súper avanzada, mamá.
—¡Mio caro bambino! —respondió Lucía, levantándose para abrazarlo.
—¿Paolo podrá ayudarme con el tiramisú que me prometió?
—Primero, ven a comer algo —dijo mi amiga, pero Andrea negó arrugando la cara.
—Si no vas a comer, al menos ven a ayudarme —gritó Paolo desde la cocina—. Pero lávate las manos primero.
Observé a mi hijo ponerse el delantal con entusiasmo y le explicaba algo a Paolo, quien escuchaba con genuino interés. Por un buen rato los observamos bromear en silencio, hasta que Lucía sostuvo mi mano.
—Sé que tendrás cuidado, Rox. Pero si algo sale mal, lo que sea, promete que vendrás conmigo. No necesitas sufrir más con esa familia.
—Lo prometo, Lu. Pero si hago un movimiento en falso, Valentino me quita a Andrea. Y…
Salté con el insistente sonido de una bocina que venía de la calle y Andrea salió de la cocina arrastrando los pies y me miró con una resignación que no debería existir en un niño de diez años.
—Papá tiene prisa otra vez.
Salí a la acera, furiosa. Valentino estaba dentro de su Maserati.
—¿No puedes esperar cinco minutos? —le grité.
—Roxana —murmuró Lucía detrás de mí con mi bolso y la bufanda en las manos—. No vale la pena.
Bajó la ventanilla con expresión impaciente.
—La cena con los Moretti es en una hora. Sube ya.
Sentí las miradas de los transeúntes y el dueño de la pizzería de al lado asomándose curioso. La humillación me quemó las mejillas, pero Andrea ya caminaba hacia el auto como si fuera lo más normal del mundo.
* * *
Cerré la puerta con más fuerza de la necesaria sin mirarlo y el chirrido de los neumáticos fue su respuesta inmediata.
Detrás de nosotros, Andrea movía levemente la cabeza al ritmo de lo que escuchaba en sus auriculares enormes, ajeno y feliz en su burbuja, desconectado de la tensión que espesaba el aire entre su padre y yo.
Los dedos de Valentino tamborileaban sobre el volante, su anillo de bodas reflejando las luces del tablero con cada toque. Había estado inusualmente callado desde que salimos de casa, pero las miradas de reojo que me lanzaba dejaban claro que el silencio no iba a durar.
—¿Para qué sigues con esas amistades? —preguntó al fin, con un tono casual que apenas disipó su desprecio tan familiar—. La familia de Lucía te fue útil en su momento, pero en serio, Roxana, ya estamos más allá de eso.
Apreté la mandíbula, mirando al frente, al tráfico.
—A los Bianchi les debo mucho. Me dieron trabajo cuando más lo necesité.
—Y ya lo pagaste con creces al hacerlos dueños de un restaurante tan prestigioso como La Dolce Vita —replicó con suavidad—. La deuda está más que saldada.
Su voz destilaba esa superioridad que convertía toda generosidad en una simple transacción. Me recosté contra el respaldo, esa distancia mínima que él siempre traducía como un acto de rebelión.
Pasaron varios minutos sin una palabra. El único sonido era el del motor constante y la música que se colaba apagada desde los auriculares de Andrea. Sabía que Valentino esperaba una reacción, pero no le di esa satisfacción.
—Hablé con papá —dijo al fin, casi con desgano—. Según él, encontraste una salida para Terra Nova.
Mi estómago se contrajo, pero mantuve la expresión neutral.
—Es una posibilidad.
—Parecía… optimista —dijo Valentino—. Lo cual es curioso, considerando el desastre que se ha vuelto ese proyecto.
—Solo estoy haciendo mi trabajo.
—No confundas relaciones públicas con soluciones reales, querida —murmuró, dejando caer una mano sobre mi rodilla—. ¿De qué empresa estamos hablando? ¿Cuál es el nombre?
La pregunta quedó suspendida entre nosotros y observé su perfil cuando se detuvo en un semáforo. Sabía que Francesco querría detalles y el consejo también. No había escenario posible en el que pudiera seguir ocultándolo.
—Quantum —dije al fin, en un susurro apenas audible.
El semáforo cambió a verde, pero él no avanzó. Las bocinas comenzaron a sonar detrás de nosotros, impacientes. Yo me quedé inmóvil, esperando ese momento inevitable en que su mente conectara los puntos, en que recordara de quién era esa empresa. Y entonces, ya no habría vuelta atrás.
RoxanaEl vestido azul se ajustaba a mis nuevas curvas desde que nació nuestra Luna seis meses atrás, y mi cuerpo había encontrado un equilibrio que me encantaba. El llanto suave desde la habitación contigua hizo que mis pechos respondieran como un sensor, manchando la seda de leche.Maldije en voz baja, pero ya era demasiado tarde. Tendría que cambiarme de nuevo y ponerme los protectores de lactancia para evitar otro accidente. La encontré despierta en su cuna, con los ojos verdes de Alessandro parpadeando en un rostro que era completamente mío. La alcé con cuidado, acomodándome en la mecedora para alimentarla.Carla apareció en la puerta y le hice un gesto para que se acercara. Ella regresó meses después de que su hermana falleciera y no pensaba dejar que se fuera nunca más. —Acaba de despertar. Dame diez minutos y es toda tuya.—Tómense su tiempo. Andrea está terminando su tarea en la cocina junto al señor Francesco.Eso me recordó el estado de Giulia, aún internada en un hospital
AlessandroNo podía concentrarme pese a las buenas noticias. La primera fase de Terra Nova estaba lista; los apartamentos se vendieron en cuanto salió el anuncio. Mi equipo brindaba eufórico y yo tuve que sostener la máscara de ejecutivo satisfecho mientras mi vida personal era un edificio en plena demolición. Cuando Diana Ferretti, directora de marketing de Domus, se me acercó con una sonrisa y una copa en la mano, intenté evitar el brindis que debía liderar, pero ella entrecerró los ojos. —Y pensar que la señora Navarro no pueda disfrutar el fruto de su esfuerzo —comentó con acidez. La mención de Roxana me golpeó el estómago al recordar su maldita y fría practicidad cuando la puse a elegir.¿Cómo había sido tan idiota al pensar que me elegiría? Esa mañana, cuando la vi dormida, tuve la intención de despertarla, pero pensar en el bebé que esperábamos me detuvo. Una oleada de amor se mezcló con dolor al darme cuenta de que estaba a nada de perderla. Romano no había enviado ningún
RoxanaMateo ya nos esperaba frente a los escalones de comisaría. Se volvió a reír al mirarme y saludó a Romano con una familiaridad que me irritó.—No te molestes, Roxana. Con todo lo que ha sucedido, Alex solo quiere trabajar en paz sabiendo que estás a salvo.—¿No se supone que están enfadados? ¿Por qué lo defiendes?—Porque el que opinemos distinto no nos hace enemigos. Alessandro es un hombre racional, excepto en lo que se refiere a proteger a los que ama. Y en este momento, ella es su enemiga. Así que los que están del lado de su enemigo...—Están en contra suya —terminé por él antes de suspirar cuando asintió con tristeza.Las luces fluorescentes del corredor parpadeaban intermitentes, proyectando sombras sobre las paredes de azulejos grises. Había pasado el día imaginando este momento, preparando mi armadura contra el filo de las palabras de Elena con las que siempre salía herida.—¿Qué significa exactamente retirar la denuncia? —pregunté cuando me señaló el camino.—Es el ini
Roxana—¡Tenía todo el puto derecho! Era el padre de ese bebé, ¿por qué actúas como si fuese el villano en esta historia?Me sequé las lágrimas y me levanté, necesitaba distancia. Pero él la sujetó con una mirada contrariada y me pidió que volviera a sentarme.Su tranquilidad me ayudó a armarme de valor. Lo miré a los ojos sin alejarme de sus caricias sobre mi mano, que reposaba en su rodilla, y le exigí:—Retira esa denuncia.Fue él quien se irguió esta vez y resopló con frustración.—No lo haré. Hacerlo y dejar que se vaya como si nada, sería ir en contra de mis principios.—¿Principios? —La palabra me supo amarga en la boca—. ¿Como cuando nos acostamos mientras yo estaba casada con tu hermano?Alessandro se giró hacia mí con una mano en el cinturón y expulsó aire del pecho como si lo hubiera golpeado.—¿Y quién te dijo que yo era un hombre perfecto?La pregunta me desarmó por un segundo. Había esperado defensas, no esa honestidad cruda, y su desfachatez hizo que mi risa saliera que
RoxanaMe hicieron tantos exámenes que perdí la cuenta, pero para Alessandro se volvió costumbre recostarse conmigo aun después del regaño de Dana. Por la tarde, la voz de Lucía llegó desde el pasillo antes que ella, y yo le sonreí a Alessandro porque me había asegurado que los vería hasta el fin de semana por órdenes de la doctora. Él se incorporó y se acomodó la camisa, las mejillas aún sonrojadas mientras se excusaba:—No quiero que Andrea me vea contigo así, sin antes explicarle lo nuestro. Lucía entró sin tocar, con una cajita pequeña de postres miniatura en las manos y esa sonrisa que tanto necesitaba. La luz que entraba por la ventana la hacía ver radiante y eso me alegró. Al menos ese nuevo dolor instalado en mi pecho tenía una razón: recordé la expresión de Elena cuando elegí a Lucía, y todas las veces que pude haber protegido a mi amiga pero no lo hice. Y me permití pensar que tal vez Lucía merecía esta felicidad más que el sufrimiento que le causamos. Alessandro salió y
RoxanaEl pitido cerca de mi oído me hizo fruncir el ceño, y cuando quise tragar, el ardor en la garganta no me lo permitió. Iba a llevarme la mano al cuello, pero un peso cálido la mantenía cautiva y lo impidió. Abrí los ojos y tardé unos segundos en aclarar mi visión, pero no esperaba descubrir que el motivo fuera Alessandro, envolviendo mi mano con la suya. No pude resistir el impulso de acomodar su cabello desordenado al verlo dormido, con barba. Jamás lo vi con barba, pero la confusión incrementó en mí al ver las máquinas y la habitación del hospital al mirar a nuestro alrededor.Incluso dormido, una línea de tensión marcaba su frente, y su camisa celeste estaba arrugada, lo que probablemente significaba que llevaba días aquí. Iba a despertarlo para confirmarlo, pero la puerta se abrió y Dana entró directo a revisar las vías y los monitores antes de mirarme con una sonrisa tensa.—Me alegro de que por fin hayas despertado —Miró a Alessandro y luego a mí antes de suspirar y negar







