INICIAR SESIÓN5
Jane no comprendía con exactitud en qué momento de su vida las cosas se habían empeorado de esta manera, sentía un pitido horrible dentro de sus oídos que le imposibilitaban respirar con normalidad, su pecho se estaba hundiendo tanto, que la falta de oxígeno debilitó tanto sus piernas que no pasó mucho tiempo antes de que la joven mujer cayera de rodillas delante del mafioso.
Las manos de la hermana se arrastraron por la alfombra manchada de su propio vómito, entre tanto sus rodillas presionaban con rudeza contra el suelo, necesitaba moverse rápidamente antes de que los hombres del italiano salieran a cumplir las órdenes que este mismo les había entregado: Debían asesinar a cada persona dentro del convento de Green Town antes de medianoche.
—Señor… —Jane, gimió, con el rostro lleno de lágrimas, una exagerada capa de sudor se impregnó de su frente quizás al notar su triste final. —Señor, por favor, hay personas inocentes allí…
La punta del dedo índice de la monja tocó el zapato de cuero refinado del italiano, Damiano sintió algo de pena por aquella jovencita de ojos bonitos, pero entendía que nadie, ninguna persona en esta tierra podría burlarse de él.
—¿Ahora si soy tu señor? ¡Buff! —bufó, apartándose de la castaña, —quiero a todos mis hombres de camino hacia Green Town ahora, cada persona debe morir hoy mismo…
—¡No! —Un grito desde lo más profundo del estómago de la religiosa brotó al escuchar tales palabras, Jane se sentía desorientada, las náuseas que le provocaban estar ante la presencia de ese monstruo la hacían marearse más de lo normal, —¿Cómo puedes ser tan ruin? ¡¿Cómo le puedes hacer esto a personas que no te han hecho nada?! ¡Damiano Morelli! ¡Dios jamás te perdonará! ¡Te irás al infierno!
—¿Infierno? —El pelinegro se burló, —ese lugar no existe, Jane… ¿Crees que puedes asustarme con eso? ¡Acabaré con la agonía de esas personas! ¡Soy el salvador del convento de Green Town!
La monja se levantó del suelo con las pocas fuerzas que le quedaban, el par de golpes contra su cara ya no se sentían tan dolorosos como la idea de perder a las personas que amaba.
—Te ruego, señor… —De repente, Sor Jane se puso de rodillas ante el mafioso italiano, Damiano sonrió, tal vez lleno de placer la notar que su plan estaba funcionando, quería doblegarla, romper cada esperanza de la mujer ante sus ojos para así obtener lo que en realidad quería. —Le ruego, señor que perdone las vidas de esas personas… Tenemos huérfanos que acaban de llegar de la guerra, y abuelitos que no tienen la culpa de la maldad del mundo…
—Yo sé quién tiene la culpa…
—¿Qué?
Escupió la chica de ojos color avellana ante las palabras del criminal.
—Tú tienes la culpa, Sor Jane…
Damiano, agarró con su mano basta una copa de whisky que Christopher le había servido, para acto seguido sentarse en un sofá de cuero borgoña que uno de sus aliados colombianos le regaló por su cumpleaños número treinta y ocho. Jane seguía arrodillada, mirando el suelo, rezándole a su Dios en voz baja para que este mismo evitara una tragedia. Una tragedia que le rompería el corazón al sentirse culpable por haber abierto su boca.
—¿La tengo?
—Me llamaste monstruo…
La muchacha apretó con ambas manos su hábito.
—Asesinaste a un hombre…
—¿Y eso me convierte en un monstruo?
La chica levantó la mirada, entendía que, por el tono de voz del italiano, este se estaba burlando de ella en su propia cara. Comprendió que todo esto seguía siendo un juego para él; una burla a la creación, a la vida de cientos de inocentes que no tenían la culpa que este despreciable ser hubiese sobrevivido ante el atentado de Los Capuletos.
—¿A que le tienes miedo, señor Morelli?
Jane se atrevió a preguntar, tomando al mafioso por sorpresa, jamás antes nadie le había hecho tal cuestionamiento. Le parecía algo atrevido su astucia, y eso le llamaba mucho más la atención. Sor Jane Blackstone no era una mujer cualquiera, y el simple hecho de retarlo le provocaba escalofríos.
—¿Miedo? —Refunfuño el pelinegro, —soy un Morelli, querida hermana, el miedo no hace parte de mi código de vida…
Jane se puso en pie.
—¿No tienes miedo a perder lo que más amas en la vida?
—¿Amar? ¡Ja, ja, ja, ja! ¿Qué m****a me estás diciendo?
—¿No amas a alguien? ¿Una mujer?
El ambiente dentro de la oficina de estilo gótico moderno se tornó pesada cuando ambos se quedaron en silencio. Los hombres armados del mafioso se mantenían expectantes, dispuestos hasta a ejecutar cualquier orden que se les otorgue.
—¿Amor? —Damiano por fin soltó, —jamás en mi vida he amado a nadie, señorita Blackstone, ¡No tengo tiempo para tonterías!
—Ahora lo entiendo…
—¿Qué entiendes?
—Porque eres un monstruo…
—¿Qué dices?
Damiano dejó caer la copa de whisky al suelo, provocando que esta se rompiera en fragmentos contra el piso.
—Nadie que no haya experimentado alguna vez el amor puede sentirse vivo, por eso tus ojos están tan marchitos… Por eso te crees el Dios de tu propio mundo, es por eso que no sientes remordimientos al arrebatar una vida, puesto jamás has sentido el dolor que provoca perder a alguien que amas, y pienso que ese será tu castigo…
Christopher dio un paso hacia adelante dispuesto a castigar a la insolente monja, sin embargo, Damiano se lo impidió.
—Dices que perder a alguien que amo será mi castigo, ¿Cierto?
Ella asintió.
—La única forma para que pagues todo el mal que has hecho será este… Perder a alguien que amas…
El mafioso agachó la cabeza.
—Antes de que empiece a sentir amor por alguien, prefiero matarla con mis propias manos…
El estómago de la hermana rugió con salvajismo, sus manos cubrieron su boca porque jamás pensó que existiera en este mundo un hombre tan déspota como Damiano Morelli.
—Dios te perdone… Dios te perdone por aborrecer su amor…
El pelinegro curvó las comisuras de sus labios, dio un par de pasos lejos de la religiosa, para luego hacerle una señal a sus hombres para que se marcharan de la habitación.
—Escuché que el convento está pasando un mal momento, ¿Esto es cierto?
Jane lo miró con odio.
—¿A ti que te importa eso?
—Más de lo que crees…
La muchacha frunció el ceño.
—¿Qué tratas de decirme? ¿Así de la nada te volviste piadoso?
—¿Y si te digo que quiero ayudarte a salvar el convento?
Damiano le señaló una silla de estilo victoriano frente a él, para que la jovencita se sentara. —No te creo… No te creo nada, ¡Me repugnas, señor Morelli! ¿Cómo puede jugar con mis sentimientos así? ¿Esto es gracioso? ¿Quieres burlarte en mi cara antes de asesinarme?
El italiano no soportó más la algarabía de la monja, la tomó de la mano, y la sentó de golpe. Llevaba un par de días planeando esto, quería que todo saliera a la perfección, y ahora que ella estaba en el punto que él deseaba, por nada en el mundo podía dejarla escapar.
—¿Cuánto dinero necesitas? ¿Compro la propiedad? ¿Quieres que compre el pueblo completo para ti? Solo dilo… Dilo ahora con esa boca viperina tuya que es lo que necesitas…
La mujer se acomodó el hábito, un suspiro largo se escapó entre sus dientes, para luego mirar con rudeza al criminal.
—Ninguna oferta es gratis en la vida, señor Morelli… ¿Cuáles son tus verdaderas intenciones?
—¡BRAVO! —Gritó el hombre, sirviéndose una copa de vino por él mismo, Damiano, dejó el cristal en las manos de la religiosa, pero esta la dejó en una de las mesas de centro que se hallaban dentro de la oficina principal de la mansión Morelli. —Por eso me gustas, eres demasiado inteligente… —hizo una pausa—. Bebe el trago que te acabo de dar…
El mafioso cambió su expresión, provocando que la religiosa sintiera una oleada de escalofríos en todo su cuerpo.
—Yo no bebo alcohol…
—¿No? —se río de ella, —pues a partir de ahora lo harás… Hazlo…
—¿Por qué debería hacerlo?
Jane brincó al sentir como Damiano se aproximaba hacia ella; la mano tosca del pelinegro agarró con salvajismo las mejillas regordetas de la joven, obligándola de este modo a beber hasta la última gota del Vinotinto.
—¡Salvaje!
Gritó, tosiendo con fuerza.
—Quiero tu virginidad a cambio…
Masculló de la nada el hombre.
—¡¿De qué hablas?!
—Es lo que quiero a cambio por salvar el convento de Green Town, dijiste que nada en esta vida es gratis, y ese es mi precio.
Un sonido fuerte hizo que la recámara se quedara en silencio, Jane abofeteó con todas sus fuerzas a ese maldito hombre que le acababa de faltar al respeto, y no solo a ella, sino también a sus más fieles creencias.
—¡Usted es un sucio animal! ¿Cómo se atreve a intentar profanar el templo de Dios?
El hombre se sobó el rostro, sin dejar de mirar con deseo a la joven muchacha, los ojos color miel de Morelli, recorrieron cada centímetro del cuerpo de la monja; podía imaginarse en medio de sus piernas, perforándola sin piedad, mientras que su boca saboreaba con éxtasis sus adorables tetas. Deseaba hacerla suya, quería marcarla como solía hacerlo con todas las mujeres que pasaron por su cama, pero de cierta manera sentía algo diferente en ella, algo que aún no podía descifrar.
—Si esas personas mueren de hambre quedará bajo tu consciencia, Sor Jane, ¿Crees que un refugio bastará con esta guerra? ¿Qué piensa usted que les sucederá a las jovencitas que saldrán desprotegidas del convento?
Blackstone sintió horror por esas palabras, sus manos tiraron de su cabeza cubierta por el velo de su hábito con solo imaginarse tales hechos. Era un terror incrustado en su pecho incalculable. —¿Está tratando de manipularme?
Damiano se burló a carcajadas, por supuesto que ese era su propósito, atemorizarla a tal punto de dejarla tan vulnerable, y que al final aquella muchachita sea capaz de cumplir cada uno de sus más bajos deseos.
—Solo te dije la verdad, si prostituyen a esas chicas será tu culpa… —El mafioso levantó la voz, —¡Si usan a los jóvenes para la guerra será tu culpa! ¡Si una Morelli muere será tu culpa! ¡Todo será tu culpa! ¡Es más…! —Silencio, Jane levantó la mirada —, el padre Tadeo que tanto amabas murió por tu culpa…
La monja sintió un dolor fuerte en su vientre bajo, su cuerpo comenzó a hiperventilar, entre tanto su vista se nublaba de lágrimas. Sus manos temblaban, mientras que el deseo de cerrar sus ojos, y volver a los brazos del padre Tadeo cuando aún ella era una niña se hicieron presentes.
—¡No!
Gritó, despavorida.
—¡Sí!
Damiano la estrelló contra la pared, pasó sus manos por encima de cada costado de su cara, para luego unir su frente con el de la muchacha.
—Asesina…
—No…
—Eres una asesina, mataste al padre Tadeo, y ahora pretendes matarlos a todos en el convento… Eres una egoísta que solo piensas en ti…
—Eso no es cierto.
La castaña empujó al mafioso, pero este la devolvió a su sitio.
—Acepta mi trato, si me das lo que te pido, tu gente no volverá a pasar hambre… No vivirán en la miseria, les aseguro educación, y trabajos bien pagos… ¿No es eso lo que el padre Tadeo quería?
¡Maldición!
Se dijo Jane para sí misma, aunque después le pidió perdón a Dios por tan grave blasfemia.
—Eres el diablo…
Susurró con voz quebrada.
—Lo soy…
—¿Qué pasará si lo acepto?
—Pues… Serás mía… Y vendrás aquí cada vez que yo quiera…
—¿Y si no?
—Sabes muy bien lo que pasará, Jane… —La chica apartó su mirada.
—No tengo opción, ¿Verdad?
Él negó.
—La única manera para que te deje ir es aceptando, o muriendo.
—Entonces…
Dijo, apretando los párpados.
—Mis hombres ya deben de estar llegando al convento, decídelo rápido… Tienes mucho que perder, Jane… Esa sangre recaerá sobre ti…
El italiano tocó la cintura de la monja, la muchacha se sintió incómoda, y todo empeoró cuando el mafioso rozó con su dedo índice el labio inferior de la religiosa; ambas miradas se conectaron por un segundo, aunque al final la señorita Blackstone no tendría escapatoria.
Su único destino era Damiano Morelli.
—Acepto… Yo… Acepto darte mi virginidad…
EpilogoHan pasado algunos años desde que Damiano y Jane dijeron el sí en una lujosa mansión en Sicilia. La mayoría de mafiosos de todo el mundo estuvieron para presenciar la unión de esta pareja. La única que no se presentó fue la hermana Teresa Morelli, la cual seguía negándose ante el pecado de la ex religiosa.El italiano abandonó algunos negocios de la familia luego de asesinar a su abuelo, y las cosas entre él y su mujer fueron mejorando poco a poco. Unos meses después del matrimonio llegaron al mundo los gemelos Morelli. Sam y Samantha legaron a la vida del mafioso llenándola de felicidad, de amor, y armonía.Sam se parecía demasiado a su madre en cuanto a temperamento, mientras que Samantha llevaba la sangre de su familia bien latente dentro de su cuerpo. Solía molestar a los niños del jardín de infante al cual iban, mientras que su madre tenía que presentarse a la institución más de dos veces por semana ante su mal comportamiento.—¿Qué me miras?Replica Jane, terminando de c
FinalEl corazón del siciliano latía con tanta fuerza que le era imposible respirar con normalidad. Jane estaba tirada en el suelo, mientras que un cuchillo en su estomago comenzaba a quitarle la vida poco a poco.—¡Mierda! ¡Mierda! ¿Cómo pasó esto? ¡Llama a mis hombres! ¡Maldito, Zeus! ¡Hijo de perra!El pelinegro rodeó sus brazos a la altura de la cintura de la mujer que amaba, las lagrimas que se deslizaban por sus mejillas humedecieron a la velocidad de la luz la camisa blanca que llevaba puesta. Ahora sus manos estaban manchadas de esa sangre que salía sin parar del cuerpo de la ex religiosa.—¡Chris! ¡¿Qué haces parado allí?! ¡Llama al médico de la familia!Una risita por parte de su mujer amigó lo hizo temblar.—¡Ja, ja, ja, ja!—¿Chris?—Sabía que algún día te vería sufrir… —La sangre del italiano se congeló, su cuerpo se tensó rápidamente porque no comprendía lo que estaba sucediendo. —Siempre fuiste un idiota, ¿Lo sabías?Las puertas de la iglesia se cerraron de un solo golp
34—Harás que tarde que temprano deje de amarte…Jane susurró, mientras sus manos tomaban con fuerza su pecho, se sentía demasiado cansada para seguir luchando contra todo esto. Contra el imperio Morelli.—Eso jamás va a pasar…—No estés tan seguro.La ex religiosa se sentó en el borde de la cama, sus manos se deslizaron suavemente sobre sus rodillas, para acto seguido agachar la cabeza. Las lágrimas empezaron a humedecer su rostro; no deseaba esto. Ella no quería esto.—Si no me vas a amar… Déjame ir…—¡Lo sabía! ¡Quieres dejarme!El enorme cuerpo del siciliano corrió hacía la asustadiza jovencita, su cuerpo tembló casi de inmediato al sentir como el hombre que ella amaba la tomaba de los hombros obligándola casi en el acto a mirarlo a los ojos.—Eres mía, Jane Blackstone… Eres y serás mía hasta el último día de tu vida….Su mandíbula se tensó.—Entonces… Que hoy sea el último día de mi vida.Los brazos de Damiano cayeron a cada costado de sus caderas, su cuerpo se sacudió quizás com
34Damiano tiró con fuerza de Jane para alejarse de ella.Sin dudarlo salió de la habitación, con el corazón latiéndole tan fuerte que sentía que se iba a desmayar. Su frente sudaba a chorros, sus manos temblaban tanto que no podía detener los movimientos bruscos de su cuerpo.—¿Qué estás haciendo, Dam?Christopher le preguntó, mientras bajaba las escaleras.—No te interesa…—Sabes que sí.Lo miró con enojo.—No me hagas dispararte… Ella es mía.—Pero parece que no…Damiano se abalanzó contra él: —¡Hijo de perra! —Un guantazo lo tiró al suelo casi de inmediato. —¡Ojalá! ¡Ojalá no le hubiese prometido nada a tu maldita familia! ¡Ahora estarías muerto, pedazo de mierda!E
33—¡Damiano! ¡Damiano! ¡Por favor! ¡Sácame de aquí!Jane gritó lo más que pudo hasta que su garganta dolió tanto que ya no pudo hablar más. sus uñas se enterraron en su cuero cabelludo, porque ni siquiera se dio cuenta como todo terminó de esta manera.Su cuerpo cayó arrodillado ante una cama, mientras que sus manos tiraron levemente de su cabello. “¿Siempre fue así?” “¿Siempre será así? Fueron las preguntas que carcomieron dentro de ella.—¡Damiano Morelli!Gritó una vez más, aunque ella sabía que nadie la escucharía.—Tengo que salir de aquí… —Se dijo para sí misma, trato de abrir las ventanas de aquella habitación en donde la tenían retenida, aunque luego se dio cuenta que estaba en el último
32—¡Sí!Jane gritó con tanto entusiasmo que los empleados del pent-house no pudieron evitar escuchar su voz.—¿Lo dices enserio?La voz de Damiano tembló, era la primera vez en su vida que proponía matrimonio.—¡Sí quiero ser tu esposa!Los ojos del pelinegro se iluminaron, una sensación extraña recorrió su espina dorsal hasta llegar a su estómago. Sus ojos se cristalizaron, mientras que rápidamente se secaba las pocas lagrimas que habían brotado de sus ojos.—¡Serás la señora Morelli!Sus enormes brazos rodearon la delgada cintura de la castaña, los corazones de ambos latían con mucha fuerza. —Mañana…—¿Qué sucede mañana?—Vamos a casarnos mañana…—¿Qué dices?







