LOGINSentí que el mundo se movió bajo mis pies.
No… Era imposible. Yo… Yo no podía llevar en mi vientre al hijo del hombre que más odio. ¿Cuáles eran las probabilidades de qué esto ocurriera? Entre todas las personas, justo él. —Estás mintiendo —Era más un intento de convencerme a mí misma que a él. Pero las palabras me sabían amargas al darme cuenta de las grietas de la historia. Si estaba mintiendo, ¿cómo sabía sobre los resultados de sangre que estaba esperando? ¿Cómo sabía que estaba intentando quedar embarazada a través de la inseminación? Si lo que decía era verdad, significaba… Que estaba embarazada. Yo tendría un bebé… Por alguna razón, la noticia me hizo feliz, pero quise atribuírselo a los pagos mensuales que recibiré. Porque no podía sentir nada más por este bebé. Bebé que crecería en mi vientre durante nueve meses para después ser arrancado de entre mis brazos… Por este ser que me desprecia. —Es la verdad. Yo soy el donador 220. Yo te contraté como madre subrogada —Sus palabras me sacaron de mi fosa de pensamientos. Con su mano disponible, tomó mi nuca, enredando sus dedos en mi cabellera rizada, obligándome a mantener su mirada—. El esperma que implantaron dentro de ti, es mío. El bebé que llevas en tu vientre también. En consecuencia, tú también eres mía. Me perteneces. Un escalofrío recorrió mi espina. La forma en que lo decía, como estaban formuladas las oraciones, me llevaba a un solo pensamiento: Esto no fue una coincidencia. El folleto de la agencia de madres subrogadas que eran dejados debajo de mi puerta todas las noches, la forma en que la clínica me aprobó como madre subrogada tan rápido, como conseguí un contrato para alquilar mi vientre ese mismo día… —¿Lo hiciste a propósito? —susurré, incapaz de creer lo que estaba sucediendo. Era imposible. Sonaba tan irreal. No tenía ningún sentido. Llevábamos diez años sin vernos, el mismo me había exigido salir de su vida y de repente, aparecía con este plan meticuloso, ¿para qué? ¿Para convertirme en su conejo reproductor? —Mis razones no son de tu incumbencia. Después de todo, no importa cuánto te lo intente explicar, no me creerías —habló con severidad, soltándome y apartándose—. Tú única preocupación en estos momentos debería ser salir de este lugar. A menos que quieras quedarte aquí por tiempo indefinido. Por un segundo, no fui capaz de moverme. Me sentía mareada, muy confundida. Era demasiado. Necesitaba respirar, necesitaba aire fresco. Las paredes de este lugar se sentían más pequeñas, como si se estuviera cerrando a mi alrededor. —¿Catrina, me estás escuchando? —añadió, mirándome con aquellos ojos verdes que me analizaban como un depredador. «Ese es el problema, lo estaba escuchando» Y de pronto, lo vi borroso. A él, a todo. Me tambaleé y creí que terminaría en el piso, pero unos brazos fuertes y cálidos me rodearon. Mi visión volvió a la normalidad a pesar de sentir una pesadez extrema en el cuerpo. Era Connor, me estaba estrechando contra su cuerpo. Y si la situación no era lo suficientemente lamentable. Un gruñido fuerte y desesperado llenó la habitación. Era mi estómago. Quise que la tierra me tragara en ese preciso momento. Las mejillas me ardieron. —¿Desde hace cuánto no comes? —preguntó, pero no le respondí. No le iba a dar el gusto de que se burlara de mí. Los segundos pasaron y fui arrastrada hasta la mesa donde se encontraba el abogado. Él se sentó en la silla disponible y me llevó consigo, sentándome en su regazo. Agrandé los ojos, pero fue un gran error. Mi campo de visión volvió a nublarse. Le gritó algo al guardia que estaba afuera de la habitación, pero no pude comprender. Todo giraba, giraba y giraba… —Oye, ni pienses en desmayarte ahora —dijo con un poco más de prisa, tomando mi mejilla entre sus manos, buscando que me mantuviera lúcida, pero era muy difícil—. No puedes perder la razón hasta que firmes. Será muy difícil volver a conseguir otra oportunidad de sacarte. Debes firmarlo ahora. Connor colocó la pluma entre mis dedos. Parpadeé varias veces, tratando de mantener la consciencia. Necesitaba leer el contrato, pero las letras no eran más que manchas negras. El oficial que estaba afuera, entró. Puso un vaso de agua y una galleta sobre la mesa antes de volver a retirarse como un fantasma. —¿Qué dice el contrato? —susurré torpemente, siendo consciente que no era capaz de leerlo. —Este contrato se lo entregaremos a los agentes de migración —Me informó el abogado—. Es una residencia legal temporal bajo el patrocinio del señor Ronchester. Estará bajo su protección. —¿Residencia? ¿Era así de fácil? Un papel entregado por Ronchester y podía quedarme en el país. —Solo debe firmarlo y el contrato entrará en vigencia inmediatamente. La habitación me comenzó a dar vueltas nuevamente. Era demasiado para procesar. Mis manos comenzaron a temblar. De pronto, un vaso de agua fue puesto contra mis labios y me vi obligada a beber. El agua era demasiado dulce. Le habían echado azúcar. Connor me obligó a tomar la mitad del contenido antes de alejar el vaso. Después de tanto tiempo sin alimento y solo haber ingerido un poco de agua azucarada, el estómago se me contrajo y la acidez subió por mi esófago, pero me vi obligada a contenerme. —Dijiste residencia temporal… —murmuré con dificultad, analizando sus palabras. —Una vez que usted dé a luz al hijo del señor Ronchester, la residencia será permanente —Interrumpió el abogado. ¡Permanente! Podría quedarme en el país de manera legal, sin esconderme, sin miedo… —¿Y si no firmo? —Me atreví a decir. —Te quedarás aquí, encerrada, hasta que des a luz a mi heredero —Esta vez fue Connor quién habló, severo y contundente. Lo miré desde mi posición, la seguridad adornando su rostro mientras su mano presionaba mi cintura, manteniéndome en mi lugar—. Y una vez que mi hijo sea entregado, tú estarás en manos del estado. Ellos decidirán si te dejan en este chiquero en espera de una residencia que tú y yo sabemos que no te darán. O si te enviarán devuelta a tu país. El peso de sus palabras cayó sobre mí. Lo que me pasaría se escuchaba horrible y… tan real. —Te estoy ofreciendo la residencia porque mi mayor interés es que el bebé que crece en tu vientre tenga las mejores condiciones posibles —añadió, frunciendo el ceño, como si necesitara explicarse. No había opción buena. Solo opciones. Quedarme aquí hasta que migración se olvide de que existo, dejándome en una celda por años, pudriéndome. O convertirme en una de las propiedades de Connor, estar bajo su entero control. Todo se escuchaba mal, pero solo había una opción que me permitiría estar con mi papá, pagar sus gastos médicos y mantenerme lejos de estos barrotes. No podía dar a luz en un lugar como este… Presioné la pluma con fuerza, siendo consciente que ya había tomado la decisión, pero mi cuerpo no colaboraba. Connor debió darse cuenta, porque tomó mi mano entre las suyas y la colocó sobre el papel. Las lágrimas bañaron mis ojos mientras firmaba, digiriendo lo que estaba ocurriendo. Ya le había vendido mi vientre a este hombre, pero ahora, sentía que le estaba entregando toda mi vida. Me hizo firmar tres hojas y no fui capaz de decir nada. Su mano fue al contrato y lo dobló, para después, guardarlo en su saco de vestir. Las alarmas se prendieron en mi cabeza y me levanté de golpe de su regazo, sintiendo como el piso se movía bajo mis pies. Pero no tenía tiempo para desmayarme. No después de lo que acababa de ver. —¿Esos papeles no eran para los agentes de migración? —El miedo era latente en mi voz—. ¿Por qué lo guardas? ¿Por qué no se lo das al abogado? Me miró con aquellos ojos verdes intensos. De pronto, una sonrisa de satisfacción adornó su rostro, pero no me respondió. En su lugar, se levantó, viniendo directo hacía mí. Retrocedí hasta chocar con la pared. El miedo me cubrió el cuerpo al percatarme que posiblemente, le había vendido mi alma sin darme cuenta. ¿Qué me había hecho firmar? —¿Qué era ese contrato? —dije con un poco más de firmeza. —Salgamos de aquí —anunció, ignorando mi anterior pregunta. Me tomó de las piernas y me subió a su hombro con una facilidad abismal. Quedé de cabeza y el mareo que me recorrió fue terrible —¡Connor, respóndeme! —Le grité, golpeando su espalda, pero no parecía prestarme atención—. ¡¿Qué firmé?! Pero él no estaba dispuesto a responderme. Me sacó de aquel lugar, pero el precio que pagué por mi libertad temporal debía ser muy alto, ya que no estaba dispuesto a compartirlo conmigo. ¿Qué era ese contrato? ¿Qué tan importante debía ser para que me engañara de esa forma? Ya le estaba entregando mi vientre, ¿qué más podía querer de mí?—Listo para la foto —Anunció el camarógrafo a todo volumen. Éramos pocas personas, pero estábamos repartidos a lo largo del jardín floreado. Cayetana estaba envuelta en los brazos de su padre, con un bonito vestido rosa con flores doradas y unos zapatos dorados diminutos, los cuales Connor aseguró que estaban espolvoreados con oro real. Me pareció absurdo que una bebé tan pequeña ya tuviera sobre su cuerpo una cantidad inmensurable de dinero, pero al parecer para él y su madre era completamente normal. Cosas de gente rica. Nos acercamos al centro del jardín, donde las distintas flores nos rodeaban, frescas y llenas de vida. Habían dos sillas elegantes esperándonos y no dudamos en sentarnos, con Cayetana en el medio, cuyo cabello rojizo le había comenzado a crecer, teniendo que usar una diadema dorada para lucir esos mechones. Un año. Ya habían pasado un año desde que esta pequeña llegó a nuestras vidas. Y todos mis miedos se fueron disipando a medida que los meses pasab
—Es una bebé tan, pero tan hermosa —habló mi padre, con una voz infantilizada mientras veía la cuna de Cayetana—. ¿Quién es la bebé más hermosa del planeta? Si no fuera por la tela que cubría la cuna para protegerla de los gérmenes exteriores, estaba segura que la tomaría en manos. Tal vez estaba siendo un poco obsesiva, pero no quería que se enfermera siendo tan pequeña, no después de todo lo que sufrió dentro de ese hospital. Una vez que estuviera más fuerte y con sus vacunas, dejaría que la consintiera. ¿Me estaba volviendo loca? Tal vez, pero con lo vivido, creo que lo normal es que terminara volviéndome de esta forma. —Aunque parece molesta —Geraldine sonreía desde el otro lado de la cuna—. Tiene su pequeño ceño fruncido. —Es que se parece al papá —dije lo suficientemente alto para que me escuchara mientras terminaba de arreglar la habitación de la bebé. No la usaríamos aún, ya que se estaba quedando en la nuestra, pero queríamos tener todo listo. —Que graciosa —Entró
••Narra Catrina••Mi bebé. Mi pequeña. Era tan frágil, casi no pesaba y aún así, tenía miedo de que se cayera, de que la agarrara con más fuerza de la que debía y la terminara lastimando. Lloraba con fuerza, llena de vida. Algo que pensaba muy lejano, una fantasía. Pero mi bebé estaba viva, sin necesidad de respirador. Sus ojos permanecían cerrados, pero sus manos se agitaban con fuerza al ritmo en que su boca se abría para emitir sonidos que a muchos podría llegar a aturdirles.—Cayetana —Me atreví a decir su nombre—. No tengas miedo, ya estás con mamá.Amaba saber que estaba viva, su llanto era la prueba de eso. Sin embargo, también me rompía, porque acababa de pasar por un evento traumático a tan corta edad. Tuvo un comienzo tan duro y esa mujer quería hacerle daño. Los pechos me pesaban dolorosamente, sintiéndolos llenos. Y juro que pude sentir como goteaban mis pezones.No pude resistirlo más. Bajé el tirante de mi vestido y mi sostén, lo suficiente para liberar uno de mis sen
Analicé el área. Estaba sola, con Cayetana en brazos. La puerta al parecer tenía seguro automático, incapaz de salir. Al parecer el plan se fue a la borda. No le dio tiempo de salir del edificio antes de que la alerta Amber cayera en el edificio, causando que todas las salidas se bloquearán.Por suerte me di cuenta a tiempo, dejé que mis instintos me guiaran en ese juicio y tomé la decisión correcta al llamar a Catrina. Si hubiéramos tardado un minuto más…No, me negaba a pensar en eso. Lo único que importaba ahora era que Cayetana estaba viva y tan cerca de nosotros. Solo necesitaba quitar a esa arpía del camino. Le hice una seña a Catrina con la mano, indicándole que guardará silencio y esperara. Parecía querer protestar, pero mi mirada la hizo retroceder, frunciendo el ceño.«Es por tu propio bien», traté de comunicarle con la mirada, pero no creo que me estuviera entendiendo. La guie hasta colocarla detrás del montacargas. Ella se acuclilló en el suelo, manteniéndose oculta. Pod
La miré. Estaba pálida, demacrada, como si hubiera regresado a aquella etapa en la que se quedaba mirando el vacío, perdida, llena de preocupaciones. Pero había algo diferente, sus ojos ardían con el mismo fuego que los míos.Se encontraba abatida por la posibilidad de haber perdido a nuestra hija, pero aún algo ardía. Aún no se quería rendir y yo tampoco. —Entonces vamos —dije, tomándola de la mano.Le prometí que estaríamos juntos, que superaríamos esto juntos. Y era verdad. Ahora, encontraríamos a nuestra hija juntos. Salimos de la habitación. Mis hombres ya estaban en el hospital, coordinados con la policía. Mi jefe de seguridad se acercó corriendo.—Señor, estamos revisando todas las salidas. Hay una que no está sellada del todo. El ala oeste, salida de emergencia.—¿Por qué no está sellada? —pregunté sin titubear, sintiendo la calidez de la mano de mi mujer, negándome a soltarla. —Porque alguien la desactivó desde dentro.Mis dientes se apretaron. Maricela. La subestimé. Pen
••Narra Connor••El coche derrapó en la entrada del hospital, interceptando la zona de las ambulancias. Casi choqué con uno de los pilares, pero con un chirrido, el auto se detuvo. No esperé a escuchar las quejas ni mucho menos, salí del auto sin importarme nada. Ya había recibido la alerta del hospital. La alerta Amber. Tenían a mi hija. Al intentar entrar al hospital, todas las puertas estaban cerradas, selladas. La golpeé con fuerza, el cristal reforzado apenas se escuchaba. Un material verdaderamente resistente. Pero poco me importó. Seguí golpeando, mi piel recibiendo todo el maldito impacto. Hasta que los ojos de una enfermera cayeron sobre los míos. La mujer, cuyo gesto preocupado no pasó desapercibido, se apresuró a pasar su llave de acceso. Al entrar, rápidamente volvió a cerrar la puerta. —Señor Ronchester, ya activamos la alerta Amber. Todos en el hospital de están moviendo. Encontraremos a su hija. Entré al vestíbulo sin dudarlo, podía sentirla seguirme. Al ver la ca







