INICIAR SESIÓNRELATO 1: Un invitado en casa
Simón se separó de ella, Camila acomodó rápidamente su pijama. Y se puso de pie.
Lorenzo apareció adormilado, miró a su esposa de arriba abajo y negó con la cabeza.
—¿Acaso no puedes dormir primo? —pasó por su lado y se acercó a Simón.
—Solo quería beber algo y tu esposa muy amablemente se ofreció a dármelo —espetó con una sonrisa de lado a lado en su rostro.
—No es para menos, finalmente eres mi invitado especial. No dudes en atenderlo cada vez que lo necesita mujer —dijo esta vez fijando su mirada en su esposa—. Y deberías verte un poco más presentable… ¿Qué pensará Simón?
Ella se miró, los botones de su camisa estaban cruzados. Y su piel estaba completamente erizada.
Esa noche Camila no pudo dormir, la imagen de Simón, un hombre lujurioso y sexy, chupando sus senos, era algo que no quería quitar de su cabeza.
Durante el desayuno, la tensión se volvió insoportable.
Lorenzo hablaba de inversiones y del caos en la oficina, mientras sus manos cortaban la carne frente a él.
Simón, en cambio, observaba.
Pero no solo observaba, tenía sus manos debajo de la mesa acariciando lentamente el muslo de Camila.
Lo hacía con una facilidad que simplemente la descolocaba.
Ella intentaba mostrarse tranquila ante lo que estaba sintiendo, intentaba prestarle atención a su esposo… pero sus intentos vagos no estaban funcionando.
Simón la observaba por el rabillo del ojo, el como Camila sostenía el vaso entre sus manos, cómo sus dedos se cerraban alrededor del cristal, cómo su labio inferior se humedecía antes de beber.
Camila intentaba mantener la compostura, pero la mano de Simón era un asedio constante y no se lo permitía.
Especialmente cuando uno de sus dedos logró tocar su intimidad.
Él se inclinó hacia adelante, invadiendo su espacio personal de manera sutil; sus hombros anchos dominaban la mesa y de vez en cuando, mientras hablaba, pasaba la punta de su lengua por sus dientes, un gesto inconsciente que a Camila le provocaba un calor súbito en la base del cuello.
—¿Y tú, Camila? —preguntó Simón, interrumpiendo un monólogo de Lorenzo—. ¿Qué haces para mantener el fuego encendido en esta casa tan… silenciosa?
Justo cuando hizo esa pregunta, logró presionar su dedo haciendo que ella emitiera un sonido cargado de placer.
Llamando la atención de Lorenzo, y sacando una sonrisa en él.
Lorenzo frunció el ceño, pero Camila sintió que la piel se le erizaba, mucho más de lo permitido.
—Lo normal —respondió ella, tratando de sonar firme, aunque su voz sonó más baja de lo normal.
Ella no retiró sus piernas, ante ese último ataque de su parte, por el contrario. Las abrió un poco más dándole más acceso.
Mientras que él sobaba sus dedos contra la tela que cubría su intimidad.
El contacto fue breve, apenas uno pequeño que la calentó, suficiente para que el pulso se le disparara.
Lorenzo terminó su desayuno, se puso de pie y estiró su mano para estrecharla con su primo.
—Siéntete en casa, lo que necesites puedes usarlo sin ningún problema. Y si te aburres mucho…
—No me aburriré, no te preocupes por mi primo. Puedes irte tranquilo a tu trabajo, me quedaría aquí haciéndole un poco de compañía a tu mujer.
Lorenzo estrechó su mano con su primo y luego le dio un beso a Camila en su cabeza para salir.
Habían quedado completamente solos, los hijos de Camila, como cada día habían salido temprano.
El silencio por unos cuantos segundos, fue demasiado tortuoso para ella.
Él se puso de pie y por unos cuantos segundos Camila creyó que esto había acabado.
Pero que equivocada estaba.
Simón la levantó sentándola sobre la mesa.
Con una facilidad que la tomó por sorpresa.
Estando allí, pasa sus manos por encima de la ropa de ella por cada una de sus curvas, apretando cada centímetro de su piel.
Ella se quedó quieta, observando la devoción con la que el hombre la tocaba y la observaba.
Simón comenzó a desvestirla poco a poco. Dejando que las prendas cayeran al suelo, y que ella quedara completamente desnuda ante él.
Camila sintió sus mejillas acalorarse, su cuerpo tenía las marcas del paso de los años. No era el tipo de cuerpo que llamara la atención con facilidad.
Por inercia tapó su abdomen y su intimidad.
Él lamió sus labios, y negó con su cabeza mientras retiraba las manos de ella.
—No te cubras Camila, eres perfecta… no tienes por qué sentir vergüenza de tu cuerpo. Es precioso, es caliente… lujurioso.
Camila sintió de nuevo sus mejillas arder, pero esta vez no fue por vergüenza. Esta vez fue por algo más, sentirse deseada por un hombre sumamente atractivo.
—Abre las piernas —él ordenó.
Ella lo hizo, como solía hacerlo una y otra vez cuando se masturbaba o cuando usaba su dildo.
Simón se quitó la camisa y recogió su cabello.
Su boca comenzó a recorrer cada parte del cuerpo de ella. Dejando besos húmedos a lo largo de su piel.
Simón se ubicó en medio de sus piernas, abriéndolas por completo.
—Mírame Camila —pidió en un susurro.
Y luego metió un par de sus dedos dentro de ella.
Sus dedos eran gruesos, ella abrió su boca dejando escapar un gemido ahogado.
Sus dedos se iban empapando de la excitación de Camila. El sonido de ellos chocando contra su sexo y sus jugos resonaban en cada rincón de la casa.
Ella se sostuvo de la madera al mismo tiempo que dejó caer su cuerpo hacia atrás.
Él continuaba moviendo sus dedos sin piedad. Frotaba su clítoris al mismo tiempo que sus dedos entraban y salían.
Ella comenzó a ver la gloria, comenzó a sentir ese cosquilleo que extrañaba, ese cosquilleo que anhelaba.
Apretó sus piernas y cada músculo de su cuerpo cuando el tan esperado orgasmo apareció.
Ella lo observó cuando él sacó los dedos y los llevó a su boca.
Camila miró su casa recorriendola con sus ojos, llegando de nuevo hasta Simón.
Era el momento de parar o continuar…
Aunque parar no era una opción.
Ella se bajó de la mesa, sus piernas se mojaron del líquido que caía debido a la gravedad.
Se apoyó en sus rodillas, desinhibiéndose por completo.
—Ahora es mi turno.
Sara abrió sus piernas y pasó sus manos a lo largo de su cuerpo, deslizó sus dedos por sus senos tocando con suavidad sus pezones, ante la atenta mirada del hombre frente a ella a través del enorme ventanal. Cuando finalmente se detuvo en su vientre la mirada de Damián se oscureció, él apretó su falo y gruñó. Verla allí con sus piernas abiertas, con sus dedos rozando sus labios vaginales era extremadamente excitante. Con su mirada supuestamente tan inocente y tan pecadora al mismo tiempo. Sara deslizó sus dedos con suavidad y luego finalmente metió uno de ellos dentro de su vagina. Su boca se abrió soltando un gemido ahogado, sus dedos comenzaron a salir entrar en ella con una facilidad impresionante. Estaba completamente mojada, totalmente excitada al tener esa imagen frente a ella. Él la observaba con deseo, mientras se masturbaba una y otra vez y su rostro totalmente desconfigurado por la excitación que lo recorría de pies a cabeza. Las piernas de Sara se abrieron un poco
Relato 5: Una vecina obsesivaSara abrió sus ojos y su respiración se agitó. Damián le dió un último vistazo y luego giró su cuerpo para volver a su lugar. —Te puedes retirar, es todo por ahora. —¿Es… todo por ahora? —cuestionó ella tragando saliva con fuerza. —Así es. Es todo por ahora quizá más adelante puedas… puedas recompensarme por guardar tu secreto. Quizás podamos llegar a un acuerdo y que las cosas se hagan diferente. —¿Diferentes? —Exacto. Tal vez pueda ser yo ahora el que se deleite con la vista, quizá sea yo el que pueda disfrutar mientras se observa a través de la ventana. —Sara abrió sus ojos de par en par, pero por una extraña sensación, no sintió vergüenza—. Es todo por ahora. Sara se puso de pie con su corazón latiendo con fuerza. La mirada penetrante de Damián que dejaba claro que él era consciente de lo que estaba hablando, de su secreto. De lo que ella hacía en la oscuridad, en las noches. Sus mejillas se sonrojaron, ¿En verdad era posible que él se hubiera
Relato 5: Una vecina obsesiva. Damián comenzó a presentarse, explicando sus nuevas políticas de rendimiento, pero Sara no podía escuchar una sola palabra. Sus ojos fijos en él devoraban la tela de su traje gris hecho a medida; su mente, traicionera y desbocada, comenzó a desvestirlo en ese mismo instante, los recuerdos en su cabeza hicieron eco sin poder evitarlo. Recordando la cicatriz que tenía cerca de la cadera izquierda y el vello oscuro que adornaba su pecho, detalles que solo ella conocía en esa sala. De pronto, la mirada de Damián barrió al grupo y se detuvo directamente en Sara. Al notar la palidez de ella y la intensidad de su mirada fija, Damián arqueó una ceja con curiosidad y esa suficiencia que lo caracterizaba. Sara bajó la vista de golpe, sintiendo que un rubor violento le quemaba las mejillas y que una humedad traicionera comenzaba a florecer entre sus piernas.Su secreto, ese secreto peligroso, acababa de mudarse a su lugar de trabajo.Durante las dos semanas si
Relato 5: Una vecina obsesiva. Sara lleva una vida aburrida, del trabajo a la casa… nunca ha tenido novio, pero su vecino la tiene completamente loca. ¿Qué pasará cuando Sara conozca a su nuevo jefe y se de cuenta que es el vecino al que suele espiar en las noches? *** La vida de Sara se regía por una monotonía tan predecible. A sus veintiséis años, su rutina era un bucle infinito. Despertarse a las seis de la mañana, tomar el mismo autobús hacia su aburrido empleo de analista de datos, regresar a las seis de la tarde, cenar algo precocinado y dormir. Nunca había tenido una relación seria; sus amigas solían bromear diciendo que Sara tenía un escudo invisible contra el romance. Y eso era algo que ella no negaba. Especialmente porque nadie sabía, el secreto que guardaba bajo llave en lo más profundo de su intimidad. Y es que Sara no necesitaba salir a buscar emociones porque el centro de su universo estaba a solo unos metros de distancia, justo al otro lado del patio interior
Relato 4: Pecado andanteRelato 4: Pecado andanteMike cerró los ojos frente al altar. Pidiendo perdón una y otra vez mientras hacía referencias cada tantos segundos. Cerrando sus ojos y azotando su espalda una y otra vez. Y no por la culpa, no sentía ni una pizca de culpa por lo que había pasado con Elena. Sus azotes eran uno tras otro por haber fallado y por haber caído en esa tentación tan profunda… tan pecadora. Su espalda ardía. Pero eso no era suficiente, necesitaba castigarse mucho más.Mike se puso de pie y giró su cabeza hacia atrás. Necesitaba continuar con su vida, no imaginaba vivir haciendo otra cosa que no fuera servirle a la iglesia y a su Dios.Se puso su túnica y salió, las voces de los feligreses se escuchaban a todo volumen, al llegar y verlos a todos reunidos para la misa matutina sus ojos solo buscaron a una persona… Habían pasado ocho días, ocho días de una completa tortura porque su mente se debatía entre eso que estaba consumiendo tu pensamiento la mayor
Mike suspiró agitadamente, nunca en su vida había vivido una experiencia tan fascinante. Por unos cuantos segundos, olvidó por completo la promesa que había hecho manteniendo el celibato y quitando de su mente cualquier tentación, cualquier cosa que pudiera hacerlo desviar de su camino. Había olvidado todo. Sin embargo, en ese momento no le importaba. No le importaba nada más que satisfacer esa necesidad que se había creado en su cuerpo con tenerla así.Elena puso su mirada cargada de pasión, de deseo. Y con una determinación en sus ojos poco a poco fue entrando en él. Su pene se deslizó dentro de su vagina palpitando fuertemente mientras entraba, mientras la sentía.Él abrió su boca al sentir su cuerpo reaccionando mientras ella estaba sobre él. Las manos de Elena comenzaron a acariciar con lentitud el abdomen de Mike. Sus músculos estaban marcados debido a su constante entrenamiento y para ella eso era un deleite. Ella esperó que el cuerpo de Mike estuviera listo y luego come







