Mag-log in
La primera vez que pensé seriamente en rendirme fue el día que enterramos a mi padre.
No lloré durante el funeral, y eso hizo que algunas personas me miraran raro, como si una hija que no llora fuera una hija fría, pero la verdad es que yo ya venía llorando desde hacía meses, desde aquella noche en la que sonó el teléfono y me dijeron que había tenido un accidente en la fábrica, desde la primera vez que vi su cuerpo conectado a máquinas y entendí que la vida podía romperse en cuestión de segundos sin pedir permiso. Gasté todo lo que tenía intentando salvarlo. Vendí mis pocas joyas, saqué préstamos pequeños, dejé de comer bien, dejé de dormir tranquila y hasta trabajé horas extras cuando todavía tenía empleo, porque necesitábamos dinero para medicamentos, estudios y tratamientos que al final no sirvieron de nada. Mi padre murió igual, y después de eso, todo empeoró. Mi madre ya estaba enferma desde antes, con problemas respiratorios que la dejaban días enteros en cama, y mis hermanas todavía eran pequeñas, una de once y otra de quince, así que de un momento a otro me convertí en la única persona capaz de mantener la casa. Yo tenía treinta años y nunca había sentido tanto miedo: miedo de no llegar a fin de mes, de que cortaran la luz, de mirar la heladera vacía, de que mis hermanas dejaran la escuela y de volver a pasar por lo que viví en mi antiguo trabajo. Todavía recuerdo la cara de Lorena cuando Recursos Humanos me llamó para despedirme. Ella estaba sentada frente a su computadora fingiendo trabajar mientras yo escuchaba cómo me acusaban de errores que nunca cometí, de atrasos falsos, de maltratos inventados hacia clientes que ni siquiera conocía. Lorena llevaba meses haciéndome la vida imposible. Nunca me dijo directamente que le molestaba mi color de piel, pero se notaba en sus comentarios, en la forma en que hablaba de mí frente a otros compañeros, en esas bromas disfrazadas de inocencia que siempre terminaban haciéndome sentir menos. “Seguro Silvia sabe limpiar eso mejor que nadie.” “Con ese carácter tímido no va a llegar lejos.” “Hay gente que debería conformarse con lo que consigue.” Yo aguanté todo porque necesitaba el sueldo. Hasta que un día ella lloró frente al jefe, dijo que yo la había amenazado y me echaron sin investigar nada. Después de eso busqué trabajo durante casi siete meses. Siete meses escuchando “te llamaremos”, viendo cómo cambiaban la expresión cuando revisaban mi historial laboral, sintiéndome cada vez más pequeña. Por eso, cuando recibí el correo de la empresa Beaumont Holdings, pensé que era una equivocación. Era una empresa enorme, todos conocían ese nombre, y todos conocían también a su CEO. Adrián Beaumont. Perfeccionista, frío, exigente. Decían que había despedido asistentes por equivocarse en un simple correo y que ninguna mujer soportaba más de tres meses trabajando con él. Aun así fui a la entrevista porque necesitaba dinero y porque ya no podía darme el lujo de rechazar oportunidades. Recuerdo perfectamente la primera vez que lo vi. Alto, impecable, con esa clase de presencia que hace que una habitación se quede en silencio apenas entra alguien. No sonrió cuando me saludó, ni intentó parecer amable. Me hizo preguntas rápidas, directas, y mientras yo respondía sentía que analizaba cada palabra, cada gesto y hasta mi forma de respirar. Pensé que no me contrataría, pero dos días después me llamaron y, contra todo pronóstico, terminé siendo muy buena en el trabajo. Organizaba sus reuniones, corregía errores antes de que ocurrieran, aprendía rápido y jamás llegaba tarde. Ya eran casi las nueve de la noche y la mayoría se había ido. Yo seguía corrigiendo unos documentos porque al día siguiente había una reunión importante, y aunque estaba cansada, no quería cometer errores. Me levanté para llevar unos archivos a su oficina y me detuve apenas llegué a la puerta entreabierta. Adrián estaba sentado detrás del escritorio, pero no trabajando. Tenía el celular en la mano y una expresión distinta, más agotada. —No voy a discutir esto otra vez —dijo con la voz baja. Nunca lo había escuchado hablar así. Guardé silencio sin entrar. —Ya envié el dinero... no, eso no arregla nada y lo sabes. Fruncí apenas el ceño, por un momento dejó de parecer el CEO frío que hacía temblar a toda la empresa, parecía simplemente un hombre agotado. Escuchó unos segundos más y luego cerró los ojos mientras se pasaba una mano por la cara. —Mamá, por favor... estoy trabajando. La forma en que dijo “mamá” me sorprendió más de lo que debería. No sonó frío, sonó cansado, triste, incluso. Bajé la vista al darme cuenta de que estaba escuchando algo privado, pero antes de irme moví sin querer la carpeta que llevaba en brazos y el ruido hizo que Adrián levantara la cabeza, y nuestras miradas se cruzaron, sentí vergüenza al instante. —Lo siento, yo no quería escuchar... Él guardó silencio unos segundos antes de cortar la llamada, por primera vez desde que lo conocía, no parecía molesto, solo cansado. —¿Qué necesitas? Entré despacio y dejé los documentos sobre su escritorio. —Los informes de mañana. Adrián asintió con la cabeza y cuando fui a salir, habló otra vez. —Silvia. Me giré, y él me observó unos segundos antes de decir: —Ya es tarde. No deberías seguir aquí. Casi respondí “usted tampoco”, pero me contuve. No éramos iguales. Él podía quedarse trabajando hasta el amanecer si quería. —Quería terminar esto hoy. Sus ojos bajaron un momento hacia mis manos. —¿Ni siquiera cenaste, verdad? Me sorprendió que lo notara, pero no respondí enseguida. Adrián abrió un cajón, sacó una caja pequeña de comida todavía cerrada y la dejó frente a mí. —Toma. Parpadeé confundida. —No hace falta… —Sí hace falta. Su tono seguía siendo serio, pero ya no tan duro como siempre. Dudé unos segundos antes de aceptar la caja. —Gracias. Él solo asintió y volvió a mirar los documentos, aunque antes de que saliera habló una vez más. —Buen trabajo hoy. Me quedé quieta unos segundos porque jamás lo había escuchado decir algo así, no sé por qué, pero escuchar eso me dejó pensando toda la noche. Él casi nunca me felicitaba, pero desde ese momento empecé a notar pequeños cambios. Dejaba de corregirme tanto, confiaba más tareas en mí, a veces me pedía café y decía “gracias” sin siquiera darse cuenta. Para cualquiera eso sería normal, pero en alguien como Adrián Beaumont era prácticamente un milagro. Así pasaron cuatro meses. Cuatro meses en los que mi casa empezó a respirar un poco otra vez. Pude comprar los medicamentos de mamá sin calcular monedas, pude pagarle internet a mis hermanas para que estudiaran, pude dormir algunas noches sin sentir un peso aplastándome el pecho. Entonces llegó ese día. —Silvia, quédate cuando todos se vayan. Necesito hablar contigo en privado. Sentí un vacío en el vientre. Todo el trayecto hasta el final de la jornada lo pasé pensando en errores que quizá no había notado. Tal vez olvidé algún documento, o hice algo mal, tal vez alguien habló mal de mí otra vez. El miedo me acompañó hasta su oficina. Cuando entré, mi jefe estaba de pie junto a la ventana, aflojándose la corbata con cansancio. —Cierra la puerta —dijo. Lo hice con las manos temblando. Él me observó unos segundos antes de hablar. —No voy a despedirte. Sentí alivio inmediato, tan fuerte que casi me mareé, pero duró poco. —Entonces... ¿qué sucede? Mi jefe guardó silencio unos segundos y luego fue directo. —Quiero acostarme contigo. Creí haber escuchado mal. Lo miré sin reaccionar mientras mi cabeza intentaba entender las palabras. —¿Qué? —No voy a fingir que estoy enamorado ni voy a decirte cosas bonitas para convencerte —dijo con tranquilidad—. Quiero pasar una noche contigo. Sentí calor en la cara. Vergüenza, confusión, miedo. Nunca un hombre me había hablado así, ni siquiera había besado demasiados hombres en mi vida. Siempre fui tímida, reservada, insegura de mi cuerpo y de mí misma, y mientras otras mujeres parecían moverse con facilidad en temas de relaciones, yo sentía que siempre iba atrasada. Mi jefe siguió hablando. —No tienes que responder ahora. Piénsalo y mañana me das una respuesta. Eso fue todo. Ni amenazas, ni presión directa, pero aun así sentí presión, porque era mi jefe, y necesitaba ese trabajo, mi vida dependía de ese sueldo. Esa noche fui a casa de mi mejor amiga, Cami, y apenas cerró la puerta empecé a contarle todo. Ella abrió los ojos al escuchar el nombre de Adrián Beaumont. —¿El CEO quiere acostarse contigo? —No lo digas así... —¿Así cómo? Silvia, ese hombre está buenísimo, medio mundo babea por él. Me dejé caer en su sofá y me tapé la cara. —No sé qué hacer. —Acepta. La miré. —Camila... —¿Qué? Si fuera yo ni lo pensaría. —Es mi primera vez. Ella hizo una mueca. —Ya te lo dije muchas veces, la virginidad está sobrevalorada. —Lo sé, pero para mí no. Y era verdad, yo no soñaba con una boda perfecta ni cosas así, pero siempre imaginé que mi primera vez sería con alguien que me quisiera de verdad, alguien con quien me sintiera segura y no una decisión tomada por necesidad. Esa noche llegué tarde a casa, aunque el cuerpo me dolía del estrés, al menos llevaba comida y los medicamentos de mamá en la bolsa. Entré intentando no hacer ruido, pero apenas puse un pie en la cocina escuché la tos de mi madre desde su habitación. Esa tos seca, larga, agotada, yo la conocía demasiado bien. Dejé las cosas rápido y fui a verla. Estaba sentada en la cama respirando con dificultad mientras mi hermana menor le sostenía un vaso de agua. —Mami... Ella intentó sonreírme cuando me vio. —Tranquila, hija, ya se me va a pasar. Mentía mal. Mi hermana me miró enseguida. —Se quedó sin inhalador otra vez. Sentí un vacío horrible en el pecho. —¿Cómo que se quedó sin inhalador? —Lo usó más estos días. Cerré los ojos un segundo intentando mantener la calma porque ya sabía lo que venía después. Dinero. Siempre dinero. Revisé mi bolso aunque ya sabía cuánto quedaba en mi cuenta, no alcanzaba. Otra vez no alcanzaba. Mi mamá intentó incorporarse. —Tranquila, hija, puedo aguantar hasta fin de mes. Eso fue lo que más me dolió, porque lo decía como alguien acostumbrada a pasar necesidades. Me senté al borde de la cama sintiendo el cansancio aplastarme el cuerpo entero. Tenía treinta años, y mi vida se resumía a sobrevivir, trabajar, pagar, callar, y aguantar. Mi hermana menor me abrazó de golpe. —Perdón... Fruncí el ceño inmediatamente. —¿Por qué te disculpas? —Porque siempre haces todo sola. Sentí un nudo en la garganta tan fuerte que tuve que mirar hacia otro lado, y fue ahí cuando entendí la verdad más fea de todas, yo ya no tenía espacio para pensar solo en mí. No podía darme el lujo de elegir siempre lo correcto, lo digno o lo ideal. Porque mientras yo dudaba, las cuentas seguían llegando, mi madre seguía enfermándose y mis hermanas seguían necesitando cosas que yo apenas podía darles. Por eso la propuesta de Adrián me había golpeado tan fuerte. No era solo sexo, era estabilidad, era miedo. Era la desesperación de alguien que sentía que si perdía ese trabajo, perdía todo otra vez. Al día siguiente llegué a la oficina sintiéndome distinta, como si durante una sola noche hubiera envejecido años. Adrián estaba revisando documentos cuando entré. Levantó la vista y me miró. —¿Ya lo pensaste? Mis manos sudaban, mi garganta estaba seca, y aun así respondí. —Sí. Él dejó el bolígrafo lentamente. —¿Y? Sentí vergüenza de mí misma, también desesperación, y la desesperación, cuando crece demasiado termina empujándote hacia lugares que jamás imaginaste. Lo miré directo por primera vez desde que entré. —Acepto.Durante un segundo, mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza. Ver a mi padre sentado en esa silla, con las manos atadas y una herida en la frente, me provoca un impulso tan fuerte de correr hacia él que apenas consigo mantener los pies en el mismo lugar. Adrián me aprieta la mano, y ese contacto me recuerda que Gabriel está esperando precisamente eso: que deje de pensar, que me olvide de todo lo que planeamos y que me acerque a él sin medir las consecuencias.Mi tío permanece junto a una cámara montada sobre un trípode. Lleva una camisa oscura con las mangas arremangadas y tiene el aspecto de alguien que lleva horas trabajando sin preocuparse por descansar. No parece sorprendido de vernos. Su sonrisa, en cambio, me produce una inquietud que no consigo explicar, porque hay algo demasiado personal en la manera en que me observa, como si llevara años esperando este momento y supiera exactamente qué voy a hacer después.—Soltalo —ordeno, señalando a mi padre.Gabriel mira al hombre atado a
A las cuatro de la mañana, empiezo a entender que el miedo puede adoptar formas muy distintas, y que la peor de todas es aquella que se parece demasiado a una decisión propia. Llevo casi una hora revisando los archivos que mi hermano logró recuperar del sistema de Gabriel, buscando alguna pista que explique por qué Mateo nos citó en la clínica y qué relación tiene ese encuentro con la visión que tuve de mi tío muerto. Cada documento parece abrir una pregunta nueva, y cuanto más leo, más difícil me resulta distinguir los recuerdos que me pertenecen de aquellos que alguien colocó en mi cabeza.Adrián permanece a mi lado, sentado frente a la computadora, con una mano apoyada sobre mi rodilla. Hace un rato dejó de fingir que estaba concentrado en los archivos y empezó a observarme cada vez que cree que no me doy cuenta. Conozco esa mirada. La he visto cuando estoy a punto de hacer algo peligroso, cuando intento ocultarle que estoy asustada y cuando él quiere preguntarme algo que probablem
La imagen de Gabriel muerto sigue apareciendo detrás de mis ojos cada vez que intento concentrarme en otra cosa. Recuerdo sus manos cubiertas de sangre, el suelo blanco bajo su cuerpo y la expresión de Adrián cuando me rodea desde atrás. Hay algo en ese recuerdo que me resulta insoportable, una sensación de pérdida que no consigo relacionar con lo que vi, porque en ningún momento aparece el rostro de la persona que yace en el suelo con la claridad suficiente para reconocerla.Me aferro a la camisa de Adrián y escondo el rostro contra su pecho.—Necesito salir de acá.Él me acaricia la espalda.—Vamos a salir.—No quiero volver a ver esa imagen.—Entonces no tenés que hacerlo ahora.Levanto la cabeza para mirarlo.—¿Y si vuelve?—Me lo decís.—¿Y si no puedo distinguir un recuerdo real de algo que todavía no pasó?Adrián guarda silencio unos segundos antes de responder.—Vamos a aprender a distinguirlos.—¿Y si no podemos?—Entonces vamos a buscar otra manera.Su seguridad me hace sonr
La frase sigue resonando en mi cabeza incluso después de que la pantalla se apaga. Tengo seis años en esa grabación, quizá menos, y estoy hablando de la muerte de Gabriel con una tranquilidad que me resulta imposible de aceptar. No recuerdo haberlo dicho, no recuerdo aquella habitación y, sin embargo, una parte de mí reconoce la escena con una certeza que me hace apretar la mano de Adrián hasta que él entrelaza los dedos con los míos.—Decime que vos también escuchaste eso —murmuro.—Lo escuché.—Yo dije que Mateo iba a matar a Gabriel.Adrián me acaricia el dorso de la mano.—Sí.—¿Por qué diría algo así una nena de seis años?—No lo sé, pero vamos a averiguarlo.Lo miro con una mezcla de miedo y frustración.—¿Y si no fue una predicción? ¿Y si vi algo que ya había pasado?Adrián tarda un instante en contestar.—Entonces vamos a descubrir qué pasó de verdad.—¿Y si Mateo hizo algo horrible?—También vamos a descubrirlo.—Podrías mentirme un poco para variar.Su expresión se suaviza.
Tengo miedo de lo que hay detrás de esa puerta, aunque todavía no sé qué estamos a punto de encontrar. La inscripción de FASE CERO me resulta familiar por alguna razón que no consigo explicar, y cuando apoyo la mano sobre la superficie metálica, una punzada me atraviesa la cabeza con tanta fuerza que tengo que cerrar los ojos.Veo una habitación blanca.Una mesa pequeña.Un dibujo hecho con lápices de colores.Y a un hombre agachado frente a mí, sosteniendo una fotografía.—¿Te acordás de él, Silvia?La imagen se desvanece antes de que pueda verle la cara.—¡Silvia!Abro los ojos y encuentro a Adrián sujetándome por los hombros. Tiene el rostro muy cerca del mío y me observa con una preocupación que me obliga a concentrarme en él, en sus ojos, en sus manos sobre mis brazos.—¿Qué pasó?—Tuviste otro recuerdo.—Vi una habitación. Había un hombre conmigo, pero no pude verle la cara.Mi hermano se acerca a la puerta y examina el panel de seguridad.—¿Qué te preguntó?Lo miro.—Me pregunt
Durante unos segundos nadie se mueve.Adrián permanece a mi lado, pero siento cómo todo su cuerpo cambia al escuchar esa palabra.Mamá.La mujer frente a nosotros tiene los mismos ojos que recuerdo de las fotografías que alguna vez vi en casa de Adrián. Más cansados, quizá. Más marcados por los años. Pero son los mismos.Ella también lo reconoce.Lo mira como si quisiera memorizar cada detalle de su rostro antes de acercarse.—Adrián...Él da un paso.Se detiene.—¿Sos vos?La pregunta me rompe algo por dentro.Su madre asiente.—Sí.Adrián la mira durante varios segundos.—Estabas muerta.Ella cierra los ojos.—Lo sé.—Todos pensaban que estabas muerta.—Lo sé.—Yo también.Su voz se quiebra.Ella avanza otro paso.—Lo siento.Adrián retrocede.Eso me sorprende.No porque no quiera acercarse, sino porque parece no saber qué hacer con todo lo que siente.Me mira.No dice nada.Yo le aprieto la mano.—Andá —susurro.—¿Y vos?—Voy con vos.Eso parece ser suficiente.Adrián camina hacia







