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2. La noche que cambió todo.

Autor: WJRalde
last update Fecha de publicación: 2026-05-10 12:02:34

El silencio que quedó en la oficina después de que dije “acepto” fue peor que cualquier grito.

Adrián me sostuvo la mirada unos segundos, como si quisiera comprobar que no iba a arrepentirme en ese mismo instante, y después asintió apenas, tranquilo, demasiado tranquilo para alguien que acababa de cambiarme el mundo con una sola propuesta.

—Bien —dijo—. Entonces vuelve a trabajar.

Parpadeé confundida.

—¿Eso es todo?

—Por ahora sí.

Tomó nuevamente unos documentos y empezó a leerlos como si nada hubiera pasado, como si yo no estuviera ahí con el corazón golpeándome el pecho.

—A la hora de salida mi chofer te llevará a un lugar privado.

Sentí un nudo en el vientre.

—Entiendo.

—Silvia.

Levanté la vista.

—No vengas asustada.

Mentira, ya estaba aterrada.

Salí de la oficina sintiendo las piernas débiles y me senté frente a mi computadora intentando actuar normal, pero desde ese momento fui incapaz de concentrarme. Leía correos tres veces seguidas sin entenderlos y cada vez que escuchaba pasos cerca de mi escritorio sentía que me faltaba el aire.

Porque ahora ya no era una posibilidad, iba a pasar. Mientras las horas avanzaban, mi cabeza no dejaba de imaginar cosas. Su mansión, una habitación enorme. Él encima mío, sus manos, mi cuerpo reaccionando torpemente porque ni siquiera sabía cómo actuar en una situación así.

Nunca me sentí tan consciente de mí misma como esa tarde, de mi ropa. de mi respiración, de mis labios, incluso de la forma en que cruzaba las piernas debajo del escritorio.

A las seis en punto recibí un mensaje corto.

“Baja.”

Tomé mi bolso y sentí varias miradas encima cuando atravesé la oficina, aunque probablemente solo fueran ideas mías. El chofer me esperaba afuera junto a un auto negro impecable y abrió la puerta trasera apenas me acerqué.

El trayecto fue silencioso.

Yo iba mirando las luces de la ciudad por la ventana mientras intentaba controlar los nervios, pero cuando el auto empezó a entrar en una zona llena de hoteles exclusivos fruncí el ceño.

Y después lo vi. 

Era un motel, no uno cualquiera, uno de esos lugares absurdamente caros que parecían hoteles de lujo.

El chofer estacionó dentro, y bajó primero.

—El señor Beaumont ya viene en camino.

Asentí despacio, tenía las manos frías.

Entré al lugar y por un momento olvidé incluso respirar. Todo era elegante, silencioso, iluminado con luces cálidas y suaves, con pisos brillantes y un aroma suave, caro, difícil de describir.

Nada se parecía a los moteles vulgares que imaginaba. Una mujer me acompañó directamente a la suite privada sin hacer preguntas. Cuando entré, sentí todavía más tensión. La habitación era enorme.

Había una cama demasiado grande, sábanas violetas impecables, un ventanal inmenso y una pequeña sala con bebidas sobre una mesa de vidrio.

Parecía un sueño ajeno, uno al que yo no pertenecía.

Me quedé de pie sin saber qué hacer, abrazando mi bolso contra el pecho mientras escuchaba el ruido de mi propia respiración.

Y entonces la puerta se abrió.

Adrián entró sin apresurarse, todavía con el traje oscuro perfectamente puesto, aunque ahora tenía los primeros botones de la camisa desabrochados y la corbata ligeramente floja.

Sus ojos fueron directamente hacia mí.

Por primera vez desde que lo conocía, sentí esa mirada de una forma distinta. Más pesada, más masculina, más profunda.

—Pareces a punto de salir corriendo —dijo acercándose.

Intenté sonreír, pero no me salió.

—Estoy nerviosa.

Él dejó las llaves sobre la mesa y se acercó lentamente, como si no quisiera asustarme más.

—Relájate, Silvia.

Su voz bajó un poco.

—Voy a tratarte bien.

No sé por qué esas palabras me afectaron tanto, tal vez porque nadie me había hablado así antes, tal vez porque parte de mí esperaba algo más frío, más brusco.

Adrián levantó una mano y apartó suavemente un mechón de cabello detrás de mi oreja, sentí un escalofrío recorriéndome entera.

—Sigues temblando.

—Lo siento.

—No te disculpes por eso.

Sus dedos bajaron despacio por mi cuello y sentí cómo mi respiración se alteraba, nunca había estado tan cerca de un hombre así, nunca había sentido esa clase de tensión.

Él parecía notarlo todo, la forma en que tragaba saliva, cómo apretaba las piernas, y evitaba mirarlo demasiado tiempo.

—Mírame —dijo suavemente.

Lo hice, y creo que fue un error, porque la intensidad en sus ojos me dejó todavía más vulnerable.

Adrián acercó su rostro al mío despacio, dándome tiempo para apartarme si quería, pero no me moví. Cuando sus labios tocaron los míos sentí un calor inmediato subir por todo mi cuerpo.

Me besó lento, sin brusquedad, como si quisiera probarme primero.

Yo tardé unos segundos en reaccionar, pero cuando sentí su mano apoyarse en mi cintura terminé aferrándome apenas a su camisa, nerviosa, torpe y completamente fuera de mi zona segura.

Él soltó una respiración baja contra mi boca.

—Así está mejor.

Volvió a besarme y esta vez profundizó un poco más el beso, haciendo que me mareara la sensación de tenerlo tan cerca. Sus manos recorrían mi espalda lentamente, calmándome y encendiéndome al mismo tiempo.

Y eso era lo peor, que mi cuerpo empezaba a responderle aunque mi cabeza siguiera llena de miedo.

Adrián me llevó despacio hasta el borde de la cama sin dejar de tocarme y cuando mis piernas chocaron contra el colchón levanté la mirada nerviosa.

Él pasó el pulgar por mi mejilla.

—No voy a hacerte daño.

Mi corazón latía tan fuerte que dolía. Sus besos bajaron hacia mi cuello y después a mis pechos, lentos, húmedos, provocando pequeñas descargas de calor que me hicieron cerrar los ojos.

Nunca imaginé que algo tan simple pudiera sentirse así.

Sus manos acariciaban mis piernas, debajo de mi falda mientras su respiración chocaba contra mi piel.

—Eres hermosa —murmuró.

Sentí vergüenza inmediatamente. Yo nunca me consideré hermosa, ni siquiera cercana a eso, pero la forma en que él me miraba empezaba a hacerme dudar.

Adrián subió lentamente la falda por mis piernas y noté cómo su expresión cambiaba apenas descubrió mis medias delicadas.

—Dios...

La palabra salió baja, casi ronca, y algo dentro de mí tembló, jamás había provocado eso en nadie. Sus dedos acariciaron la parte interna de mi muslo y automáticamente apreté las piernas por reflejo.

Él soltó una pequeña risa.

—Tan tímida...

Quise responder algo, pero apenas podía pensar.

Me besó otra vez mientras sus manos seguían explorando mi cuerpo con paciencia, haciendo que cada caricia se sintiera demasiado intensa.

Todo era nuevo, demasiado nuevo.

Cuando deslizó la mano hacia mi cintura y empezó a quitarme lentamente la ropa interior, el miedo volvió de golpe. Mi cuerpo se tensó inmediatamente, él lo notó. Adrián se separó unos centímetros para mirarme.

—Silvia.

No pude sostenerle la mirada, de pronto sentí vergüenza de mi inexperiencia, de no saber hacer nada, de ese secreto que a mis treinta años parecía ridículo.

—Espera...

Mi voz salió pequeña.

Entrecerró los ojos.

—¿Qué pasa?

Tragué saliva.

—Yo nunca... nunca he estado con nadie.

El silencio cayó entre nosotros. Sentí su mano quedarse quieta sobre mi pierna, y cuando la vista, la expresión de Adrián había cambiado por completo.

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