Inicio / Romance / Irreversible / 4. Secretos después de oficina.

Compartir

4. Secretos después de oficina.

Autor: WJRalde
last update Fecha de publicación: 2026-05-10 12:16:24

Me desperté antes de que sonara la alarma y durante unos segundos no entendí por qué sentía el cuerpo tan adolorido.

Después recordé la habitación del motel. Las manos de Adrián. Su voz cerca de mi oído, y el calor volvió de golpe a mi cara incluso estando sola en mi cama.

Me quedé mirando el techo mientras intentaba ordenar mis pensamientos, pero era imposible hacerlo cuando todavía sentía el ardor entre las piernas cada vez que movía el cuerpo.

Dolía, no demasiado, pero sí lo suficiente para recordarme lo que había pasado la noche anterior.

Cerré los ojos unos segundos y, para mi propia vergüenza, terminé recordando detalles que hicieron que mi cuerpo se agitara.

La manera en que me había tratado, nunca imaginé que algo así pudiera sentirse tan intenso, y eso era lo peor, que me había gustado, no solo físicamente.

Había algo más intenso creciendo dentro de mí desde esa noche, algo que intentaba ignorar porque sabía perfectamente que Adrián Beaumont no era el tipo de hombre que se enamoraba de su asistente.

Era mi jefe, nada más.

Me obligué a levantarme y prepararme para el trabajo aunque seguía sintiendo el cuerpo sensible, especialmente mi conchita, cada movimiento me hacía recordar demasiado.

Cuando llegué a la empresa, el ambiente estaba extraño.

Había gente entrando y saliendo de las oficinas principales, teléfonos sonando más de lo normal y varios ejecutivos caminando rápido por los pasillos.

Una de las secretarias me explicó enseguida.

—Llegaron empresarios de Japón esta mañana, una reunión de último momento.

Eso explicaba por qué Adrián ni siquiera estaba en su oficina, aunque intenté convencerme de que me daba igual, la verdad era que me sentía rara, parte de mí esperaba verlo. Esperaba alguna mirada. Algún gesto, algo que me hiciera sentir que lo de anoche había significado aunque fuera un poco más que sexo, pero no pasó.

Toda la mañana transcurrió sin cruzármelo ni una sola vez. Yo trabajaba intentando concentrarme mientras mi cabeza volvía una y otra vez a la noche anterior, a sus manos, a su voz diciendo mi nombre, a su miembro en mi conchita virgen. Tenía curiosidad, aunque me daba vergüenza admitirlo, quería entender mejor lo que había sentido, y esa curiosidad terminó metiéndome en problemas.

A la hora del almuerzo fui a la sala de descanso porque necesitaba despejarme un poco. El lugar estaba casi vacío, apenas una máquina de café encendida y el ruido lejano de conversaciones en otros pisos.

Saqué mi celular mientras comía lentamente y, después de dudar unos segundos, terminé buscando porno.

Me sentía ridícula haciendo eso, como una adolescente descubriendo cosas tarde, pero no podía evitarlo, quería entender por qué mi cuerpo había reaccionado así, por qué seguía pensando en eso. Puse play al primer video que encontré. Era de una mujer vestida de estudiante, comiéndole a un hombre vestido de policía. Estaba tan concentrada mirando el video que no noté a José acercarse hasta que escuché su voz detrás de mí.

—Vaya, Silvia… no sabía que te gustaban esas cosas.

Casi se me cayó el celular del susto.

Levanté la vista inmediatamente y sentí la sangre desaparecerme del rostro cuando vi su sonrisa burlona.

José trabajaba en el área administrativa. Era simpático, relajado, de esos hombres que siempre estaban haciendo bromas y llevándose bien con todo el mundo.

—No es lo que parece —dije rápido apagando la pantalla.

Él soltó una risa.

—Tranquila, no voy a juzgarte.

Sentí alivio un segundo, hasta que añadió:

—Aunque quizá debería contarle al jefe que su asistente mira porno en horario laboral.

Sentí miedo al instante.

—Por lo que más quieras, no lo hagas.

Mi voz salió demasiado dramática y él lo notó. La sonrisa burlona cambió lentamente por otra expresión. Se sentó frente a mí cruzándose de brazos.

—Eh, relájate, estaba bromeando.

Pero yo ya estaba nerviosa, demasiado, porque después de todo lo que había pasado en mi trabajo anterior, la idea de que alguien hablara mal de mí otra vez me aterraba. No quería que Adrián pensara que era una cualquiera, no quería decepcionarlo, y José pareció darse cuenta de inmediato.

—Oye… te lo tomaste muy en serio.

Bajé la mirada.

—Solo no quiero problemas.

Él me observó unos segundos antes de inclinarse un poco hacia mí.

—Entonces haz algo por mí y listo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué cosa?

José sonrió apenas.

—Nada complicado.

Sentí incomodidad, pero el miedo habló más rápido que mi sentido común.

—Está bien.

Él levantó las cejas, sorprendido de que aceptara tan fácil, después sacó su celular y escribió algo rápidamente.

Un segundo después el mío vibró.

“Te espero en la sala uno, a la salida.”

El resto del día me sentí horrible.

Intenté convencerme de que José solo quería molestarme un rato, que seguramente no era nada grave, pero cada vez que recordaba el mensaje sentía ansiedad otra vez.

Y para empeorar las cosas, Adrián seguía desaparecido en reuniones, ni siquiera lo vi pasar cerca de mi escritorio. Parte de mí se sintió aliviada, porque no sabía cómo mirarlo después de anoche.

Cuando terminó la jornada, me quedé sentada unos minutos frente a la computadora intentando decidir si ir o no.

Sabía que debía ignorar a José, pero el miedo volvió a ganarme así que terminé levantándome.

La sala uno estaba vacía cuando entré.

José apareció un minuto después cerrando la puerta detrás de él.

—Pensé que no vendrías.

Me quedé quieta junto a la mesa, abrazando mi bolso contra el pecho.

—¿Qué quieres?

Él me miró de arriba abajo sin disimular esta vez.

—Siempre que te veo me pongo cachondo.

Sentí vergüenza inmediata.

—Vamos, no pongas esa cara. Solo quiero pasarla bien un rato.

Se acercó despacio hasta quedar frente a mí y tomó mi mano antes de que pudiera reaccionar, la llevó directamente hacia el bulto marcado bajo su pantalón. Mi cuerpo se tensó de golpe, tanto que intenté apartarme.

—No...

—Relájate.

Su voz salió suave, casi divertida.

—No voy a hacerte nada malo, te lo prometo.

Quise decir que no otra vez, de verdad quise hacerlo, pero entonces pensé en Adrián. En mi trabajo.

En todo lo que dependía de ese sueldo, y terminé quedándome quieta.

José sonrió apenas al notar que ya no me resistía.

—Eso…

Bajó lentamente el cierre de su pantalón mientras me observaba.

—Solo dame un poco de atención y nadie va a enterarse de nada.

Sentía el corazón acelerado por la incomodidad y la vergüenza, pero José tenía una forma fácil de hablar, ligera, casi juguetona, que hacía que todo pareciera menos grave de lo que realmente era.

—Quiero sentir tus labios… en mi polla —murmuró. 

Sus manos guiaron las mías lentamente, hacia su pene, mientras seguía hablándome con esa calma extraña que terminaba confundiendo todavía más mi cabeza, le manoseé.

—Qué rico… ahora ponte de rodillas.

Me sentí incómoda, nerviosa y fuera de lugar, pero terminé dejándome llevar porque en ese momento el miedo a perderlo todo seguía siendo más fuerte que cualquier otra cosa.

Abrí la boca como la mujer del video, y él introdujo su pene, lentamente, sentí su tacto, su olor, sabor, entrando y saliendo de mi boca, mientras se arqueaba del gozo, y sentí su éxtasis llenando mi boca.

—Trágalo.

Y así lo hice.

Cuando salí de la sala uno, tenía las piernas débiles y el pecho lleno de una sensación extraña que no sabía explicar.

Cerré la puerta detrás de mí intentando respirar con normalidad, suplicando que José cumpliera su palabra.

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • Irreversible   150. Sé lo que hiciste.

    Durante un segundo, mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza. Ver a mi padre sentado en esa silla, con las manos atadas y una herida en la frente, me provoca un impulso tan fuerte de correr hacia él que apenas consigo mantener los pies en el mismo lugar. Adrián me aprieta la mano, y ese contacto me recuerda que Gabriel está esperando precisamente eso: que deje de pensar, que me olvide de todo lo que planeamos y que me acerque a él sin medir las consecuencias.Mi tío permanece junto a una cámara montada sobre un trípode. Lleva una camisa oscura con las mangas arremangadas y tiene el aspecto de alguien que lleva horas trabajando sin preocuparse por descansar. No parece sorprendido de vernos. Su sonrisa, en cambio, me produce una inquietud que no consigo explicar, porque hay algo demasiado personal en la manera en que me observa, como si llevara años esperando este momento y supiera exactamente qué voy a hacer después.—Soltalo —ordeno, señalando a mi padre.Gabriel mira al hombre atado a

  • Irreversible   159. La clínica de los recuerdos.

    A las cuatro de la mañana, empiezo a entender que el miedo puede adoptar formas muy distintas, y que la peor de todas es aquella que se parece demasiado a una decisión propia. Llevo casi una hora revisando los archivos que mi hermano logró recuperar del sistema de Gabriel, buscando alguna pista que explique por qué Mateo nos citó en la clínica y qué relación tiene ese encuentro con la visión que tuve de mi tío muerto. Cada documento parece abrir una pregunta nueva, y cuanto más leo, más difícil me resulta distinguir los recuerdos que me pertenecen de aquellos que alguien colocó en mi cabeza.Adrián permanece a mi lado, sentado frente a la computadora, con una mano apoyada sobre mi rodilla. Hace un rato dejó de fingir que estaba concentrado en los archivos y empezó a observarme cada vez que cree que no me doy cuenta. Conozco esa mirada. La he visto cuando estoy a punto de hacer algo peligroso, cuando intento ocultarle que estoy asustada y cuando él quiere preguntarme algo que probablem

  • Irreversible   148. Soy yo.

    La imagen de Gabriel muerto sigue apareciendo detrás de mis ojos cada vez que intento concentrarme en otra cosa. Recuerdo sus manos cubiertas de sangre, el suelo blanco bajo su cuerpo y la expresión de Adrián cuando me rodea desde atrás. Hay algo en ese recuerdo que me resulta insoportable, una sensación de pérdida que no consigo relacionar con lo que vi, porque en ningún momento aparece el rostro de la persona que yace en el suelo con la claridad suficiente para reconocerla.Me aferro a la camisa de Adrián y escondo el rostro contra su pecho.—Necesito salir de acá.Él me acaricia la espalda.—Vamos a salir.—No quiero volver a ver esa imagen.—Entonces no tenés que hacerlo ahora.Levanto la cabeza para mirarlo.—¿Y si vuelve?—Me lo decís.—¿Y si no puedo distinguir un recuerdo real de algo que todavía no pasó?Adrián guarda silencio unos segundos antes de responder.—Vamos a aprender a distinguirlos.—¿Y si no podemos?—Entonces vamos a buscar otra manera.Su seguridad me hace sonr

  • Irreversible   147. Yo sé quién sos.

    La frase sigue resonando en mi cabeza incluso después de que la pantalla se apaga. Tengo seis años en esa grabación, quizá menos, y estoy hablando de la muerte de Gabriel con una tranquilidad que me resulta imposible de aceptar. No recuerdo haberlo dicho, no recuerdo aquella habitación y, sin embargo, una parte de mí reconoce la escena con una certeza que me hace apretar la mano de Adrián hasta que él entrelaza los dedos con los míos.—Decime que vos también escuchaste eso —murmuro.—Lo escuché.—Yo dije que Mateo iba a matar a Gabriel.Adrián me acaricia el dorso de la mano.—Sí.—¿Por qué diría algo así una nena de seis años?—No lo sé, pero vamos a averiguarlo.Lo miro con una mezcla de miedo y frustración.—¿Y si no fue una predicción? ¿Y si vi algo que ya había pasado?Adrián tarda un instante en contestar.—Entonces vamos a descubrir qué pasó de verdad.—¿Y si Mateo hizo algo horrible?—También vamos a descubrirlo.—Podrías mentirme un poco para variar.Su expresión se suaviza.

  • Irreversible   146. Me estás mintiendo.

    Tengo miedo de lo que hay detrás de esa puerta, aunque todavía no sé qué estamos a punto de encontrar. La inscripción de FASE CERO me resulta familiar por alguna razón que no consigo explicar, y cuando apoyo la mano sobre la superficie metálica, una punzada me atraviesa la cabeza con tanta fuerza que tengo que cerrar los ojos.Veo una habitación blanca.Una mesa pequeña.Un dibujo hecho con lápices de colores.Y a un hombre agachado frente a mí, sosteniendo una fotografía.—¿Te acordás de él, Silvia?La imagen se desvanece antes de que pueda verle la cara.—¡Silvia!Abro los ojos y encuentro a Adrián sujetándome por los hombros. Tiene el rostro muy cerca del mío y me observa con una preocupación que me obliga a concentrarme en él, en sus ojos, en sus manos sobre mis brazos.—¿Qué pasó?—Tuviste otro recuerdo.—Vi una habitación. Había un hombre conmigo, pero no pude verle la cara.Mi hermano se acerca a la puerta y examina el panel de seguridad.—¿Qué te preguntó?Lo miro.—Me pregunt

  • Irreversible   145. Se detiene.

    Durante unos segundos nadie se mueve.Adrián permanece a mi lado, pero siento cómo todo su cuerpo cambia al escuchar esa palabra.Mamá.La mujer frente a nosotros tiene los mismos ojos que recuerdo de las fotografías que alguna vez vi en casa de Adrián. Más cansados, quizá. Más marcados por los años. Pero son los mismos.Ella también lo reconoce.Lo mira como si quisiera memorizar cada detalle de su rostro antes de acercarse.—Adrián...Él da un paso.Se detiene.—¿Sos vos?La pregunta me rompe algo por dentro.Su madre asiente.—Sí.Adrián la mira durante varios segundos.—Estabas muerta.Ella cierra los ojos.—Lo sé.—Todos pensaban que estabas muerta.—Lo sé.—Yo también.Su voz se quiebra.Ella avanza otro paso.—Lo siento.Adrián retrocede.Eso me sorprende.No porque no quiera acercarse, sino porque parece no saber qué hacer con todo lo que siente.Me mira.No dice nada.Yo le aprieto la mano.—Andá —susurro.—¿Y vos?—Voy con vos.Eso parece ser suficiente.Adrián camina hacia

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status