FAZER LOGINMe desperté antes de que sonara la alarma y durante unos segundos no entendí por qué sentía el cuerpo tan adolorido.
Después recordé la habitación del motel. Las manos de Adrián. Su voz cerca de mi oído, y el calor volvió de golpe a mi cara incluso estando sola en mi cama. Me quedé mirando el techo mientras intentaba ordenar mis pensamientos, pero era imposible hacerlo cuando todavía sentía el ardor entre las piernas cada vez que movía el cuerpo. Dolía, no demasiado, pero sí lo suficiente para recordarme lo que había pasado la noche anterior. Cerré los ojos unos segundos y, para mi propia vergüenza, terminé recordando detalles que hicieron que mi cuerpo se agitara. La manera en que me había tratado, nunca imaginé que algo así pudiera sentirse tan intenso, y eso era lo peor, que me había gustado, no solo físicamente. Había algo más intenso creciendo dentro de mí desde esa noche, algo que intentaba ignorar porque sabía perfectamente que Adrián Beaumont no era el tipo de hombre que se enamoraba de su asistente. Era mi jefe, nada más. Me obligué a levantarme y prepararme para el trabajo aunque seguía sintiendo el cuerpo sensible, especialmente mi conchita, cada movimiento me hacía recordar demasiado. Cuando llegué a la empresa, el ambiente estaba extraño. Había gente entrando y saliendo de las oficinas principales, teléfonos sonando más de lo normal y varios ejecutivos caminando rápido por los pasillos. Una de las secretarias me explicó enseguida. —Llegaron empresarios de Japón esta mañana, una reunión de último momento. Eso explicaba por qué Adrián ni siquiera estaba en su oficina, aunque intenté convencerme de que me daba igual, la verdad era que me sentía rara, parte de mí esperaba verlo. Esperaba alguna mirada. Algún gesto, algo que me hiciera sentir que lo de anoche había significado aunque fuera un poco más que sexo, pero no pasó. Toda la mañana transcurrió sin cruzármelo ni una sola vez. Yo trabajaba intentando concentrarme mientras mi cabeza volvía una y otra vez a la noche anterior, a sus manos, a su voz diciendo mi nombre, a su miembro en mi conchita virgen. Tenía curiosidad, aunque me daba vergüenza admitirlo, quería entender mejor lo que había sentido, y esa curiosidad terminó metiéndome en problemas. A la hora del almuerzo fui a la sala de descanso porque necesitaba despejarme un poco. El lugar estaba casi vacío, apenas una máquina de café encendida y el ruido lejano de conversaciones en otros pisos. Saqué mi celular mientras comía lentamente y, después de dudar unos segundos, terminé buscando porno. Me sentía ridícula haciendo eso, como una adolescente descubriendo cosas tarde, pero no podía evitarlo, quería entender por qué mi cuerpo había reaccionado así, por qué seguía pensando en eso. Puse play al primer video que encontré. Era de una mujer vestida de estudiante, comiéndole a un hombre vestido de policía. Estaba tan concentrada mirando el video que no noté a José acercarse hasta que escuché su voz detrás de mí. —Vaya, Silvia… no sabía que te gustaban esas cosas. Casi se me cayó el celular del susto. Levanté la vista inmediatamente y sentí la sangre desaparecerme del rostro cuando vi su sonrisa burlona. José trabajaba en el área administrativa. Era simpático, relajado, de esos hombres que siempre estaban haciendo bromas y llevándose bien con todo el mundo. —No es lo que parece —dije rápido apagando la pantalla. Él soltó una risa. —Tranquila, no voy a juzgarte. Sentí alivio un segundo, hasta que añadió: —Aunque quizá debería contarle al jefe que su asistente mira porno en horario laboral. Sentí miedo al instante. —Por lo que más quieras, no lo hagas. Mi voz salió demasiado dramática y él lo notó. La sonrisa burlona cambió lentamente por otra expresión. Se sentó frente a mí cruzándose de brazos. —Eh, relájate, estaba bromeando. Pero yo ya estaba nerviosa, demasiado, porque después de todo lo que había pasado en mi trabajo anterior, la idea de que alguien hablara mal de mí otra vez me aterraba. No quería que Adrián pensara que era una cualquiera, no quería decepcionarlo, y José pareció darse cuenta de inmediato. —Oye… te lo tomaste muy en serio. Bajé la mirada. —Solo no quiero problemas. Él me observó unos segundos antes de inclinarse un poco hacia mí. —Entonces haz algo por mí y listo. Fruncí el ceño. —¿Qué cosa? José sonrió apenas. —Nada complicado. Sentí incomodidad, pero el miedo habló más rápido que mi sentido común. —Está bien. Él levantó las cejas, sorprendido de que aceptara tan fácil, después sacó su celular y escribió algo rápidamente. Un segundo después el mío vibró.“Te espero en la sala uno, a la salida.” El resto del día me sentí horrible. Intenté convencerme de que José solo quería molestarme un rato, que seguramente no era nada grave, pero cada vez que recordaba el mensaje sentía ansiedad otra vez. Y para empeorar las cosas, Adrián seguía desaparecido en reuniones, ni siquiera lo vi pasar cerca de mi escritorio. Parte de mí se sintió aliviada, porque no sabía cómo mirarlo después de anoche. Cuando terminó la jornada, me quedé sentada unos minutos frente a la computadora intentando decidir si ir o no. Sabía que debía ignorar a José, pero el miedo volvió a ganarme así que terminé levantándome. La sala uno estaba vacía cuando entré. José apareció un minuto después cerrando la puerta detrás de él. —Pensé que no vendrías. Me quedé quieta junto a la mesa, abrazando mi bolso contra el pecho. —¿Qué quieres? Él me miró de arriba abajo sin disimular esta vez. —Siempre que te veo me pongo cachondo. Sentí vergüenza inmediata. —Vamos, no pongas esa cara. Solo quiero pasarla bien un rato. Se acercó despacio hasta quedar frente a mí y tomó mi mano antes de que pudiera reaccionar, la llevó directamente hacia el bulto marcado bajo su pantalón. Mi cuerpo se tensó de golpe, tanto que intenté apartarme. —No... —Relájate. Su voz salió suave, casi divertida. —No voy a hacerte nada malo, te lo prometo. Quise decir que no otra vez, de verdad quise hacerlo, pero entonces pensé en Adrián. En mi trabajo. En todo lo que dependía de ese sueldo, y terminé quedándome quieta. José sonrió apenas al notar que ya no me resistía. —Eso… Bajó lentamente el cierre de su pantalón mientras me observaba. —Solo dame un poco de atención y nadie va a enterarse de nada. Sentía el corazón acelerado por la incomodidad y la vergüenza, pero José tenía una forma fácil de hablar, ligera, casi juguetona, que hacía que todo pareciera menos grave de lo que realmente era. —Quiero sentir tus labios… en mi polla —murmuró. Sus manos guiaron las mías lentamente, hacia su pene, mientras seguía hablándome con esa calma extraña que terminaba confundiendo todavía más mi cabeza, le manoseé. —Qué rico… ahora ponte de rodillas. Me sentí incómoda, nerviosa y fuera de lugar, pero terminé dejándome llevar porque en ese momento el miedo a perderlo todo seguía siendo más fuerte que cualquier otra cosa. Abrí la boca como la mujer del video, y él introdujo su pene, lentamente, sentí su tacto, su olor, sabor, entrando y saliendo de mi boca, mientras se arqueaba del gozo, y sentí su éxtasis llenando mi boca. —Trágalo. Y así lo hice. Cuando salí de la sala uno, tenía las piernas débiles y el pecho lleno de una sensación extraña que no sabía explicar. Cerré la puerta detrás de mí intentando respirar con normalidad, suplicando que José cumpliera su palabra.El vehículo apareció al final de la carretera justo cuando el amanecer comenzaba a iluminar los árboles, avanzando lentamente entre la neblina que todavía cubría el camino y levantando pequeñas nubes de agua sobre el asfalto mojado.Nadie dijo una palabra.Yo permanecía junto a Adrián, con nuestras manos entrelazadas, mientras observaba cómo el vehículo se acercaba.Después de todo lo que habíamos descubierto durante las últimas horas, ya no sabía qué podía sorprenderme.Había descubierto que Emma era mi hermana.Había descubierto que Daniel estaba vivo.Había descubierto que León era mi padre biológico.Había recuperado recuerdos que habían permanecido enterrados durante décadas.Y ahora mi madre estaba regresando.Mi madre.La única persona que había permanecido a mi lado durante toda mi vida.La única que había conocido todas mis versiones.La mujer que había cargado con secretos demasiado grandes para una sola persona.El vehículo se detuvo.La puerta trasera se abrió.Primero baj
—Y él no puede venir con vos.Las palabras de Daniel quedaron flotando en el túnel.Adrián fue el primero en reaccionar.—No.Daniel lo observó sin cambiar la expresión.—No entendiste.—Entendí perfectamente.Adrián se colocó a mi lado y entrelazó sus dedos con los míos.—Si Silvia va a hablar con vos, yo voy con ella.Daniel negó lentamente.—Si venís, León va a saber dónde están.—Ya sabe dónde estamos.—No sabe todo.—Entonces explicame.Daniel permaneció unos segundos en silencio.Yo lo observaba intentando reconciliar aquel rostro con el hombre que había vivido dentro de mis recuerdos durante tantos años. Quería acercarme, abrazarlo, preguntarle dónde había estado todo ese tiempo, por qué había permitido que creyéramos que estaba muerto, pero también tenía miedo de descubrir que la versión idealizada que había construido durante mi infancia no existía.—¿Por qué desapareciste? —pregunté.Daniel levantó los ojos hacia mí.—Porque era la única forma de mantenerte viva.—Podrías ha
El túnel era mucho más estrecho de lo que había imaginado.Apenas podíamos avanzar de a uno, con las paredes húmedas rozándonos los hombros y el techo tan bajo en algunos sectores que Adrián tenía que inclinar la cabeza para continuar, mientras Emma avanzaba delante de nosotros con una pequeña linterna que apenas conseguía iluminar unos metros de oscuridad.Yo caminaba detrás de él, sujetándome de su mano.No quería soltarlo.Desde que había visto a León frente a aquella casa, una sensación desagradable se había instalado en mi cuerpo, una certeza difícil de explicar que me hacía sentir que, por primera vez, aquel hombre había dejado de ser una figura lejana dentro de una historia familiar y se había convertido en alguien que podía alcanzarme.Mi padre.La palabra todavía me resultaba ajena.No podía pensar en León como mi padre.No después de todo lo que había hecho.No después de saber que había perseguido a mi madre, que había utilizado a Emma y que había pasado años intentando con
La frase de Emma siguió repitiéndose dentro de mi cabeza mucho después de que dejara de escuchar su voz.León Beaumont es tu padre.No encontraba una forma de hacer que aquellas palabras tuvieran sentido.Miré a Emma esperando encontrar alguna duda en su rostro, alguna señal de que aquello era una mentira necesaria para mantenerme escondida, pero ella permaneció frente a mí con una expresión triste, casi compasiva, mientras Adrián seguía sosteniendo mi mano con tanta fuerza que podía sentir el calor de sus dedos alrededor de los míos.—No —dije finalmente.Mi voz salió baja.—No puede ser.Emma no respondió.—Mi mamá me dijo quién era mi padre.—Tu madre te dijo quién creías que era tu padre.—Daniel era mi padre.—Daniel te crió como si lo fuera.Sentí que una presión insoportable se instalaba en mi pecho.—Eso no responde mi pregunta.Emma bajó la mirada.—No.—Entonces decime la verdad.Ella respiró profundamente.—Daniel no era tu padre biológico.Cerré los ojos.Durante toda mi v
Durante varios segundos no pude moverme.La mujer seguía en la puerta, mirándome con una serenidad que contrastaba por completo con el caos que acababa de instalarse dentro de mi cabeza, y aunque no necesitaba ninguna prueba adicional para saber quién era, había algo en su rostro que despertaba una sensación todavía más profunda que el simple reconocimiento.La conocía.No de los últimos años.No de alguna fotografía.La conocía de mucho antes.De una parte de mi vida que alguien había intentado arrancar de mi memoria.—Emma... —susurré.Ella sonrió.Sus ojos se llenaron de lágrimas.—Sí.Di un paso hacia ella.Después otro.Me detuve a pocos centímetros.No sabía qué hacer.No sabía si abrazarla, tocarla o simplemente seguir mirándola para asegurarme de que no iba a desaparecer.Emma fue quien rompió aquella distancia.Me rodeó con los brazos.Su abrazo fue fuerte.Real.Y en cuanto sentí su cuerpo contra el mío, algo se abrió dentro de mi memoria.El jardín.El árbol.Una tarde sole
La última palabra de Nicolás quedó suspendida entre nosotros.Padre.No fui capaz de reaccionar inmediatamente.Miré la pulsera roja que sostenía entre los dedos y después levanté los ojos hacia él, esperando que en algún momento sonriera, que dijera que había sido una confusión, cualquier cosa que me permitiera regresar a la versión de mi vida que conocía.No lo hizo.Nicolás permaneció inmóvil.Gabriel tampoco habló.Y Adrián...Adrián parecía haber dejado de respirar.—¿Mi padre? —pregunté finalmente.Nicolás asintió.—Tu padre se llevó a Emma.Negué lentamente.—Eso es imposible.—No.—Mi padre murió cuando yo era chica.—Lo sé.—Entonces no pudo hacerlo.—Él sí pudo.Sentí un nudo en el estómago.—¿Quién era realmente mi padre?Gabriel cerró los ojos durante unos segundos.Parecía cansado.Mucho más viejo de lo que aparentaba.—Su nombre era Daniel Rinaldi.Lo miré.Ese nombre era real.Mi padre.El hombre de las pocas fotografías que mi madre conservaba.El hombre al que recorda







