FAZER LOGINAdrián siguió mirándome en silencio durante varios segundos, y cuanto más tiempo pasaba, más ganas tenía de desaparecer. Sentía la cara ardiendo, el pecho apretado, y una vergüenza horrible creciendo dentro de mí, porque a los treinta años decir que era virgen sonaba absurdo incluso para mí.
Bajé la mirada. —Lo siento... Frunció levemente las cejas. —¿Por qué te disculpas? —Porque seguramente esperabas otra cosa. Su mano subió lentamente hasta mi mentón y me obligó a mirarlo otra vez. —Silvia, escúchame bien. Su voz salió baja, tranquila. —No tienes nada de qué avergonzarte. No sé por qué esas palabras me afectaron tanto, pero sentí un nudo en la garganta inmediatamente, porque llevaba años sintiéndome insuficiente para todo; insuficiente como mujer, como hija, hermana, como persona. Y ahora estaba ahí, medio desnuda frente a un hombre que podía tener prácticamente a quien quisiera, esperando que se burlara de mí o perdiera el interés. Pero no pasó. Adrián me acarició la mejilla lentamente. —Confía en mí. Mi respiración seguía temblando. —Tengo miedo. —Lo sé. Sus dedos bajaron despacio por mi cuello hasta detenerse sobre mis pechos, justo encima del corazón acelerado, me sacó la blusa. —Voy a tratarte bien. Y luego el brazier, mis pechos al aire, su lengua en mis pezones me estremecieron, me chupó una, luego la otra, y susurró: —Quiero que te sientas bien conmigo. La forma en que lo dijo me desarmó más que cualquier otra cosa, porque no sonó como una orden. Ni como un hombre desesperado por acostarse conmigo. Sonó sincero. Adrián volvió a besarme despacio, con más calma esta vez, mientras sus manos se apoderaban de mis pechos, excitado, disfrutaba, y entonces, sentí calor, y deseo, mucho deseo, y al mismo tiempo seguía nerviosa, seguía sintiendo vergüenza de cada reacción de mi cuerpo, pero él parecía decidido a no dejarme esconderme. Me besaba los labios cuando me tensaba. Me acariciaba la espalda cuando notaba que contenía la respiración, cada vez que me miraba me hacía sentir deseada. Cuando terminó de quitarme la ropa, mi primer impulso fue cubrirme. Adrián tomó suavemente mis muñecas antes de que pudiera hacerlo. —No. Su voz salió ronca. —Déjame verte. Sentí un escalofrío, nadie me había mirado así antes. Sus ojos recorrieron mi cuerpo despacio, aunque la vergüenza seguía ahí, también comenzaba a sentirme bonita. Él volvió a besarme los labios mientras me acomodaba sobre las sábanas. La habitación estaba silenciosa, solo se escuchaban nuestras respiraciones. Sus caricias empezaron a volverse más íntimas, y mi cuerpo reaccionó solo, aunque mi mente siguiera intentando procesarlo todo. Cada roce me hacía estremecer, cada beso me dejaba más sensible, cuando sus labios bajaron lentamente por mis entrepiernas, y mi humedad, terminé soltando un gemido de sorpresa que me hizo cerrar los ojos de inmediato por vergüenza. Adrián levantó la cabeza. —No te reprimas. Yo respiraba rápido. —No puedo evitarlo... Él sonrió, una sonrisa distinta a todas las que le había visto antes. —Eres demasiado dulce. Sus manos siguieron acariciándome con paciencia, explorándome lentamente hasta que mi cuerpo empezó a relajarse de verdad, y entonces entendí algo que me asustó todavía más. Me estaba gustando, y mucho. Sentía calor entre las piernas, una ardiente necesidad mientras él seguía tocándome y besándome como si quisiera aprenderse cada reacción. —Adrián... Ni siquiera sabía por qué lo llamé así, tal vez porque necesitaba aferrarme a algo. Él levantó la vista inmediatamente. —Disfrutalo. Su mano se bajó una vez más entre mis piernas y mi cuerpo reaccionó de golpe, tensándose otra vez por la intensidad de la sensación. Solté aire temblando. —Tranquila —murmuró cerca de mi oído—. Solo siente. Intenté hacerlo, intenté dejar de pensar en el miedo, en la vergüenza, en todo lo que podía salir mal, y poco a poco él consiguió que empezara a sentirme deseada. Sus besos se volvieron más intensos, y sus caricias más firmes, mi cuerpo terminó respondiendo cada vez con menos timidez. Cuando se acomodó sobre mí, volví a ponerme nerviosa. Él lo notó enseguida. —Mírame. Abrí los ojos lentamente. —Va a doler un poco al principio. Tragué saliva. —Está bien. Sentía el corazón descontrolado mientras él me acariciaba el muslo intentando relajarme, y entonces pasó. Su miembro erecto entrando lentamente. El dolor apareció primero, agudo, inesperado, haciéndome apretar las manos contra sus hombros inmediatamente. Un pequeño quejido escapó de mi boca. Adrián se quedó quieto al instante. —Respira. Me costaba hacerlo. Sentía lágrimas acumulándose en mis ojos más por la intensidad del momento que por el dolor mismo. Me besó en los labios. —Ya pasó lo peor. Sus dedos acariciaban mi cintura mientras esperaba que me calmara, y esa paciencia terminó afectándome más de lo que esperaba, podría haber sido brusco, podría haber ignorado mi nerviosismo, pero no lo hizo. Esperó. Me acarició. Me habló despacio hasta que mi cuerpo empezó a relajarse otra vez, y cuando volvió a moverse lentamente, el dolor empezó a mezclarse con otra sensación distinta, una que me hizo cerrar los ojos y aferrarme más fuerte a él. Mi apertura palpitaba por el ardor, por el placer que comenzaba a sentir, mientras tenía la respiración de Adrián contra mi cuello, sus manos recorriendo mi cuerpo. La forma en que decía mi nombre en voz baja cada vez que me estremecía. La vergüenza seguía ahí, pero ahora mezclada ardor, y deseo, me estaba dejando llevar, y él lo sabía. El ritmo se volvió más intenso, y terminé escondiendo el rostro en su cuello mientras intentaba contener los gemidos que escapaban de mi boca. Adrián soltó una respiración pesada cerca de mi oído. —No hagas eso. —¿Qué cosa...? —Intentar callarte. Sentí todavía más calor en la cara. Él acarició mi cabello lentamente mientras seguía moviéndose con cuidado, como si todavía tuviera presente que era mi primera vez. Y cuando todo terminó, quedamos unos segundos en silencio, respirando agitados sobre las sábanas desordenadas. Seguía atrapada en las sensaciones de hacía unos minutos. Mi cuerpo entero se sentía adolorido, sensible. Adrián bajó lentamente la mano entre mis piernas y acarició con suavidad la zona donde todavía sentía ardor. Mi respiración se volvió irregular por un instante. Después levantó la vista hacia la cama, vi cómo sus ojos se detenían en la sábana manchada de rojo.Durante un segundo, mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza. Ver a mi padre sentado en esa silla, con las manos atadas y una herida en la frente, me provoca un impulso tan fuerte de correr hacia él que apenas consigo mantener los pies en el mismo lugar. Adrián me aprieta la mano, y ese contacto me recuerda que Gabriel está esperando precisamente eso: que deje de pensar, que me olvide de todo lo que planeamos y que me acerque a él sin medir las consecuencias.Mi tío permanece junto a una cámara montada sobre un trípode. Lleva una camisa oscura con las mangas arremangadas y tiene el aspecto de alguien que lleva horas trabajando sin preocuparse por descansar. No parece sorprendido de vernos. Su sonrisa, en cambio, me produce una inquietud que no consigo explicar, porque hay algo demasiado personal en la manera en que me observa, como si llevara años esperando este momento y supiera exactamente qué voy a hacer después.—Soltalo —ordeno, señalando a mi padre.Gabriel mira al hombre atado a
A las cuatro de la mañana, empiezo a entender que el miedo puede adoptar formas muy distintas, y que la peor de todas es aquella que se parece demasiado a una decisión propia. Llevo casi una hora revisando los archivos que mi hermano logró recuperar del sistema de Gabriel, buscando alguna pista que explique por qué Mateo nos citó en la clínica y qué relación tiene ese encuentro con la visión que tuve de mi tío muerto. Cada documento parece abrir una pregunta nueva, y cuanto más leo, más difícil me resulta distinguir los recuerdos que me pertenecen de aquellos que alguien colocó en mi cabeza.Adrián permanece a mi lado, sentado frente a la computadora, con una mano apoyada sobre mi rodilla. Hace un rato dejó de fingir que estaba concentrado en los archivos y empezó a observarme cada vez que cree que no me doy cuenta. Conozco esa mirada. La he visto cuando estoy a punto de hacer algo peligroso, cuando intento ocultarle que estoy asustada y cuando él quiere preguntarme algo que probablem
La imagen de Gabriel muerto sigue apareciendo detrás de mis ojos cada vez que intento concentrarme en otra cosa. Recuerdo sus manos cubiertas de sangre, el suelo blanco bajo su cuerpo y la expresión de Adrián cuando me rodea desde atrás. Hay algo en ese recuerdo que me resulta insoportable, una sensación de pérdida que no consigo relacionar con lo que vi, porque en ningún momento aparece el rostro de la persona que yace en el suelo con la claridad suficiente para reconocerla.Me aferro a la camisa de Adrián y escondo el rostro contra su pecho.—Necesito salir de acá.Él me acaricia la espalda.—Vamos a salir.—No quiero volver a ver esa imagen.—Entonces no tenés que hacerlo ahora.Levanto la cabeza para mirarlo.—¿Y si vuelve?—Me lo decís.—¿Y si no puedo distinguir un recuerdo real de algo que todavía no pasó?Adrián guarda silencio unos segundos antes de responder.—Vamos a aprender a distinguirlos.—¿Y si no podemos?—Entonces vamos a buscar otra manera.Su seguridad me hace sonr
La frase sigue resonando en mi cabeza incluso después de que la pantalla se apaga. Tengo seis años en esa grabación, quizá menos, y estoy hablando de la muerte de Gabriel con una tranquilidad que me resulta imposible de aceptar. No recuerdo haberlo dicho, no recuerdo aquella habitación y, sin embargo, una parte de mí reconoce la escena con una certeza que me hace apretar la mano de Adrián hasta que él entrelaza los dedos con los míos.—Decime que vos también escuchaste eso —murmuro.—Lo escuché.—Yo dije que Mateo iba a matar a Gabriel.Adrián me acaricia el dorso de la mano.—Sí.—¿Por qué diría algo así una nena de seis años?—No lo sé, pero vamos a averiguarlo.Lo miro con una mezcla de miedo y frustración.—¿Y si no fue una predicción? ¿Y si vi algo que ya había pasado?Adrián tarda un instante en contestar.—Entonces vamos a descubrir qué pasó de verdad.—¿Y si Mateo hizo algo horrible?—También vamos a descubrirlo.—Podrías mentirme un poco para variar.Su expresión se suaviza.
Tengo miedo de lo que hay detrás de esa puerta, aunque todavía no sé qué estamos a punto de encontrar. La inscripción de FASE CERO me resulta familiar por alguna razón que no consigo explicar, y cuando apoyo la mano sobre la superficie metálica, una punzada me atraviesa la cabeza con tanta fuerza que tengo que cerrar los ojos.Veo una habitación blanca.Una mesa pequeña.Un dibujo hecho con lápices de colores.Y a un hombre agachado frente a mí, sosteniendo una fotografía.—¿Te acordás de él, Silvia?La imagen se desvanece antes de que pueda verle la cara.—¡Silvia!Abro los ojos y encuentro a Adrián sujetándome por los hombros. Tiene el rostro muy cerca del mío y me observa con una preocupación que me obliga a concentrarme en él, en sus ojos, en sus manos sobre mis brazos.—¿Qué pasó?—Tuviste otro recuerdo.—Vi una habitación. Había un hombre conmigo, pero no pude verle la cara.Mi hermano se acerca a la puerta y examina el panel de seguridad.—¿Qué te preguntó?Lo miro.—Me pregunt
Durante unos segundos nadie se mueve.Adrián permanece a mi lado, pero siento cómo todo su cuerpo cambia al escuchar esa palabra.Mamá.La mujer frente a nosotros tiene los mismos ojos que recuerdo de las fotografías que alguna vez vi en casa de Adrián. Más cansados, quizá. Más marcados por los años. Pero son los mismos.Ella también lo reconoce.Lo mira como si quisiera memorizar cada detalle de su rostro antes de acercarse.—Adrián...Él da un paso.Se detiene.—¿Sos vos?La pregunta me rompe algo por dentro.Su madre asiente.—Sí.Adrián la mira durante varios segundos.—Estabas muerta.Ella cierra los ojos.—Lo sé.—Todos pensaban que estabas muerta.—Lo sé.—Yo también.Su voz se quiebra.Ella avanza otro paso.—Lo siento.Adrián retrocede.Eso me sorprende.No porque no quiera acercarse, sino porque parece no saber qué hacer con todo lo que siente.Me mira.No dice nada.Yo le aprieto la mano.—Andá —susurro.—¿Y vos?—Voy con vos.Eso parece ser suficiente.Adrián camina hacia







