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CAPÍTULO 4

Autor: Naimastran
last update Fecha de publicación: 2026-05-13 05:04:54

El primer botón en su blusa se soltó con un tirón sordo, como una rendición silenciosa. Gabriel la tenía contra la mesa, con una mano firme en su cadera y la otra enterrada en su nuca. El beso tenía un hambre contenida desde hacía demasiado tiempo, no había espacio para ternura, ni palabras, ni pausas, solo respiraciones irregulares y cuerpos tensos.

Elena no se resistió, lo besó con la misma fiereza. Se aferró a su camisa, tironeó del cuello de la prenda como si quisiera arrancarle no solo la ropa, sino también el control, pero Gabriel no cedía tan fácil. Su mano descendió por su espalda y apretó su cintura con fuerza. Un castigo. Una advertencia. Una caricia cargada de amenaza.

—¿Eso es todo lo que tienes para decirme? —murmuró él contra sus labios, con la voz rasposa por el deseo contenido.

—Todavía no empecé a hablar —susurró ella, jadeante.

Él rió, sin humor. La giró de golpe y la hizo chocar con la mesa, esta vez de espaldas. Sus manos se apoyaron a los lados de su cuerpo, encerrándola. Sus labios se movieron apenas sobre su oreja.

—Estás jugando un juego peligroso, Elena.

Ella inclinó la cabeza hacia él, sin miedo.

—Así como tú, Gabriel.

Un instante de silencio ardió entre ambos, denso como pólvora antes del disparo. Gabriel le quitó el segundo botón. Luego el tercero. Su boca bajó por su cuello. No besaba. Marcaba. Como si dijera: esto es mío, pero entonces, se detuvo.

Se apartó con los ojos nublados por la tensión, el pecho agitado. La observó, como si tuviera que convencerse a sí mismo de que parar era posible. Elena, despeinada, con los labios hinchados y el aliento entrecortado, lo miraba con una mezcla perfecta de desafío y deseo.

—No voy a cogerte contra una mesa —dijo él, por fin—. Mereces más que eso.

—¿Y eso por qué? —preguntó ella, sin moverse.

Gabriel apretó la mandíbula. Dio un paso atrás. El autocontrol era casi doloroso.

—Porque cuando lo haga, va a ser en mi cama, con la puerta cerrada, y sin testigos.

Elena bajó de la mesa con lentitud, arreglando su blusa sin apuro. Lo miró con una sonrisa ladeada, peligrosa.

—Entonces apurate, Montenegro, porque no pienso quedarme quieta hasta que lo hagas.

Y se fue, dejándolo solo. Otra vez.

Pero esta vez, el fuego ya no estaba contenido.

Y ninguno de los dos pensaba apagarlo.

Sin embargo, con el paso de los días, Elena comenzó a notar que algo había cambiado, desde aquel día, en esa oficina, en la que sus cuerpos se buscaron sin freno, Gabriel se había vuelto aún más hermético, no era solo frialdad. Era algo peor: distancia premeditada.

—No tienes que fingir que no pasó nada —le soltó ella una mañana, mientras él se ajustaba el reloj frente al espejo.

—¿Y quién dice que estoy fingiendo? —respondió, sin mirarla.

—Tu silencio.

Gabriel se giró apenas, con esa expresión de piedra que Elena ya odiaba reconocer.

—No fue amor, Elena, ese día solo quería sexo, y tú llegaste desafiante, pero como verás, soy un hombre que sabe cuándo detenerse.

Sus palabras fueron un cuchillo. Frío. Directo. Brutal.

Pero Elena no se quebró. No frente a él.

—Perfecto —dijo, con una sonrisa vacía—. Entonces no te molestes si quiero conseguirlo en otro lugar.

Esa noche hubo una gala. Un evento anual que reunía a las familias mafiosas más influyentes del país. Gabriel debía asistir, como rostro visible del imperio Montenegro, y Elena, como su esposa.

Elena eligió un vestido negro con una abertura pronunciada en la pierna, el cabello recogido en un moño desprolijo, y labios rojos como un grito de guerra.

—No pienso fingir que estamos bien —le dijo, subiendo al auto.

—No lo necesito —respondió Gabriel sin mirarla—. Solo no digas estupideces delante de los Vega.

—¿Y qué cuentas como estupidez? ¿Decir que me casé con un hombre que no me toca si no es para marcar territorio?

Gabriel no respondió, pero su mandíbula se tensó.

Elena tenía razón en eso, sin embargo, no podía darse el lujo de simplemente tocarla. Porque con ella tenía ese maldito instinto de arrancarle la ropa y tratarla peor que a una prostituta, y no quería eso.

***

El salón del evento era una obra de arte. Música suave, copas de cristal, trajes a medida. Elena recorrió el lugar con los ojos hasta que la vio.

Una mujer alta, rubia, de curvas perfectas y sonrisa ensayada. Caminaba directamente hacia Gabriel como si no existiera nadie más.

—Gabriel Montenegro —dijo, con voz suave—. Sabía que ibas a venir.

Él la miró, y por primera vez, Elena notó un cambio real en su expresión. No era indiferente. No era arrogancia.

Era nostalgia.

—Lara —susurró él.

La mujer lo abrazó, y Gabriel no la apartó.

—No sabía que te habías casado —dijo Lara, mirando a Elena con una media sonrisa.

—Yo tampoco sabía que las ex aparecían sin invitación —respondió Elena, con veneno contenido.

—Lara es parte del pasado —dijo Gabriel, cortante, pero su tono no convenció a nadie.

—¿Parte del pasado? —repitió Lara, casi burlona—. ¿Eso crees en serio?

Elena sintió algo estallar dentro suyo. Un calor ácido que no sabía cómo controlar. Entonces, Gabriel hizo lo peor.

—No mezcles las cosas, Lara. Esto —dijo, señalando vagamente a Elena— fue un arreglo. Tú sabes a quién amé de verdad.

El mundo de Elena se desmoronó por dentro, algo que no mostró por fuera.

Solo sonrió. Lenta. Letal.

—Gracias por dejarlo claro —dijo.

Se giró, caminó con paso firme hasta el balcón más cercano, y cuando nadie la miraba, dejó escapar una lágrima.

Solo una.

Había sido una estúpida en no insistirle más a su padre con el rechazo a este matrimonio, pero él fue tan exageradamente insistente con eso que no le había quedado más alternativa que aceptar. Lo hizo más por su pequeña hermana, quien hubiera pagado las consecuencias de sus errores.

Ahora, no solo debía soportar la actitud de Gabriel para con ella, sino que también tenía que aguantar a su amante.

Gabriel la encontró más tarde, con una copa en la mano, mirando las luces de la ciudad.

—No debiste escucharlo así —dijo él.

—¿Y cuál hubiera sido la forma correcta de escuchar que amas a otra? —preguntó irónica.

Silencio.

—No es tan simple —respondió él.

—No es tan simple —se burló Elena—. ¡Por favor, Gabriel¡ ¿quieres que me quede como idiota, callada, mientras que tú arrastras tu pasado por esta casa como un fantasma? —Gabriel se acercó, quería tocarla, pero Elena retrocedió—. No me toques —dijo, fría—. No después de eso.

—No tienes idea de lo que Lara fue para mí.

—Y no me interesa, porque ahora eres tú el que no tiene idea de lo que acaba de romper. —Sus ojos verdes brillaban de furia, pero también de dolor—. Yo no soy como Lara —continuó—. No voy a rogarte y tampoco voy a competir por tu amor, pero te juro algo, Gabriel Montenegro… —Se acercó muy despacio, hasta estar a centímetros de su rostro—. Si me lastimas, vas a conocer a la verdadera Elena Morgan.

Él la miró, y por un segundo, hubo miedo en su mirada.

Porque algo en ella había cambiado.

Y ya no había vuelta atrás.

Cuando Gabriel regresó a su habitación, pensó en Elena. En sus ojos. En sus palabras. Y también pensó en Lara. En lo que fue. En lo que aún sentía.

No estaba listo para elegir, pero pronto iba a cometer el peor error de su vida.

Y cuando lo hiciera, Elena no perdonaría.

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Último capítulo

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