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Prólogo

Autor: Maria Pulido
last update Fecha de publicación: 2021-08-30 23:08:53

Kader comenzó a inhalar el aire que durante tanto tiempo le hizo falta en esa mesa. Sus pasos iban de aquí para allá, hasta que acostó su cabeza mirando hacia el cielo y reprimiendo sus ojos con los dedos. Ahora mismo estaba en el patio del palacio, tratando de acompasar su respiración y tratando de acompasarse a sí mismo.

«¿Por qué no podía despegar los ojos de esa pordiosera?», Pensó vez tras vez, le fastidiaba en exceso que sin darse cuenta todo de él, girara en su dirección.

Cada vez que el pensamiento se le cruzaba por la mente, un cansancio le recorría el cuerpo y la rabia nuevamente se posaba en sus entrañas.

Ella se estaba volviendo tan… irritable, tan… inmanejable. Sentía que la sangre le hervía con su presencia, pero la situación se estaba volviendo insoportable cuando la reina estaba pretendiendo, que Nadia, su damisela, fuese lanzada a la sociedad, y a los bailes para que también fuese reconocida como parte de su familia.

Podía hacer lo que quisiera, pero pretender cargar con el nombre de la corona en cada presentación, ya era más de lo que podía aguantar.

Y allá estaban todos en esa mesa, una mesa que fue construida por su padre exclusivamente para la familia, exclusiva y únicamente para la realeza, y ella tenía el más bajo pudor de sentarse al lado de la reina.

No pudo tolerar más los halagos que hacían hacia Nadia Arafat, una chica que por fuera mostraba refinamiento, pero que, dentro de ella, aún tenía sus trapos viejos y una conducta de damisela de servicio. Ese era su pensamiento, y nada lo haría cambiar de parecer.

No sabía si su rabia fue motivada a lo pretenciosa que se volvió o a la cara de tonta que no se podía quitar de la mente.

Pero estar a su lado, era sentir frío y calor al mismo tiempo, y eso aunado a que su sistema se desestabilizaba. Así que sí, él debía odiarla por ocupar un puesto que ella no merecía, por pretender igualarse a ellos, por aparentar ser una ovejita, que estaba seguro no era.

Y por supuesto que Kader se encargaría de colocarla en su lugar todo el tiempo, y cada vez.

Ajustó su chaqueta y caminó hacia la puerta del palacio; se había excusado de la mesa porque una muy buena amiga llegaría esta noche en su visita. Él mismo le dijo que viniera, no sabía todavía por qué razón, pero estaba seguro de que la belleza y la finura de su amiga opacaría su molestia, y podía volver con ella a esa mesa, donde al parecer estaban aceptando a cualquiera.

El sonido de un carruaje hizo que su cabeza se girara, y evidenció que la carrocería se estaba frenando frente a él, haciéndole saber que la mujer ya estaba aquí.

No tenía por qué venir a buscarla, pero quería hacerle entender a todos allá adentro, que esta era una visita importante para él. Dejarle claro a esa tonta, que las miradas que le dirigía, no tenían nada que ver con el interés. Y por qué no, romper con la rutina de vez en cuando, a veces le cansaba que todo estuviera a su merced.

Un lacayo abrió la puerta del carruaje y la mano de su amiga Bushra Jalaf, se asomó para que el hombre la ayudase a bajar, y luego de ella su dama la prosiguió siendo una sombra a sus espaldas.

Una sonrisa torcida se deslizó en su rostro sabiendo exactamente en donde llegarían esta noche, y que la dama de compañía de su amiga, podía acompañar a la habitación de Nadia para que se hicieran compañía, y compartieran sus intereses.

Avanzó un pasó mientras Bushra se adelantó, lanzándole la sonrisa más descarada posible. Kader correspondió el gesto y tomó su rostro dando un beso profundo en los labios, hasta que su amiga quedó sin respiración.

—Hoy está de buen humor, majestad… —le dijo una vez la dejó respirar, en son de broma.

—No mucho, pero estoy seguro de que me animarás muy rápido —expulsó el hombre con el mismo descaro.

Comenzaron a caminar lentamente, estaban subiendo las escaleras, cuando él se volvió al escuchar como otro carruaje se acercaba. Kader frunció el ceño, porque no sabía que había otra visita para la cena, y aunque no debía, se frenó y esperó para saber de quién se trataba.

El vizconde Marras se bajó del carruaje y luego su esposa Ainara la prosiguió, Kader sonrió complacido, porque ellos siempre eran bienvenidos, y de seguro que su hermano los había invitado a la cena familiar.

Kalil era un buen hombre sin reparo, y aun conociendo a su familia, no sabía cómo el corazón de su hermano no se había dañado con los personajes que le había tocado convivir.

Entre el pensamiento, y la espera de los visitantes, Kader evidenció con extrañeza que una tercera persona estaba bajando de ese carruaje. Un hombre, y sabía perfectamente quien era.

Badí Marras, sobrino de la pareja, que llevaba meses en Angkor, y que le caía como una patada en el trasero.

Cuando sus miradas se cruzaron, Badí asintió con la cabeza provocándolo un poco más de lo debido, pero luego se llevó una represión decorosa de parte de Ainara. Badí era de la misma edad de Kader, pero él lo veía como un completo idiota.

No esperó para ir a saludar a la pareja y los alentó para que siguieran.

—¡Es una honra tenerlos aquí! —dijo el príncipe dirigiéndose solo a los esposos, mientras traía de gancho a Bushra, y Badí se quedaba atrás, esperando.

—¡Oh, gracias, majestad!, estamos agradecidos con la invitación del rey. No sé si…  Conoces a nuestro sobrino —la mujer lo señaló—. Es hijo del hermano de mi esposo, está de visita, y lo trajimos porque la reina lo invitó cuando fue con Nadia a nuestra casa.  Así que él viene a visitarla especialmente a ella.

Ainara dio una mirada sospechosa y coqueta a su sobrino mientras el cuerpo de Kader se tensionó de inmediato. Su rostro se puso un poco pálido y luego giró para mirar al idiota, que sonreía con toda la falsedad hacia él.

—¿Nadia? —pronunció su nombre un poco perturbado mientras los ojos de los demás lo veían de forma extraña—. Continúen… por favor, ¡lacayos!, acompañen a la señorita… y a la pareja…

—Pero, ¿Kader…? —replicó Bushra confundida.

—Iré en un momento.

La pareja de esposos pasó frente a su lugar y de inmediato hicieron una reverencia que él aceptó ladeando la cabeza, y luego evidenció como un lacayo acompañó a su amiga, que, a últimas instancias, había pasado a un segundo plano después de la información que había recibido.

Así que cuando Badí iba a pasar también frente a él, Kader lo frenó colocando una mano en su pecho, y esperando que todos terminaran de entrar.

—¿Así que vienes a ver a Nadia… la dama de la reina…? —preguntó Kader masticando entre dientes.

—Nadia no es una damisela de compañía, y sí, vengo a verla, ¿Hay algún problema con ello, majestad?

Kader sonrió de puro fastidio y luego agarró su chaqueta de forma abrupta, para agarrarlo por el cuello y pegarlo contra un muro.

Badí abrió los ojos y luego respiró agitado. No entendía qué estaba pasando.

—Vas a regresar a ese carruaje, y después que lleguen tus tíos de esta ceremonia, dirás que quieres regresar a tu jodido pueblo. No quiero verte cerca de Nadia, ni siquiera a un metro de distancia. ¿Lo entiendes? ¿O prefieres que demuestre como puedo arruinarte?

Badí se sentía muy atraído por Nadia, incluso después de que estuvo en la casa de sus tíos en compañía de la reina, sintió que en un futuro podía tener una gran relación con ella. Pero los intereses del reino eran más importantes para él y su familia. Kader era el príncipe de Angkor, el segundo hombre con el poder suficiente de m****r abajo todos sus intereses económicos, y los proyectos que tanto le costaron a su familia; no podía retarlo en su propio palacio, ni a su fuerte monarquía.

Y aunque le pesaba olvidar a esa chica maravillosa y hermosa, no dudó en asentir zafándose del rudo agarre del hombre que tenía por delante.

Kader sacudió sus manos y vio como el idiota se subió nuevamente en la carroza, y ordenó que se retiraran cuanto antes.

La sonrisa era de satisfacción pura, ahora si podía entrar y darse por bien servido.

Cuando llegó a la mesa todos estaban animados conversando, y el grito de su sobrino Zahid, lo alertó para prepararse a estirarle los brazos y alzarlo.

—¡Tío! —Kader lo recibió, Zahid era su preferido y caminó con él en brazos para acercarse a la mesa.

—Disculpe, ¿mi sobrino no entró? —el príncipe escuchó la pregunta de Ainara, y se tomó el tiempo en responder.

Le dio un beso al chico en la mejilla y luego dejó que su sobrino se bajara de sus brazos.

—Mmm… ¿No le informaron? Creo que Badí sintió un fuerte dolor de estómago y se fue muy rápido en la carroza, pensé que un lacayo ya le había pasado el recado.

Ainara se giró hacia su esposo un tanto confundida, mientras él mismo corrió su mirada al lugar de Nadia, para saber cuál era el gesto de su rostro con tal información. Ella parecía realmente afectada porque el idiota no estaba aquí, y eso de cierta forma le irritó.

—Es una pena… —esta vez escuchó la voz de Saravi, para ver como luego tomaba la mano de Nadia y la consolaba.

El rostro decaído de Nadia hizo que su cuerpo se estremeciera, y que se sentara de golpe en la mesa fastidiado sin tolerar ver esa cara que sufría por otro hombre, «¿Qué clase de estupidez era esa? ¿Cómo se atrevía ella a soñar escalar en la soledad con un hombre que ni siquiera le podía ofrecer una buena posición?», Kader sacudió sus pensamientos, al ver que el camino era ilógico, y que nada de lo que sucediera con ella debía importarle.

La comida comenzó a ser servida, y todos entablaron conversaciones totalmente fuera de su interés. Llevaba la copa de vez en cuando a sus labios como también comía uno que otro bocado, sin embargo, no podía apartar la mirada de aquella tonta, que no dejaba que sus ojos tristes retomaran a su lugar.

Kader torció los ojos, y luego sintió como una mano comenzó a deslizarse por su pantalón, debajo de la mesa, y allí entró a la realidad de que su amiga estaba a su lado. Le pasó una sonrisa traviesa, y luego con disimulo le quitó la mano.

—No frente a mi familia… —susurró.

Las mejillas de la mujer se sonrojaron, y luego el hombre escuchó como su hermano le hacía una pregunta, así que carraspeó varias veces.

—Perdón… Bushra me estaba diciendo algo —se excusó.

—Decía al conde Marras, que eres la mente de las construcciones —dijo Kalil con una sonrisa—. Y que tenemos suerte de que hayas madurado…

Kader le pasó una sonrisa a su hermano, y luego volvió a colocar los ojos en Nadia. Ella tenía su mirada tan fija y expectante a lo que tenía por decir, que no perdió la oportunidad, por atacarla una vez más.

—Solo hago mi función aquí en el palacio, siempre hay alguien con la mente fría que debe destapar los ojos ciegos por… el amor…

Kalil dio una carcajada y tomó la mano de Saravi besando el dorso de su mano. Entonces en el momento la reina miró con intensidad al príncipe.

—El amor no es una debilidad Kader, es una fortaleza, que creo que cuando te toque te hará invencible…

Una mueca se torció en el rostro de Kader, y en el instante él evidenció que Nadia le dijo algo en el odio a la reina y se levantó disculpándose en secreto.

El hombre no pudo evitar seguir su recorrido, y sin esperar un segundo se fue colocando de pie, disculpándose también y retirándose por un momento de la mesa, para ir detrás de ella.

Cuando estaban retirados del comedor principal, vio en que ella se apresuraba por tomar distancia sabiendo que él estaba detrás de su paso.

—¡Nadia! —su voz salió estruendosa, haciendo que la damisela pegara un salto y se detuviera, colocando las manos detrás de su cuerpo sosteniéndose en la pared.

Nadia alzó su mirada mostrándole la irritación que sentía en este momento.

Allí estaba él, demostrándole de nuevo que ella no podía salir de su dominante conducta, y haciéndola avergonzar por su cita fracasada.

—Quiero ir a descansar, Majestad… la reina lo ha permitido…

—Pero yo no —refutó Kader dando dos pasos más hacia ella, y sintiendo ese jodido olor a flores que lo enloquecía—. ¿Qué pretendías con Badí? ¿Acaso tenías en mente formar una familia? —la sonrisa perversa del hombre solo hizo que los ojos de la chica se le llenaran de lágrimas.

—Majestad… con su debido respeto, eso no le interesa.

Kader terminó por acortar su distancia, hasta el punto de pegar su propia nariz con ella, agachando un poco su cuerpo para ponerse a su altura.

—No saldrás de aquí, Nadia, siempre serás la damisela de la reina, y ningún hombre de renombre o pordiosero, podrá poseerte, ¿y sabes por qué? Porque eres propiedad nuestra, le perteneces a la realeza, y por ende me perteneces a mí…

I*******m: @majonissi

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Yasmin Sanchez Rodriguez
Es un ególatra y sarcástico de m...
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