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Un Nuevo Comienzo

Autor: ivy b.
last update Data de publicação: 2026-05-24 14:46:07

—Clara, apaga la luz —gemí, tirando del edredón hasta cubrirme la cabeza—. Siento como si el techo se me viniera encima. Mi estómago... siento que tengo el estómago revuelto.

—No voy a apagar la luz —dijo Clara, acelerando el paso hacia mi cama. Dejó el termómetro de golpe sobre la mesita de noche—. Esto no es solo fatiga, Elara. Estás pálida como la cera. Llevas dieciocho horas durmiendo en esta cama como si estuvieras muerta. Si, como cirujana, no puedes diagnosticarte a ti misma, lo haré yo.
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Último capítulo

  • LA DOCTORA DE LA CIUDAD DE LOBOS   La Línea en el Barro

    El retumbo vibratorio de la perforadora de alta presión hacía temblar las paredes de piedra calcárea de la cueva inferior. Una fina capa de polvo blanco caía de las estalactitas, depositándose sobre las fundas de plástico transparente con las que habíamos cubierto la mesa de muestras.—¡Corta el flujo de aire, Kaan! —le grité al jefe de máquinas, señalando el manómetro de la plataforma—. ¡La presión del cabezal está en seis bares! Si sigues empujando a esa velocidad, vas a quemar la broca de tungsteno contra la capa de basalto.Kaan, un tipo fornido con los brazos cubiertos de grasa y hollín, tiró de la palanca de emergencia. El ensordecedor rugido del motor diésel descendió a un ronroneo grave y rítmico.—La roca es más dura de lo que indicaban tus mapas geológicos, Luna —dijo Kaan, limpiándose el sudor de la frente con el reverso de su guante de cuero—. Hemos pasado los doscientos cincuenta metros, pero el terreno se está volviendo compacto. Si no metemos refrigerante, la cabeza del

  • LA DOCTORA DE LA CIUDAD DE LOBOS   El Consejo de la Tierra y la Aguja

    —Clara, pásame la jeringa de cinco mililitros y el vial con la solución salina hipertónica. Y ajusta la luz del fotóforo, no veo bien la bifurcación de la vena basílica.La luz blanca de la lámpara halógena iluminaba la pequeña mesa de exploración del dispensario. Elías, el anciano minero, yacía con el torso desnudo, respirando de manera rítmica mientras yo desinfectaba con un algodón impregnado en alcohol la zona justo debajo de su clavícula.—La saturación de oxígeno ha subido al noventa y seis por ciento, Luna —dijo Clara, consultando el pulsiómetro digital que pinchaba el índice del paciente—. El suero de anticuerpos que le administramos en el valle está metabolizando el resto de los residuos de nitrato de plata.—No nos confiemos —murmuré, introduciendo la aguja con un ángulo de quince grados. La precisión de mi mano era milimétrica; ni un solo temblor, ni un rasguño innecesario en la piel del viejo lobo—. La plata en la sangre de un metamorfo no se comporta como un metal pesado

  • LA DOCTORA DE LA CIUDAD DE LOBOS   Incoterms

    —Dime que es una broma, Thomas —dijo Jax, deteniéndose en seco justo antes de salir del callejón. Señaló con un dedo acusador el pecho del logístico—. ¿De verdad te has puesto una corbata con estampado de patos? Vamos a infiltrarnos en el centro de operaciones de un sindicato criminal que fabrica armas biológicas, ¿y tú traes patos en el cuello?Thomas se ajustó el nudo de la corbata con las manos temblorosas, sudando a pesar de la brisa fría que subía desde el Bósforo.—Es una corbata de la suerte, Jax. Me la regaló mi hija cuando cumplió dos años, justo antes de que me fuera a trabajar a Kuwait. La he llevado en todas las auditorías de aduanas durante ocho años. Además, da el perfil perfecto de un oficinista aburrido. Nadie sospecha de un hombre con patos en la corbata.—Yo sospecho de ti —replicó Jax, cruzándose de brazos—. Si yo fuera el guardia de esa puerta, te dispararía solo por ofender mi sentido de la moda.—Suficiente —intervino Damien, pasando por el medio de los dos con p

  • LA DOCTORA DE LA CIUDAD DE LOBOS   Peajes y la ciénaga verde

    Cuando cruzamos el límite de Estambul eran las siete de la mañana, y el legendario y desalmado atasco del peaje de Mahmutbey nos tenía atrapados en medio de un mar de hormigón.Tras el frío helado, el silencio y las tierras del Norte que se nutren de sangre, el humo de los escapes y el estruendo incesante de los cláxones se sentían, por un momento, más letales que un ataque con armas biológicas. Jax tenía las manos apretadas al volante del SUV y la cabeza apoyada contra él mientras gemía.—Me voy a volver loco —murmuró Jax, cerrando los ojos—. Te juro que me voy a volver loco. Escapé de los escuadrones de asesinos en Europa, volé por los aires los laboratorios de Valerius, pero el tráfico de Mahmutbey va a ser mi fin.Damien estaba sentado en el asiento trasero con los brazos cruzados, inmóvil como una estatua. Tenía la mirada fija en el caos exterior a través de la ventanilla. Estaba tan quieto que por un segundo se podría pensar que ni siquiera respiraba. Una Fiat Doblo blanca carga

  • LA DOCTORA DE LA CIUDAD DE LOBOS   Punto ciego

    Mientras contemplaba las coordenadas GPS verdes que parpadeaban en la pantalla, el único sonido que resonaba en el laboratorio era el zumbido monótono del ventilador de refrigeración.—Nos está dando literalmente su dirección de casa —dije, empujando mi silla hacia atrás—. Es una trampa. Y de las más burdas, de esas que gritan a voces que están ahí.Damien contempló los números en la pantalla con expresión neutra. No había ira ni sorpresa en su rostro, solo un cálculo glacial. —Los dos sabemos que es una trampa. Karakarga calcula que iremos a ese almacén con un ejército, y que en cuanto nos plantemos en la puerta nos echará encima a la policía civil o a los remanentes del Consejo.—Entonces no iremos con un ejército —dijo Jax. Estaba apoyado en el marco de la puerta, abriendo y cerrando el encendedor de metal que tenía en la mano. El clic del mechero interrumpía rítmicamente el silencio de la habitación—. Si entramos en ese puerto con los blindados pesados de Marcus, la policía de Est

  • LA DOCTORA DE LA CIUDAD DE LOBOS   Coordenadas de Estambul

    —Marcus, duplica las barricadas de hierro en el paso oriental. Por mucho que se queje el consejo civil, no dejaréis pasar los camiones procedentes de ese puerto sin antes sellarlos.Damien estaba inclinado sobre el mapa en la amplia mesa de trabajo de la mansión, señalando con el dedo aquel punto oscuro en la franja costera del mar Negro. Su camisa gris se tensaba sobre los hombros; en su rostro aún predominaban esos rasgos severos e inflexibles de la noche anterior.Marcus, de pie justo frente a la puerta con las manos cruzadas a la espalda, inclinó la cabeza sin perder su postura militar.—A la orden, Alfa. Thomas estuvo en la puerta hace un momento. Dice que la población civil está inquieta debido a que los sacos de harina importada de Estambul siguen retenidos en la aduana.—Dile a Thomas que esa harina pasará una prueba de veneno antes de convertirse en pan —dacé, dejando los tubos de vidrio que traje del laboratorio en la esquina de la mesa—. Sería de ilusos pensar que ese hombr

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