FAZER LOGINPese a que el sol brillaba con fuerza, el frío calaba los huesos. Leah se aferró al tapado con ambas manos, temblando levemente. El rugido del motor del Ferrari la sacó de sus pensamientos: el auto de Kevin se detuvo frente a ella. El mayordomo ya le había informado que el señor la esperaría afuera.
Cuando Leah alzó la vista y vio el rostro de su esposo, un escalofrío la recorrió de pies a cabeza. El miedo le erizó la piel. Kevin la había golpeado… y, a su lado, Verónica se mantenía con esa sonrisa amarga que la perseguía incluso en sueños. Leah estuvo a punto de bajar la cabeza, pero la voz autoritaria de su marido la obligó a mirar de frente. —Ve caminando. Con esa orden seca, el vehículo se alejó a toda velocidad por los terrenos de la Casa Hill. Leah suspiró, aliviada por unos instantes. Estar lejos de Kevin y de Verónica era lo único que le permitía respirar sin que el aire le pesara. Caminó por el sendero mientras los guardias, que custodiaban la propiedad, la observaban con lástima. Sabían lo que pasaba allí dentro: las humillaciones, los maltratos, el desprecio disfrazado de formalidad. Pero nadie se atrevía a intervenir. Verónica, amparada por el título de “hermana de la difunta esposa de Kevin”, gozaba de privilegios que nadie osaba cuestionar. Leah siguió caminando. El movimiento fue disipando el frío, aunque el temblor del miedo permanecía. Pasaron unos veinticinco minutos cuando, nuevamente, el Ferrari apareció a lo lejos. El sonido del motor aceleró sus latidos. Kevin se acercaba. El coche se detuvo justo a su lado. A través del vidrio, Leah distinguió su rostro: un rostro de belleza impecable y sin embargo, cruel. Los lentes oscuros ocultaban el azul de sus ojos, pero ella lo recordaba demasiado bien: ese azul helado que podía destruirla con una mirada. Por un instante, quedó hipnotizada. Kevin Hill tenía un encanto oscuro, uno que mezclaba elegancia y peligro. —Sube. Leah lo miró, desconcertada. ¿La estaba invitando a subir a su auto? Durante todos esos meses de matrimonio jamás había ocurrido. Su instinto le gritaba que no pertenecía allí. Ella era la esposa invisible, la carga que nadie debía ver. Y ahora… ¿por qué él querría tenerla cerca? —Te estoy diciendo que subas, ¿o eres sorda? ¡Maldita sea, Leah! Su voz retumbó en el aire. Leah tragó saliva, rodeó el coche con pasos vacilantes y subió. Apenas la puerta se cerró, el silencio se volvió denso, casi insoportable. Podía sentir la tensión entre ambos, tan cortante que le faltaba el aire. Kevin, con el ceño fruncido, mantenía las manos firmes sobre el volante, la mirada fija al frente. El paisaje pasó veloz ante los ojos celestes de Leah. No estaban lejos de la empresa; lo sabía. Veinte minutos después, el vehículo se detuvo en el estacionamiento privado de Hill Enterprise. Kevin salió primero, imponente. Traje oscuro, porte de autoridad, cada paso suyo imponía respeto. Era la imagen perfecta del poder… y del hombre que más la aterraba. Caminaron hasta el ascensor. Leah dudó si debía entrar con él o esperar. —¿Por qué eres tan retrasada? —gruñó él, y su voz fue un látigo que la hizo estremecer. Entró sin vacilar, con la cabeza baja. El ascensor se detuvo en el último piso: el área presidencial. Vacía, silenciosa, con una puerta destacando entre todas, grabada en letras doradas: CEO – KEVIN HILL. Leah siguió a su esposo hasta el interior. La oficina la dejó sin aliento. Era enorme, elegante, lujosa… más parecida a una residencia que a un espacio de trabajo. Todo en ese lugar hablaba de poder. —Vas a encargarte de limpiar esta área: mi oficina, la sala de juntas y las dos oficinas que están sin uso —ordenó Kevin sin mirarla—. Después de eso, consideraré si mereces otras tareas. Nadie debe saber que eres mi esposa. Nadie. Conoces perfectamente las reglas. Nadie debe enterarse de la cláusula que me dio el liderazgo absoluto. Aquí eres una empleada más, una simple limpiadora. Y esto —sus ojos se alzaron, fríos como el acero—, es tu castigo. ¿Estamos claros? Leah asintió en silencio. Su voz temblaría si intentaba responder. —¿Estamos claros? —repitió Kevin con un rugido que le heló la sangre. —Sí, señor Hill —murmuró ella, agachando la cabeza. —Sal de mi oficina. Busca el área de limpieza por tu cuenta. Leah giró lentamente. Sentía el cuerpo entumecido, como si cada paso fuera sostenido por hilos invisibles. Cuando la puerta se cerró tras ella, soltó el aire que había estado conteniendo. Su pecho dolía. El corazón le palpitaba tan fuerte que creía que Kevin podría oírlo incluso desde adentro. Abrió una puerta al azar y se encontró con un joven y una chica que la miraron, confundidos. Era lógico: ¿quién salía de la oficina del CEO con ese aspecto temeroso? —No se asusten —intentó decir con voz temblorosa—. Soy la limpiadora del área presidencial. El señor Hill me estaba dando las últimas indicaciones. ¿Podrían decirme dónde encuentro los materiales de limpieza? —Claro —respondió la chica con una sonrisa amable—. ¿Cómo te llamas? Leah se quedó en silencio unos segundos. —Ella es Coral Miers —interrumpió el joven—. Este es su identificador. Leah parpadeó. No sabía que debía usar un nombre falso, pero asintió sin preguntar. Poco después, ya vestía el uniforme gris de limpieza. —Yo soy Mariell, secretaria del señor Hill. Él es Arturo, su asistente privado —explicó la joven con amabilidad. —Un gusto, Mariell —respondió Leah, intentando sonreír. No pasó mucho tiempo antes de que los murmullos llenaran el pasillo. Leah y Mariell salieron para ver qué sucedía, y lo primero que vieron fueron dos hombres frente a frente, mirándose con una tensión cortante. Leah reconoció de inmediato a uno de ellos: Henry Morgan. Y frente a él, su esposo, Kevin Hill. El aire se volvió denso, como si algo estuviera a punto de estallar. Leah lo sintió: una guerra silenciosa acababa de comenzar.Kevin no recordaba cuánto tiempo llevaba caminando. Solo sabía que sus botas estaban cubiertas de barro, que sus manos temblaban y que su garganta ardía de tanto gritar nombres que nadie respondía. —¡Leah! Su voz se perdía entre los árboles. —¡Emily! El amanecer había llegado sin pedir permiso, tiñendo la granja de tonos pálidos, casi crueles. La neblina matinal se deslizaba sobre el pasto como un sudario, envolviendo cada rincón con una calma que resultaba insultante. Todo estaba demasiado quieto. Kevin corría de un lado a otro, revisando cada cabaña, cada galpón, cada sendero. Abría puertas con violencia, pateaba cajas, levantaba lonas, apartaba ramas. Nada. Ni una sola señal. Su corazón golpeaba contra su pecho como un animal atrapado. —Esto no puede estar pasando… —murmuró, llevándose las manos al cabello. Liliana lloraba apoyada contra una pared, Ana intentaba consolarla sin lograr contener sus propias lágrimas. Isabel, pálida como la ceniza, permanecía sentada en una
El dolor llegó antes que la conciencia. Fue un latigazo seco que atravesó la frente de Leah y descendió por su cráneo como una ola ardiente. Un gemido escapó de sus labios resecos mientras intentaba moverse por puro reflejo… pero su cuerpo no respondió. Algo la retenía. Abrió los ojos con dificultad. Al principio solo vio oscuridad. Una negrura espesa, pesada, que parecía adherirse a su piel. Parpadeó varias veces, intentando enfocar, y entonces el mundo comenzó a tomar forma de manera fragmentada.El techo era bajo, irregular, como si estuviera hecho de cemento viejo mezclado con humedad. Había grietas que parecían venas muertas recorriendo la superficie. Una luz amarillenta, débil y temblorosa, colgaba de un cable expuesto, balanceándose ligeramente, proyectando sombras alargadas que se movían como criaturas vivas por las paredes.-"Que es aquel olor rancio que llena mi nariz acaso es ¿Moho? también es Hierro oxidado, suciedad acumulada" Vega después de susurrar aquellas palabras
La noche cayó sobre la granja con una delicadeza engañosa. El cielo se fue oscureciendo lentamente hasta convertirse en un manto profundo, salpicado de estrellas que parecían más brillantes que nunca. La luna, redonda y generosa, iluminaba los campos con una luz plateada que hacía relucir el pasto húmedo. Habían decidido cenar afuera. Una mesa larga fue colocada frente a la casa principal, adornada con algunas velas y flores silvestres. El aire era tibio, agradable, y las luciérnagas comenzaban a aparecer entre los arbustos como pequeños destellos vivos. Emily estaba sentada en su sillita, balbuceando feliz mientras Leah le daba pequeños trozos de comida blanda. Kevin observaba la escena con una calma que pocas veces se permitía sentir. Isabel estaba a su lado, envuelta en un chal ligero. —Estas noches me recuerdan a mi juventud —comentó, mirando el cielo—. Cuando creíamos que el mundo era eterno. Liliana rió suavemente. —Y quizá lo era… solo que no lo sabíamos. Ana sirvió vi
El amanecer después de una noche de pasión y dulzura en la habitación de Leah y Kevin llegó despacio. Primero fue una línea pálida en el horizonte, apenas perceptible entre la neblina que abrazaba los campos. Luego, el cielo comenzó a teñirse de tonos suaves: rosados, dorados, azules que se mezclaban como acuarela derramada con cuidado. La granja despertaba lentamente. El canto de los gallos marcó el inicio del día, seguido por el murmullo distante del ganado y el crujir de la madera bajo los pasos tempranos de algún trabajador que ya recorría los corrales. Kevin abrió los ojos antes que Leah. Durante unos segundos permaneció inmóvil, observándola dormir. Ella estaba de costado, el cabello desordenado cayendo sobre su rostro, una mano apoyada cerca de su pecho. Su respiración era tranquila, profunda, como si el mundo no existiera más allá de esa habitación. Kevin sonrió en silencio. Deslizó con cuidado su brazo para no despertarla y se incorporó lentamente. El cuerpo desnudo de
La noche había caído lentamente sobre la granja, como un manto tibio y protector. No era una oscuridad brusca. Era suave. Gradual.El cielo brasileño se teñía de tonos profundos: azul oscuro, violeta, pequeñas pinceladas negras que dejaban espacio para un millón de estrellas. El aire era cálido, con ese aroma particular del campo húmedo, de pasto recién respirado, de madera antigua y tierra viva.Kevin sostenía a Emily entre sus brazos.La pequeña dormía profundamente, con su mejilla apoyada contra el pecho de su padre, su respiración tranquila marcando un ritmo lento y constante. Sus diminutos dedos se aferraban a la camisa de Kevin como si incluso dormida necesitara asegurarse de que él seguía allí.Leah caminaba a su lado. No hablaban. No hacía falta. Disfrutan del silencio y la compañía del otro.Sus pasos crujían suavemente sobre la grava del sendero que rodeaba la casa principal. A lo lejos se escuchaban grillos, alguna rana escondida entre los arbustos, y el murmullo del vien
Carlos Beira observaba la pantalla de su portátil con una quietud peligrosa. La habitación del hotel en Milán estaba en silencio, iluminada apenas por la luz azulada del amanecer. Afuera, la ciudad comenzaba a despertar, pero dentro de aquel cuarto solo existían nombres, fotografías y archivos confidenciales. Kevin Hill. Leah Presley. Movimientos bancarios. Antiguas direcciones. Contactos empresariales. Registros de vuelos. Fotografías de años atrás. Carlos respiró hondo. Había reunido cada fragmento de información que había logrado obtener desde Europa y Asia. No era reciente. Nada verdaderamente actual. Pero era suficiente para iniciar una cacería. Aunque era poco los datos, tenía la esperanza de que sea suficiente. Adjuntó todo en un archivo cifrado. Tecleó el nombre del destinatario: Marcos Rutti. Antes de enviar, dudó un segundo. Luego presionó el botón. El archivo desapareció de su bandeja. Carlos apoyó la espalda contra la silla. Sus dedos ta







