LOGINLa vida de Leah Presley podría considerarse normal, pero el día en que sus padres le habían informado de que la querían enviar a Francia su vida cambió radicalmente, no solo por el hecho de que no quería salir del país, sino que le habían concertado un matrimonio con Kevin Hill. Un hombre ambicioso marcado por el dolor y la pérdida de su esposa Dulce Hill, Kevin tenía la entereza y la religión de conquistar territorio Brasileño en negocios, algo muy difícil de lograr por el mercado, unirse a Leah Presley le daba salida directa, pero aquel matrimonio no será fácil como ambos involucrados pensaron y el pasado golpeara las puertas hasta el punto de derrumbar los cimientos construidos.
View MorePOV LEAHAprendí algo con el tiempo: el silencio también puede ser un lugar seguro. Hoy estoy sentada frente a una ventana enorme, con la ciudad respirando allá afuera, y por primera vez en mucho tiempo no siento que deba huir de mis propios pensamientos. Los dejo venir. Los observo. Los abrazo. Porque sobreviví.No digo “superé”, no digo “olvidé”. Digo sobreviví, y eso lo cambia todo. Hubo un tiempo en el que mi nombre no me pertenecía. En el que mi cuerpo era una extensión del miedo. En el que mi mente se levantaba cada mañana con una sola pregunta ¿Valdrá la pena aceptar el matrimonio de conveniencia impuesto por mis padres?Y puedo decir que valió la pena asi como sobreviví cuando me separaron de mi hija. Sobreviví cuando el dolor físico parecía más misericordioso que el emocional. Sobreviví cuando mi corazón sangraba más que cualquier herida visible. Y sobreviví sin endurecerme. Eso fue lo más difícil. Porque cuando el mundo te rompe, lo fácil es convertirte en algui
La casa em Barcelona estaba sospechosamente silenciosa. Demasiado silenciosa. Arturo, con su taza de café en la mano y su expresión de adulto responsable número uno, caminaba por el pasillo con cautela. Se había quedado encargado de los bebés mientras Kevin y Leah cierran un trato en Madrid. —Este silencioso engañoso no me gusta —murmuró. En la sala, detrás del sofá, tres pares de ojos brillaban como gemas: celestes y azules, llenos de conspiración. —Emily, ¿estás lista? —susurró Isabella, acomodándose un mechón de cabello con solemnidad exagerada. —Lista. Operación *Tío Espuma* en marcha —respondió Emily, con una sonrisa angelical que no combinaba en absoluto con la botella de jabón para platos que sostenía. Kevin Andrew, el más pequeño pero el estratega autoproclamado, levantó el dedo. —Recuerden: cuando el tío se siente… ¡sorpresa celestial! Se escucharon pasos. Arturo entró a la sala y se dejó caer en su sillón favorito. Silencio. Un segundo. Dos. Y de pronto… —¡PSSSSS
La prisión nunca dormía, pero aquella noche estaba más silenciosa que de costumbre. No era un silencio de paz, sino uno espeso, cargado de resignación. El tipo de silencio que solo existe cuando el miedo ya no grita porque ha aprendido que nadie vendrá a salvarlo. Carlos Beira seguía vivo. Eso era, quizá, el castigo más cruel. La celda era fría, angosta, sin más compañía que una cama de metal oxidado y el eco de sus propios pensamientos. Había perdido peso, autoridad y nombre. Allí no era el gran hombre que alguna vez se creyó dueño del mundo. Allí era solo un número más, uno que cada día se volvía menos relevante. Los pasos de los guardias resonaban a lo lejos, pero ya no se detenían frente a su puerta como antes. Nadie lo golpeaba. Nadie lo provocaba. Nadie lo miraba. Y eso lo estaba matando lentamente. Porque Carlos Beira había vivido para ser temido. Para ser visto. Para ser obedecido. Ahora no era nada. Había perdido la vista de un ojo, un dedo, y con ello la
En la vasta extensión verde de la Hacienda Hill, donde el sol parecía posarse con más cariño que en cualquier otro rincón del mundo, tres pequeños conspiradores planeaban lo que, en sus cabezas, era la aventura más gloriosa del verano. Emily, con sus trenzas desordenadas y rodillas siempre raspadas, era la mente brillante detrás de la mayoría de las ideas imprudentes. Isabella, dulce pero testaruda como una mula cuando se lo proponía, jamás aceptaba un “no” como respuesta. Y Kevin… bueno, Kevin era el más pequeño, pero también el más orgulloso. Si sus primas saltaban una cerca, él saltaba dos. Si ellas corrían, él corría más rápido. Aunque luego se quedara sin aliento. Aquella tarde, el aire olía a heno recién cortado y a flores silvestres. Las cigarras cantaban perezosamente mientras los caballos descansaban bajo la sombra del viejo roble. Era el tipo de día perfecto para portarse mal. —No pasa nada —dijo Emily, cruzándose de brazos frente al granero viejo—. Solo vamos a mirar.












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