ANMELDENUna hora antes.
Oficina del presidente.
— Presidente Albert, aquí tiene la información sobre la dama que estuvo en su habitación anoche —. El asistente del presidente, Carlos Peraza, colocó los documentos en su escritorio antes de dar un paso atrás cortésmente.
Un hombre estaba sentado detrás del escritorio negro de la oficina.
Llevaba una camisa negra con los botones del cuello y los puños, y dos más antes de abrir el pecho. Revelaba su pecho tonificado y atractivo.
Estaba mirando el conjunto de documentos que Carlos Peraza acababa de entregarle.
Incluso cuando miró hacia abajo, su hermoso rostro aún era perfecto en todos los sentidos: el ángulo del puente de su nariz, sus labios fuertemente fruncidos, cada rasgo era increíblemente encantador.
Sus pestañas eran exuberantes y rizadas hacia arriba, tal como muchas mujeres sólo podían aspirar a lograr incluso con máscaras de pestañas.
Carlos Peraza miró a su jefe y no pudo evitar tragar saliva.
Incluso siendo hombre, a veces quedaba atónito por la belleza de su jefe.
Un momento después.
El hombre terminó de leer el documento y miró hacia arriba.
Su hermoso rostro estaba tranquilo y frío.
—Segundo hermano, ¿me estabas buscando? —
En ese momento, la puerta de la oficina se abrió y entró un hombre.
El hombre vestía una camisa rosa y llevaba el pelo peinado con rastas a la moda. En el lóbulo izquierdo lucía un pendiente brillante.
Su rostro afable mostraba una pizca de tensión, como si algo le preocupara. Al entrar, dio solo unos pasos antes de detenerse en seco.
Se paró a unos cinco metros de Albert Kholl y tenía ambas manos delante, como un estudiante esperando el castigo del maestro. —Hermano, me equivoqué. ¡No debí haber hecho algo así anoche! Hermano, puedes regañarme o golpearme, pero por favor, no me envíes de vuelta con el Viejo —.
Albert Kholl lo miró y se burló. —¡Qué atrevido! Sería demasiado amable si simplemente te regañara o te golpeara. No sería suficiente ni aunque murieras cien veces —.
—¡Hermano, he aprendido de mi error! — Mario estaba pálido del susto. Caminó hacia Albert Kholl y de repente se arrodilló en el suelo, abrazándose el muslo y llorando—. ¡Hermano, no me atreveré a volver a hacer esto! ¡Por favor, sé magnánimo y déjame ir esta vez! Además, anoche no perdiste la primera vez...
Albert Kholl lo miró con desdén y lo apartó de una patada. —Será mejor que aclares todo lo que pasó anoche. Si no, me aseguraré de que no puedas salir de aquí por tus propios medios—.
Mario estaba en shock mientras seguía sollozando. Pero un momento después, se secó las lágrimas y explicó todo lo que debía hacer.
Cuando terminó, miró a Albert Kholl con una expresión de lástima. —Segundo hermano, ya que la bella dama tuvo un accidente de auto en el camino, déjame ir esta vez. Juro que nunca volveré a hacer algo así —.
La expresión de Albert Kholl cambió al instante cuando una extraña emoción cruzó por sus ojos. —¿Dices que tuvo un accidente de auto? —
—Sí, sí —dijo Mario con ansias—. Sigue en el hospital.
Albert Kholl parecía tranquilo y sereno, pero había muchas cosas en su mente.
No tendría el coraje de mentir sobre esto.
Si la dama que le habían asignado había tenido un accidente en el camino, entonces ¿quién era la dama que pasó la noche con él?
Sus cejas estaban fruncidas.
Mario volvió a llorar al ver su expresión severa. —Segundo hermano, segundo hermano, ya me he explicado. ¡Lo juro, cada palabra que dije es verdad, no fue una sola mentira! —
Albert Kholl lo miró un rato antes de volver a patearlo. —Vete. —
Mario parecía como si acabara de escapar de la muerte. Se levantó apresuradamente. —Está bien, está bien, segundo hermano. ¡Me voy ahora mismo, ahora mismo! —
Desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
El ascensor subió directamente al piso 37.
Fuera de la oficina del presidente, Carlos Peraza llamó a la puerta.
Dalila Weber escuchó una voz profunda y fría en su interior, llena de magnetismo, con un poco de majestuosidad que poseían las personas superiores.
—Adelante. —
Con solo escuchar esa voz la gente sentía que no era fácil acercarse a la persona que había dentro.
Ella siguió a Carlos Peraza a la oficina nerviosamente.
— Presidente Albert, la Sra Dalila ya llegó —.
Después de que Carlos Peraza dijo esto, se dio la vuelta y se fue.
La puerta se cerró suavemente de nuevo.
De inmediato, Dalila Weber y el hombre sentado en su escritorio leyendo documentos se quedaron en la enorme oficina.
Esta era una oficina masculina, la mayoría de los muebles del interior eran negros o grises.
El color era simple y un poco opaco.
Sólo se colocaron unas pocas plantas en macetas para paliar un poco su monotonía.
El hombre estaba en el escritorio negro...
Dalila Weber alzó la vista y lo miró disimuladamente. Podía sentir el aura poderosa que emanaba.
Estaba en buena forma y vestía una camisa negra. Como tenía la cabeza agachada, Dalila Weber solo podía ver el contorno de sus rasgos.
Pero aún podía ver que sus rasgos eran profundos y tridimensionales.
Mientras ella continuaba mirando a su alrededor, el hombre de repente levantó la cabeza.
Dalila Weber se encontró con un par de ojos profundos y fríos.
Sorprendida, sus ojos se posaron en el hermoso rostro del hombre, y de repente su corazón dio un vuelco.
Ella nunca había visto un hombre tan guapo.
El rostro del hombre estaba finamente esculpido. Cada parte de su rostro y cada línea eran perfectas e impecables.
Sus rasgos faciales eran muy tridimensionales y profundos, con un par de ojos fríos y profundos, un puente nasal alto y unos labios delgados y apretados, sensuales y atractivos.
Tenía un temperamento noble y exudaba un aura fría por todas partes.
No tenía expresión en el rostro, y sus cejas estaban muy frías. Incluso a la distancia, Dalila Weber podía sentir el aire frío que emanaba de él.
Cuando esos ojos fríos la miraron, dejó de respirar durante varios segundos.
Ella lo miró fijamente por un momento, con la cabeza en blanco.
Hasta que una voz fría y magnética resonó en su oído: —Señora Dalila—.
Dalila Weber volvió a sus sentidos.
Al recordar cómo lo había mirado con aires de enamoramiento, se puso roja y se mordió el labio. Nerviosa, dijo: —Hola, señor Albert—.
—¿Qué le pasa, señorita Dalila? —
Dalila Weber pareció volver a sus sentidos recién ahora.
Después de escuchar su pregunta, recordó su propósito de venir aquí hoy.
Reprimió la extraña emoción en su corazón, ordenó sus pensamientos y dijo: — Señor Albert, me gustaría pedirle un favor —.
Albert Kholl levantó una ceja.
Dalila Weber también sabía que era extraño pedirle ayuda a un extraño de repente, pero a él, no le importaba en absoluto.
Tras unos segundos de silencio, dijo: —Mi hermana tiene una enfermedad cardíaca y necesita una operación urgente. He oído que el Sr. Albert tenía experiencia en este tipo de operaciones. Espero, espero que...—.
—¿Esperas poder ayudar a tu hermana con esta operación? — Al ver su rostro hinchado y enrojecido, Albert Kholl le dijo las siguientes palabras difíciles.
—Sí. — Dalila Weber exhaló y lo miró suplicante—. Sr Albert, por favor, ayude a mi hermana. Solo tiene 19 años...
La mansión Kholl, con sus muros de piedra que parecían susurrar historias de amor y resiliencia, se alzaba majestuosa bajo el cielo despejado de una noche de verano en 2035. Diez años después de la barbacoa que reunió a la familia en un momento de unión y reflexión, la mansión estaba lista para ser el escenario de una celebración sin precedentes. Dalila Weber, ahora de cuarenta y cinco años, había alcanzado la cima de su carrera como actriz, con un legado que incluía un premio nacional por Sombras de Cristal y una nominación internacional por Luz de Medianoche. Pero su último proyecto, El Latido del Horizonte, una épica familiar sobre generaciones unidas por el amor y el sacrificio, era el más personal de todos. No solo porque Dalila lo protagonizaba, sino porque su hijo, Adrien Kholl, de trece años, debutaba como actor a su lado, interpretando a su hijo en la ficción, un papel que parecía un reflejo de su vínculo en la vida real.Adrien, con los ojos grises de su padre, Albert, y la
Diez años después, la mansión Kholl seguía siendo un faro de amor y risas, pero el mundo a su alrededor había evolucionado en una sinfonía de cambios, sueños cumplidos y promesas renovadas. Dalila Weber, ahora de cuarenta y cinco años, se había consolidado como una de las actrices más respetadas de su generación. Su papel como Isabella en Sombras de Cristal le había valido un premio nacional, y desde entonces había protagonizado tres películas aclamadas y una obra de teatro que agotó entradas durante meses. Su última película, Luz de Medianoche, una historia de redención sobre una mujer que reconstruye su vida tras la pérdida, estaba nominada a un galardón internacional, resonando con su propia historia de superar las traiciones de Eria y Malena. Pero para Dalila, el verdadero éxito era la familia que había construido con Albert Kholl, el hombre que seguía siendo su ancla, su hogar, su amor eterno.Adrien, ahora un adolescente de trece años, era una presencia magnética, con los ojos g
La ciudad, con sus calles bulliciosas y edificios que se alzaban como centinelas de cristal, parecía indiferente al torbellino interior que consumía a Camell Vargas. A sus treinta y siete años, Camell había intentado reconstruir su vida tras el colapso de su mundo, un colapso provocado por la traición de Malena, la hermanastra de Dalila Weber. La revelación, un año atrás, de que el hijo que Malena esperaba no era suyo lo había destrozado, arrancándole la ilusión que lo había atado a ella y dejándolo con el peso aplastante de haber perdido a Dalila, el amor de su vida, por una mentira. Ahora, trabajando como arquitecto en un estudio modesto en el corazón de la ciudad, Camell diseñaba casas con ventanales amplios, como si buscara dejar entrar la luz que faltaba en su alma.Su oficina, un espacio pequeño con paredes cubiertas de planos y maquetas, olía a café recién hecho y a la tinta de los lápices que usaba para esbozar. Era un refugio donde intentaba mantener a raya los recuerdos, per
La mansión Kholl, con sus jardines de rosas y el murmullo del lago cercano, había sido el escenario de innumerables momentos felices para Dalila Weber y Albert Kholl, pero esta vez, la celebración de su quinto aniversario de boda los llevaría lejos de su hogar. Albert, con su característica mezcla de romanticismo y determinación, había insistido en que el día debía ser inolvidable, un hito para marcar los cinco años de un amor que había superado traiciones, amenazas y sombras del pasado. La elección del lugar no fue casual: la finca de sus padres, Helena y Richard Kholl, una joya rústica en las afueras de la ciudad, rodeada de viñedos que se extendían como un mar dorado bajo el sol otoñal.Dalila, aunque emocionada, no podía evitar sentir una punzada de nerviosismo mientras preparaban el viaje. Los padres de Albert, aunque cordiales en los últimos años, habían sido distantes al principio de su matrimonio, influenciados por las mentiras de Eria, quien los había convencido de que Dalila
La mansión Kholl, con sus ventanales reflejando un cielo gris de nubes bajas, parecía contener el aliento aquella tarde de finales de primavera. El aroma de la lluvia reciente se mezclaba con el de las gardenias que Dalila Weber tanto amaba, pero dentro de la casa, una tensión silenciosa se había instalado. Dalila, sentada en el sofá de la sala de estar, sostenía un guion de Sombras de Cristal, su nueva serie como coprotagonista, aunque sus ojos apenas recorrían las líneas. Su mente estaba en otro lugar, atrapada en los recuerdos de una mujer que había sido una sombra en su vida: Eria.El teléfono sonó con un timbre agudo que rompió el silencio. Albert Kholl, que estaba revisando unos expedientes médicos en su estudio, contestó con su habitual calma profesional. Pero cuando colgó, su rostro estaba pálido, sus ojos grises nublados por una mezcla de conmoción y tristeza. Entró en la sala, buscando a Dalila con una urgencia que la hizo levantarse de inmediato. —Es Eria —dijo, su voz baja
La mansión Kholl, con sus jardines de rosas y lilas mecidos por la brisa del verano, era un refugio de calma en medio del torbellino que se había convertido la vida de Dalila Weber. A sus treinta y cinco años, Dalila había encontrado un equilibrio entre ser madre, esposa y artista, pero el fuego de su pasión por la actuación nunca se había apagado. Tres años después del nacimiento de Adrien, su hijo, que ahora correteaba por los pasillos con la energía de un huracán y los ojos grises de su padre, Albert Kholl, Dalila recibió una llamada que cambiaría su vida. Su agente, Mariana, una mujer de voz enérgica y mirada astuta, le ofreció el papel de coprotagonista en Sombras de Cristal, una serie de televisión histórica que prometía ser un hito en la industria.El papel de Isabella, una mujer del siglo XIX que desafía las normas de su época para salvar a su familia, resonó profundamente con Dalila. Era una oportunidad para volver a los reflectores, para demostrar que podía brillar tanto en







