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EL CEO NO QUIERE A SU ESPOSA GORDA
EL CEO NO QUIERE A SU ESPOSA GORDA
Autor: azly

capitulo 1

Autor: azly
last update Fecha de publicación: 2026-04-03 00:20:00

—¡Emma! ¡Ya deja de comer, maldita gorda! Así nadie te va a querer nunca.

La voz de mi madre, cargada de un veneno que ya no me sorprendía pero que siempre lograba quemar, rebotó en las paredes de la cocina. No era un grito de preocupación; era un grito de asco. Me quedé congelada con la cuchara de madera a medio camino de los labios. Estaba probando una reducción de vino tinto con higos, buscando ese equilibrio perfecto entre la acidez y el dulzor que mi paladar exigía. Pero para ella, solo era "Emma llenándose la cara otra vez".

Solté la cuchara. El sonido de la madera chocando contra el mármol fue lo único que rompió el silencio pesado de la casa. Me miré las manos, algo entumecidas por el frío de la mañana. Eran manos de chef: fuertes, capaces, con pequeñas cicatrices de quemaduras que llevaba como medallas de honor de mi paso por la facultad de gastronomía. Pero mi madre no veía mi talento, ni mis horas de desvelo, ni mis logros. Ella solo veía los centímetros de mi cintura.

—Mamá, estoy trabajando —dije, tratando de que mi voz no temblara—. El evento de beneficencia de mañana necesita este menú.

—El evento de mañana lo que necesita es una hija de la que no me avergüence —espetó, entrando a la cocina con su traje sastre impecable y ese aroma a perfume caro que siempre me daba dolor de cabeza—. Mírate. Tienes harina hasta en las mejillas. Pareces una caricatura.

Cerré los ojos un segundo. Sabía que si contestaba, sería peor. El acoso en esta casa era como una lluvia constante: no te ahoga de golpe, pero te cala hasta los huesos hasta que terminas tiritando de frío emocional.

—Tu padre quiere verte en el despacho. Ahora mismo —añadió, dándose la vuelta sin esperar respuesta, como si mi presencia fuera algo que deseaba borrar de su vista lo antes posible.

Me quité el delantal blanco con movimientos lentos. Me sentía pesada, pero no por mi cuerpo, sino por el cansancio acumulado de años de ser el "error" de una familia que vivía de las apariencias. Me lavé la cara, frotando con fuerza esa harina que ella tanto odiaba, y me dirigí al despacho de mi padre.

El despacho olía a cuero viejo, tabaco y a ese tipo de decisiones que se toman sin considerar el corazón de nadie. Mi padre, un hombre que medía el valor de las personas en cifras netas, ni siquiera levantó la vista de sus papeles cuando entré.

—Siéntate, Emma.

Lo hice. La silla de terciopelo se sintió pequeña, o quizás era yo la que se sentía demasiado grande para este mundo de cristal.

—Sabes que la empresa familiar no está pasando por su mejor momento —comenzó, con esa voz monótona que usaba para despedir empleados—. Los errores de tu hermano en la bolsa nos han dejado expuestos. El fraude ha salido a la luz internamente y estamos a un paso de la quiebra absoluta. Si el mercado se entera, perderemos todo: las propiedades, el apellido, nuestra posición. Nuestro imperio está en la ruina, Emma.

Un frío súbito me recorrió la espalda. Sabía que las cosas estaban tensas, pero no imaginaba la magnitud del desastre.

—Necesitamos una alianza. Una sólida —continuó él, clavando sus ojos grises en mí—. Y la única salvación tiene un nombre: el Grupo Vane. Alexander Vane ha aceptado una fusión que inyectará el capital necesario para cubrir el agujero financiero de tu hermano y salvar nuestro patrimonio. Pero hay una condición de carácter personal para sellar la confianza entre las familias.

Alexander Vane. El nombre me golpeó como una ráfaga de aire helado. Lo había visto en las revistas de negocios y en las crónicas sociales. Era el "Rey Midas" de la industria. Un hombre cuya belleza era tan afilada como su intelecto; un rostro tallado en piedra, con ojos que parecían capaces de leer tus secretos más oscuros y despreciarlos al instante.

—Te vas a casar con él, Emma. El contrato está firmado.

Me faltó el aire. Quise reír, pero lo que salió fue un jadeo ahogado.

—¿Casarme? ¿Con él? Papá, ese hombre podría tener a cualquier modelo del mundo a sus pies. ¿Por qué aceptaría casarse conmigo?

Mi padre finalmente me miró. No había compasión en sus ojos, solo una frialdad mercantil.

—A Alexander no le interesa el amor, Emma. Le interesa el dinero y el control. Su abuelo dejó una cláusula implacable en su testamento: Alexander debe estar legalmente casado antes de cumplir los treinta años para acceder al control total de las acciones de la compañía este año. Si no lo hace, el imperio Vane pasará a manos de sus primos. Él necesita una esposa de inmediato, alguien que no le dé problemas, una que sea un simple trámite burocrático. Y nosotros necesitamos desesperadamente su dinero.

—Me estás vendiendo —susurré, las palabras amargas como la hiel, sintiendo el peso de mi propia debilidad frente a sus ambiciones.

—Te estoy asegurando un futuro que, con tu apariencia, difícilmente conseguirías por tu cuenta —sentenció él, deslizando un grueso documento sobre el escritorio—. Y más te vale leer esto. Son las condiciones que el abogado de Vane ha estipulado.

Acerqué el papel con dedos temblorosos. Al leer las cláusulas, el estómago se me revolvió de pura humillación. El acuerdo prenupcial era un insulto explícito a mi dignidad:

> **Cláusula de Convivencia y Descendencia:** El matrimonio tendrá una duración mínima de dos años. Se establece la obligatoriedad de concebir un heredero dentro de los primeros dieciocho meses para consolidar la fusión de ambas empresas. En caso de divorcio tras cumplir dicho objetivo, la compensación económica se triplicará, pero la custodia total del infante pertenecerá exclusivamente al Grupo Vane.

> **Cláusula de Conducta:** La cónyuge mantendrá un perfil bajo, evitará escándalos mediáticos y no podrá realizar declaraciones públicas sin la autorización del equipo de relaciones públicas de Alexander Vane.

>

—Esto es una aberración —dije, con los ojos llenos de lágrimas de rabia—. Me trata como a una incubadora de su propiedad. Como a un animal de granja.

—Es el precio de nuestra salvación —sentenció mi padre, volviendo a sus papeles sin un ápice de remordimiento—. La cena de compromiso es esta noche. Ve a que te arreglen. Si es que pueden hacer algo.

A las ocho de la noche, me encontraba frente al espejo, sintiéndome como un pavo listo para el sacrificio. Me habían embutido en un vestido de seda azul medianoche que apretaba mis curvas de una manera que me hacía sentir expuesta. La maquilladora había intentado ocultar mi tristeza tras capas de base, pero mis ojos, grandes y color miel, seguían gritando auxilio.

Llegamos al restaurante más exclusivo de la ciudad. El aire estaba cargado de esa sensualidad elegante que solo el dinero puede comprar: luz tenue, jazz suave de fondo y el tintineo de copas de cristal.

Y entonces lo vi.

Alexander Vane estaba de pie junto al ventanal, observando las luces de la ciudad con una copa de whisky en la mano. Su traje negro estaba cortado a medida, abrazando unos hombros anchos y una postura que irradiaba un poder absoluto. Cuando se giró al sentir nuestra llegada, el tiempo pareció detenerse.

Su mirada recorrió mi cuerpo de arriba abajo. No fue una mirada de deseo. Fue una inspección técnica, fría, casi quirúrgica. Noté cómo sus ojos se detenían un segundo de más en mis caderas, en la redondez de mis brazos, y sentí una oleada de calor que no era de placer, sino de una rabia líquida que me subía por el cuello.

—Alexander, te presento a mi hija, Emma —dijo mi padre con una sonrisa falsa que me dio náuseas.

Alexander dio un paso adelante. Su presencia era abrumadora; olía a sándalo, a lluvia y a algo metálico, como el peligro. Se acercó tanto que pude notar el calor que emanaba de su cuerpo, un contraste violento con la frialdad de su expresión.

Me tomó la mano para besarla, pero no llegó a rozar mi piel con sus labios. Solo fue un gesto vacío, un simulacro de caballerosidad.

—Un placer, Emma —su voz era un barítono profundo, una caricia de terciopelo que, a pesar de mi odio, hizo que un escalofrío involuntario recorriera mi columna.

—Me gustaría decir lo mismo, Sr. Vane —respondí, retirando mi mano con una brusquedad que lo hizo levantar una ceja.

Nos sentamos a la mesa. La cena fue un desfile de platos pretenciosos que yo, como chef, sabía que estaban mal ejecutados. Alexander apenas hablaba. Se limitaba a observar con la superioridad de quien sabe que acaba de comprar un objeto necesario pero poco estético.

Cuando nuestros padres se distrajeron hablando de los porcentajes de las acciones y los detalles de la transferencia bancaria que salvaría a mi familia, Alexander se inclinó hacia mí. Su rostro quedó a escasos centímetros del mío, y su mirada se volvió de una hostilidad cortante.

—Espero que seas consciente de los términos, Emma —dijo, con una voz baja y peligrosa, destinada solo a mis oídos—. Acepta los millones, mantente fuera de mi camino y cumple tu papel de adorno. Este matrimonio es un negocio, una transacción para asegurar mi herencia y salvar a tu mediocre familia de la indigencia. No espero que seas una esposa de verdad, porque jamás tocaría a alguien como tú. No habrá contacto, no habrá sentimientos. Te daré una asignación mensual y tú te limitarás a no estorbar.

Me dolió. Aunque intentaba blindarme, el rechazo directo de un hombre tan devastadoramente atractivo, sumado a la crueldad de sus palabras sobre mi físico, fue como un golpe físico en el pecho. Miré mi plato de salmón, que estaba seco y sin vida, y luego lo miré directamente a los ojos, tragándome la humillación para dejar salir la rabia.

—No se preocupe, Sr. Vane —dije, bajando el tono para igualar el suyo, permitiendo que mi propia sensualidad defensiva saliera a flote—. Yo tampoco tengo interés en formar parte de su mundo de plástico. Solo tengo una condición.

Él arqueó una ceja, intrigado por mi repentina firmeza ante su desprecio.

—¿Una condición? ¿Tú?

—Quiero mi propia cocina en su mansión. Y quiero que se me permita seguir con mis estudios y mis proyectos culinarios. No voy a ser un adorno que se queda encerrado esperando a que usted decida ignorarme. Si quiere que firme ese humillante contrato y le dé el heredero que su abuelo le exige, me dará mi espacio.

Alexander se inclinó aún más hacia adelante. Por primera vez, vi una chispa de algo parecido a la curiosidad —o a la sorpresa de ser desafiado— en sus ojos oscuros. Su mirada bajó a mis labios y sentí una tensión eléctrica, un odio-amor primario que me hizo apretar los muslos bajo la mesa. Era una atracción prohibida, nacida del desprecio mutuo pero alimentada por una química que ninguno de los dos quería admitir.

—Trato hecho, Emma —susurró, y por un microsegundo, su mirada se volvió tan intensa que sentí que podía quemarme—. Pero recuerda: en mi casa, yo pongo las reglas. Y la primera es que nunca, bajo ninguna circunstancia, intentes entrar en mi habitación.

—No se preocupe —respondí, sosteniendo su mirada con un orgullo que no sabía que tenía—. Dudo mucho que haya algo en esa habitación que me interese más que una buena receta de suflé.

Él apretó la mandíbula, visiblemente molesto por mi falta de sumisión. Había ganado esa pequeña batalla, pero sabía que la guerra apenas comenzaba.

Al salir del restaurante, el viento frío de la noche me golpeó la cara, recordándome que mañana mi vida cambiaría para siempre. Me convertiría en la esposa del hombre más codiciado y despiadado del país, y al mismo tiempo, en la mujer más sola del mundo.

Pero mientras subía al coche, el sabor del vino todavía en mi lengua me recordó quién era yo. Podían comprar mi presencia, podían odiar mi cuerpo y subestimar mi valor, pero mi talento... eso era mío. Y juré que, de alguna manera, haría que Alexander Vane se tragara cada uno de sus prejuicios, plato por plato.

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Último capítulo

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