LOGINEl salón de baile de la mansión Varallo llevaba diez años sin usarse, y aun así los candelabros brillaban como si esperaran una orquesta. Dimitrix había mandado correr los muebles contra las paredes para despejar el centro del suelo de mármol. Isabella entró con zapatos bajos, el pelo recogido y la expresión de quien va a rendir un examen oral.La abuela ya estaba instalada en un sillón junto a la pared, con un cuaderno en las rodillas, un silbato colgado del cuello y tres cartulinas de colores sobre la mesita.—¿Y eso? —preguntó Isabella.—Soy la árbitro —explicó la abuela con orgullo—. La verde significa «muy bien». La amarilla, «mejorable». Y la roja significa «Dimitrix, por Dios, ¿qué estás haciendo?».—Esa última parece hecha para mí —dijo Dimitrix.—Para ti y para quien se la gane.La primera lección fue la mesa. Dimitrix había hecho colocar un servicio completo para doce personas: cuatro tenedores, tres cuchillos, cinco copas por comensal y una servilleta doblada en forma de ci
Margaret llegó a la mansión a las cuatro en punto de la tarde, con un vestido color marfil, un bolso que costaba más que el coche de Isabella y una sonrisa tan perfecta que parecía pintada con regla.Isabella estaba en el salón, cosiendo a mano el dobladillo de una cortina para entretenerse mientras esperaba la segunda prueba del vestido, cuando oyó la voz del mayordomo anunciar:—La señorita Margaret Hale.Levantó la cabeza. Era la mujer de la boutique. La de los labios rojo oscuro. Isabella la reconoció al instante.—Dimi, querido —dijo Margaret, avanzando con los brazos abiertos hacia Dimitrix, que acababa de entrar por la otra puerta—. ¡Estás igual! Bueno, un poco más serio. Lo besó en la mejilla, demasiado cerca de la boca. Dimitrix permaneció rígido como una estatua.—Margaret. No esperaba verte tan pronto.—Óscar me invitó a tomar el té con tu abuela. —Margaret giró hacia Isabella y sonrió con todos los dientes—. Y tú debes de ser la famosa esposa.Isabella se puso de pie, dej
La calle de las telas empezaba en una esquina ruidosa y terminaba, o eso parecía, en otro país. Había rollos de seda apilados hasta el techo, cajones de botones que brillaban como tesoros piratas y vendedores que gritaban precios como si estuvieran subastando joyas.Isabella entró en aquel laberinto con los ojos muy abiertos. Por primera vez en semanas sintió que respiraba hondo, y que el aire olía a algo suyo: a algodón nuevo, a lana, a promesas por coser.—Abuela, esto es el paraíso —susurró.—Es el paraíso con precios de infierno —respondió la anciana, remangándose las mangas del abrigo—. Quédate detrás de mí, hija, y no abras la boca. Aquí se negocia.El primer puesto pertenecía a un hombre llamado don Aurelio, corpulento y de bigote caído, que al ver a la abuela se llevó la mano al pecho como quien ve llegar a un cobrador.—Doña Remedios —dijo con voz de funeral—. Cuánto tiempo.Isabella parpadeó. ¿Doña Remedios? Nunca había oído a nadie llamar así a la abuela.—Aurelio, no te ha
Capítulo 24El gerente de la boutique llegó casi corriendo, ajustándose la corbata con una mano y secándose la frente con la otra. Era un hombre delgado, de bigote fino y sonrisa de vendedor profesional, que se detuvo en seco al ver quién lo esperaba junto a la entrada.—Señora Varallo, qué honor, qué inmenso honor —dijo, inclinando la cabeza—. Soy Ferrán, el gerente. Me dicen que hubo un pequeño malentendido.La abuela lo miró de arriba abajo con la calma de quien examina una fruta dudosa.—¿Pequeño? —repitió—. Dos de sus empleadas intentaron sacar a mi nuera de esta tienda como si fuera un gato callejero. A mi nuera, Ferrán. La esposa de mi nieto. La señora Varallo.El rostro del gerente perdió el color tan rápido que Isabella llegó a temer por su salud.—¿Su… su nuera? —balbuceó. Giró la cabeza hacia las dos vendedoras, que seguían rígidas junto al mostrador—. ¿Es cierto lo que dice la señora?Las dos mujeres abrieron la boca al mismo tiempo, y ninguna de las dos logró producir una
La abuela e Isabella se encontraban en el ala de lujo del centro comercial más exclusivo de la ciudad. Las tiendas aquí no vendían ropa, vendían estatus. Estaban frente a la entrada de la boutique de alta costura, un lugar donde los vestidos costaban más que un coche.El teléfono de la abuela sonó. Ella lo sacó de su bolso, miró la pantalla y luego miró a Isabella con una disculpa implícita.—Ve tú, hija. Mira cuál de esos vestidos te gusta. Yo tengo que responder esta llamada. Es urgente.—Está bien, abuela, ve. Yo me quedaré mirando.La abuela se retiró unos pasos para tomar la llamada, dejando a Isabella sola en el umbral de cristal. Isabella entró con cautela. Las luces suaves destacaban las telas exquisitas.Isabella, la modista en el alma, empezó a admirar la confección de los vestidos. Su mente analizaba los cortes, las costuras invisibles, la calidad del encaje. Se acercó a un diseño espectacular, un vestido de noche bordado en seda cruda. Al mirar la etiqueta del precio, qued
Dimitrix salió del baño envuelto en una toalla oscura. El vapor lo seguía, mezclándose con el aire acondicionado de la habitación. Miró hacia la cama; Isabella estaba acostada, de espaldas a él, inmóvil.Se acercó a la cama y se sentó en el borde, el peso de su cuerpo haciendo crujir levemente el colchón. Sabía que la inmovilidad de Isabella era una defensa, no un sueño profundo.—Sé que no estás dormida —dijo Dimitrix, su voz baja y uniforme.Isabella abrió los ojos. No se giró, pero el ligero parpadeo en la penumbra reveló su vigilia.Dimitrix no esperó respuesta. Se puso de pie, se vistió con sus pantalones de pijama y luego se acostó, dándole la espalda. Se inclinó para apagar la lámpara de la mesita de noche. La habitación quedó sumida en la oscuridad, rota solo por el brillo pálido de la ciudad.—Buenas noches, Isabella —murmuró.Ella no contestó. El silencio se instaló, pesado y lleno de cosas no dichas. Y allí, envueltos en la inmensidad de la cama y de la mentira, ambos se qu







