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CAPÍTULO 4

Autor: CINVAN
last update Fecha de publicación: 2026-04-01 19:10:33

Camila cerró la puerta con llave. Había salido de la Fundación a las dos de la tarde con la excusa de una reunión con donantes. Raúl había cubierto su agenda sin pestañear.

Camilo ya estaba ahí. Siempre llegaba primero cuando la ansiedad lo comía. Lo encontró en la cocina, descorchando una botella de Malbec con las mangas de la camisa enrolladas hasta los codos.

—Llegas tarde —dijo sin girarse.

—Llegué y es lo que importa. Tú estas ansioso.

Camilo sonrió de medio lado. Esa sonrisa que era idéntica a la de ella, como todo lo demás. Sirvió dos copas y le extendió una.

—¿Cómo estás? —preguntó él.

—Mejor ahora.

No hacía falta decir más. Ese apartamento era el único lugar del mundo donde Camila no tenía que ser la esposa de Richard, la hija de Margaret, la directora de la Fundación, la madre de Mateo y Sophie. Ahí solo era Cami. La mitad de un todo que el mundo jamás entendería.

Bebieron en silencio durante unos minutos, sentados en el sofá, las piernas de ella sobre el regazo de él. Un ritual que habían perfeccionado con los años. Primero el silencio. Después las palabras. Y después lo otro.

—¿Pensaste más en lo de la chica? —preguntó Camilo.

—No quiero hablar de eso ahora.

—Cami...

—Dije que no. —Le quitó la copa de la mano y la dejó sobre la mesa—. Ahora no. Ahora solo existimos tú y yo.

Le tomó el rostro con ambas manos y lo besó. Despacio al principio, como quien prueba algo que ya conoce de memoria pero que nunca deja de sorprenderle. Camilo respondió con la misma lentitud, con esa paciencia que solo tenía para ella, porque afuera del apartamento era impulsivo, caótico, un desastre andante, pero con Camila se volvía otra persona. Alguien quieto. Alguien entregado.

—Llené la tina —murmuró él contra su boca.

—Lo sé. Olí las velas desde que entré.

Camilo le desabrochó la blusa mientras caminaban hacia el baño. Un botón, un beso. Otro botón, otro beso. Las manos de Camila bajaron por su pecho, desabrochándole la camisa con la misma cadencia lenta, hasta que los dos quedaron frente a frente sin nada entre ellos.

El agua caliente los recibió como un abrazo. Camila se recostó contra el pecho de Camilo, la espalda de ella contra el torso de él, las piernas entrelazadas bajo el agua. Él le besó el cuello, el hombro, ese punto detrás de la oreja que la hacía cerrar los ojos y olvidarse de todo.

—Te necesito —susurró ella.

—Estoy aquí.

Las manos de Camilo bajaron por su vientre bajo el agua, y Camila dejó caer la cabeza hacia atrás, contra su hombro, con un gemido que fue más suspiro que sonido. Se movieron juntos con esa sincronía que solo diecisiete años de conocerse así podían dar, sin prisa, sin urgencia, como si el tiempo no existiera, como si afuera no hubiera un marido que sospechaba, unos padres que exigían, un mundo que los condenaría si supiera.

—Mírame —dijo Camila, girándose para quedar frente a él.

Los ojos verdes de Camilo la miraron con esa devoción absoluta que ningún otro hombre le había dado jamás. Ni Richard con toda su perfección. Ni nadie.

Camila se movió sobre él y el agua se desbordó de la tina sin que a ninguno le importara.

—Dime que esto no va a acabarse nunca —jadeó ella.

—Nunca. Te lo juro.

El orgasmo los alcanzó casi al mismo tiempo, como siempre, como si sus cuerpos llevaran la misma partitura grabada en los huesos. Camila se derrumbó sobre su pecho, respirando contra su cuello, sintiendo el latido de él mezclarse con el suyo hasta volverse uno solo.

Se quedaron así, en el agua que se enfriaba, en el silencio que solo ellos sabían habitar.

—Voy a resolver esto, Camilo —dijo ella después de un largo rato—. Lo de la chica, lo de Isabella, lo de papá. Todo. Pero necesito que confíes en mí.

—Siempre confío en ti.

—Y necesito que recuerdes esto. Este momento. Nosotros. Cuando las cosas se pongan difíciles y haya otra mujer viviendo en tu casa, necesito que recuerdes que esto es lo real. Lo único real.

Camilo le besó la frente con una ternura que contrastaba con todo lo que acababan de hacer.

—Eres lo único real que tengo, Cami.

Ella sonrió. Una sonrisa pequeña, frágil, que no se parecía en nada a la mujer implacable que el mundo conocía.

Se vistieron sin prisa. Se besaron en la puerta. Y Camila salió del apartamento sintiéndose invencible, como siempre que salía de ahí. Como si las horas con Camilo le recargaran algo que el resto de su vida le drenaba.

***

Al otro lado de la ciudad, Valentina Morales equilibraba tres platos de pasta en el brazo izquierdo y dos copas de vino en el derecho cuando su teléfono empezó a vibrar en el bolsillo del delantal.

Lo ignoró. No podía permitirse una distracción en hora pico. El restaurante estaba lleno, el chef gritaba los pedidos como si el mundo se acabara, y ella necesitaba las propinas de esa noche para cubrir el pago mínimo de la tarjeta de crédito que había reventado en medicamentos.

Entregó los platos en la mesa seis, sirvió el vino en la mesa nueve, recogió la cuenta de la mesa tres. Su teléfono dejó de vibrar. Y luego empezó otra vez.

Valentina miró la pantalla de reojo. Hospital General de Massachusetts. Dos llamadas perdidas.

El estómago se le contrajo como un puño.

Se metió en el pasillo de servicio y devolvió la llamada con los dedos temblando.

—Señorita Morales, la llamamos del departamento de oncología. Necesitamos que venga de inmediato. Es sobre su madre.

—¿Qué pasó? ¿Está bien?

—Su estado se ha complicado. El doctor Hernández necesita hablar con usted. Es urgente.

Valentina se quitó el delantal, le dijo al gerente que tenía una emergencia familiar y salió corriendo hacia su auto sin esperar respuesta. Condujo las quince cuadras hasta el hospital con las manos agarrotadas en el volante y una plegaria muda en los labios.

El doctor Hernández la esperaba en el pasillo de oncología. Un hombre de cincuenta años, pelo canoso, expresión grave. Valentina lo conocía demasiado bien. Llevaba ocho meses viéndole la cara cada vez que las noticias empeoraban.

—Valentina, siéntese.

—No quiero sentarme. Dígame qué pasa.

—El tumor ha crecido. La quimioterapia no está funcionando como esperábamos. Si no actuamos pronto, su madre tiene semanas.

El suelo se abrió bajo sus pies.

—¿Semanas?

—Hay una opción. Un trasplante de páncreas. Apareció un donante compatible hoy. Es extremadamente raro, Valentina. La probabilidad de encontrar otro donante compatible es casi nula.

—¿Y cuánto tiempo tenemos para decidir?

—Horas. El órgano no puede esperar. Si no damos respuesta esta noche, se asigna a otro paciente de la lista.

—¿Cuánto cuesta?

El doctor Hernández la miró con esa compasión que Valentina había aprendido a odiar.

—La cirugía, el trasplante, la recuperación, los inmunosupresores de por vida... estamos hablando de aproximadamente quinientos mil dólares.

El número cayó sobre ella como un edificio.

Quinientos mil dólares. Ella, que no tenía quinientos dólares en la cuenta. Que debía trescientos ochenta mil que no sabía cómo iba a pagar. Que trabajaba dieciocho horas al día y aun así no alcanzaba.

—¿No hay ningún programa, ninguna ayuda...?

—Valentina, hemos agotado todas las vías. El seguro cubrió lo que pudo. Los programas de asistencia tienen listas de espera de meses. Y su madre no tiene meses.

Valentina se apoyó contra la pared del pasillo. Cerró los ojos. Vio a su madre en la cama del hospital, con los tubos en los brazos y esa sonrisa que se esforzaba en mantener cada vez que ella la visitaba. «Estoy bien, mija. No te preocupes por mí.»

Su madre era lo único que tenía. Lo único que le quedaba después de que el ejército le devolvió a su padre en un ataúd con una bandera encima. Lo único por lo que se levantaba cada mañana a las cinco, trabajaba hasta medianoche y dormía cuatro horas para empezar otra vez.

Y se estaba muriendo.

Sacó su teléfono con las manos temblando y buscó un número que había jurado no marcar jamás. El número de la extensión directa del despacho de Camila Lincoln, que aparecía en el directorio interno de la Fundación.

Pero no era horario de oficina. Eran las diez de la noche.

Entonces recordó. En la reunión, Camila le había dado una tarjeta antes de que ella saliera de la sala de juntas. La había guardado en el bolsillo trasero de sus jeans por inercia, sin intención de usarla. La sacó con dedos temblorosos.

Un número de celular. Directo.

Marcó.

Tres tonos. Cuatro.

—¿Diga?

La voz de Camila Lincoln, tranquila, controlada, como si recibir llamadas a las diez de la noche de secretarias desesperadas fuera parte de su rutina.

—Señora Lincoln. Soy Valentina Morales.

Un silencio brevísimo. Casi imperceptible. Pero Valentina lo sintió cargado de algo que no supo identificar. ¿Satisfacción?

—Valentina. Qué sorpresa.

—Acepto.

Otro silencio. Más largo.

—¿Qué fue lo que cambió?

—Mi madre necesita un trasplante de páncreas. Esta noche. Quinientos mil dólares o se muere. Eso fue lo que cambió.

Valentina esperó una respuesta. Una condición. Un «te lo dije». Lo que fuera.

—Mañana a las ocho en mi despacho —dijo Camila—. Con su madre no se preocupe. El hospital va a recibir una llamada en los próximos treinta minutos.

—¿Así de fácil?

—Así de fácil. Dígale al doctor que procedan con la cirugía. La Fundación Lincoln cubre los gastos.

Valentina apretó el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—Gracias —dijo, y la palabra le supo a ceniza.

—No me las dé todavía, Valentina. Esto apenas empieza.

La llamada se cortó.

Valentina se quedó en el pasillo del hospital, con el teléfono contra el pecho, mirando las luces fluorescentes del techo. Acababa de vender su vida por la de su madre. Y no sabía si sentir alivio o terror.

***

Camila conducía de regreso a casa con las energías renovadas. El cuerpo todavía le vibraba con el recuerdo de Camilo, la piel le olía a él debajo del perfume que se había puesto encima, y ahora esto. La llamada de Valentina. La rendición.

Le envió un mensaje a Raúl: «Valentina Morales aceptó. Necesito que llames al Hospital General de Massachusetts en los próximos veinte minutos. Departamento de oncología. Doctor Hernández. La Fundación cubre un trasplante de páncreas. Todo. Sin preguntas.»

La respuesta fue inmediata: «Entendido, señora Lincoln.»

Sonrió. El plan estaba en marcha. Camilo tendría su esposa falsa, Isabella Cortés se quedaría sin novio arreglado, y ella seguiría teniendo a su hermano para ella sola. Todo bajo control. Todo perfecto.

Estacionó el auto frente a la mansión y entró por la puerta principal todavía sonriendo.

Richard estaba en la entrada.

De pie. Con los brazos cruzados. Con la mandíbula apretada y los ojos azules convertidos en dos bloques de hielo.

La sonrisa de Camila murió en sus labios.

—¿Dónde estabas? —preguntó Richard. Y su voz  temblaba de rabia.

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