INICIAR SESIÓN~ALESSIA~
A pesar de todo, de mi peso y de todas las burlas que había recibido a lo largo de mi vida, yo, Alessia Cardinale, no me consideraba una mujer insegura y en muy pocas ocasiones me había sentido nerviosa y había dudado de las decisiones que tomaba. Esa era una de esas ocasiones. Me mordí el interior de la mejilla mientras tomaba el brazo de mi padre y salía del ascensor, con las piernas amenazándome con doblarse a cada paso. Al doblar la esquina, solté un gemido al ver que todos los asientos estaban ocupados. El peso del vestido no era nada comparado con el peso de las miradas. Las sentía clavadas en mi piel mientras avanzaba por el pasillo central del salón, cada paso resonando sobre el mármol como un recordatorio de que no había vuelta atrás. No miré a nadie. Ni a los hombres que murmuraban entre dientes, ni a las mujeres que disimulaban sonrisas cargadas de burla. Ni a Gio Marchetti, ni a su hija Elena, que me veían con resentimiento por haberme salido con la mía al ser la escogida por mi padre para casarme con Maksim Volkov. Mantuve la barbilla en alto, como si toda esa tensión no me afectara, como si no hubiera pasado toda mi vida aprendiendo a caminar entre el desprecio sin quebrarme. Pero todo dejó de importar cuando reconocí a aquel hombre que no conocía y que en unos minutos se convertiría en mi esposo. Las mariposas se agitaron en mi estómago mientras la emoción se mezclaba con el temor Maksim Volkov estaba de pie frente al altar improvisado, vestido con un traje oscuro que parecía hecho a su medida. Alto, imponente, peligroso. Su sola presencia dominaba la habitación, como si el aire se plegara a su alrededor. No era solo atractivo; era amenazante, como un arma cargada. Mi corazón dio un golpe seco contra mi pecho al reconocer en él al hombre que tantas veces había observado de lejos, en fotografías o informes, al hombre que siempre me había intrigado por su oscuridad. Ese era el hombre que había elegido. Entonces sus ojos se posaron en mí, y su reacción fue todo lo que no quise ver. No hubo sorpresa, ni interés, ni siquiera curiosidad. Solo rechazo. Frío, inmediato, brutal. Me recorrió de arriba abajo sin el menor disimulo, evaluándome como si fuera una mercancía defectuosa, como si en ese mismo instante hubiera decidido que yo no valía nada. Sentí cómo se me tensaba el estómago, cómo una parte de mí quería encogerse bajo ese juicio silencioso, pero no aparté la mirada. No iba a darle ese triunfo. Seguí caminando hasta quedar frente a él, tan cerca que podía percibir el calor de su cuerpo, el leve aroma a tabaco y poder que parecía rodearlo. Era como estar frente a un depredador que ya había decidido que no era digna ni de ser cazada. Sus labios se curvaron apenas, pero no era una sonrisa; era algo más oscuro, más cruel, y sus ojos buscaron a mi padre, —¿Es esto una puta broma, Bruno? —preguntó sin bajar la voz, dejando que todos escucharan—. ¿De verdad me vas a dar a una gorda como esposa, para que sellemos esta alianza que tanto quieres? Un murmullo recorrió el salón, pero yo no me moví. Sostuve su mirada con una calma que no sentía del todo, pero que dominaba con disciplina. —No es una broma —respondí. Sus ojos se clavaron en los míos con un poco más de atención, como si intentara encontrar algo que justificara mi presencia allí, pero lo único que halló fue más motivos para despreciarme. —No —murmuró—. No lo es. Es un maldito insulto, porque Bruno sabe muy bien lo que a mí me gusta y lo que pedí para sellar esta alianza. Y lo que pedí fue una mujer, no un animal, no una maldita ballena. Las palabras fueron directas, sin emoción. Sentí el golpe, claro que lo sentí, pero no permití que se reflejara en mi rostro. Si algo había aprendido era a no mostrar debilidad ante hombres como él. Hombres que se sentían mejores y superiores, y utilizaban eso para humillar y menospreciar. Ahora más que nunca estaba decidida a casarme con ese hombre, a domarlo y a hacer que se tragara cada una de sus palabras cuando cayera rendido a mis pies.~MINA~ —Ponte los protectores —indicó, sacándome de mis pensamientos. Obedecí. Artem se colocó los suyos y después me hizo una señal para que levantara el arma. Respiré profundamente, apunté hacia el blanco y traté de recordar absolutamente todo lo que me había explicado. —Cuando estés lista. Puse el dedo en el gatillo y disparé. El estruendo me sobresaltó incluso a través de los protectores y el retroceso hizo que mis brazos se elevaran mucho más de lo que esperaba. Di un pequeño respingo y bajé inmediatamente el arma, manteniéndola apuntada hacia el suelo. Artem me observó. —No estuvo mal. Lo miré esperanzada. —¿En serio? Se volvió hacia el blanco. —Si tu intención era asesinar el aire que está a medio metro de la silueta. Mi esperanza murió instantáneamente. —Chinga tu madre. Se rio. —Te dije que no estaba mal para ser el primer disparo. —No dijiste eso. —Lo estoy diciendo ahora. —Solo porque te mandé a chingar a tu madre. —Mi madre no tiene nada que ver con tu
~MINA~ A la mañana siguiente, Artem decidió que ya había tenido suficiente de verme desarmar y volver a armar una pistola sobre una mesa como si estuviera jugando con un pinche rompecabezas para adultos y que había llegado el momento de que aprendiera a dispararla de verdad. La noticia me emocionó mucho más de lo que probablemente debería entusiasmar a una persona normal. Pero yo ya había aceptado hacía tiempo que mi concepto de normalidad se había ido derechito a la chingada. La propiedad donde nos estábamos quedando era lo suficientemente grande y apartada como para que Artem pudiera llevarme hasta una zona despejada detrás de la casa, bastante alejada de la carretera y rodeada por terreno árido, vegetación baja y algunos árboles dispersos. Había colocado un blanco a una distancia que, según él, era apropiada para alguien que jamás había disparado un arma en su vida y, por supuesto, también había llegado cargando una pequeña caja con municiones, protectores para los oídos y todo
~MINA~ Artem parpadeó y unas finas arrugas aparecieron entre sus cejas antes de responder secamente: —No. Yo también parpadeé, pero más que él porque estaba bastante sorprendida por su respuesta. —¿No? —No. —¿Tienes prometida? —No. —Hmm, ¿novia? —Tampoco. —¿Novio entonces? Entrecerró los ojos y me miró como si le hubiera lanzado una gran ofensa. Bien, quizá me había pasado un poquito, pero ¿qué de malo tenía dicha pregunta? Yo no lo iba a juzgar si lo suyo era batear para el otro bando. Así que en respuesta me encogí de hombros e hice un gesto con las manos. —Tenía que preguntar y explorar todas las opciones. Ahora, en estos tiempos, ya no se sabe.Entornó los ojos y negó. —A veces eres tan graciosa —dijo y no fue un cumplido.—¿Graciosa por qué? Eres tú quien ha estado respondiendo con un rotundo «no» a todas mis preguntas sobre mujeres. No hay nada de malo en explorar todas las opciones viables, ¿verdad?Soltó una risita cargada de ironía.—No —espetó—. Pero ¿no se
~MINA~ Que todavía estuviera mal del pie no significaba que me iba a quedar otras cuantas semanas acostada en mi cama o sentada en un sillón haciendo nada y muriéndome del pinche aburrimiento. Así que esa noche, valiéndome madre las protestas del güero, tomé el control de la cocina y me puse a cocinar unas enchiladas de pollo que, no es por nada, pero me quedaron de rechupete. Le serví al güero su plato y luego me senté frente a él para empezar a comer, pero antes de hacerlo me quedé observándolo por un momento para ver su reacción al probar mi comida. Esperaba que le gustara y me felicitara por mi buena sazón, pero el pinche güero se limitó a mirar el plato, enarcó una ceja, se puso a comer y se concentró en su teléfono como si estuviera comiendo cualquier cosa. Cabrón. Y yo que le había puesto tanto empeño a la comida para que al desgraciado le gustara y él no le había tomado la menor importancia. «Ojalá le dé diarrea», pensé, mientras alargaba la mano para agarrar la sa
~ARTEM~ Mi expresión se endureció. Por supuesto que el hijo de mil putas ya tenía que saberlo. Habría sido extraño que no se hubiera enterado justo en el mismo momento en que todo ocurrió. En un territorio donde dos organizaciones se vigilaban constantemente, varios hombres de una de ellas apareciendo muertos después de un tiroteo no tardaría mucho en convertirse en información útil para la otra. —Mis muchachos me dijeron que la policía apenas está armando el rompecabezas —añadió—. Nadie sabe qué chingados hacían esos hombres allí ni quién los recibió a balazos. Yo sé que yo no tuve nada que ver en ese pedo y ahora tú me llamas para preguntarme por otros dos hombres de Montalvo. Guardé silencio. —¿Tú no tendrás algo que ver con ese desmadre, ruso? —soltó. No respondí, aún sabiendo lo astuto que era Valdés. Valdés soltó una risa baja. —Mira nomás. —No he dicho nada. —No hacía falta. —No saques conclusiones. —Yo no saco conclusiones, ruso. Yo observo coincidencias. Y ahorit
~ARTEM~—Mira quién se acordó de que todavía tenemos un trato pendiente —fue lo primero que soltó León Valdés apenas respondió la llamada que le estaba haciendo—. ¿Dónde chingados te metiste, ruso? Te desapareciste y me dejaste esperando una respuesta.Me apoyé contra el borde del escritorio de una de las habitaciones de la casa de Nogales y miré hacia la puerta cerrada.Había esperado a que Mina terminara con lo que estaba haciendo antes de apartarme para realizar aquella llamada. No porque temiera que escuchara algo que no debiera, sino porque aquello era un asunto que necesitaba manejar sin interrupciones.—Surgieron algunas complicaciones y tuve que regresar a Chicago.—Eso ya me lo imaginé. Lo que no me imaginé era que te fueras sin decir ni madres.—No tuve tiempo de despedirme de ti, Valdés. Espero que no hayas llorado demasiado.Una risa seca llegó desde el otro lado.—No te emociones, ruso. Para llorar por ti primero tendrías que tener unas buenas tetas y un buen culo y aunqu







