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BAJO ATAQUE

last update Data de publicação: 2026-04-15 01:32:56

~MAKSIM~

Esa mujer no me gustaba para nada.

No era una cuestión de gusto refinado o capricho superficial. Era rechazo inmediato, instintivo, visceral. Desde el momento en que la vi aparecer al final de ese maldito pasillo, supe que Bruno Cardinale había cometido un error… y que yo no pensaba permitirlo.

Ella no era lo que esperaba. No era lo que quería. Y definitivamente no era lo que iba a aceptar.

Aun así, esa gorda caminó hacia mí como si no le importara el peso de las miradas, como si no escuchara los murmullos, como si no supiera exactamente lo que todos pensaban al verla.

Eso fue lo que más me caló.

No su aspecto.

No.

Su maldita jodida actitud insolente.

No se encogía. No se escondía. No parecía… débil. Y eso me irritó más que el hecho de que fuera una maldita gorda.

Cuando se detuvo frente a mí, sosteniéndome la mirada como si tuviera algún derecho a hacerlo, sentí una punzada de fastidio recorrerme el pecho. No había duda en sus ojos. No había vergüenza. No había sumisión.

Eso no encajaba. Eso no me convenía.

—No soy un animal, ni mucho menos una ballena —dijo con firmeza y hasta algo de arrogancia, algo no usual en alguien con su aspecto—. Soy Alessia Cardinale, tu futura esposa.

Mi expresión no cambió, pero por dentro ya había tomado una decisión.

—Eso no va a pasar jamás.

El oficiante carraspeó, incómodo, y pude sentir la mirada de Bruno sobre nosotros, analizando cada movimiento como el maldito estratega que era.

—Claro que va a pasar, porque lamento informarte que ya está decidido —respondió ella con insolencia.

—No por mí y eso es lo único que importa —repliqué, dejando que el tono bajo y controlado cargara el mensaje que realmente importaba.

Me erguí por completo, sin preocuparme por las consecuencias ni por el espectáculo que estaba a punto de provocar, y miré a Bruno, señalando a la gorda de su hija.

—No me caso con eso.

El silencio fue inmediato.

La reacción que esperaba. Las miradas, el peso de la humillación cayendo sobre ella como debía ser. Así funcionaba este mundo. Así debía funcionar.

Pero no fue así.

Ella no bajó la mirada. No retrocedió. No se rompió.

La vi tensarse, sí. Lo noté en el leve endurecimiento de su mandíbula, en la forma en que sus dedos se cerraron apenas. Pero no se quebró. No como otras lo habrían hecho.

Y entonces me miró. Directo.

—Entonces tendrás que atenerte a las consecuencias de faltar a tu palabra de hombre. Tú diste tu palabra de hombre de tomar a una mujer de la organización como esposa y mi padre te dio su palabra de entregarte una. Nosotros cumplimos, ahora cumple tú.

Algo en mí se detuvo.

No fue sorpresa. Fue… interés.

No el tipo que buscaba, ni el que deseaba. Fue otra cosa. Una alerta.

Me incliné hacia ella, invadiendo su espacio, esperando que retrocediera, que finalmente reaccionara como debía.

—Escúchame bien —murmuré—. No me importa quién eres. No me importa quién es tu padre. No me importa este trato. Tú no eres lo que yo quiero.

Dejé que mi mirada bajara sobre su cuerpo con repugnancia y con toda la intención de reforzar cada palabra. Sin cuidado. Sin respeto.

Esperaba que con eso tuviera suficiente. Que eso la rompiera y la hiciera desistir de su terquedad.

Pero no lo hizo.

Sentí la resistencia en el aire antes de escuchar su voz.

—No estás aquí para elegir —respondió con una suavidad que no era debilidad, sino control—. Estás aquí para cumplir.

Eso no me gustó en absoluto.

Cerré la mano alrededor de su muñeca, apretando lo suficiente para dejar claro quién tenía el control en esa situación.

—Ten mucho cuidado, tolstyy (gorda) —susurré con veneno—, porque puedo hacer de tu vida un infierno antes de que tengas tiempo de arrepentirte de esto.

Y entonces respondió:

—Entonces hazlo —me desafió sin apartar la mirada—, porque yo no pienso irme.

Silencio.

Pero no el del salón.

El mío.

Ella era diferencia… y peligrosa.

Porque las mujeres predecibles se controlaban. Las que no lo eran, las que no se podían controlar… se convertían en problemas.

La solté con brusquedad, más molesto de lo que debía admitir, y me enderecé mientras el sacerdote intentaba retomar la ceremonia como si no acabara de ocurrir nada.

No le presté atención.

Mi mente ya no estaba en el matrimonio. Estaba en ella.

En la forma en que no cedía. En la forma en que me había respondido. En la forma en que me había desafiado… delante de todos. Eso no lo iba a permitir.

Un movimiento en la entrada del salón captó mi atención.

Sutil, pero suficiente para que me pusiera en estado de alerta.

Giré apenas la cabeza y vi a los hombres que venían entrando.

No pertenecían a mi círculo. No eran Cardinale y mucho menos Volkov. No eran invitados.

Entraron como si supieran exactamente a dónde iban.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

—¡Al suelo! —rugí.

El primer disparo cortó el aire como un latigazo. Luego vino otro. Y otro.

El caos estalló.

Gritos. Vidrios rompiéndose. Cuerpos cayendo. El salón elegante se convirtió en un campo de guerra en cuestión de segundos.

Agarré a Alessia sin pensarlo y la arrastré conmigo al suelo, cubriéndola con mi cuerpo mientras buscaba mi arma.

No iba a permitir que muriera.

No por ella.

Por el trato.

—No te muevas —gruñí, creyendo que era una pobre mujer indefensa que no sabría defenderse.

Mis hombres reaccionaron rápido, respondiendo al fuego. Los Cardinale hicieron lo mismo. Pero esto no era improvisado. Era un ataque directo. Coordinado. Professional.

Disparé contra uno de los atacantes que avanzaba entre las mesas. Cayó. Otro ocupó su lugar.

Mientras lo hacía me di cuenta de que los invitados no les importaban tanto y que a quien realmente querían atacar era a la novia... y a mí.

Y entonces recordé la amenaza de Irina.

Su maldita voz.

«Primero mato a esa perra… y luego a ti, para que me pagues la humillación.»

Apreté los dientes cuando la sospecha se instaló en mí.

«Maldita perra.»

Si era ella quien estaba detrás de esto... lo iba a pagar caro.

No tuve ni puta idea del porqué, pero un impulso... no. Mi instinto me hizo regresar para proteger a la gorda y no dejar que la mataran por mi culpa, porque sí, indirectamente yo iba a ser el culpable de su muerte si esos hijos de perra se salían con la suya.

Di la vuelta sobre mis talones y..., oh, sorpresa, la gorda ya no estaba en el suelo, temblando de miedo como creía que la iba a encontrar.

Estaba de pie, con una expresión feroz y peligrosa en su rostro, sacándose pistolas y un cuchillo de debajo de la falda del vestido y mataba a todos aquellos infelices que se atrevían a acercarse a ella.

Me quedé boquiabierto y pasmado en mi sitio, sin poder creer lo que veía.

Vaya que esa mujer era una caja de sorpresas.

Además de insolente y testaruda, era aguerrida y se enfrentaba al peligro sin miedo alguno.

Por estar absorto observándola, bajé la guardia y una bala me impactó en la pistola, desarmándome.

—Blyat! (¡Mierda!) —maldije cuando mi arma se deslizó lejos de mi alcance, haciéndome perder el control por una fracción de segundo.

Rápidamente, intenté sacar la otra pistola que cargaba conmigo, pero una ráfaga de disparos pasó zumbando cerca de mi cara y de mi cuerpo, obligándome a lanzarme al suelo para protegerme.

Error.

Intenté hacerlo una vez más, pero antes de que pudiera hacerlo, una sombra se alzó frente a mí.

Levanté la vista y vi a un hombre frente a mí, con arma en mano y apuntándome directo a la cabeza.

Nuestros ojos se encontraron y supe que no iba a fallar y que yo no iba a ser lo suficientemente rápido.

Sonrió y apretó el gatillo.

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Comentários (11)
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Suyapa Reyes Morales
Ay Maksim Volkov, me imagino que Alessia te dejó con el ojo cuadrado
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Adina Zepeda
Jajajaja para que mires que tipo de mujer vas a tener a tu lado
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Erika
Como ya le está interesando porque no es como todas la mujeres a las que está acostumbrado
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