FAZER LOGIN~MAKSIM~
Esa mujer no me gustaba para nada. No era una cuestión de gusto refinado o capricho superficial. Era rechazo inmediato, instintivo, visceral. Desde el momento en que la vi aparecer al final de ese maldito pasillo, supe que Bruno Cardinale había cometido un error… y que yo no pensaba permitirlo. Ella no era lo que esperaba. No era lo que quería. Y definitivamente no era lo que iba a aceptar. Aun así, esa gorda caminó hacia mí como si no le importara el peso de las miradas, como si no escuchara los murmullos, como si no supiera exactamente lo que todos pensaban al verla. Eso fue lo que más me caló. No su aspecto. No. Su maldita jodida actitud insolente. No se encogía. No se escondía. No parecía… débil. Y eso me irritó más que el hecho de que fuera una maldita gorda. Cuando se detuvo frente a mí, sosteniéndome la mirada como si tuviera algún derecho a hacerlo, sentí una punzada de fastidio recorrerme el pecho. No había duda en sus ojos. No había vergüenza. No había sumisión. Eso no encajaba. Eso no me convenía. —No soy un animal, ni mucho menos una ballena —dijo con firmeza y hasta algo de arrogancia, algo no usual en alguien con su aspecto—. Soy Alessia Cardinale, tu futura esposa. Mi expresión no cambió, pero por dentro ya había tomado una decisión. —Eso no va a pasar jamás. El oficiante carraspeó, incómodo, y pude sentir la mirada de Bruno sobre nosotros, analizando cada movimiento como el maldito estratega que era. —Claro que va a pasar, porque lamento informarte que ya está decidido —respondió ella con insolencia. —No por mí y eso es lo único que importa —repliqué, dejando que el tono bajo y controlado cargara el mensaje que realmente importaba. Me erguí por completo, sin preocuparme por las consecuencias ni por el espectáculo que estaba a punto de provocar, y miré a Bruno, señalando a la gorda de su hija. —No me caso con eso. El silencio fue inmediato. La reacción que esperaba. Las miradas, el peso de la humillación cayendo sobre ella como debía ser. Así funcionaba este mundo. Así debía funcionar. Pero no fue así. Ella no bajó la mirada. No retrocedió. No se rompió. La vi tensarse, sí. Lo noté en el leve endurecimiento de su mandíbula, en la forma en que sus dedos se cerraron apenas. Pero no se quebró. No como otras lo habrían hecho. Y entonces me miró. Directo. —Entonces tendrás que atenerte a las consecuencias de faltar a tu palabra de hombre. Tú diste tu palabra de hombre de tomar a una mujer de la organización como esposa y mi padre te dio su palabra de entregarte una. Nosotros cumplimos, ahora cumple tú. Algo en mí se detuvo. No fue sorpresa. Fue… interés. No el tipo que buscaba, ni el que deseaba. Fue otra cosa. Una alerta. Me incliné hacia ella, invadiendo su espacio, esperando que retrocediera, que finalmente reaccionara como debía. —Escúchame bien —murmuré—. No me importa quién eres. No me importa quién es tu padre. No me importa este trato. Tú no eres lo que yo quiero. Dejé que mi mirada bajara sobre su cuerpo con repugnancia y con toda la intención de reforzar cada palabra. Sin cuidado. Sin respeto. Esperaba que con eso tuviera suficiente. Que eso la rompiera y la hiciera desistir de su terquedad. Pero no lo hizo. Sentí la resistencia en el aire antes de escuchar su voz. —No estás aquí para elegir —respondió con una suavidad que no era debilidad, sino control—. Estás aquí para cumplir. Eso no me gustó en absoluto. Cerré la mano alrededor de su muñeca, apretando lo suficiente para dejar claro quién tenía el control en esa situación. —Ten mucho cuidado, tolstyy (gorda) —susurré con veneno—, porque puedo hacer de tu vida un infierno antes de que tengas tiempo de arrepentirte de esto. Y entonces respondió: —Entonces hazlo —me desafió sin apartar la mirada—, porque yo no pienso irme. Silencio. Pero no el del salón. El mío.Ella era diferencia… y peligrosa.
~VALENTINA~Esperé hasta estar completamente segura de que Emiliano se había marchado del rancho antes de ponerme de pie.No había conseguido averiguar a qué hora exactamente volvería, pero tampoco lo necesitaba. Sabía dónde estaría a las siete, con quiénes y en qué habitación. Información suficiente para lo que tenía pensado hacer.Entré a la casa, subí a mi habitación y me cambié con calma. No necesitaba arreglarme demasiado ni pretendía impresionar a nadie, pero tampoco iba a presentarme en aquel hotel pareciendo una esposa despechada que había salido corriendo detrás de su marido.Porque no lo era.Cuando terminé, bajé y fui directamente hacia la entrada principal, donde uno de los hombres de Emiliano permanecía cerca de los vehículos.—Necesito que me lleves al Hotel Real.El hombre me miró con evidente incomodidad.—No puedo hacer eso, señora.Entorné los ojos.—¿Por qué no?—El patrón dejó instrucciones de que usted no saliera del rancho.Ah.Así que el imbécil también había de
~EMILIANO~Salí del despacho acompañado por Gael y Mateo, todavía repasando mentalmente algunos de los asuntos que acabábamos de discutir. Los dos se quedaron atrás cuando crucé el pasillo principal y, justo antes de llegar a las escaleras, me encontré con una de las empleadas de la casa.—¿Mi esposa ya se despertó?La mujer asintió.—Sí, señor. Pidió algo para comer hace un rato. Está en el jardín.Asentí y seguí caminando sin decir más.Encontré a Valentina pocos minutos después, sentada bajo una zona de sombra, frente a una mesa con un plato casi intacto y una taza de café en las manos.Llevaba unos shorts bastante cortos, una blusa pegada que marcaba demasiado bien cada curva de su cuerpo y un escote que consiguió que mi vista bajara antes de que pudiera impedirlo. Unas gafas oscuras cubrían sus ojos y tenía el cabello suelto sobre los hombros.Me detuve y... mierda.Habían pasado siete años y aun así mi cuerpo seguía reconociéndola demasiado bien.Odié darme cuenta.Odié todavía
~VALENTINA~Cuando el automóvil atravesó los portones del rancho, el cielo empezaba apenas a aclararse.Había dormido poco o nada durante el vuelo. No porque Emiliano me hubiera molestado, sino porque todavía tenía demasiadas cosas dando vueltas dentro de mi cabeza como para conseguir descansar, además de que todavía no terminaba de confiar en él.Apoyé la cabeza contra el respaldo y observé por la ventanilla mientras avanzábamos por un camino largo, bordeado por árboles y extensiones de terreno que apenas alcanzaba a distinguir con aquella luz tenue.El lugar era enorme. No ostentoso de una forma ridícula, pero sí lo bastante imponente como para dejar claro que aquello no era simplemente una casa en medio del campo.Era territorio Montalvo.Solo pensarlo me provocó una sensación desagradable.El vehículo se detuvo frente a la casa principal y bajé sin esperar a que Emiliano hiciera nada. El cansancio me pesaba en los hombros, pero todavía me quedaba suficiente energía y orgullo para
~VALENTINA~ Estaba sentada en un rincón solitario y alejada de todos. La botella de champán ya se había acabado y la única razón por la que no me levantaba para ir a buscar otra era porque no quería hablar con nadie. Todo mi cuerpo temblaba y mis ojos y garganta ardían de estar conteniendo las ganas de llorar que me provocaba el dolor de la traición y de ver ilusiones destruidas. Fue en ese momento cuando escuché el sonido de unas llantas crujir contra la madera del suelo y levanté el rostro, encontrándome con la mirada de Kate. Rápidamente fruncí el ceño y endurecí el gesto. —¿Tú también sabías esto? —le reclamé. Ella me miró, contrariada, y rápidamente negó, sin dejar de rodar su silla de ruedas hacia mí. —¡No! Yo más bien venía a reclamarte porque no me habías contado que habías vuelto a reconciliarte con Emiliano y hasta habías planeado una boda con él, sin incluirme en lo más mínimo. Exhalé un aliento frustrado y eché la cabeza hacia atrás cuando su silla se detuv
~EMILIANO~ Seguí a Valentina con la mirada hasta que desapareció de mi vista.Nadia, mi hermana, aprovechó para acercarse a mí y abrazarme.—Felicidades, hermano —dijo y me soltó, para ver sobre su hombro hacia la dirección en la que Valentina desapareció—. Aunque no sé si sentirme feliz por ti realmente. Mi cuñada no ha cambiado ese carácter y parece que en cualquier momento te cortará la cabeza, o los huevos en el mejor de los casos.Le lancé una mirada de advertencia.—Cállate la boca, Nadia.Soltó una risita y se encogió de hombros, despreocupadamente.—Yo solo digo.Tensando la mandíbula y haciendo rechinar mis dientes, me alejé de ella y empecé a caminar por el pasillo y entre los invitados a la ceremonia.Conocía a todos porque había crecido en medio de ellos, así que les dediqué una sonrisa lo más cortés posible a quienes me felicitaban, pero no me detuve a hablar con ninguno de ellos.No me interesaba.De hecho, lo que quería realmente era agarrar a Valentina y largarme de a
~VALENTINA~ Estaba hecho. Contra todo pronóstico, Emiliano y yo nos habíamos vuelto esposos. No había duda de que el maldito destino tenía unas formas bien raras de complicar las cosas.Lanzándole una última mirada de odio a mi flamante maldito esposo, giré sobre mis talones y me alejé de él lo más que pude, agarrando una botella de champán de una cubitera por el camino.Abrí la botella y me la empiné, lanzando a la mierda la delicadeza y elegancia que normalmente me caracterizaba. En ese momento no me importaba nada. Únicamente quería quemar el mal sabor de boca que me estaba provocando todo lo que estaba sucediendo.Esa maldita boda con Emiliano. Tener que soportarlo de ahora en adelante. Pero, lo que más me dolía era la traición de mis padres al hacerme caer en aquella trampa.Otra vez me empiné la botella, tomando un largo trago, y casi derramé el líquido sobre mi vestido cuando escuché la voz de mi padre detrás de mí.—Valya.Me giré, mirándolo con el mismo odio con el que aca







