LOGIN~ARTEM~Salí del edificio todavía pensando en la propuesta de Mina. Intenté concentrarme en cualquier otra cosa mientras conducía hacia la casa de Maksim, pero cada pocos minutos mi cabeza regresaba al mismo punto: un año, matrimonio por conveniencia, protección, entrenamiento, Ezequiel muerto y, al final, divorcio.Mina había logrado meterme una cantidad absurda de problemas en la cabeza antes siquiera de terminarme el desayuno.Estaba detenido en un semáforo cuando el teléfono comenzó a vibrar sobre la consola. Miré la pantalla y fruncí el ceño al leer el nombre de León Valdés.Acepté la llamada y activé el manos libres.—Dime.—Hola, ruso. Saluda al menos.Resoplé irritado. Lo que menos quería en ese momento era hablar con Valdés.—¿Qué quieres?Su risa llegó inmediatamente del otro lado.—Qué carácter, ruso. Uno llama para saludarte y así me recibes.—Tú no llamas para saludar.—Bueno, ahí sí tienes razón.El semáforo cambió y volví a avanzar.—Habla.—Me llegaron unas noticias in
~ARTEM~Emiliano seguía dormido cuando entré a la cocina, ya vestido y listo para salir. Había dormido más de lo habitual después del viaje y ninguno de los dos parecía dispuesto a despertarlo, así que el departamento permanecía en calma.Mina estaba frente a la estufa, me saludó con una sonrisa, me pidió que me sentara y, en cuanto lo hice, puso delante de mí un plato con el desayuno y abrió la boca.—¿Podemos hablar?Tomé el tenedor y suspiré.—Sabía que no ibas a dejarme desayunar tranquilo.—Te dije que no iba a cambiar de opinión.—Y yo te dije que durmieras antes de volver a proponérmelo.Mina tomó asiento frente a mí.—Ya dormí.La miré.—Eso veo.—Y sigo queriendo casarme contigo.Dejé el tenedor sobre el plato.—Bien. Habla.No era como si fuera a librarme del asunto fingiendo que no existía.Mina entrelazó las manos sobre la mesa y respiró profundamente antes de continuar. Esta vez no parecía estar improvisando. Parecía haberlo pensado bien durante la noche.—Primero quiero
~ARTEM~ Llegamos al edificio poco después. Emiliano se enderezó en el asiento trasero cuando estacioné y miró alrededor con curiosidad. Mina también lo hizo, observando la fachada antes de volver hacia mí. —¿Aquí vives? —Sí. Bajamos del automóvil y tomé el equipaje. No había demasiado, pero Mina intentó cargar una de las bolsas hasta que se la quité de la mano sin discutir. Emiliano llevaba sus carritos metidos en una mochila pequeña que le había comprado en una de las estaciones de gas en las que habíamos parado a cargar combustible. Tenía estampada la imagen del hombre araña y me di cuenta de que desde que la vió le había gustado, así que se la compré.Herminia lo agarró de la mano y el pequeño caminó junto a ella mientras entrábamos al ascensor que llevaba desde el estacionamiento subterráneo hasta el piso treinta y dos, el último piso del edificio.Yo estaba demasiado cansado para preocuparme por impresionar a nadie y demasiado ocupado intentando no pensar en las dos palabras
~ARTEM~Durante un par de segundos olvidé que llevaba las manos sobre un volante y un automóvil avanzando por las calles de Chicago. Giré la cabeza hacia Mina con la certeza de que había escuchado mal, pero ella seguía mirándome con una seriedad que eliminaba cualquier posibilidad de que estuviera bromeando.—Güero... la carretera —advirtió ella.Volví la vista al frente en el momento en que el coche empezaba a desviarse hacia el otro lado y rápidamente maniobré, recuperando el control del coche y de mí mismo.Respiré profundamente y le pregunté:—¿Qué mierda acabas de decir?—Que te cases conmigo.—Sí, escuché esa parte. Estoy intentando entender por qué demonios lo dijiste.—Porque tiene sentido.Solté una risa seca, completamente incrédula.—Claro. Muchísimo. Después de más de treinta horas de carretera decidiste que casarte conmigo es una excelente idea. El cansancio te frió el cerebro.—No estoy delirando.—Eso es exactamente lo que diría alguien que está delirando.Mina resopló
~MINA~—Ya estamos llegando —anunció Artem y señaló con su barbilla la majestuosa ciudad que se alzaba frente a nosotros.Me enderecé en el asiento del copiloto, olvidándome momentáneamente del cansancio y de las molestias que tenía por todo el cuerpo después de tantas horas sentada. Detrás de mí, Emiliano también pareció despertar de su letargo. Se pegó a la ventana y empezó a mirar hacia afuera con los ojos muy abiertos, siguiendo las luces, los edificios y el movimiento de automóviles que aumentaba conforme avanzábamos.Artem nos observó de reojo.—Bienvenidos a Chicago.Volví la cabeza hacia él.—Es impresionante.—Sí. —Una ligera sonrisa apareció en su boca mientras volvía la atención al camino—. Mi ciudad.No sé por qué aquellas dos palabras me hicieron mirarlo de una manera diferente.Hasta el día anterior Artem había estado moviéndose conmigo por México, entrando y saliendo de lugares que no eran realmente suyos, negociando con hombres que podían traicionarlo y recorriendo ter
~MINA~Desperté con una sensación extraña de calor y comodidad que tardé varios segundos en identificar. Mi cuerpo estaba relajado, demasiado relajado después de todo lo que habíamos vivido en los últimos días, y durante un momento permanecí con los ojos cerrados, disfrutando aquella tibieza agradable que me envolvía.Entonces noté el peso de un brazo sobre mi cintura. Abrí los ojos despacio y el sueño se me fue de golpe cuando me di cuenta de que Artem estaba pegado a mí.No encima ni abrazándome como si fuéramos una pareja empalagosa, pero sí lo suficientemente cerca como para que mi cabeza estuviera acomodada junto a su hombro y uno de sus brazos descansara sobre mi cintura, sujetándome con una naturalidad que me dejó completamente inmóvil.Su rostro estaba a pocos centímetros del mío, relajado por el sueño, la respiración lenta y profunda. La barba le cubría la mandíbula y algunos mechones rubios caían desordenados sobre su frente.Me quedé mirándolo más tiempo del que debía, inte







