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Habían pasado tres años desde aquellas noches de bodas que marcaron el inicio de sus nuevas vidas. Tres años donde el sol no siempre brilló, pero el amor sirvió de paraguas en cada tormenta. En el penthouse del centro, la vida había dado un giro de ciento ochenta grados. Ya no era solo el refugio de dos enamorados; ahora, el eco de unos pasitos rápidos y risas infantiles llenaba cada rincón.Sophie se miraba al espejo del hospital, acomodándose la bata blanca que llevaba bordado su nombre y la especialidad que tanto le costó alcanzar: Pediatría. Se había convertido en la doctora más buscada del país, no solo por su inteligencia, sino por esa ternura que solo una madre conoce. Cristian, por su parte, seguía diseñando edificios que desafiaban la gravedad, pero su mejor obra siempre sería la misma: Escarlet.Escarlet tenía apenas dos años y era el vivo retrato de su padre, con los ojos curiosos de Sophie. Cada vez que Cristian llegaba del trabajo y la pequeña gritaba "¡Papá!", el exitoso
El penthouse de Cristian ocupaba toda la última planta de la torre más alta del centro. Desde allí se veía la ciudad entera brillando como un mar de luces. Las cortinas estaban abiertas de par en par, dejando que la luna y las luces lejanas entraran a bañar la habitación principal. La cama, con sábanas blancas impecables que todavía olían a nuevo. Una lámpara de pie daba una luz tenue, dorada, suficiente para verse sin deslumbrarse.Cristian cerró la puerta del ascensor privado con un movimiento suave. Se giró y vio a Sophie parada junto al ventanal, todavía con el vestido de novia, aunque ya se había quitado los tacones y el velo. El pelo le caía suelto, un poco revuelto por la fiesta, y la luz de la ciudad le dibujaba sombras suaves en la cara.—Ven —dijo él, extendiendo la mano sin hablar más alto de lo necesario.Sophie caminó hacia él descalza, el vestido susurrando contra el piso de madera oscura. Cuando llegó, Cristian le tomó las manos y las puso sobre su pecho, justo donde lat
Habían pasado cuatro meses desde que la tormenta se alejó de sus vidas. Cuatro meses en los que Cristian y Sophie aprendieron que para construir una casa firme, primero había que limpiar el terreno de los escombros del pasado. Por eso, sin miedos y de la mano, fueron ante un juez para firmar aquel divorcio que, lejos de ser un final triste, era el permiso que necesitaban para empezar de cero. Querían una boda que no supiera a conveniencia ni a planes de otros; querían una fiesta que supiera a libertad.La imponente catedral de la ciudad. No se escatimó en detalles: el pasillo central estaba cubierto por una alfombra de terciopelo blanco y flanqueado por arreglos de orquídeas y lirios que llegaban hasta el techo. El aroma a flores frescas y a incienso suave llenaba el aire, dándole al lugar un toque de paz y elegancia absoluta.En la parte de atrás, el ambiente era de puros nervios y risas. Sophie y Angélica se miraban al espejo, compartiendo ese secreto que solo las amigas que se vuelv
El eco de los gritos de Bernardo todavía parecía rebotar en las paredes blancas del cuarto. Sophie estaba sentada en la orilla de la cama, con la mirada perdida en un punto fijo del piso, como si estuviera viendo una película de terror que no terminaba. Tenía las manos heladas y el cuerpo le temblaba de forma imperceptible.Cristian, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se estiró y le rodeó los hombros con el brazo.—Sophie, mírame —le pidió con suavidad—. No dejes que las palabras de ese hombre se te metan en la cabeza.—Es que... es una vida, Cristian —susurró ella, con la voz quebrada—. Armando cometió muchos errores, pero terminar así... me duele pensar que todo terminó en sangre. Siento que, de alguna forma, si yo no me hubiera enamorado de ti, él no habría buscado a Sandra y...—¡No! —Cristian la interrumpió, obligándola a que lo mirara a los ojos—. Ni se te ocurra cargar con ese muerto, porque no te corresponde. Suena feo, suena cruel, pero cada uno es dueño de sus pasos. Armando n
La noche cayó sobre la ciudad, y con ella, el ruido del hospital se fue calmando. En la habitación, solo se escuchaba el pitido suave de las máquinas y la respiración de Cristian, que poco a poco iba despertando del todo. El efecto de los calmantes ya se estaba pasando, y aunque el cuerpo le pesaba como si le hubieran pasado encima mil camiones, su mente estaba más clara que nunca.Sophie no se había movido de su lado. Estaba allí, con los ojos hinchaditos de tanto llorar, pero con una ternura que a Cristian le partía el pecho. Él la miró y, con un esfuerzo que le caló en los huesos, se acomodó un poco en la almohada.—Sophie… —la llamó con la voz ronca—. Ven más cerquita, por favor. Necesito soltar todo esto que traigo cargando, porque si no lo hago, siento que me voy a ahogar.Sophie arrastró la silla y le tomó la mano, apretándola fuerte.—No te esfuerces, mi amor. Ya habrá tiempo de hablar —dijo ella, acariciándole el pelo con suavidad.—No, tiene que ser hoy. Ya me cansé de escond
Cristian apretaba el volante con tanta fuerza que los nudillos le ardían. Las lágrimas le nublaban la vista mientras manejaba a toda velocidad por la carretera oscura hacia la mansión Fuentes. El dolor de haber perdido la confianza de Sophie lo estaba volviendo loco; sentía que el pecho se le partía en dos. En ese momento, el celular chilló en el asiento del pasajero. Al ver el nombre de Armando en la pantalla, la rabia le recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica.—¿Qué quieres, maldito? —ladró Cristian al contestar.—¡Vaya, pero qué humor! —la risa de Armando sonó cargada de veneno a través del parlante—. Solo llamaba para saber cómo te fue con el "regalito" que te dejé. ¿Ya te echó Sophie a la calle? Me imagino que sí. A las mujeres como ella no les gusta la basura, y tú no eres más que un perro callejero, hijo de un criminal. ¿Ya te dio la patada que te mereces?—¡Cállate la boca! —gritó Cristian, perdiendo los estribos. Con una mano golpeó el volante una, dos, tres veces, hac







