FAZER LOGINPov Viktor
La primera vez que la vi en el hospital, algo en mi pecho se detuvo por un segundo. Llevaba el uniforme blanco impecable, ceñido justo lo suficiente para delinear las curvas generosas de su cuerpo: caderas anchas y voluptuosas que se movían con una seguridad natural, un busto pleno que tensaba ligeramente la tela sin ser ostentoso, todo en ella gritaba feminidad sin esfuerzo. Su cabello castaño medio, largo y semi ondulado, estaba recogido en una coleta alta que dejaba al descubierto el cuello delicado y algunos mechones rebeldes que caían sobre su rostro como si se negaran a ser contenidos.
Pero fueron sus ojos los que me atraparon de inmediato: marrones profundos, intensos, con esa frialdad profesional que parecía una barrera impenetrable, como si guardaran secretos que nadie tenía permiso de tocar. Y luego esos labios carnosos, llenos, que se curvaban apenas cuando hablaba con alguien, prometiendo una calidez que contrastaba con su distancia.
Todos sus compañeros la miraban con admiración, con respeto genuino. Era evidente que era buena en lo que hacía, que mandaba sin alzar la voz. Yo, en cambio, no podía apartar la vista. Había algo magnético en ella, en la forma en que caminaba: segura, pero siempre un paso atrás de los demás, como si hubiera aprendido a protegerse de quemaduras rodeada de fuego constante.
La conocí porque papá me pidió que lo acompañara a una junta médica. Ella estaba allí, inclinada sobre un expediente, completamente concentrada, ignorando el mundo a su alrededor. Cuando papá le habló, levantó la vista despacio y sonrió con amabilidad. Esa sonrisa... Dios, esa sonrisa iluminó sus labios carnosos de una manera que hizo que mi pulso se acelerara. Por un instante, esa barrera fría se agrietó, y vi un atisbo de algo suave, humano, detrás de esos ojos marrones. Y supe, en ese preciso momento, que quería volver a verla sonreír así. Dirigida a mí.
No lo supe entonces, pero en ese instante me jodí.
Desde ese día, no dejé de pensar en ella. Busqué cualquier excusa para pasar por el área de urgencias, solo para verla. A veces me miraba con cortesía, otras ni siquiera notaba mi presencia. Y cuando me atrevía a invitarla a salir, me respondía con la misma frase seca:
—No salgo con niñitos señor Green. Eres el hijo de mi jefe, cualquier relación entre tu y yo está prohibida.
“Señor Green”.
Nunca nadie me había puesto en mi lugar siempre he estado acostumbrado a obtener todo lo que quiero.
Me gustaba esa fuerza que tenía. Me irritaba, pero me gustaba. No era como las demás mujeres que buscaban mi apellido o mi dinero. Ella no me necesitaba. Y eso me desesperaba, porque yo sí la necesitaba a ella.
Durante años lo intenté. Flores, cenas, regalos… nada la conmovía. Catalina siempre mantenía la distancia, siempre con esa compostura que me hacía sentir como un crío intentando impresionar a una reina.
Hasta que, ayer todo se vino abajo. Entré al despacho de mi padre y lo encontré pálido, exhausto, con la mirada perdida. Me dijo que estaba enfermo, que su tiempo se acababa… y que había tomado una decisión importante.
No imaginé que su “decisión” sería pedirle matrimonio a Catalina.
Sentí que el mundo se me desmoronaba.
Al principio pensé que era una broma. Pero él lo dijo con tanta seriedad, con tanta determinación, que no tuve dudas.
Ella… la mujer que yo había amado en silencio, la que me había rechazado una y otra vez, iba a convertirse en la esposa de mi padre.
No sé qué me dolió más: si la traición de ella o la humillación de él.
Porque papá sabía lo que yo sentía. Lo sabía, maldita sea. Y aun así lo hizo.
Desde entonces, la rabia me consume. Me cuesta respirar cuando los imagino juntos. Me arde la sangre con solo pensar en que ella, esa mujer por la que yo hubiera dado todo, va a llevar el apellido Green… no por mí, sino por él.
Siento odio, sí. Pero también siento algo peor: celos. Celos de un hombre moribundo, de mi propio padre, porque consiguió lo que yo jamás tuve.
Me repito una y otra vez que ella es una manipuladora, una cazafortunas, una arribista… pero en el fondo, sé que no lo creo del todo.
Porque si realmente lo fuera, no me dolería tanto.
No me dolería verla en sus brazos, no me dolería imaginarla diciendo que sí.
Y mientras más intento odiarla, más me hundo.
Más la deseo.
Más la desprecio.
Más me duele.
Seguí conduciendo con la garganta seca y un vacío que me carcomía por dentro. No recuerdo haber conducido hasta el centro. No recuerdo los semáforos, ni el tráfico, ni siquiera cómo llegué a la joyería. Solo recuerdo el ruido en mi cabeza. Un zumbido constante. Como si alguien hubiese encendido un taladro en mi pecho y no pudiera apagarlo.
Empujé la puerta de vidrio y el sonido de la campanilla me devolvió a la realidad. El lugar olía a perfume caro y a desesperación.
—¿Puedo ayudarlo, señor? —preguntó una mujer de cabello rubio detrás del mostrador.
Asentí sin mirarla. Mis manos temblaban.
—Quiero un anillo —dije.
—¿Algún modelo en especial?
—El primero que vea.
Ella arqueó una ceja, sorprendida, pero obedeció. Abrió una vitrina y sacó una caja de terciopelo azul. Dentro, un anillo de oro blanco con un diamante solitario brilló bajo la luz. No era grande, ni extravagante. Pero en ese momento no importaba.
—Ese —murmuré.
Mientras la mujer envolvía el anillo, yo sentía cómo la rabia y la desesperación se mezclaban dentro de mí, formando una masa densa que me oprimía el pecho. No sabía qué estaba haciendo. No tenía un plan. Solo quería hacer algo, lo que fuera, antes de perder la cabeza.
Pagó mi tarjeta sin que me importara el monto. Salí de la joyería con la caja en el bolsillo y la respiración entrecortada. Afuera llovía. Las gotas golpeaban el pavimento con fuerza, como si el cielo también quisiera descargar su furia.
Encendí el motor del coche y conduje sin rumbo. Hasta que, sin pensarlo, giré hacia la calle donde vivía Paulina.
Paulina… una de las tantas distracciones que había usado para tapar el agujero que Catalina me dejó. Dulce, siempre disponible, siempre intentando entenderme. De todas las mujeres con las que intenté anestesiarme, ella era la única que no fingía nada, la única que se mostraba tal cual era: honesta, vulnerable, humana.
Y aun así, jamás logró llenarme.
Nadie lo hizo.
Pero en ese momento, con el pecho en llamas y la mente destruida, me aferré a lo único que parecía tangible: alguien que al menos no mentía cuando decía que me quería.
Toqué el timbre. La puerta se abrió y Paulina apareció envuelta en una bata de satén. Tenía los ojos hinchados —había llorado, seguramente por mis desapariciones, por mis silencios, por mis huidas constantes—.
—¿Viktor? —susurró—. ¿Qué haces aquí?
—Necesitaba verte —respondí.
Entré sin pedir permiso. Ella cerró detrás de mí. El apartamento olía a café, a vainilla… a estabilidad. A un hogar que yo nunca había querido construir, pero que ahora, en medio del derrumbe, parecía la única tabla de salvación.
—¿Estás bien? —preguntó, acercándose con cautela.
—No —admití—. No lo estoy.
Mis dedos temblaron al sacar la caja azul del bolsillo. Ella se quedó inmóvil. Pude sentir su respiración romperse.
—Viktor… ¿qué es eso?
Abrí el estuche. El diamante capturó la luz del pequeño salón, igual que la esperanza que iluminó sus ojos. Esa chispa me golpeó más fuerte que cualquier rechazo, cualquier grito, cualquier golpe emocional. Porque era real. Ella sí era real. Ella sí estaba aquí.
—Paulina —murmuré, con la garganta hecha un nudo—. Cásate conmigo.
Se cubrió la boca, temblando.
—¿De verdad… lo dices en serio?
Asentí. Aunque la verdad era que ni yo entendía qué estaba haciendo.
Quizás quería demostrarle algo a mi padre. O tal vez quería destruir lo que sentía por Catalina.
Lo cierto era que no sabía que deseaba. Tal vez intentaba salvarme, o era solo otro intento desesperado por dejar de sentir.
—Sí —dije, obligándome a creerlo—. Cásate conmigo. Cuando quieras. Solo di que sí.
Sus lágrimas rodaron de inmediato mientras me abrazaba con fuerza.
—Pensé que nunca… que nunca me verías como algo más —sollozó—. Que solo era… un pasatiempo para ti.
Sus palabras cayeron como piedra. Porque tenía razón.
Lo había sido.
Un escape entre muchos.
La única diferencia es que ella siempre me había dicho la verdad.
Y yo… jamás le di nada auténtico a cambio.
Le puse el anillo en el dedo. Sus manos temblaban de felicidad. Las mías temblaban por el peso de mi propia mentira.
Ella me besó, sus labios mojados por lágrimas. Intenté responder. Intenté sentir algo.
Pero dentro de mí no había espacio para nada más que rabia y vacío.
Sobre todo vacío.
Se separó, sonriendo entre lágrimas.
—Te amo, Viktor.
Mentí.
—Yo también.
Y esa mentira me atravesó como una daga. Era la confirmación de que estaba usando a una mujer buena para tapar un dolor que no podía nombrar.
Nos sentamos en el sofá. Ella empezó a hablar de sueños, planes, su futura boda… yo no escuchaba nada. Mi mente estaba en otro lugar, atrapada en el despacho de mi padre, viendo su mano sobre la de Catalina, apropiándose de lo único que alguna vez quise de verdad.
Las palabras de Paulina se convirtieron en ruido blanco.
Hasta que entendí algo:
Estaba destruyendo la vida de una mujer inocente.
Estaba permitiendo que mi dolor me convirtiera en alguien peor que mi propio padre.
Me levanté de golpe.
—Necesito aire.
—¿Viktor? ¿A dónde vas? —preguntó, alarmada.
—Solo… necesito pensar.
Salí antes de que pudiera agarrarme del brazo.
El pasillo frío me golpeó como un balde de agua. Pero no limpió nada.
No aclaró nada.
Solo confirmó una verdad que quemaba:
Era un cobarde.
Un hijo resentido.
Un hombre que acababa de pedir matrimonio sin amor.
Y Catalina seguía allí, clavada en mi pecho como un puñal imposible de arrancar.
Habían pasado tres años desde aquellas noches de bodas que marcaron el inicio de sus nuevas vidas. Tres años donde el sol no siempre brilló, pero el amor sirvió de paraguas en cada tormenta. En el penthouse del centro, la vida había dado un giro de ciento ochenta grados. Ya no era solo el refugio de dos enamorados; ahora, el eco de unos pasitos rápidos y risas infantiles llenaba cada rincón.Sophie se miraba al espejo del hospital, acomodándose la bata blanca que llevaba bordado su nombre y la especialidad que tanto le costó alcanzar: Pediatría. Se había convertido en la doctora más buscada del país, no solo por su inteligencia, sino por esa ternura que solo una madre conoce. Cristian, por su parte, seguía diseñando edificios que desafiaban la gravedad, pero su mejor obra siempre sería la misma: Escarlet.Escarlet tenía apenas dos años y era el vivo retrato de su padre, con los ojos curiosos de Sophie. Cada vez que Cristian llegaba del trabajo y la pequeña gritaba "¡Papá!", el exitoso
El penthouse de Cristian ocupaba toda la última planta de la torre más alta del centro. Desde allí se veía la ciudad entera brillando como un mar de luces. Las cortinas estaban abiertas de par en par, dejando que la luna y las luces lejanas entraran a bañar la habitación principal. La cama, con sábanas blancas impecables que todavía olían a nuevo. Una lámpara de pie daba una luz tenue, dorada, suficiente para verse sin deslumbrarse.Cristian cerró la puerta del ascensor privado con un movimiento suave. Se giró y vio a Sophie parada junto al ventanal, todavía con el vestido de novia, aunque ya se había quitado los tacones y el velo. El pelo le caía suelto, un poco revuelto por la fiesta, y la luz de la ciudad le dibujaba sombras suaves en la cara.—Ven —dijo él, extendiendo la mano sin hablar más alto de lo necesario.Sophie caminó hacia él descalza, el vestido susurrando contra el piso de madera oscura. Cuando llegó, Cristian le tomó las manos y las puso sobre su pecho, justo donde lat
Habían pasado cuatro meses desde que la tormenta se alejó de sus vidas. Cuatro meses en los que Cristian y Sophie aprendieron que para construir una casa firme, primero había que limpiar el terreno de los escombros del pasado. Por eso, sin miedos y de la mano, fueron ante un juez para firmar aquel divorcio que, lejos de ser un final triste, era el permiso que necesitaban para empezar de cero. Querían una boda que no supiera a conveniencia ni a planes de otros; querían una fiesta que supiera a libertad.La imponente catedral de la ciudad. No se escatimó en detalles: el pasillo central estaba cubierto por una alfombra de terciopelo blanco y flanqueado por arreglos de orquídeas y lirios que llegaban hasta el techo. El aroma a flores frescas y a incienso suave llenaba el aire, dándole al lugar un toque de paz y elegancia absoluta.En la parte de atrás, el ambiente era de puros nervios y risas. Sophie y Angélica se miraban al espejo, compartiendo ese secreto que solo las amigas que se vuelv
El eco de los gritos de Bernardo todavía parecía rebotar en las paredes blancas del cuarto. Sophie estaba sentada en la orilla de la cama, con la mirada perdida en un punto fijo del piso, como si estuviera viendo una película de terror que no terminaba. Tenía las manos heladas y el cuerpo le temblaba de forma imperceptible.Cristian, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se estiró y le rodeó los hombros con el brazo.—Sophie, mírame —le pidió con suavidad—. No dejes que las palabras de ese hombre se te metan en la cabeza.—Es que... es una vida, Cristian —susurró ella, con la voz quebrada—. Armando cometió muchos errores, pero terminar así... me duele pensar que todo terminó en sangre. Siento que, de alguna forma, si yo no me hubiera enamorado de ti, él no habría buscado a Sandra y...—¡No! —Cristian la interrumpió, obligándola a que lo mirara a los ojos—. Ni se te ocurra cargar con ese muerto, porque no te corresponde. Suena feo, suena cruel, pero cada uno es dueño de sus pasos. Armando n
La noche cayó sobre la ciudad, y con ella, el ruido del hospital se fue calmando. En la habitación, solo se escuchaba el pitido suave de las máquinas y la respiración de Cristian, que poco a poco iba despertando del todo. El efecto de los calmantes ya se estaba pasando, y aunque el cuerpo le pesaba como si le hubieran pasado encima mil camiones, su mente estaba más clara que nunca.Sophie no se había movido de su lado. Estaba allí, con los ojos hinchaditos de tanto llorar, pero con una ternura que a Cristian le partía el pecho. Él la miró y, con un esfuerzo que le caló en los huesos, se acomodó un poco en la almohada.—Sophie… —la llamó con la voz ronca—. Ven más cerquita, por favor. Necesito soltar todo esto que traigo cargando, porque si no lo hago, siento que me voy a ahogar.Sophie arrastró la silla y le tomó la mano, apretándola fuerte.—No te esfuerces, mi amor. Ya habrá tiempo de hablar —dijo ella, acariciándole el pelo con suavidad.—No, tiene que ser hoy. Ya me cansé de escond
Cristian apretaba el volante con tanta fuerza que los nudillos le ardían. Las lágrimas le nublaban la vista mientras manejaba a toda velocidad por la carretera oscura hacia la mansión Fuentes. El dolor de haber perdido la confianza de Sophie lo estaba volviendo loco; sentía que el pecho se le partía en dos. En ese momento, el celular chilló en el asiento del pasajero. Al ver el nombre de Armando en la pantalla, la rabia le recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica.—¿Qué quieres, maldito? —ladró Cristian al contestar.—¡Vaya, pero qué humor! —la risa de Armando sonó cargada de veneno a través del parlante—. Solo llamaba para saber cómo te fue con el "regalito" que te dejé. ¿Ya te echó Sophie a la calle? Me imagino que sí. A las mujeres como ella no les gusta la basura, y tú no eres más que un perro callejero, hijo de un criminal. ¿Ya te dio la patada que te mereces?—¡Cállate la boca! —gritó Cristian, perdiendo los estribos. Con una mano golpeó el volante una, dos, tres veces, hac







