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Capítulo 34

Autor: CINVAN
last update Fecha de publicación: 2025-09-04 15:07:35

POV– JAVIER.

El chirrido de los barrotes al abrirse me atravesó como un cuchillo oxidado. El guardia me dijo que tenía visita. Por costumbre, mi primera reacción fue negarme. No soportaba ver a nadie, mucho menos a alguien de mi familia. ¿Para qué? Para recordarme lo que había perdido, para mostrarme con sus ojos que me habían enterrado vivo.

Pero entonces escuché el nombre.

Martín Rodríguez.

Mi padre.

El estómago se me encogió. Hacía meses que no lo veía. Parte de mí quería escupir en el suelo
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Comentarios (1)
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Patricia Guzman
pues te deseo mucha suerte Javier porque de verdad la vas a necesitar y con respecto a Mila pues sientate porque parado te vas a cansar
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Último capítulo

  • LA SUSTITUTA ROTA   Palabras del Autor: "La Sustituta Rota"

    Queridos lectores,Al cerrar las páginas de "La Sustituta Rota", me encuentro en un momento de introspección profunda, como si yo mismo hubiera recorrido el laberinto de emociones que Mila, Nicolás y los demás personajes han transitado. Como autor, CINVAN, he dedicado meses—quizás años, si cuento las ideas que germinaron en mi mente mucho antes de poner la primera palabra en papel—a tejer esta historia. No es solo una novela; es un espejo de las complejidades humanas, un testimonio de cómo el dolor puede forjar resiliencia, y un recordatorio de que el amor, en sus formas más puras y rotas, es el hilo que une todo. Si me permiten, quiero compartir con ustedes mis reflexiones sobre esta obra, no como un análisis frío, sino como una conversación sincera sobre lo que me impulsó a crearla, lo que aprendí en el proceso y lo que espero que haya resonado en ustedes.Comencemos por el corazón de la novela: Mila. Desde el primer capítulo, quise que Mila representara la lucha de tantas mujeres q

  • LA SUSTITUTA ROTA   Capítulo 132.

    POV: MilaEl amanecer desplegaba un lienzo de rojos y dorados sobre la playa frente a nuestro bungalow, las olas susurrando como un canto antiguo que mecía mi alma. Habían pasado cinco años desde el nacimiento de Clara y Alejandro, y nuestra casa costera, ahora llena de risas y huellas infantiles, era un testimonio de la vida que habíamos construido. Me senté en el porche, un cuaderno en mis manos, las páginas llenas de memorias que se habían convertido en mi salvación. El Legado de Clara, mi libro publicado el año pasado, descansaba en la mesa, su portada—un retrato que pinté de mi madre, rodeada de luz—un faro para otros sobrevivientes. Escribirlo había sido mi forma final de sanar, de transformar el dolor de mi pasado en un mensaje de esperanza. Mientras el sol subía, sentí que los traumas—Javier, Lola, la red—eran sombras lejanas, disueltas por el amor que ahora llenaba mi vida.La casa estaba viva con el bullicio de la mañana. Sofía, ahora de diez años, organizaba a sus hermanos

  • LA SUSTITUTA ROTA   Capítulo 131.

    POV: MilaLa noche estaba envuelta en un silencio roto solo por el susurro del mar, cuando la primera contracción me arrancó del sueño. Fue un dolor profundo, como una ola que se alzaba desde mi centro, y supe de inmediato que Clara y Alejandro estaban listos para llegar. El bungalow, nuestro refugio costero, estaba tranquilo, con Sofía y Mateo durmiendo en su habitación, sus pequeños ronquidos un eco de la paz que habíamos construido. Nicolás, siempre alerta, se despertó al sentir mi respiración agitada. "¿Mila? ¿Es hora?" preguntó, su voz un mezcla de emoción y miedo, sus manos ya buscando las mías en la oscuridad. Asentí, apretando su mano mientras otra contracción me atravesaba, mi cuerpo temblando. "Es hora," susurré, mi voz temblorosa pero firme.El miedo, ese viejo compañero, regresó como un susurro venenoso. Las drogas de Javier, inyectadas durante el secuestro, habían sido una sombra constante en este embarazo, a pesar de las ecografías que confirmaban la salud de los gemelos

  • LA SUSTITUTA ROTA   Capítulo 130.

    POV: NicolásEl sol se hundía en el horizonte, tiñendo el cielo de un rosa suave que se reflejaba en las olas frente a nuestro bungalow. La brisa marina traía un aroma salado que se mezclaba con el perfume de las flores silvestres que Mila había plantado en el jardín. Estaba en el porche, una caja de madera en mis manos, planeando la renovación de nuestros votos matrimoniales, un gesto para sellar nuestro amor después de todo lo que habíamos enfrentado. La idea había surgido semanas atrás, tras la crisis del sangrado, cuando vi a Mila en el hospital, vulnerable pero fuerte, su mano apretando la mía como un juramento. Quería prometerle de nuevo que estaría a su lado, no solo en la oscuridad, sino en esta luz que ahora construíamos. Pero mientras organizaba los detalles, un eco de inseguridad me perseguía: ¿merecía este amor, después de la sangre que había derramado por ella?La casa estaba viva con el caos alegre de los gemelos. Sofía y Mateo correteaban por el salón, sus risas resonan

  • LA SUSTITUTA ROTA   Capítulo 129.

    POV: MilaLa brisa marina entraba por la ventana de mi nuevo estudio, un rincón en el bungalow donde el sol pintaba manchas doradas en las paredes blancas. El segundo trimestre del embarazo me había devuelto la energía, como si los gemelos—Clara y Alejandro—me prestaran su fuerza desde mi vientre. Sentada frente a un caballete, mis pinceles danzaban sobre un lienzo, trazando un paisaje de olas y acantilados que reflejaba nuestro nuevo hogar costero. La pintura, como la escritura en mi cuaderno de memorias, se había convertido en mi refugio, una forma de transformar el dolor en algo hermoso. Cada trazo era un paso hacia la sanación, un eco de Clara, mi madre, cuya presencia sentía en cada ola que rompía en la playa.El cuaderno descansaba a mi lado, lleno de palabras para ella, para mis hijos, para mí misma. “Clara, quiero que los gemelos sepan que tu amor nos salvó,” escribí esa mañana, mi mano temblando con una mezcla de gratitud y nostalgia. Las memorias no eran solo sobre su muerte

  • LA SUSTITUTA ROTA   Capítulo 128.

    POV: NicolásEl sol se alzaba sobre el pueblo costero, sus rayos dorados reflejándose en las olas que lamían la playa frente a nuestra nueva casa. El aroma salado del mar se colaba por las ventanas abiertas, mezclándose con el olor a pintura fresca y madera pulida. Habíamos llegado la noche anterior, los gemelos durmiendo en el asiento trasero mientras Mila y yo descargábamos las últimas cajas, nuestras manos entrelazadas en cada pausa, como si temiéramos que el pasado pudiera alcanzarnos. Esta casa—un bungalow de paredes blancas y tejado azul, con un jardín donde Sofía y Mateo ya corrían persiguiendo gaviotas—era nuestro nuevo comienzo. Pero mientras ordenaba cajas en el porche, mi mente seguía atrapada en el hombre que había sido: el verdugo, el cazador que torturó a Lola, que derramó sangre por Mila. Dejar eso atrás no era tan simple como mudarse.Mila salió al porche, su vestido suelto ondeando con la brisa, su piel brillando bajo el sol matutino. El leve abultamiento de su vientr

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