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CAPÍTULO 2: VOY A MATARLO

last update Fecha de publicación: 2026-04-07 14:52:53

Madeleine no debía estar allí.

Lo sabía desde el momento en que cruzó la puerta de la discoteca.

Las luces, la música, el ambiente cargado de energía… todo gritaba exceso, libertad, peligro. Y aun así, allí estaba. En Mónaco. En territorio enemigo.

Juliette había insistido durante días.

Se suponía que debían estar en Saint-Tropez, celebrando su graduación como correspondía: sol, playa, tranquilidad. Pero Juliette no había dejado de hablar de Mónaco y de Monte Carlo, de sus casinos, de su vida nocturna, de sus discotecas y de lo mucho que quería venir y conocer la ciudad.

Y Madeleine había cedido.

Ahora, mientras avanzaban entre la gente, solo esperaba que ni su madre ni su hermano llegaran a enterarse. Poner un pie en Mónaco no era solo una imprudencia.

Era una prohibición.

Observó el lugar con atención. Tenía que admitirlo: era impresionante. La música vibraba en cada rincón, las luces recorrían los cuerpos que se movían al ritmo, y el ambiente tenía algo adictivo.

Se acercaron a la barra.

—Dos cosmopolitan —pidió Juliette.

Mientras esperaban, Madeleine se giró ligeramente, dejando que su mirada recorriera el lugar. Sintió el impulso inmediato de bailar, de dejarse llevar por el ritmo movido del lugar.

Pero no lo hizo porque debían esperar las bebidas.

Su atención siguió subiendo, más allá de la pista, hacia los balcones VIP.

Y entonces lo vio.

Un hombre de espaldas, apoyado en el barandal, hablando con otro. Rodeado de hermosas mujeres y de otros hombres.

Algo en él le resultó familiar.

Entrecerró los ojos, intentando distinguir mejor y en ese momento, él se giró.

El reconocimiento fue instantáneo.

Se trataba de Fabien Lacroix, el príncipe de Mónaco. El hijo de los malditos que habían destruido a su familia.

Nunca lo había visto en persona, pero sabía que era él.

El aire pareció desaparecer de sus pulmones.

Toda la tensión se instaló en su cuerpo en un segundo. Sus músculos se endurecieron, su mandíbula se apretó, y una oleada de rabia le recorrió el pecho como fuego.

Juliette la observó.

—¿Qué te pasa?

Madeleine no apartó la mirada.

—Es él.

—¿Quién?

—Fabien Lacroix —respondió, con voz baja y cargada de veneno—. Está allí arriba.

Juliette siguió su mirada. Lo vio.

Y cuando volvió a mirar a Madeleine, su expresión había cambiado.

—¿Es de esos mismos Lacroix que tanto me has hablado? ¿De la misma familia que mató a tu abuelo y a tu tío y arruinó el buen nombre de tu familia?

—Sí.

—Oh, por Dios —gimió Juliette preocupada, y se llevó las manos a la boca—. ¿Quieres irte?

—No.

La respuesta de Madeleine fue inmediata.

—¿Entonces qué vas a hacer?

Madeleine guardó silencio.

Sus ojos permanecieron fijos en él mientras su mente trabajaba con rapidez. Durante años había visto su rostro en imágenes, en noticias, en artículos. Durante años había seguido cada paso de los miembros de esa maldita familia a través de lo que decían los medios. Durante años había alimentado el odio hacia ese apellido, hacia cada uno de ellos...

Y ahora uno de ellos estaba allí.

A unos metros.

Al alcance.

La decisión llegó sin previo aviso.

—Ya sé lo que quiero hacer.

Juliette frunció el ceño.

Conocía muy bien a su mejor amiga y por su tono sabía que lo que estaba pensando no debía de ser nada bueno.

—¿El qué? —cuestionó, temiendo la respuesta.

Madeleine sonrió. Una sonrisa que no tenía nada de inocente.

Volvió a mirarlo, con determinación.

—Voy a llamar su atención.

—¿Su atención? ¿Para qué?

Madeleine no dudó.

—Voy a seducirlo para acercarme a él y ganarme su confianza…

Hizo una pausa.

—Y una vez que lo consiga... voy a matarlo.

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