LOGINMadeleine alzó su copa sin titubear. El líquido rosado brilló apenas bajo las luces tenues de la barra antes de desaparecer en un solo trago. El alcohol descendió quemándole la garganta, pero no hizo una mueca. Al contrario, agradeció esa punzada. La necesitaba para darse valor.
Dejó la copa del cosmopolitan sobre la barra con un leve golpe seco, como si con ese gesto sellara una decisión de la que no habría regreso. Se puso de pie con lentitud calculada. Primero, el cabello. Sus dedos se deslizaron entre los mechones rubios, acomodándolos con una naturalidad ensayada, dejando que cayeran en ondas suaves sobre sus hombros. Luego el escote: un ajuste provocativo, varios centímetros más abajo, lo suficiente para que sus grandes tetas parecieran a punto de desbordarse. Después, la falda del vestido. La subió lo suficiente para mostrar más piel. Lo suficiente para ser notada por cualquier hombre en ese lugar. Giró el rostro hacia Juliette y, sin darle tiempo a protestar, la tomó de la mano. —Vamos —murmuró y la arrastró hacia la pista de baile. La música las envolvió de inmediato, vibrando a través del suelo, del aire, de la piel. Madeleine avanzó entre la multitud hasta posicionarse exactamente donde quería. Justo enfrente de la terraza VIP en la que se encontraba el maldito Lacroix. Alzó la mirada. Ahí seguía. Pero no la miraba. No aún. Fabien no descendía la vista hacia la pista. Permanecía arriba, en su mundo elevado, ajeno, distante… como si todo lo que ocurría debajo fuera irrelevante para un dios como él. Madeleine sostuvo la mirada un segundo más, midiendo la distancia, calculando el tiempo. Luego sonrió apenas y empezó a bailar con un aspecto más caliente y seductor de lo que nunca antes lo había hecho. Su cuerpo se movía con la música como si la sintiera de verdad, como si cada nota la guiara. Sus caderas siguieron el ritmo con una cadencia hipnótica, sus brazos se elevaron con elegancia, su espalda se arqueó lo justo para acentuar cada curva. Sensual, pero peligrosa. Juliette la imitó, aunque sin entender del todo qué estaba haciendo su amiga. Madeleine apenas le prestó atención. Su mirada volvía una y otra vez hacia arriba. Sabía que en algún momento él miraría. Tenía que hacerlo. Y cuando lo hiciera… mordería el señuelo y caería en su trampa. Arriba, en el reservado VIP, Fabien dejó escapar un suspiro cargado de irritación. El ambiente allí también le resultaba insoportable. Risas falsas. Perfumes dulzones. Voces insinuantes que se arrastraban como si fueran promesas vacías. Su amigo Lorenzo, apoyado en el barandal, observaba la escena con diversión descarada. —Deberías agradecerme —dijo, levantando su copa—. Te traje entretenimiento de primera. Fabien ni siquiera lo miró. —Si estas son las mejores putas que tienes, tus estándares han caído bastante. Las mujeres a su alrededor rieron, como si aquello fuera un halago disfrazado. Ninguna entendía el desprecio en su tono. O tal vez no querían entenderlo. Para él, todas eran iguales: unas malditas cazafortunas. Mujeres que sonreían demasiado, que tocaban demasiado, que soñaban demasiado alto. Porque claro… él era el príncipe de Mónaco. El premio. El trofeo. Las pendejas creían que él caería y las convertiría en princesas. Ridículo. Una pelirroja se inclinó hacia él, invadiendo su espacio con una familiaridad que no le había dado. —¿No quieres venir conmigo? —susurró contra su oído—. Podemos divertirnos un poco en el baño. Fabien frunció apenas el ceño. No respondió. Solo negó con la cabeza, una mueca de fastidio marcando su expresión, y se giró, dándole la espalda sin molestarse en suavizar el rechazo. El mensaje era claro. No le interesaba. Se acercó al barandal, apoyando una mano sobre el vidrio oscuro. Desde allí, la pista de baile se extendía como un mar de cuerpos en movimiento, luces intermitentes y calor humano. Observó sin interés. Su mirada recorrió la multitud de forma automática, sin detenerse en nadie en particular. Era un hábito. Evaluar. Medir. Identificar posibles amenazas. Nada más. Hasta que ocurrió. Un punto. Un movimiento distinto y su mirada se detuvo en una mujer entre todas. Bailaba entre la multitud, acompañada de otra, pero la segunda apenas existía en su percepción. Porque la primera… La primera lo atrapó. Una despampanante rubia vestida con un puto vestido rojo que mantuvo rehén a su mirada. Ajustado. Corto. Demasiado perfecto sobre su delicioso cuerpo. Pero no era solo eso. No era solo la piel que mostraba. Era la forma en la que se movía. La seguridad que proyectaba y la sensualidad que destilaba con cada contoneo de sus caderas. Su boca se secó como el polvo mientras veía su cuerpo moverse tan sensualmente al ritmo de la música. Esas pequeñas caderas giraban y se balanceaban con una gracia ágil, y su nube de precioso pelo rubio caía en cascada por su espalda mientras inclinaba la cabeza, levantaba los brazos por encima de la cabeza y enloquecía a los hombres que la rodeaban con un movimiento que casi pone a Fabien de rodillas justo donde estaba. La lujuria hizo que su sangre brotara como lava fundida en sus venas, derramándose a través de él en una ráfaga de hambre carnal. No podía moverse. No podía respirar. Sólo podía mirar fijamente a esa mujer audaz, descarada y salvaje que quería tener entre sus brazos para enterrarse profundamente en ella. Sí, joder. Tenía que hacerla subir para follársela cuanto antes. No lo pensó mucho. Le dio la orden a Lorenzo inmediatamente. —Quiero que hagas traer a esa mujer del vestido rojo ahora mismo. Lorenzo llevó su mirada al punto que la mirada de Fabien señalaba y asintió, sabiendo que las órdenes que el daba no se daban dos veces. Se despegó del barandal y fue hacia la entrada del reservado para darle la orden a los dos hombres de seguridad que custodiaban allí. Desde arriba, Fabien observó cómo los dos hombres se abrieron camino entre la multitud y se acercaron a la mujer, le susurraron algo al oído y ella levantó la vista hacia él. Cuando sus ojos azules se encontraron con los verdes de él, ella sonrió como si hubiera estado esperando que eso pasara. En ese momento, Fabien supo que estar en Mónaco y jugar al príncipe encantador no sería tan aburrido como pensaba.Madeleine cerró los ojos y sacudió la cabeza. No quería escuchar aquello. No después de todo lo que había ocurrido desde que Fabien le mostró aquella maldita grabación. No después de haber pasado horas intentando reconstruir la confianza en su familia y de acabar de prometerles a Romain y a Claudine que no volvería a dejarse influenciar contra ellos. —No —repitió—. Romain no pudo decirte algo así. —Lo hizo. Me dijo que si vuelvo a colmarle la paciencia se deshará de mí porque ya no me necesita. Madeleine abrió los ojos y miró nuevamente la mejilla amoratada de Victoirie. Aquella marca estaba allí. El labio partido también. Podía negar las palabras porque no las había escuchado, pero no podía fingir que no estaba viendo las consecuencias de algo que había sucedido. Victoirie aprovechó su vacilación. —Romain y Claudine te están utilizando, Madeleine. Aquello consiguió que Madeleine reaccionara. —No. —Sí. —No sabes de qué estás hablando. —Sé mucho más de lo que crees. —Los ojo
Madeleine terminó de acomodar las últimas pertenencias dentro de la única maleta que había llevado consigo desde Córcega y cerró la cremallera de un tirón. No había necesitado desempacar demasiado durante su estancia en Luxemburgo. Ni siquiera había tenido intención de quedarse tantos días. Había regresado a la casa de su familia buscando una respuesta que esperaba encontrar con facilidad y ahora se marchaba con más preguntas de las que tenía cuando llegó. Se quedó unos segundos frente a la cama, contemplando la maleta cerrada mientras sus dedos se movían casi inconscientemente hacia el collar que descansaba sobre su pecho. La piedra roja quedó atrapada entre sus dedos y las palabras de Claudine volvieron a resonar en su cabeza. «Eres una Le Roy.» Su madre había insistido tanto en ello que debería haber bastado para devolverle la seguridad que necesitaba, pero no lo había conseguido. Fabien decía una cosa. Su familia aseguraba otra. Y Madeleine sentía que cuanto más intentaba des
Las sonrisas satisfechas que aparecieron en los rostros de su madre y de su hermano hicieron que Madeleine necesitara salir de allí cuanto antes.No podía seguir escuchando aquello. No podía seguir prometiendo cosas que no sabía si iba a poder cumplir.Unos días atrás lo habría hecho sin dudar, pero ahora, después del tiempo que había pasado junto a Fabien, todo en lo que creía se había resquebrajado.—Tengo que marcharme —dijo, casi agobiada por el peso de todo con lo que cargaba—. Debo regresar a Córcega.Romain levantó ambas cejas, interesado en la información que escuchaba.—¿Córcega? —repitió—. ¿Están en Córcega y no en Mónaco?—Así es. Fabien me llevó allá después de la boda y no a Mónaco, como suponíamos.Romain mantuvo las cejas levantadas durante unos segundos antes de asentir lentamente y sonrió.—Entonces es allí donde los Lacroix siguen teniendo su base de operaciones —murmuró, más para sí mismo que para las dos mujeres.Madeleine volvió a fruncir el ceño.—¿Base de operac
Madeleine tardó varios minutos frente a la puerta del despacho antes de decidirse a entrar. Había pasado demasiado tiempo encerrada en su habitación, repasando una y otra vez todo lo que había escuchado desde que regresó a Luxemburgo, intentando decidir qué parte de aquello podía ser verdad y cuál era una mentira cuidadosamente construida para manipularla. No había llegado a ninguna conclusión. Seguía teniendo las mismas dudas, solo que ahora se sentía mucho más cansada, confundida y con la desagradable sensación de estar atrapada entre dos familias que esperaban algo de ella. Finalmente abrió la puerta. Romain estaba sentado detrás del escritorio y Claudine permanecía frente a él, sentada en una de las sillas. Ambos voltearon a verla cuando Madeleine entró, y una sonrisa ligeramente burlona apareció en el rostro de su hermano. —Finalmente decidiste salir —comentó—. Empezaba a pensar que pensabas quedarte encerrada para siempre en esa habitación. Madeleine ignoró el comentario. N
Victoirie se había alejado de la casa buscando precisamente lo que parecía imposible encontrar bajo aquel techo: unos minutos de paz. Había caminado hasta una parte apartada de la propiedad, suficientemente lejos de las ventanas principales y del constante ir y venir del servicio, y se había sentado en uno de los bancos del jardín. Allí, donde esperaba que nadie fuera a buscarla, finalmente había dejado caer las lágrimas que llevaba conteniendo desde el día anterior. Lloraba en silencio, con la cabeza inclinada y las manos apretadas sobre su regazo, sintiéndose estúpida por hacerlo después de haberse prometido tantas veces que Romain no volvería a verla quebrarse. El labio partido todavía le ardía y el moretón que cubría parte de su mejilla había adquirido una tonalidad más oscura con el paso de las horas, convirtiéndose en un recordatorio imposible de ignorar de lo que había ocurrido. Había pasado toda la noche intentando asimilar no solo el golpe, sino las palabras de su esposo
Apenas salió de la casa, Rainier recorrió con la mirada los alrededores hasta localizar a uno de los hombres de su equipo. Le hizo una señal para que se acercara y esperó hasta tenerlo frente a él. —¿Estás completamente seguro de que la princesa no ha salido de la propiedad? El hombre asintió con seguridad. —Completamente. Tenemos hombres apostados en diferentes puntos del perímetro, vigilando, y nadie ha visto a la princesa abandonar la casa o siquiera asomarse al jardín. Rainier asintió. Aquello coincidía con lo que él mismo había comprobado durante las últimas horas, pero prefería asegurarse. Madeleine había demostrado tener suficiente carácter como para intentar cualquier locura con tal de salirse con la suya. En ese momento su teléfono vibró dentro de su chaqueta. Rainier lo sacó, miró la pantalla y reconoció inmediatamente el nombre de Fabien. —Gracias. Sigan vigilando sin pestañear y, si ocurre cualquier cosa, me informan de inmediato. —Sí, señor. El hombre se alejó y







