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CAPÍTULO 3: SEÑUELO

Author: Dirtsa Aijem
last update publish date: 2026-04-07 14:52:58

Madeleine alzó su copa sin titubear. El líquido rosado brilló apenas bajo las luces tenues de la barra antes de desaparecer en un solo trago. El alcohol descendió quemándole la garganta, pero no hizo una mueca. Al contrario, agradeció esa punzada. La necesitaba para darse valor.

Dejó la copa del cosmopolitan sobre la barra con un leve golpe seco, como si con ese gesto sellara una decisión de la que no habría regreso.

Se puso de pie con lentitud calculada.

Primero, el cabello. Sus dedos se deslizaron entre los mechones rubios, acomodándolos con una naturalidad ensayada, dejando que cayeran en ondas suaves sobre sus hombros. Luego el escote: un ajuste provocativo, varios centímetros más abajo, lo suficiente para que sus grandes tetas parecieran a punto de desbordarse.

Después, la falda del vestido. La subió lo suficiente para mostrar más piel. Lo suficiente para ser notada por cualquier hombre en ese lugar.

Giró el rostro hacia Juliette y, sin darle tiempo a protestar, la tomó de la mano.

—Vamos —murmuró y la arrastró hacia la pista de baile.

La música las envolvió de inmediato, vibrando a través del suelo, del aire, de la piel. Madeleine avanzó entre la multitud hasta posicionarse exactamente donde quería. Justo enfrente de la terraza VIP en la que se encontraba el maldito Lacroix.

Alzó la mirada. Ahí seguía. Pero no la miraba.

No aún.

Fabien no descendía la vista hacia la pista. Permanecía arriba, en su mundo elevado, ajeno, distante… como si todo lo que ocurría debajo fuera irrelevante para un dios como él.

Madeleine sostuvo la mirada un segundo más, midiendo la distancia, calculando el tiempo. Luego sonrió apenas y empezó a bailar con un aspecto más caliente y seductor de lo que nunca antes lo había hecho.

Su cuerpo se movía con la música como si la sintiera de verdad, como si cada nota la guiara. Sus caderas siguieron el ritmo con una cadencia hipnótica, sus brazos se elevaron con elegancia, su espalda se arqueó lo justo para acentuar cada curva.

Sensual, pero peligrosa.

Juliette la imitó, aunque sin entender del todo qué estaba haciendo su amiga. Madeleine apenas le prestó atención.

Su mirada volvía una y otra vez hacia arriba.

Sabía que en algún momento él miraría.

Tenía que hacerlo.

Y cuando lo hiciera… mordería el señuelo y caería en su trampa.

Arriba, en el reservado VIP, Fabien dejó escapar un suspiro cargado de irritación. El ambiente allí también le resultaba insoportable. Risas falsas. Perfumes dulzones. Voces insinuantes que se arrastraban como si fueran promesas vacías.

Su amigo Lorenzo, apoyado en el barandal, observaba la escena con diversión descarada.

—Deberías agradecerme —dijo, levantando su copa—. Te traje entretenimiento de primera.

Fabien ni siquiera lo miró.

—Si estas son las mejores putas que tienes, tus estándares han caído bastante.

Las mujeres a su alrededor rieron, como si aquello fuera un halago disfrazado. Ninguna entendía el desprecio en su tono.

O tal vez no querían entenderlo.

Para él, todas eran iguales: unas malditas cazafortunas.

Mujeres que sonreían demasiado, que tocaban demasiado, que soñaban demasiado alto. Porque claro… él era el príncipe de Mónaco.

El premio.

El trofeo.

Las pendejas creían que él caería y las convertiría en princesas.

Ridículo.

Una pelirroja se inclinó hacia él, invadiendo su espacio con una familiaridad que no le había dado.

—¿No quieres venir conmigo? —susurró contra su oído—. Podemos divertirnos un poco en el baño.

Fabien frunció apenas el ceño.

No respondió.

Solo negó con la cabeza, una mueca de fastidio marcando su expresión, y se giró, dándole la espalda sin molestarse en suavizar el rechazo.

El mensaje era claro.

No le interesaba.

Se acercó al barandal, apoyando una mano sobre el vidrio oscuro. Desde allí, la pista de baile se extendía como un mar de cuerpos en movimiento, luces intermitentes y calor humano.

Observó sin interés.

Su mirada recorrió la multitud de forma automática, sin detenerse en nadie en particular. Era un hábito. Evaluar. Medir. Identificar posibles amenazas.

Nada más.

Hasta que ocurrió.

Un punto. Un movimiento distinto y su mirada se detuvo en una mujer entre todas.

Bailaba entre la multitud, acompañada de otra, pero la segunda apenas existía en su percepción. Porque la primera… La primera lo atrapó.

Una despampanante rubia vestida con un puto vestido rojo que mantuvo rehén a su mirada. Ajustado. Corto. Demasiado perfecto sobre su delicioso cuerpo.

Pero no era solo eso.

No era solo la piel que mostraba. Era la forma en la que se movía. La seguridad que proyectaba y la sensualidad que destilaba con cada contoneo de sus caderas.

Su boca se secó como el polvo mientras veía su cuerpo moverse tan sensualmente al ritmo de la música. Esas pequeñas caderas giraban y se balanceaban con una gracia ágil, y su nube de precioso pelo rubio caía en cascada por su espalda mientras inclinaba la cabeza, levantaba los brazos por encima de la cabeza y enloquecía a los hombres que la rodeaban con un movimiento que casi pone a Fabien de rodillas justo donde estaba.

La lujuria hizo que su sangre brotara como lava fundida en sus venas, derramándose a través de él en una ráfaga de hambre carnal. No podía moverse. No podía respirar. Sólo podía mirar fijamente a esa mujer audaz, descarada y salvaje que quería tener entre sus brazos para enterrarse profundamente en ella.

Sí, joder.

Tenía que hacerla subir para follársela cuanto antes.

No lo pensó mucho. Le dio la orden a Lorenzo inmediatamente.

—Quiero que hagas traer a esa mujer del vestido rojo ahora mismo.

Lorenzo llevó su mirada al punto que la mirada de Fabien señalaba y asintió, sabiendo que las órdenes que el daba no se daban dos veces.

Se despegó del barandal y fue hacia la entrada del reservado para darle la orden a los dos hombres de seguridad que custodiaban allí.

Desde arriba, Fabien observó cómo los dos hombres se abrieron camino entre la multitud y se acercaron a la mujer, le susurraron algo al oído y ella levantó la vista hacia él. Cuando sus ojos azules se encontraron con los verdes de él, ella sonrió como si hubiera estado esperando que eso pasara.

En ese momento, Fabien supo que estar en Mónaco y jugar al príncipe encantador no sería tan aburrido como pensaba.

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