LOGINTres años despuésEl viento gélido de las montañas rusas me golpeaba el rostro, pero no sentía el frío. No. En lo profundo de mis huesos, solo ardía el fuego. Tres años. Tres malditos años habían pasado desde que el mundo se detuvo, desde que sentí el resplandor infernal en el horizonte y supe que se lo había llevado. A él. A Dominic. Las cenizas de Novosibirsk se habían disipado hace mucho, pero las suyas… las llevaba grabadas a fuego en mi alma. Cada bocanada de aire helado era un recordatorio del vacío que dejó, un vacío que la promesa de venganza había llenado con una determinación inquebrantable.Estoy de pie en la cima de este pico desolado, con la nieve crujiendo bajo mis botas, como si el propio suelo gimiera bajo el peso de mi promesa. No estoy en tacones, no. Llevo un abrigo de piel oscura que me envuelve como una segunda piel, botas militares que pisan con autoridad, y un cuchillo táctico envainado en mi muslo. Mi cabello, antes castaño, ahora es más oscuro, casi negro az
Trina Quintero ArmoneNo sé cuánto tiempo había pasado desde que crucé aquella puerta, desde que dejé atrás su mirada, sus palabras, su sentencia. Solo sabía que algo dentro de mí no me dejaba respirar. Era un presentimiento. Una angustia que me carcomía como ácido en las entrañas.Había intentado llamarlo… una, dos, diez veces. Pero Dominic no contestaba. Y aunque él había sido claro: "Si te vas, para mí estás muerta", había dicho. Yo no podía sacármelo de la cabeza, tampoco fingir que él o yo estábamos bien sin el otro. No podía imaginarlo solo, herido, consumiéndose en su propio infierno mientras yo intentaba recuperar mis fuerzas y mi salud.Me aferré a la manta como si ese pedazo de tela pudiera sostener lo poco que quedaba de mi cordura. Mis manos temblaban. Mi pecho dolía. La cabeza me estallaba con pensamientos que no quería tener.—¿Estás bien? —preguntó mi madre, con esa voz que temblaba más que yo.No respondí. ¿Cómo decirle que sentía que el mundo se estaba partiendo en d
Irina PetrovUn sollozo se desgarró de mi garganta, un sonido que ni yo reconocí. Trina. ¿Embarazada? ¿La amante de Dominic, la que era su debilidad? Y mi padre, ordenando su muerte. La cruel ironía me golpeó. Yo, la prometida, que iba a casarme con él para darle "herederos legítimos", ahora escuchaba cómo mandaban a matar al posible heredero de Dominic y a su madre. Y la orden de "asegúrense que muera" resonó en mi cabeza, mezclándose con mis propios miedos sobre el hijo de Elizaveta.El pánico me invadió. Me di la vuelta, mis pies moviéndose por instinto, una furia gélida que me consumía. No había tiempo para procesarlo. Dominic y Trina estaban en peligro, debía avisarles. Y yo… yo estaba atrapada en un nido de víboras que no dudaban en traicionar y matar a su propia sangre si no les servía.Corrí de regreso a la habitación de Elizaveta. La encontré despierta, con esos ojos grandes y asustados, aún aferrándose a la esperanza que le había dado.—Tenemos que irnos —dije, mi voz ronca
AndruUn silencio cortante se apoderó del pasillo de la fortaleza en Omsk. El eco de la voz de Oleg se quedó grabado en mi mente. Oleg estaba en Novosibirsk. En la base de Dominic con Salvatore. Ellos lo sabían todo y se aprovecharon, para atacar a Dominic a traición.La sangre me hirvió. Una rabia ciega me consumió. Él había mandado a su gente y se quedó a morir solo. Pensé en Dominic, el Zar del infierno, el Carnicero de Rusia, reducido a una presa. La humillación. La traición.—¡Fuego! —gritó Oleg por la radio, y el infierno se desató en la frecuencia, en mi imaginación.No fue aquí. No en Omsk. Fue en Novosibirsk. Pude escuchar las explosiones, y pensé en los pocos que Dominic se había llevado consigo para monitorear. Sentí el dolor de la traición, de la impotencia.El rugido.Esa explosión fue una explosión brutal. Aunque no quería creerlo, lo sabía. Ese era el lugar de la espera. Donde Dominic esperaría por nosotros.Mis piernas me fallaron por un segundo. Habían volado la base
DominicMe fui con mis hombres al aeródromo; fue un torbellino de preparativos. Armas, hombre. Mi mente calculaba cada movimiento, cada riesgo. Oleg, Taras y Salvatore, tres hienas dispuestas a pelarse por un trozo de carne. Y en medio de ellos, Elizaveta. Una niña que no sabía el precio de su propia existencia.Cuando los jets estuvieron listos, me paré frente a mis Vory, mis hombres. Vi sus rostros, sus ojos duros, la lealtad grabada en cada uno. Los había entrenado, los había forjado en el infierno. Eran mi extensión.—Van a llegar primero —ordené, mi voz resonando con autoridad—. Ablanden la defensa. Aseguren el perímetro. Y mantengan resguardado el perímetro para que ellos no saquen a Elizaveta. No se detengan por nada. Yo me uniré a ustedes. Esperaré el momento oportuno como quedamos en nuestra base en Novosibirsk. Esta es la misión más importante de nuestras vidas. Si alguien cae, no habrá luto hasta que estemos a salvo.Asintieron, sus movimientos eran precisos. Me despedí de
DominicEl mundo podía estar ardiendo afuera. Siberia, Moscú, San Petersburgo… nada tenía sentido mientras el rostro de Liliana volvía a aparecer en mi memoria.Mi hermana.La única que alguna vez fue mi refugio en un mundo donde el amor era una palabra prohibida. La única que me abrazaba cuando lloraba en silencio por mi madre y papá solo se emborrachaba de poder y de rabia.Tenía ocho años cuando la vi por primera vez interponerse entre nosotros cuando me iba a golpear.—¡Déjalo! ¡No le hagas daño! —gritó Liliana, con la voz temblorosa, pero el alma firme.Yo estaba en el suelo. La mejilla marcada, el labio sangrando. Mi padre me había lanzado contra la pared por derramar una copa de whisky sobre sus papeles.Y entonces apareció ella.Liliana.Con delgada figura, con la rabia contenida en los ojos de una joven que había visto demasiado para su edad.Se plantó entre nosotros como si midiera dos metros, como si el miedo no existiera.Él levantó la mano para callarla, para enseñarle su