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Autor: Aragones
last update Fecha de publicación: 2024-12-07 07:49:48

Llegué a casa, con la mente aturdida, y el pecho pesado. Subí las escaleras sin apenas notar el camino y me encerré en mi habitación. Me senté en la cama, mirando al vacío, tratando de asimilar lo que acababa de ocurrir. Todo lo que había pasado en tan poco tiempo me abrumaba. Descubrir que el hombre al que le había entregado cada pedazo de mi alma era un ser despreciable me estaba destruyendo desde adentro.

Me recosté, dejando que mi cuerpo se hundiera en el colchón, y fijé la vista en el techo. Esa habitación, antes llena de recuerdos felices, ahora me parecía una cárcel. ¿Había sido toda una mentira? Cada susurro de amor, cada palabra de promesa, dichas mientras nos entregábamos el uno al otro... ¿Habían sido solo falsedades? Me sentí asfixiada por mi propia ingenuidad. Yo, hambrienta de afecto, ciega de amor, había permitido que sus mentiras me envolvieran.

Desde el principio debí saberlo. Un hombre como Pietro jamás podría enamorarse de alguien como yo. Me levanté y caminé hacia el espejo de cuerpo entero en el rincón de la habitación. Me paré frente a él, mirándome como si intentara entender por qué no era suficiente.

Mi reflejo me devolvió la mirada con brutal honestidad. era tal cual como lucrecia me habia dicho, una persona insignificante y patetica.

La rabia comenzó a hervir dentro de mí, reemplazando por un instante la tristeza. Cerré los puños con fuerza, temblando. ¿Por qué había sido tan estúpida?

Con un grito ahogado de desesperación, lancé mi puño contra el espejo. El vidrio se partió en mil pedazos, reflejando mi furia fragmentada en destellos dolorosos. Un dolor agudo recorrió mis nudillos, y la sangre comenzó a brotar, goteando sobre el suelo, tiñendo de rojo mi propia miseria.

Me dejé caer al suelo, como si mi cuerpo ya no pudiera sostenerme. Rodeé mi rostro con mis manos temblorosas, sintiendo la humedad de las lágrimas mezclarse con el calor pegajoso de la sangre. El peso de todo me aplastaba, reduciéndome a algo pequeño y quebrado.

No me quedaba fuerza. No quería pelear más. Me sentía como un cristal roto, con cada fragmento de mí esparcido en esa habitación que ahora parecía un ataúd. Esto... esto era demasiado para mi cuerpo frágil, para mi corazón marchito.

El sonido de pasos me arrancó del limbo entre el sueño y la realidad. Parpadeé, tratando de ubicarme, y ahí estaba él, Pietro, parado frente a mí con una expresión de desprecio teñida de ligera decepción. 

—Pensé que habías muerto. Ya me había emocionado —escupió con una frialdad que me atravesó el alma.

El dolor se convirtió rápidamente en rabia. Me levanté de golpe, caminando hacia él con los puños cerrados.

—¡Quiero que te largues de aquí! No eres bienvenido en mi casa, en mi vida, ¡en nada que me pertenezca! —le espeté con furia.

Él apenas arqueó una ceja, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón con una calma que me crispaba aún más.

—Sal de aquí. Quiero descansar —dijo como si la habitación le perteneciera, como si su mera existencia tuviera más derecho que la mía.

Lo miré boquiabierta, incrédula ante su descaro.

—¡Esta es mi habitación! ¡Mi casa! ¡No dormiré bajo el mismo techo que un ser tan despreciable como tú! —grité, sintiendo la bilis subir hasta mi garganta.

Su reacción fue rápida y brutal. Su mano grande y áspera cubrió mi boca, apagando mis palabras. Mis ojos se abrieron de golpe, primero por la sorpresa, luego por el miedo y la furia mezclados. ¿Cómo era posible que todavía me sorprendiera de él?

—Sé lo que hiciste esta mañana al salir de la empresa —dijo, su voz cargada de amenaza—. Y te advierto, no vuelvas a hacerlo. No me cabrees, Abigail. No sabes de lo que soy capaz.

Aparté su mano de mi rostro, temblando, pero no de miedo.

—¿Qué harás, Pietro? ¿Me matarás? —pregunté con voz temblorosa, pero cargada de desafío.

Su sonrisa se ensanchó, cruel y vacía.

—No necesito hacerlo. Tú morirás pronto. ¿Por qué ensuciarme las manos? Alguien más se encargará de ti —dijo con frialdad, cortando cualquier réplica que intentara formar en mi mente.

El odio explotó dentro de mí como una tormenta imparable.

—Te odio tanto... tanto —murmuré, con lágrimas de impotencia brotando de mis ojos.

—No me importa. Ahora vete. Quiero descansar, y tu presencia... me molesta —añadió, como si fuera lo más natural del mundo.

Lo empujé con todas mis fuerzas, intentando sacarlo de la habitación, pero él era más fuerte. Agarró mi mano, giró sobre sus talones y me arrastró fuera, cerrando la puerta en mi cara.

Giré el pomo con desesperación, pero estaba cerrado con seguro.

—¡Pietro! ¡Ábreme! ¡Esta es mi casa! —grité, golpeando la puerta con ambos puños. El dolor físico no era nada comparado con la humillación y la ira que hervían dentro de mí.

—¡Te odio! —grité una y otra vez hasta que mi garganta se rasgó, dejando salir un sonido ronco y quebrado.

Finalmente, mis fuerzas flaquearon. Mi cuerpo temblaba, agotado por la intensidad de mi rabia. Caminé tambaleándome hacia la habitación de invitados y me dejé caer en la cama como un peso muerto.

Respiré profundamente, tratando de calmar la tormenta dentro de mí, pero era inútil. Mi mente estaba atrapada, prisionera de cada palabra cruel, de cada acto mezquino, de cada pieza de esta vida que se había convertido en una tragedia grotesca.

El techo blanco de la habitación me miraba con indiferencia, y yo, rota y sola, me preguntaba cuánto más podría soportar antes de desaparecer por completo. ¿Qué se hace con un corazón que no puede dejar de romperse?

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Último capítulo

  • LUNA PROHIBIDA QUIERE VENGANZA   91

    El motor se apagó. El silencio que siguió fue brutal.nGiorgio bajó primero. Yo tardé un segundo más. El refugio parecía un templo olvidado entre sombras y árboles. La tensión se cortaba en el aire apenas pusimos un pie dentro. Las miradas se clavaron en Giorgio como cuchillos. Él lo sabía. para todos en ese lugar el era el enemigo.—creo que no soy bienvenido aqui— me dijo en voz baja y en tono de burla como para bajar un poco la tensión.—no hagas que te maten— le dije. Giorgio asintió con la cabeza y miró de un lado a otro.Raffaele apareció entre la multitud y camino hacia nosotros con lentitud. Alto, delgado, con el rostro cruzado por arrugas que no lo debilitaban, sino que lo convertían en algo más temible: experiencia viva.—Raffaele… —murmuró Giorgio, y su voz no ocultó el asombro.— Giorgio. que bueno verte aqui— le dijo él.Giorgio se veía confundido y me miró, ¿pero que le podía decir yo?—¿desde cuándo estás con ellos?— le pregunto. —desde siempre, es injusto todo lo que

  • LUNA PROHIBIDA QUIERE VENGANZA   90

    la velada siguió igual de tensa, todos me miraban por el rabillo del ojo. pero la única mirada que realmente pesaba era la de él, de Giorgio. me hacía sentir tan incomoda.—viene hacia aqui— me dijo Kael.Yo no sabía a lo que se refería y entonces lo entendí, era Giorgio caminando hasta nosotros.—Ven conmigo, por favor.Giorgio me lo susurró cerca del oído, como si el peso de lo que estaba a punto de decir no pudiera ser compartido con el mundo. Había esperado toda la noche para hablarme. —dejame en paz — le dije. pero él no se apartó.—dame cinco minutos por favor — me pidio.Yo miré a Kael y el asintio con la cabeza, así que me levanté y acompañe a Giorgio al jardín. —¿Qué quieres? —le espeté sin rodeos, sintiendo todavía el ardor de su mirada cuando desfilé con Kael entre los lobos del salón. —Quiero salvarte, maldita sea —dijo, y su voz quebrada me tomó por sorpresa. —¿Salvarme? ¿Después de abandonarme? Giorgio se acercó más. En sus ojos había culpa. Rabia. Dolor. Y deseo.

  • LUNA PROHIBIDA QUIERE VENGANZA   89

    Hoy era el día en que me enfrentaría directamente a todos ellos, quería ver sus rostros llenos de rabia y frustración.pero en especial quería ver el rostro de Dunkel, quería ver en sus ojos el odio hacia mi, disfrutar de cada mirada de rencor. quería que todos supieran que no pudieron derrotar a un simple cero.El evento de hoy definitivamente era crucial para nuestros planes, hoy le declararemos la guerra a todo el concejo.El rojo sangre de mi vestido abrazaba cada curva de mi cuerpo como si hubiera sido hecho a medida. Cada paso que daba con los tacones negros resonaba como un golpe en la conciencia de quienes me habían dado por muerta. Estaba viva. Más viva que nunca. Y esa noche… esa noche iban a recordarlo.Entré al salón con la barbilla en alto, el corazón latiendo como un tambor de guerra. Todo estaba bañado en luces doradas y música elegante, pero lo que sentí al cruzar la puerta fue tensión. Un silencio cargado, una pausa incómoda que corté con mi presencia. Era la única ce

  • LUNA PROHIBIDA QUIERE VENGANZA   88

    Gabriele apretaba el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Su respiración era densa, cargada de odio, de rabia... y de culpa. Había anotado tres direcciones. Tres lugares donde se harían las próximas subastas. Lugares que él mismo había ayudado a proteger. Ahora, estaba a punto de destruirlos. —Toma nota —murmuró con voz baja. Del otro lado, el silencio fue su única respuesta al principio. Después, la voz de Abigail, suave pero firme, se filtró como veneno dulce. —Dime. Gabriele cerró los ojos. La traición se le anudó en la garganta. Dio las direcciones una por una, como si cada palabra le arrancara parte del alma. Cuando terminó, el silencio volvió. — gracias Gabriele esto significa mucho para mi—La voz de Abigail sonaba burlona. —No lo hago por ti —gruñó él—. Lo hago por ella. Así que más te vale que este bien. Abigail no respondió. Colgó. Él se dejó caer en la silla, sintiendo que cada fibra de su ser se desmoronaba. --- Horas más tarde, los ru

  • LUNA PROHIBIDA QUIERE VENGANZA   87

    Gabriele caminaba de un lado a otro en su despacho, incapaz de encontrar un maldito respiro. El peso de sus decisiones lo aplastaba. Había traicionado al Consejo. Había escupido sobre todo aquello que alguna vez juró proteger. Todo por ella. Por su luna. Por la mujer que era la única razón por la que todavía respiraba. Y ahora... ahora estaba solo con su rabia, su culpa y el sabor amargo del fracaso. El timbre del teléfono retumbó en la casa vacía. Gabriele apretó la mandíbula y respondió de mala gana. —¿Qué? —gruñó. La voz nerviosa de uno de sus hombres atravesó la línea. —Señor... la subasta... fue un desastre. Se llevaron a todos. Humanos, ceros, varios alfas también. No sabemos cómo ocurrió, fue rápido, fue— Gabriele cerró los ojos, sintiendo que la ira le subía como una marea furiosa. Lo sabía. Lo sabía en el fondo de sus huesos que esto pasaría. —Yo me encargaré —dijo en voz baja, amenazante. Colgó antes de escuchar más excusas. Se apoyó en el borde del escritorio,

  • LUNA PROHIBIDA QUIERE VENGANZA   86

    Apenas Giorgio se fue, el silencio volvió a caer en el salón. El eco de sus palabras, de su boca sobre la mía, seguía retumbando en mi mente, haciéndome dudar de lo que estaba haciendo. Me toqué los labios con furia, maldiciéndome por cada fibra de mi cuerpo que aún lo deseaba. —Maldito seas, Giorgio —susurré entre dientes—. No tienes derecho… No tenías derecho a remover lo que había enterrado. No tenías derecho a despertar lo que tanto me había costado silenciar. Yo no era esa mujer. No más. —¿Estás bien?— me preguntó Pietro. Yo lo mire y le di una sonrisa. —muy bien, ahora largo— le dije. El asintio y salió de casa, yo fui escaleras arriba, haata llegar a mi habitación. Entre y me quedé allí, por un momento pensando en lo que había pasado, mi estúpido corazón no dejaba de palpitar. Caminé hacia el enorme ventanal, tratando de calmar mi respiración. El reflejo del cristal me devolvió una imagen que odiaba: mis mejillas encendidas, mi pecho agitado, mi mirada nublada. Ese bes

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