Mag-log inPUNTO DE VISTA DE VALENCIAQue pare. Por favor, que alguien haga que pare.El dolor se intensificó hasta que Valencia apenas podía pensar. Los recuerdos se desprendían a una velocidad mayor de la que podía procesarlos, y cada uno la dejaba más desorientada que el anterior.“Algo va mal”, dijo una de las brujas con brusquedad. “La resonancia está aumentando bruscamente”.“¡Sigan cantando!”, espetó la bruja principal, presionando con más fuerza las manos contra las sienes de Valencia mientras aceleraba su cántico. “Estamos cerca. Puedo sentir cómo se está abriendo”.Ya no puedo soportarlo.Una luz pálida se filtró desde debajo del instrumento colocado en las sienes de Valencia. Al principio, era tenue, apenas visible contra el suelo. Luego se volvió más brillante, extendiéndose por la cámara en lentas oleadas pulsantes.“Eso no debería estar pasando”, dijo otra bruja, retrocediendo. “La extracción no produce luz. Está ocurriendo algo más”.“¡ESTÁ LUCHANDO!”, gritó la bruja principal cua
PUNTO DE VISTA DE VALENCIAValencia había perdido la cuenta de cuántas horas habían pasado desde la visita de Salazar.Podría haber sido un día. Podrían haber sido tres. No había nada allí abajo que le permitiera medir el tiempo.Los pasos de un guardia se acercaron, pausados y pesados sobre el suelo de piedra. Valencia levantó la cabeza cuando la puerta de la celda se abrió con un chirrido.“De pie”, ordenó uno de los guardias.Se incorporó, haciendo una mueca cuando el movimiento tiró de sus muñecas doloridas. “¿Adónde me llevan?”Ninguno respondió. Uno le quitó las ataduras mientras el otro la sujetaba del brazo. Antes de que pudiera protestar, le colocaron un nuevo par de grilletes alrededor de las muñecas.“¡Quita las manos de encima!” Se retorció violentamente, pero el segundo guardia la sujetó del otro brazo. Antes de que pudiera liberarse, le colocaron una bolsa negra sobre la cabeza.La oscuridad se tragó su visión.“¡Quítenme esto!”, gritó, sacudiendo la cabeza de un lado a
PUNTO DE VISTA DE MATEOEl té frío permanecía intacto sobre la mesa. Mateo estaba de pie junto al pequeño fregadero, mirando la pared de concreto de espaldas al resto de la habitación.Después de un largo silencio, se volvió y caminó hacia Elena Ortiz. La anciana estaba sentada en el borde del catre, acunando a Alondra dentro de una pequeña manta de lana.“¿Confías en él?” preguntó Mateo, con la voz convertida en un áspero retumbo. Sus ojos seguían fijos en su hija dormida. “Este asentamiento del que hablas. ¿De verdad confías en que el lugar que tienes en mente es seguro para esconderla?”Elena levantó la barbilla y sostuvo su mirada sin vacilar. “Confío en él porque es el único lugar que queda en esta tierra que nunca ha aparecido en el radar del Consejo de Cazadores, Mateo”, respondió con firmeza. “Es un claro oculto en lo profundo de los antiguos valles, a trescientas millas más allá de las líneas fronterizas del norte, mucho más allá de Greywood”.“Trescientas millas”. La gargant
PUNTO DE VISTA DE MATEOMateo recorrió de un lado a otro la cocina del refugio seguro por lo que le pareció la centésima vez. Los llantos de Alondra llegaban débilmente desde la habitación contigua, donde Camila había asumido la tarea de intentar calmarla.Tres días. Tres días y nada.“Siéntate”, dijo Alejandro sin levantar la vista de su portátil. “Caminar de un lado a otro no hará que la información llegue más rápido”.“Tampoco lo hará sentarme”, replicó Mateo mientras continuaba caminando de un lado a otro.La puerta principal se abrió de golpe y Elena entró con paso decidido, golpeando el suelo con su bastón con urgencia. Llevaba un mapa doblado en la otra mano.“Algo ha cambiado a lo largo de la frontera oriental”, dijo Elena, extendiendo el mapa sobre la mesa, con expresión seria. “Las patrullas han aumentado y se ven antorchas a lo largo de la cresta montañosa, donde no había ninguna hace una semana”.“Eso podría significar cualquier cosa”, respondió Alejandro con cautela mient
PUNTO DE VISTA DE SANTINOLas botas de Santino golpeaban el pasillo de piedra con cada paso, pero el ruido apenas lograba ahogar la agitación que tenía en la cabeza. Los oscuros pasadizos de la fortaleza parecían más estrechos, y el peso opresivo del techo de piedra reflejaba la presión que iba aumentando en su propia mente.En algún lugar de las profundidades de la ciudad montañosa, a kilómetros de distancia, en las entrañas de concreto ocultas del refugio seguro, Mateo probablemente ya estaba gritando, pensando en todas las formas de despellejarlo vivo.Llegó a su cámara personal al final de la galería occidental y empujó la puerta para abrirla con más fuerza de la necesaria, dejando que el portazo resonara por el pasillo para anunciar su regreso a cualquiera que estuviera escuchando.El aroma del perfume, el vino y la piel cálida lo recibió. Jolie yacía desparramada sobre su cama, completamente desnuda, con una rodilla doblada y la otra pierna extendida sobre las sábanas de seda ne
PUNTO DE VISTA DE VALENCIALas muñecas de Valencia estaban atadas con hierro, y su espalda estaba presionada contra una piedra fría y áspera. Sus recuerdos del trayecto seguían fragmentados y extraños: una tela presionada contra su boca, el sabor penetrante de los productos químicos y el rostro de Santino como lo último que vio antes de que la oscuridad se lo tragara todo.Santino. Él hizo esto. De verdad hizo esto, pensó Valencia con rabia.La cámara había sido excavada en lo profundo de la roca. La luz de las antorchas parpadeaba sobre las paredes cubiertas de símbolos desconocidos, y el aire olía a humo, con un matiz metálico por debajo. Nadie vino durante mucho tiempo. Valencia entraba y salía de la inconsciencia, mientras el dolor y el agotamiento desdibujaban su percepción del tiempo.Entonces llegaron voces desde el exterior, hostiles y lo bastante fuertes como para que pudiera oír la ira incluso a través de la puerta de piedra.“Desapareces durante semanas”, dijo una voz profu







