LOGINAdrián miró fijamente al doctor. “¿Quién te dijo que estaba enfermo?”El doctor dudó, y esa duda fue suficiente.Adrián se enderezó lentamente en su silla, ignorando la pesadez en la cabeza. “¿Doctor?”El hombre mayor suspiró y desvió la mirada por un momento. “Probablemente no debería decírtelo.”“¿Entonces por qué viniste?”El doctor volvió a mirarlo. “Porque ella me lo pidió.”“¿Quién?” Ya sabía que solo había una persona de la que el doctor podía estar hablando.“Alba.”El nombre se asentó pesadamente entre los dos. La expresión de Adrián cambió. “¿Alba te llamó?”“Sí.”“¿Cuándo?”“Esta tarde.”Adrián se recostó en la silla, entrecerrando los ojos. “¿Por qué te llamaría?”“Estaba preocupada por ti.”“¿Preocupada?” La palabra salió casi como un bufido.El doctor asintió. “Me pidió que viniera a verte.”Adrián bajó la mirada hacia la mesa. Por alguna razón, la respuesta lo inquietó más de lo que había imaginado. “Le dije que no era nada grave.”“Dijo que sonabas mal cuando hablaron.
Adrián desapareció escaleras arriba sin decir una palabra más. La voz de su madre lo siguió desde el vestíbulo, pero él no se detuvo. Estaba demasiado cansado para seguir discutiendo.Cuando llegó al piso superior, la cabeza le latía con más fuerza que antes. La fiebre hacía que cada movimiento se sintiera más pesado, pero la ira seguía ardiendo bajo su agotamiento. Caminó hacia la habitación de su madre y se detuvo cuando algo llamó su atención.Un retrato enmarcado colgaba de la pared. Era una fotografía antigua de él y Mireia, tomada cuando eran mucho más jóvenes, en algún evento familiar. Mireia sonreía con alegría a la cámara, mientras que Adrián permanecía a su lado con la expresión contenida que siempre ponía cuando su madre insistía en tomar fotografías.Se quedó mirándola varios segundos. Luego extendió la mano, la descolgó de la pared y la dejó boca abajo sobre la cama. No quería seguir viéndola.Se dio la vuelta y salió."¡Adrián!". La voz de su madre llegó desde atrás, per
La madre de Adrian apareció en lo alto de la escalera con un glamuroso vestido de gala, como si se hubiera arreglado para una fiesta fastuosa en lugar de pasar la velada en casa. Se detuvo al verlo y arqueó una ceja.—¿Adrian? ¿Piensas derribar toda la mansión a base de gritos? —Había dulzura en su voz, pero la firmeza que escondía era inconfundible.A Adrian no le importó.—¿Empezaste o no a organizar una boda a mis espaldas?Doña Reyes se quedó inmóvil. Por un instante miró a Mireia y después volvió los ojos hacia su hijo. Nunca lo había visto así. Desde niño había sido el hijo perfecto: iba adonde le indicaban, hacía lo que se esperaba de él y rara vez cuestionaba las decisiones de la familia. Incluso cuando no estaba de acuerdo, conservaba una serenidad casi sobrenatural. Verlo ahora, pálido, desaliñado y visiblemente furioso, la inquietó.—Cálmate, cariño.—No me llames «cariño», mamá. —Su voz volvió a resonar en el vestíbulo—. Quiero una respuesta a mi pregunta. ¿Empezaste o no
Alba recordaba la última vez que Adrian había estado enfermo.Entonces también se había negado a ir al hospital, tan obstinado como parecía serlo ahora.Los hospitales no son para mí.Esas habían sido sus palabras exactas.Al principio, Alba se había sentido frustrada. Detestaba verlo tan debilitado, detestaba cómo su rostro, siempre tan sereno, perdía el color mientras él insistía en que estaba bien.Más tarde, descubrió el motivo. Era algo que su padre solía decirle cuando era niño: los hospitales eran lugares para quienes no tenían a nadie que cuidara de ellos. Los Salvatierra cuidaban de los suyos.Era una lección extraña para que un niño la llevara consigo hasta la adultez, pero Adrian la había llevado de todos modos. Cada vez que enfermaba, volvía a ser aquel niño que había aprendido a soportarlo todo sin pedir ayuda.La mirada de Alba se desvió hacia la cocina.Había una única cosa que siempre lo había aliviado: su sopa.No tenía nada de extraordinario. Solo era una receta que
Alba se quedó mirando el nombre que brillaba en su teléfono.Adrian Salvatierra.Durante varios segundos, simplemente lo vio sonar. Después de todo lo que había pasado, después de que se firmaran los papeles del divorcio y sus vidas por fin se separaran, se había convencido de que Adrian ya no tenía lugar en su vida cotidiana.Y sin embargo, ahí estaba, llamándola.Su pulgar se detuvo sobre la pantalla antes de que por fin contestara.—¿Hola?Por un momento, solo hubo silencio. Luego llegó la voz de Adrian, más baja y áspera de lo habitual.—¿Recibiste la invitación?Alba frunció el ceño y miró la invitación que seguía abierta en su escritorio.—¿A tu boda?Otra pausa.—No hay ninguna boda.Su expresión cambió.—¿Qué quieres decir con que no hay boda? Recibí una invitación esta noche. Tenía tu nombre, Adrian. El tuyo y el de Mireia.—Lo sé.—¿Lo sabes?—Me enteré hoy.Alba se recostó en la silla, tratando de darle sentido a sus palabras.—¿Entonces el anuncio es falso?—Nunca acepté c
Su madre fue la primera en romper el silencio.—Adrian, cariño, tienes que calmarte. No puedes levantarle la voz a tu madre de esa manera. —Su tono llevaba la autoridad de siempre, la que usaba cada vez que quería recordarle cuál era su lugar—. Sigo siendo tu madre, ¿recuerdas?—Sí, lo recuerdo —respondió Adrian, con la voz baja y tensa—. Lo recuerdo muy bien. Eres mi madre, y por eso mismo deberías respetarme y dejar de tratarme como a un niño.Hubo una pausa al otro lado de la línea. Casi podía sentir su enojo a través del silencio.—Adrian, no es eso lo que yo…Terminó la llamada.El teléfono cayó al otro lado de la cama con un golpe sordo. Durante varios segundos, se quedó sentado, respirando con dificultad. No tenía ni la paciencia ni las fuerzas para otra discusión.Su cuerpo se sentía débil, y la fiebre que lo atormentaba desde la noche anterior apenas había mejorado. El analgésico que había tomado antes casi no había aliviado el dolor de cabeza que le martillaba detrás de los







