FAZER LOGIN«Pasaré el resto de mi vida demostrando cuánto te amo, Mireia… hasta que Alba se canse de este matrimonio de conveniencia y se marche». Esas palabras destrozaron el corazón de Alba Montoro. Solo unas horas antes, había preparado con cariño la sopa favorita de Adrián Salvatierra, con la esperanza de que, por una vez, él la mirara con calidez. En cambio, lo escuchó confesarle su amor a la mujer a la que nunca había dejado de amar. En ese momento, Alba comprendió que había estado esperando un milagro que jamás llegaría. Tres años atrás, Adrián se casó con ella solo para cumplir el último deseo de su abuelo moribundo, después de que ella le salvara la vida al anciano. Convencida de que el amor podía ganarse con paciencia y entrega, Alba sacrificó sus sueños, su prometedora carrera y el futuro que había planeado. Pero tres años de frialdad le enseñaron una dolorosa verdad: No se puede obligar a alguien a amarte. Con el regreso de Mireia, Alba se vuelve invisible en su propio matrimonio. Así que se pone un plazo. Treinta días. Treinta días para dejar al hombre que ama, firmar los papeles del divorcio y recuperar la vida que abandonó. Se acabó la espera. Se acabaron las falsas esperanzas. Se acabó amar a un hombre que nunca la amó. Pero, a medida que la cuenta regresiva llega a su fin, Adrián empieza a ver a la esposa que siempre estuvo a su lado. Su indiferencia se convierte en obsesión, y el amor que Alba alguna vez suplicó finalmente aparece. Solo que ahora, ella ya no lo quiere. ¿Se irá Alba antes de que sea demasiado tarde? ¿O Adrián se dará cuenta de que la esposa que dio por sentada es la única mujer a la que nunca podrá reemplazar?
Ver maisEl pulgar de Alba se detuvo inmóvil sobre la pantalla brillante. La publicación de Mireia llenaba el marco con luz dorada filtrándose a través de las ventanas de un elegante café, capturando risas congeladas en el tiempo. El pie de foto bajo las imágenes golpeó como una daga silenciosa: «Por fin de vuelta… y el hombre que amo me está mostrando la ciudad otra vez».
Ella sabía exactamente quién era ese hombre.
Su esposo.Durante tres largos años, Alba había cargado el peso de su matrimonio como un frágil relicario: hermoso por fuera, pero hueco por dentro.
Cerró el teléfono con un suave clic y lo colocó junto a su plato en la larga mesa del comedor. Vestida con un elegante vestido azul cielo que delineaba su figura con discreta gracia, el cabello castaño largo recogido en una coleta pulida, parecía la esposa perfecta de un magnate. Sin embargo, sus ojos color avellana delataban el agotamiento que ningún lujo podía ocultar.
A pesar de que los chefs profesionales esperaban en la cocina, Alba había insistido en preparar el desayuno ella misma esa mañana. Quería que todo fuera perfecto. Tal vez hoy, de entre todos los días, Adrian finalmente notara su silenciosa devoción.
El aroma del café recién hecho y los pasteles calientes flotaba en el aire, pero cuando oyó sus pasos resonando por el pasillo de mármol, su corazón aún aleteó con aquella familiar y ansiosa esperanza.
—Feliz aniversario, Adrian —dijo suavemente cuando él entró, con una sonrisa radiante y ensayada.
Él se detuvo un instante, ajustándose el puño de su camisa impecable. Su expresión permaneció inalterable: fría, distante, como un hombre revisando informes trimestrales en lugar de saludar a su esposa en su aniversario. La luz de la mañana se derramaba sobre la mesa, iluminando los platos intactos que ya comenzaban a enfriarse.
—Oh —respondió él simplemente, con voz neutra. Ni un destello de calidez, ni reconocimiento de la fecha. Solo aquella sílaba educada y distante.
Alba se levantó con gracia y se acercó, sus dedos rozaron la corbata azul marino para enderezarla con el cuidado de quien había memorizado cada detalle de su vida. Sabía que prefería el café con exactamente un cubo de azúcar, detestaba el perejil en cualquier plato y exigía que las reuniones comenzaran puntualmente a las ocho. Recordaba su primer baile, la forma en que su abuelo había sonreído con aprobación ante su unión. Adrian no recordaba nada… o, si lo hacía, nunca lo demostraba.
—Esta noche prepararé tu sopa de champiñones favorita —añadió, con tono ligero a pesar del dolor que florecía en su pecho—. La que lleva tomillo, tal como te gusta.
Adrian miró su reloj.
—No estaré en casa esta noche.No hubo explicación, ni disculpa. Solo una frase más, pronunciada con la misma indiferencia que usaría para hablar del clima. Alba bajó la mirada, tragándose el escozor.
—Lo entiendo —susurró. Siempre lo entendía.
La pesada puerta principal se cerró tras él minutos después, dejando la vasta mansión envuelta en su familiar silencio.
Salvatierra Manor era una obra maestra de mármol pulido y candelabros de cristal, cada estancia un testimonio de riqueza y estatus. Sin embargo, para Alba se sentía como una jaula bellamente decorada. Adrian cumplía con todos los deberes externos esperados de un esposo: seguridad financiera, armarios de diseñador, el prestigioso apellido que ahora llevaba. Todo… excepto lo único que ella había esperado ingenuamente que creciera entre ellos: amor.
Desde el principio, él había sido brutalmente sincero. «Sé que este matrimonio fue arreglado por mi abuelo», le había dicho una vez, con la mirada dura como el acero. «Puedes haber ganado su aprobación, pero no esperes nada más de mí».
Ella había creído que tres años lo ablandarían. Ahora, cerca del mediodía, Alba se encontró revisando viejas fotos guardadas en un cajón: imágenes de antes de la boda, cuando su sonrisa era genuina y las cámaras destellaban por sus propios logros.
Una ola de nostalgia la invadió, intensa y agridulce. En aquel entonces había soñado con un futuro lleno de propósito, no con este elegante vacío.
Un mensaje de la asistente de Adrian interrumpió sus pensamientos: El Sr. Salvatierra olvidó un documento importante. Por favor, envíelo a la sede lo antes posible.
Por impulso, Alba guardó el archivo en una carpeta elegante y añadió los recipientes térmicos con la sopa de champiñones y algunos acompañamientos cuidadosamente preparados. Quizá tenga un momento, pensó, mientras la esperanza parpadeaba a pesar de todo. Aunque solo sean unos minutos juntos.
El trayecto hasta Salvatierra Technologies atravesó la bulliciosa ciudad. La recepcionista la saludó con calidez profesional, pero los pasos de Alba se sentían más pesados mientras subía en el ascensor hasta la planta ejecutiva.
Una risa suave se filtró por el pasillo al acercarse a la oficina de Adrian: cálida, relajada, con una dulzura que nunca había escuchado en él.
Curiosa e inquieta, se detuvo ante la puerta entreabierta y miró dentro.
Adrian estaba muy cerca de Mireia Soler, su primer amor. Con dedos inesperadamente tiernos, ajustaba el pañuelo de seda alrededor de los hombros de ella. Su habitual máscara estoica se había suavizado en una sonrisa que Alba nunca había visto: una que llegaba hasta sus ojos y transformaba todo su rostro. Los rizos rubios de Mireia enmarcaban sus facciones a la perfección mientras lo miraba, con una risa ligera y natural.
Voces murmuraban entre los empleados que pasaban, ajenos a su presencia.
—Al fin están juntos otra vez —susurró uno.—Siempre estuvieron hechos el uno para el otro.—Escuché que su esposa solo fue un arreglo que le impuso su abuelo. Pobre mujer.Las palabras cayeron como piedras en su estómago. Alba respiró hondo para estabilizarse, tocó suavemente la puerta y la abrió.
Adrian se volvió. Sus miradas se cruzaron por un breve segundo. La sorpresa cruzó su rostro, pero no había culpa, solo un leve reconocimiento, como si ella fuera una cita inesperada en su agenda.
Mireia inclinó la cabeza con una dulce sonrisa.
—Adrian, ¿es tu secretaria? —Hizo una pausa, fingiendo caer en la cuenta—. Ah, espera… Alba, ¿verdad? Te ves… diferente.Los dedos de Alba se apretaron alrededor de la carpeta, pero mantuvo la compostura. Se agachó a recoger una hoja que se había deslizado, alisándola con manos que temblaban solo ligeramente. Avanzó y colocó los documentos sobre el amplio escritorio de roble.
—Te traje lo que olvidaste —dijo con voz firme y educada. Colocó los recipientes térmicos a un lado—. Y como mencionaste que no volverías a casa… aquí está tu sopa de champiñones. Todavía caliente, con tomillo.
Mireia se inclinó, inhalando de forma dramática.
—Mmm, qué bien huele. Debes ser una cocinera maravillosa —dijo, palmeando el brazo de Alba con un afecto condescendiente—. Siempre he extrañado la sopa de champiñones favorita de Adrian.Sin dudarlo, Adrian deslizó el recipiente hacia Mireia.
—Entonces deberías tomarla tú.Alba permaneció allí un instante, buscando en su rostro algo —arrepentimiento, calidez, incluso molestia—. Solo encontró la misma fría indiferencia.
—Te veo luego —murmuró suavemente.Él asintió una vez.
En cuanto la puerta de la oficina se cerró tras ella, los dedos de Alba comenzaron a temblar de verdad. Apretó los labios, conteniendo las lágrimas que amenazaban con derramarse.
El trayecto de regreso a la mansión se desdibujó en silencio.
Aquella noche, en la soledad de su dormitorio, Alba abrió el cajón junto a su cama. El contrato matrimonial descansaba dentro, sus páginas crujientes y formales. En la parte inferior, la fecha de vencimiento se alzaba imponente: treinta días. Con mano firme, rodeó el número con su pluma.
En treinta días, desaparecería para siempre de la vida de Adrian Salvatierra.
Esta vez, no miraría atrás. cuenta—.
A las pocas semanas de que comenzara la búsqueda de la propuesta de investigación desaparecida, la vida de Alba había ido recuperando poco a poco algo parecido a la normalidad.O, al menos, eso era lo que ella se repetía.Había dejado de revolver su apartamento cada noche y por fin había devuelto a las estanterías los cuadernos esparcidos. Sophia insistía en que necesitaba descansar, y Alejandro le había recordado más de una vez que no podía pasarse el resto de la vida buscando un documento que se negaba a aparecer.Tenían razón, por supuesto. Alba tenía trabajo que hacer y plazos que cumplir, y no iban a desaparecer solo porque un archivo importante se hubiera perdido.Aun así, la pregunta la seguía a todas partes.¿Dónde lo había puesto?Al otro lado de la ciudad, Adrian Salvatierra se preparaba para una reunión que podía decidir el futuro de su empresa.La sala de juntas llevaba arreglada desde mucho antes de que llegaran los inversores. Los documentos estaban apilados con pulcritu
Adrian bajó la página y volvió a mirar a Mireia.—Gracias —dijo por fin.Las palabras le salieron con más rigidez de la que habría querido. Lo decía en serio, pero bajo su gratitud seguía latiendo una pregunta silenciosa: ¿cómo lo había sabido? Mireia no había leído un artículo de investigación en toda su vida, y aun así había entrado en su despacho con el único documento que su empresa necesitaba.Si notó su vacilación, fingió no hacerlo. Su sonrisa se suavizó, casi tímida.—Es todo lo que quería. Odio verte así, Admie. Llevas semanas cargando con todo tú solo. —Se puso de pie y se alisó la falda—. Déjame acompañarte a casa esta noche. Te prepararé tu cena favorita. Parece que llevas días sin comer como es debido.—No.Sonó más firme de lo que pretendía, y ella parpadeó.—Quiero decir, gracias, pero prefiero estar solo. Tengo mucho que revisar.Por un instante, su sonrisa se mantuvo en su sitio. Luego se encogió de hombros, recogió el bolso y se detuvo junto a la puerta.—No trabajes
—¿Una solución?—Sí. Te traje algo que podría resolver el problema.Casi le preguntó si entendía siquiera cuál era el problema.Mireia nunca había mostrado demasiado interés por el aspecto técnico de su negocio. Su mundo giraba en torno a la moda, los eventos sociales y esas conversaciones que rara vez pasaban de lanzamientos de marcas y oportunidades de inversión. La conocía lo suficiente como para saber dónde estaban sus intereses.Para él, su repentina seguridad resultaba difícil de tomar en serio.—Mireia, el problema no es que no tengamos una propuesta de investigación. La tenemos. El problema es que no logró demostrar nada lo bastante distintivo como para convencer a los inversores. Necesitamos algo técnicamente sólido, original y comercialmente viable. Encontrar un documento en internet no resuelve necesariamente eso.—Quizá deberías mirarlo antes de decidir qué puede o no puede hacer.Metió la mano en su bolso y sacó una carpeta delgada.Los ojos de Adrian se desviaron hacia e
Mireia Soler entró en el despacho de Adrian con la seguridad de quien nunca ha dudado de que será bien recibida.Llevaba un elegante vestido color crema y el cabello le caía en suaves ondas sobre los hombros. Un bolso de diseñador colgaba de su brazo, y sus labios se curvaron en una sonrisa cuando lo vio detrás del escritorio.—¡Adrian! Empezaba a pensar que me harías esperar toda la tarde.—Estaba trabajando. —Señaló la silla frente a él sin levantarse—. ¿A qué debo tu visita?La sonrisa de Mireia se ensanchó mientras se acomodaba.—En realidad, esperaba encontrarte en casa. Iba a pasar a verte esta tarde, pero pensé que sería mejor venir primero aquí. —Ladeó la cabeza y lo estudió—. A menos, claro, que fueras tú quien pensaba visitarme a mí.—Lo estaba considerando.Su expresión se iluminó.—¿De verdad? ¿Cuándo pensabas venir? Podrías haberme llamado. Me habría asegurado de estar en casa.—No para una visita de cortesía.La sonrisa de Mireia vaciló.Adrian se recostó en la silla, si












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