INICIAR SESIÓNPOV Sofía
—¿Qué? —exclamé mirando a Valentina, furiosa— ¿Me echas? ¡Esta es mi casa también!
Valentina me miró con desprecio, luego se cruzó de brazos y soltó una risa.
—No lo es —dijo ella— según los papeles que firmaste como una idiota en tu cumpleaños, todo es mío y de Candela. La casa, el dinero que quedaba, los ahorros, tú no tienes nada aquí. Ni un puto euro, recoge tus cosas y vete de una vez.
Me quedé allí parada, sintiendo que me hervía la sangre, Candela, se rió.
—Valentina, por favor, no tengo adónde ir, solo dame un poco de tiempo, al menos unos días, encontraré trabajo, las ayudaré con lo que sea, con la hipoteca o lo que haga falta.
Valentina se levantó despacio, señalando la puerta con un dedo.
—No, no te quiero ni un día más en esta casa, has sido una carga desde que llegué aquí, siempre con tus quejas, tus notas del instituto, tus “necesito esto, necesito lo otro”. Tu madre dejó algo de dinero y la casa, sí, pero tú no lo mereces, eres una desagradecida, una vaga que no hace nada más que dar problemas. Vete antes de que llame a la policía y les diga que estás aquí sin permiso.
Candela se levantó también y se puso en la puerta.
—Adiós, hermanita —dijo, burlona— suerte en la calle, a ver si encuentras a algún tarado que te recoja.
Me quedé mirándolas, sentía las lágrimas acumulándose en mis ojos, pero me negué a dejarlas caer delante de ellas. Valentina volvió a sentarse y encendió la tele como si yo ya no existiera. Candela se rió otra vez.
—Venga, no dramatices, lárgate ya.
Subí las escaleras corriendo, entré en mi habitación y abrí el armario, saqué una maleta, y empecé a meter cosas a lo loco, metí ropa y algunos zapatos, cogí los dos libros que estaba leyendo, el cargador del móvil y el monedero. Dentro tenía doscientos euros que había ahorrado, ahora eso era todo lo que tenía en el mundo.
Bajé arrastrando la maleta, Valentina no volteó a verme, seguía mirando la tele, Candela me esperaba junto a la puerta.
—¿Ya te vas? —preguntó— qué rápida, no te olvides nada, que aquí ya no entras.
—Cállate —le dije, pasando por su lado.
Ella se rio fuerte.
—Pobrecita, la princesita en la calle.
Abrí la puerta y salí, Candela cerró de un portazo.
Me quedé parada en la acera, sintiendo que el mundo me había escupido de verdad, ya no tenía a nadie, mamá muerta y papá solo pensaba en él mismo.
Caminé sin rumbo, arrastrando la maleta, al final encontré un hostal barato, cuando entré el tipo de recepción me miró raro.
—Treinta euros la noche, pagas por adelantado.
Le di el dinero y subí, la habitación era pequeña, con tan solo una cama y una mesa, cerré la puerta, y me tiré en la cama, lloré hasta que ya no pude, me quedé dormida con la ropa mojada.
Al día siguiente me desperté, me duché y salí a la calle, empecé a buscar trabajo, entré en una cafetería.
—Busco trabajo de mesera o lo que sea.
—Lo siento, no necesitamos ahora.
En una tienda de ropa.
—Tengo ganas de trabajar, aprendo rápido.
—Sin experiencia no podemos contratarte,
En un súper.
—Puedo reponer o estar en caja.
—Manda el currículo online.
Pasé días enteros caminando, con los pies ampollados, Comía bocadillos baratos, por las noches volvía al hostal agotada.
Los doscientos euros se evaporaban rápido, treinta la noche, diez en comida, en pocos días ya no me quedaba ni para comer, me sentaba en cafeterías con wifi gratis, mandando currículos por internet. A todo, limpiadora, dependienta, niñera, pero nada, ni una llamada de vuelta.
Una noche, después de otro día sin nada, estaba en el hostal mirando el móvil, me quedaban menos de cincuenta euros, y me dolía el estómago de hambre, entré en una web de anuncios clasificados por curiosidad. Vi la sección de servicios, había anuncios de chicas ofreciéndose como acompañantes, no eran prostitutas, eran acompañantes de lujo para eventos, cenas de negocios, galas, muchas ponían en grande: “solo compañía”,“nada íntimo”.
Leí varios, cobraban trescientos, cuatrocientos la hora, solo por ir guapa, charlar y sonreír, pensé: soy guapa, sé hablar con gente, puedo fingir. No habría sexo, eso nunca lo haría.
Me senté en la cama y escribí el anuncio esa misma madrugada, me maquillé y subí una foto mía sonriendo.
“Sofía, 18 años, acompañante para eventos sociales, elegante, discreta, solo compañía, no sexo. 300 euros por hora”.
Lo publiqué y me quedé mirando la pantalla hasta quedarme dormida.
El primer cliente llamó al día siguiente.
—Hola, ¿Sofía? Soy Carlos, vi tu anuncio, necesito una acompañante para una cena esta noche, ¿Estás libre?
Tragué saliva.
—Sí, estoy libre.
—Perfecto, quedamos en el Shunka, el japonés del barrio gótico a las ocho.
Colgué sintiendo que me temblaban las manos, elegí un vestido negro y me maquillé lo mejor que pude, el corazón me latía deprisa, pero no tenía de otra.
Él me esperó en la entrada, era un hombre de unos cincuenta y pico, vestía un traje caro, sonrió al verme llegar.
—Sofía, encantado, vamos dentro.
Nos sentamos, pedimos sashimi y ensalada, hablamos de trivialidades, del tiempo, de la ciudad, de su trabajo en importaciones.
A media cena metió su mano bajo la mesa y tocó mi pierna, aparté la mano de inmediato.
—Mira, Carlos —le dije, mirándolo fijamente— lo puse claro en el anuncio, solo compañía, nada de tocamientos, nada de sexo. Si eso es lo que buscas, págame lo que llevamos y me voy.
Él se rió, nervioso.
—Perdón, es un malentendido, sigamos con la cena.
El resto fue incómodo, hablamos poco y me pagó los trescientos euros al salir.
Me fui sintiendo náuseas, los siguientes clientes eran parecidos, todos cincuentones con dinero, y todos intentaban tocarme en algún momento, tenía que repetirles las reglas.
Con el dinero alquilé un estudio pequeño en las afueras, mi vida había mejorado, lo odiaba, pero era mejor que la calle.
Entonces, una noche en un club privado, todo cambió.
El cliente me había contratado para una fiesta privada, era un tipo de unos cincuenta y cinco, empresario de construcción o algo así, que quería presumir delante de sus amigos. Me recogió en un Mercedes negro y me llevó al club.
Era uno de esos sitios caros con entrada discreta, sonreí todo el rato, charlé con sus colegas, fingí que me lo pasaba bien. Bebí un par de copas ligeras para soltarme.
La noche iba normal, él presumía de mí, me pasaba la mano por la cintura delante de los otros, como si fuera su trofeo, alrededor de las doce, el tipo ya tenía los ojos vidriosos y se reía de todo, sus amigos se fueron, y él me miró con esa cara que ya conocía de otros clientes: la de “ahora viene lo que yo quiero”.
Me agarró del brazo con fuerza.
—Vamos a una habitación de arriba, nena —dijo, arrastrándome hacia las escaleras del fondo.
El corazón me dio un vuelco, forcejeé, intentando soltarme.
—No —le dije— te lo dejé claro desde el principio: solo compañía, nada más.
Él me apretó más, me dolía el brazo.
—No me jodas —gruñó, acercando su cara a la mía— por lo que pago merezco tocarte, follarte, no me vengas con cuentos ahora.
Intenté zafarme otra vez, sentí pánico, algunos se dieron cuenta, pero nadie se metía. El club era de esos donde pasan cosas y todos hacen como que no ven.
—Suéltame —le grité— o llamo a seguridad.
Él se rió, y me empujó contra la pared al lado de las escaleras.
—Grita lo que quieras, nena, aquí todos saben para qué vienes.
Sentí las lágrimas a punto de salir, pero no quería llorar delante de él. Forcejeé más fuerte, le di un empujón en el pecho.
—¡Suéltame, joder!
Ahí fue cuando apareció Alejandro.
Lo vi venir desde la barra, donde estaba tomando algo, era alto, llevaba un traje oscuro que le quedaba como hecho a medida, su cara era seria, tenía los ojos fijos en nosotros. Se plantó delante del borracho.
—Suelta a la chica —dijo Alejandro— ahora.
El borracho lo miró y soltó un bufido.
—¿Y tú quién coño eres, el héroe de la noche?
Alejandro no contestó, se acercó más, hasta quedar a un palmo de su cara, lo miró fijamente, el hombre dudó por un segundo, pero vio algo en los ojos de Alejandro que le hizo soltarme.
—Que te den —masculló el borracho, alejándose, lanzando maldiciones— putas de m****a, todas son iguales.
Me quedé allí, temblando, sin poder contener las lágrimas.
—¿Estás bien? —preguntó.
Asentí, aunque no estaba bien del todo.
—Gracias —murmuré.
Él miró mi brazo, donde empezaban a verse marcas rojas.
—Ven, toma algo, así te calmas.
Me llevó a la barra, pidió dos copas, charlamos por un rato, me contó que estaba allí por una reunión de negocios que se había cancelado, que odiaba esas fiestas pero a veces tocaba. Yo le di las gracias y le conté que era acompañante, que solo ofrecía compañía y que el tipo se había pasado.
Él escuchaba muy serio, al final, cuando el club empezó a vaciarse, sacó la cartera y me dio quinientos euros.
—Toma, por la noche y por el cabrón ese.
—No hace falta —dije, él insistió, los cogí, necesitaba el dinero.
Cuando ya se iba, de pronto se detuvo y volteó hacia mí.
—Me debes un gran favor por esto —dijo, con una media sonrisa— alguna vez tendrás que pagarlo.
Sonreí, nerviosa, sin saber qué decir.
No tenía ni idea de que ese favor me iba a cambiar la vida entera.
POV SofíaEra una tarde calurosa de domingo, Ricky, había cumplido ya siete años, corría detrás de Doddy, el perro se había convertido en un labrador enorme, le sacaba ventaja con facilidad, mientras Lucy, ya de seis años, corría un poco más atrás, gritándole a su hermano que no fuera tan rápido.Yo estaba hundida sentada en una silla de mimbre, con unos almohadones justo en la parte baja de mi espalda, con una barriga de ocho meses que era una montaña que no me dejaba ver mis pies. A mi lado, en una silla idéntica, Aiala también tenía una barriga enorme, ella también estaba en la recta final, acariciándose el vientre con una gran sonrisa en el rostro que no podía ocultar.—Si tu padre me trae otro antojo de pastel de chocolate, te juro que voy a explotar aquí mismo, Sofía —dijo Aiala, soltando un resoplido— es en serio, no bromeo, siento que si como una migaja más, el bebé va a salir disparado.Me reí, aunque la risa me provocó una punzada a un lado del vientre.—Dímelo a mí —le con
POV SofíaLas mañanas en la nueva villa estaban llenas de luz, ya no había sombras pesadas detrás de nosotros intentando hacernos daño, estaba sentada en la orilla de la cama, mientras Alejandro limpiaba con cuidado la herida.—No te muevas, Sofía —dijo él, con esa voz baja y ronca que usaba cuando estaba concentrado— si te mueves puedo lastimarte, y no sea que se abra un punto de la esquina.—Ya no duele tanto, Alejandro, de verdad, ya estoy bien por completo —le contesté, tratando de girarme hacia él, pero me impidió hacerlo— siento la zona dormida, pero ya no es ese pinchazo constante, quiero levantarme de una vez, quiero bajar a jugar con los niños al jardín, me estoy volviendo loca aquí encerrada.Alejandro levantó la vista y clavó en mí esos ojos oscuros que todavía me hacían flaquear las piernas, estaba serio, tan serio como se ponía cuando quería imponer su voluntad.—Te quedas ahí sentada hasta que el médico te dé el alta oficial —dijo, limpiando la cicatriz con una gasa — er
POV AialaEntré en la habitación de Sofía llevando una bandeja en las manos, ella estaba recostada sobre las almohadas, medio sentada, mirando hacia la ventana. Se veía más tranquila, aunque todavía se movía con cuidado, debido a que todavía no cerraba del todo la herida del costado.—Traigo bocadillos —dije, dejando la bandeja en la mesita de noche— té de manzanilla y galletas de las que te gustan.Sofía se giró despacio para verme y me sonrió.—Gracias, Al, de verdad, el hambre me estaba matando, pero moverme sigue siendo un suplicio.La ayudé a incorporarse un poco más, al moverse, ella soltó un quejido, apretando la mandíbula, pero logró quedar en una posición cómoda. Le puse la servilleta en el regazo y le serví una taza. Me senté en la cama a su lado. —Sofi, tengo que confesarte algo —dije, tenía tiempo queriendo decirlo— es sobre tu padre y yo. Sobre cómo empezó todo, sé que desde hace tiempo debí sincerarme contigo.Tenía que hablar con ella sobre eso, tenía que decírselo, po
POV LeonardoMe quedé en mi despacho después de terminar una reunión en línea con mi gente en Nápoles, me serví un whisky, valoraba la tranquilidad que teníamos ahora, después de semanas de infierno la puerta se abrió y Alejandro entró. Tomé un vaso, le serví whisky y se lo ofrecí.—Me demostraste que estás dispuesto a dar la vida por mi hija —le dije, mirándolo fijamente a los ojos— te has ganado mi respeto.Él tomó el vaso, me sostuvo la mirada y bebió un trago antes de responder.—Cometimos errores, Leonardo, muchos, pero al final, lo único que importaba era que ella estuviera a salvo y lo logramos.—Lo logramos —asentí, y sentí que un nudo se me formaba en la garganta— ¿Sabes qué es el terror de verdad, Alejandro? No es que te apunten con un arma, ni perder millones en la bolsa, es ver a tu hija debatiéndose entre la vida y la muerte, y saber que no puedes hacer nada.Me apoyé sobre el escritorio, suspirando.—Te confieso que sentí una inmensa rabia contra ti cuando supe que la
POV AlejandroNo podía creer lo que había pasado, sentía que el dolor de ver así a la mujer que amaba, me iba a enloquecer en cualquier momento.Todo era un caos, había gente corriendo, Raúl y dos hombres más habían seguido a Laura, otros dos hombres cuidaban a los niños.El tiempo que tardó la ambulancia en llegar se me hizo eterno, Sofía permanecía inconsciente, su respiración era débil.No podía dejar de mirar mis manos, estaban pegajosas, manchadas de rojo oscuro, era la sangre de Sofía. Su vida casi había escurrido entre mis dedos mientras gritaba como un animal herido en mitad de esa maldita feria.—¡Necesito un informe! ¡¿Dónde está el cirujano?! —rugí, dando vueltas como loco en la sala de espera, el tono de mi voz asustó a la enfermera que pasaba.—Señor Ruiz, por favor, cálmese —dijo ella, sin atreverse a acercarse— la señora está en quirófano. El estilete perforó el bazo, están haciendo todo lo posible por salvarla.—"Todo lo posible" no es suficiente —siseé, acercándome a
POC SofíaDesde el balcón de mi habitación podía ver el bosque de pinos que rodeaba el fraccionamiento, era idílico, sí, pero a veces el silencio de la montaña me resultaba más inquietante que el ruido.—¿Otra vez mirando hacia afuera? —La voz de Alejandro me sacó de mis pensamientos.Se acercó y me rodeó la cintura con sus brazos, aspiré su deliciosa fragancia.—Es demasiado tranquilo, Ale, a veces me da miedo que nos hayamos encerrado tanto que no veamos venir el golpe —confesé, apoyando la cabeza en su hombro.—Raúl tiene hombres apostados en el perímetro cada quinientos metros, relájate, Sofi, hoy es sábado, los niños quieren ir a la feria que han montado en el pueblo de abajo, la vieron cuando nos mudamos.Me giré para mirarlo, sorprendida. —¿Salir? ¿A un lugar público? Pensé que habías dicho que hasta que no encontráramos a Laura, nada de multitudes.Alejandro suspiró y me dio un suave beso en los labios. —No podemos tenerlos en una jaula de oro para siempre. Ricky está empeza







