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El contrato

Author: Lina Valmoré
last update publish date: 2025-12-14 18:09:49

POV Sofía

No imaginaba que se cobraría el favor pronto.

Estaba en mi estudio, contando los billetes que había ganado la noche anterior, ochocientos euros, había acompañado a un empresario ruso a una cena que me pareció eterna. 

El hombre hablaba sin parar de sus fábricas en Rusia, del frío que hacía allí en invierno, de cómo Barcelona era mucho más cómoda para vivir. Yo solo asentía, y sonreía de vez en cuando, al final me pagó en efectivo dándome un extra, no intentó nada raro, por suerte. Solo fue una charla aburrida, y de fingir estar interesada en lo que me estaba diciendo.

Ochocientos euros, con eso pagaría el alquiler del estudio ese mes, compraría comida para un par de semanas y quizás me daría un capricho pequeño, como un par de zapatos nuevos o algo de maquillaje para la próxima salida con un cliente. 

El estudio era pequeño, estaba en un barrio tranquilo de las afueras, afortunadamente quedaba cerca del metro, así podía moverme fácil, tenía una sola habitación y una pequeña cocina, un baño con ducha caliente,  no era perfecto, pero era mío, y lo mejor que no tenía que ver a Valeria ni a Candela, sin sus comentarios ni sus miradas de desprecio.

Me levanté para ir a la cocina a por un vaso de agua, mi móvil vibró de repente, lo tomé rápido. Era un mensaje de un número desconocido, tal vez otro cliente, pero me sorprendí al ver quien era.

“Soy Alejandro, el del club, necesito que te hagas pasar por mi novia por noventa días, mi empresa se hundirá si no parezco estable, te pagaré 350.000 euros, más un piso, más un coche. Y con eso quedaremos en paz, sí aceptas, llámame.”

Me quedé mirando la pantalla como si me hubiera escrito el mismísimo diablo, ¿Era en serio? Trescientos cincuenta mil euros era más dinero del que había visto junto en toda mi vida. Con eso podía pagar cualquier cosa que quedara pendiente, dejar de ser acompañante para siempre y empezar una vida normal, con un piso y un coche propios, no más noches con tíos que me miraban como si fuera un objeto.

El corazón comenzó a latir rápido, caminé por el estudio de un lado a otro, me mordí las uñas,. ¿Era real esto? Alejandro no parecía de los que gastaban bromas tontas. 

Lo recordaba bien de aquella noche en el club, cuando me sacó del problema con el borracho,  era un tipo atractivo, alto, con una forma de mirar que imponía, con gesto serio, recordé que al irse me dijo que le debía un favor grande, no lo usaría tan pronto.

Fui hasta la cama y me senté, miré los billetes, eso era lo que ganaba en una noche buena, trescientos cincuenta mil era otra liga, cambiaría todo, no más clientes que intentaran tocarme aunque dijera que no, no más noches fingiendo que me lo pasaba bien.

No lo pensé más, marqué el número que había en el mensaje, contestó a la primera.

—¿Alejandro?

—Sofía —dijo— sabía que llamarías.

—¿Aceptas? —preguntó de forma directa.

—Primero dime por qué coño necesitas una novia falsa —le dije.

Soltó un suspiro, como si le pesara mucho contarlo.

—Mi padre está enfermo, tiene cáncer, los médicos dicen que le quedan meses, quizás menos, la empresa es de la familia desde siempre, hay un trato grande con inversores árabes, son millones de euros en juego. Pero ellos son muy tradicionales, quieren un socio estable, con familia, con vida ordenada. Si no, se van con la competencia. Necesito una chica guapa, discreta, que no hable de más y que parezca enamorada de verdad. Tú eres perfecta para eso, serán solo noventa días, después cada uno por su lado y te vas con el dinero.

Me quedé callada un rato, pensando en todo eso, sonaba lógico, pero también raro.

—¿Y si digo que no? —pregunté.

—Entonces sigues cobrando trescientos la hora como ahora —dijo, con voz más seria— y algún día un cliente te romperá la cara. O peor, tú eliges.

Tragué saliva, tenía razón, ese mundo era una m****a, los clientes que siempre intentaban algo más, había noches que podían acabar mal si no cortabas a tiempo.

—Dejaré las reglas claras —dije— solo fingiremos en público, nada de sexo.

Se rió, fue una risa ronca.

—Tranquila, preciosa, te aseguro que no voy a pagar para follarte.

—Entonces trato hecho —dije, y colgué antes de que me arrepintiera.

Me quedé con el móvil en la mano, sintiendo que las piernas me temblaban un poco, me senté en la cama otra vez. ¿Qué acababa de hacer? Aceptar ser la novia falsa de un tío rico que apenas conocía. Pero el dinero, joder, el dinero era demasiado bueno para decir que no.

Los dos días siguientes fueron raros, me mandó mensajes con cosas que tenía que hacer: comprar ropa nueva (me transfirió cinco mil euros para eso, me quedé mirando la transferencia en el banco como si fuera un sueño), horarios de eventos a los que iríamos juntos y fotos que tenía que subir a I*******m en una nueva cuenta para que pareciera real.

Fui de compras, me compré vestidos bonitos, zapatos, maquillaje, cosas que nunca me había podido permitir. Me sentía como en una película.

El día de la firma quedamos en su penthouse en la Diagonal, el edificio era de lujo, con portero uniformado en la puerta y ascensor privado, subí nerviosa, me había vestido con unos vaqueros normales y una camiseta sencilla, porque no sabía qué ponerme, al llamar, él abrió la puerta.

Iba impecable, vestía con un traje negro que le quedaba perfecto, con una camisa blanca abierta en el cuello, sin corbata, me miró de arriba abajo por un segundo.

—Pasa —dijo, apartándose.

El penthouse era enorme, mucho más grande que mi estudio, decorado con muebles modernos, todo en tonos grises y blancos, los grandes ventanales mostraban una buena vista de Barcelona. Un abogado nos esperaba en la sala, era un hombre ya mayor con cara seria, usaba unas gafas pequeñas, me miró por encima como si yo fuera una molestia.

—Siéntate —dijo Alejandro, señalando el sillón de enfrente.

Me senté, el abogado empujó unos papeles hacia mí.

—Lee y firma.

Leí lo que pude, era un contrato de servicios, con cláusulas de confidencialidad, el pago sería en tres partes, además de algunas cosas legales que no entendía del todo. Firmé donde me indicó el abogado, luego recogió los papeles, asintió hacia  Alejandro y se fue sin decir más.

Cuando la puerta se cerró, Alejandro se sentó en el sillón a mi lado, cruzó las piernas y me miró.

—Ahora te digo mis reglas —dijo, voz calmada— primera: en público eres mi novia de verdad, nos daremos besos normales, nos tomaremos de la mano, nos haremos fotos juntos como cualquier pareja.

Asentí, aunque me puse un poco nerviosa con lo de los besos.

—Dos: nada de otros tíos, ni clientes ni nadie, cancela todo lo que tengas.

—Vale —dije, eso me gustaba, la verdad.

—Tres: si te pregunto dónde estás o qué haces, contestas siempre, no me gusta no saber.

Fruncí el ceño un poco.

—¿Me vas a controlar todo el día?

—Te voy a proteger —dijo— la prensa es pesada, y la gente que me rodea también. Mejor que sepa dónde estás.

—Cuatro: si te portas bien, sin líos ni problemas, al final te doy un bonus de cincuenta mil euros más.

Lo miré fijamente. ¿Cincuenta mil más? Joder, eso era mucho, por eso iba a portarme bien, como un ángel.

—Y cinco —dije yo, mirándolo a los ojos— si me tocas sin permiso, te corto lo que tienes entre las piernas.

Él sonrió de lado, con esa sonrisa que me ponía un poco nerviosa.

—Es un trato.

Se levantó, me dio la mano para que me levantara, la estreché, su contacto envió un escalofrío por todo mi cuerpo.

Y así empezó todo.

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