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Capítulo 39

Autor: Rina Vega
last update Fecha de publicación: 2026-08-08 20:01:10

La luz del sol entrando por la ventana de la sencilla habitación en el Hogar Elena se sentía distinta esa mañana para Lucía. Nada de alarmas exigiendo tiempo para temas de prensa, nada de notificaciones del equipo de Mateo y, lo más importante, nada de esa mirada cínica del futbolista presionándola por ser perfecta.

Lucía se despertó temprano. Su respiración era tranquila, como si sus pulmones por fin hubieran recuperado el oxígeno que, durante meses, había sido sofocado por el aire contaminado
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    La luz del sol del mediodía atravesaba los huecos de las cortinas de lino blanco en el dormitorio principal de la villa, calentando el suelo de madera de roble pulido. Sin embargo, esa calidez no lograba disipar la tensión que atenazaba el pecho de Lucía. Ella estaba arrodillada al lado de la cama, con las manos finas temblando visiblemente mientras colocaba una venda estéril nueva sobre la cintura de Mateo. La gasa blanca ya empezaba a mancharse por la sangre fresca que atravesaba la primera capa.—Lucía, controla tu respiración. Pareces a punto de enfrentarte a un pelotón de fusilamiento, no de cuidar a tu propio marido —la voz de Mateo sonó baja, con ese tono rasposo propio de quien acaba de aguantar un dolor intenso.Hizo una mueca leve cuando sus músculos abdominales se tensaron, pero sus labios forzaron una sonrisa tenue para calmar la angustia en el rostro de la mujer.—¿Cómo quieres que esté tranquila, Mateo? —susurró Lucía, con la voz quebrada por un pánico contenido. Sus ded

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    El sonido del tono de llamada del móvil, que rompía el silencio de la mañana en la montaña, cambió instantáneamente la tensión en el aire. Hugo llamaba desde Madrid, y ni siquiera había terminado de sonar cuando Lucía ya le había arrebatado el dispositivo de la mesita de noche.—¿Hugo? ¿Cómo está la situación en Madrid? ¿Está todo resuelto? —exclamó Lucía sin preámbulos, con la voz vibrando entre la ansiedad y la exigencia.Al otro lado de la línea, el largo suspiro de Hugo se escuchó con claridad, seguido por el ruido de fondo que indicaba que se encontraba en la sala de espera de una comisaría o de algún despacho jurídico importante en la capital.—Tranquilízate, Lucía, respira primero —la voz de Hugo sonaba cansada, pero con un matiz de victoria que no podía ocultar—. Hernández ha sido detenido oficialmente. La policía lo ha sacado directamente de la sala de juntas esta mañana, acusado de fraude, malversación de fondos de la fundación y blanqueo de capitales.Lucía se cubrió la boc

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    Sus respiraciones volvieron a ser regulares poco a poco, llenando el silencio del dormitorio, ahora bañado por la luz dorada del sol de la mañana. Mateo estiró la mano para tirar de la gruesa manta, que antes había quedado apartada, y cubrir la espalda desnuda de Lucía, protegiendo su piel del aire de la montaña que aún se sentía fresco.Sin embargo, mientras Lucía descansaba apoyada en el pecho de Mateo, su mano, que recorría el abdomen del hombre, se detuvo en seco. Sus dedos tocaron el vendaje grueso en el lado derecho de la cintura de Mateo y sintió algo húmedo y pegajoso.—Mateo... —la voz de Lucía se tornó seria, y su somnolencia desapareció al instante—. Estás sangrando otra vez. Los puntos... los has abierto anoche.Mateo movió ligeramente el cuerpo, dedicándole a Lucía una sonrisa lánguida y profun

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    La luz de la mañana se filtraba por las rendijas de las cortinas de lino, bañando con calidez la gruesa manta sobre la cama. No había ruidos molestos de monitores cardíacos ni el penetrante olor a antiséptico de un hospital. Solo quedaba el aroma a pinos de la montaña y el canto de los pájaros.Mateo abrió los ojos lentamente.A su lado, Lucía dormía profundamente. Estaba acurrucada, con los dedos todavía aferrados con fuerza a la mano izquierda de Mateo —la que no estaba herida—, como si temiera que él se esfumara si soltaba su agarre.Mateo contempló ese rostro durante largo rato. El rostro de su esposa sin maquillaje, sin la presión de las cámaras ni la carga de un contrato. Solo estaba Lucía. La mujer que, ahora mismo, era la única razón por la que sentía que su vida estaba completa.Despacio, Mateo acercó su rostro y le dio un beso suave en la frente, manteniendo los labios ahí un momento para aspirar el reconfortante aroma a vainilla de su champú.Lucía parpadeó y soltó un peque

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