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Capítulo 76

Author: Rina Vega
last update publish date: 2026-09-15 15:48:16

Rafael se alejó del área VVIP arrastrando los pies. Cada paso pesaba una tonelada; sentía que el suelo de mármol del hospital se convertía en lodo, atrapando sus zapatos como si no quisiera dejarlo ir, siendo ese, irónicamente, el lugar donde menos quería estar y, a la vez, el que más le dolía.

Tenía el rostro vacío y la mirada perdida en esas paredes pálidas que pasaban de largo, como una película que hace tiempo perdió el sentido.

La imagen no dejaba de dar vueltas en su cabeza, sin tregua, s
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  • La Esposa Falsa del Ídolo del Fútbol   Capítulo 76

    Rafael se alejó del área VVIP arrastrando los pies. Cada paso pesaba una tonelada; sentía que el suelo de mármol del hospital se convertía en lodo, atrapando sus zapatos como si no quisiera dejarlo ir, siendo ese, irónicamente, el lugar donde menos quería estar y, a la vez, el que más le dolía.Tenía el rostro vacío y la mirada perdida en esas paredes pálidas que pasaban de largo, como una película que hace tiempo perdió el sentido.La imagen no dejaba de dar vueltas en su cabeza, sin tregua, sin piedad.La forma en que Mateo miraba a Lucía hace un rato no era la locura ni la obsesión de la que Rafael lo había acusado tanto tiempo; era una certeza aterradora. Una convicción que no nacía de ningún contrato. Y Lucía, la mujer que amó en silencio durante diez años, estaba allí, llorando sobre el pecho de Mateo, abrazándolo como si fuera el único refugio en medio de su mundo derrumbado.—Nunca me arrepentiré de amarte.Las palabras fueron claras, no por obligación ni por cumplir con un ac

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    —Cinco segundos, Mateo. Uno. Dos. Tres. —La voz de Doña Renata sonaba como el tictac de un reloj contando los últimos suspiros de una relación. Mateo no perdió el tiempo. No miró a su madre, ni siquiera volteó a ver a su arrogante padre. Sus ojos estaban clavados en Lucía, cuyas manos todavía temblaban sobre las sábanas del hospital. Mateo respiró hondo, aguantando el dolor punzante en su abdomen, y apretó los dedos de Lucía con fuerza. Ese agarre era una declaración de guerra. —No necesito cinco segundos para decidirlo —soltó Mateo con frialdad. Doña Renata arqueó una ceja. —Bien. Entonces, ve preparando las maletas. Valeria ya te está esperando en Londres. Mateo soltó una risita cínica. —Te equivocas, mamá. No tardé cinco segundos en elegir. La elegí a ella hace mucho tiempo. El ambiente en la habitación se congeló. Don Alejandro dio un paso al frente, con la cara roja de rabia. —¿Qué quieres decir, Mateo? No juegues con la herencia de los Torres. ¿Sabes cuáles son las consecue

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    El eco de unos pasos firmes rompió el silencio tenso en el pasillo del ala VVIP del hospital. El sonido de unos tacones golpeando el mármol, acompañado de un aura gélida, hizo que las enfermeras bajaran la cabeza al instante.La puerta de la habitación se abrió de golpe. Una mujer de mediana edad, vestida con un conjunto de alta costura negro, entró con elegancia, pero irradiando una dominación aplastante. Su cabello rubio estaba impecable y sus ojos escaneaban todo con una mirada fría y crítica.Detrás de ella, un hombre alto y robusto con un traje carísimo caminaba apoyándose en un bastón con empuñadura de oro. Era Don Alejandro Torres, el padre de Mateo, un magnate hotelero famoso por no sonreír nunca.La mujer era Doña Renata Torres, la madre de Mateo.Lucía se levantó por puro reflejo. El ambiente se volvió pesado de golpe, como si alguien hubiera succionado todo el oxígeno de la habitación.—Así que aquí es donde te escondes, Mateo —soltó Doña Renata. Su voz era cortante, sin un

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    La fría luz de la mañana se filtraba por las rendijas de las cortinas de la habitación VVIP, iluminando el rostro de Lucía reflejado en el espejo. Estaba de pie frente al espejo del baño, con las manos temblorosas mientras sostenía el pincel del corrector. Bajo sus ojos, unas ojeras profundas delataban su noche en vela.Cada vez que cerraba los ojos, las palabras de Rafael resonaban en su cabeza: "Nunca dejé de amarte".Lucía soltó un largo suspiro y se dio unos toques de polvos en las mejillas para ocultar la palidez provocada por el miedo y la confusión. Tenía que ser fuerte. No podía dejar que Mateo viera lo destrozada que estaba.Sin embargo, al dejar el pincel y salir del baño, se quedó sin aliento.Mateo estaba despierto.No había dormido. Sus ojos oscuros estaban abiertos de par en par, observando a Lucía desde detrás de las almohadas blancas. No había rastro de sus rabietas ni de esos celos explosivos de noches anteriores.La mirada de Mateo esta vez era difícil de descifrar

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    Lucía no contestó de inmediato. Las palabras de Rafael, ese "nunca dejé de amarte", le resonaban en la cabeza como una alarma ensordecedora.La mirada de él, que siempre había visto como la de un hermano mayor protector y sincero, ahora ardía con algo oscuro, confuso y que ella no lograba descifrar.El corazón de Lucía le latía tan fuerte que hasta le dolía. Miró a Rafael y luego al pasillo del hospital, que a pesar de estar iluminado, le parecía un abismo sin fondo. La culpa por el estado de Mateo, el miedo por el contrato filtrado y, ahora... esa confesión explosiva del hombre al que había amado en secreto durante diez años; todo se le vino encima al mismo tiempo.Sin decir ni una palabra, Lucía se dio la vuelta.No corrió, pero caminaba rápido, casi tropezando con sus propios pies mientras salía del ala oeste y se apresuraba a volver a la suite de Mateo.En cuanto la puerta se cerró tras ella, Lucía se apoyó contra la madera fría y cerró los ojos con fuerza. Respiraba con dificulta

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    «¡Llamen a un cirujano ahora mismo! ¡Rápido!»El grito estridente y frenético de una de las enfermeras rompió el silencio en el pasillo de la zona VVIP del Hospital Central de Madrid. La pesada puerta de roble de la habitación de Mateo Torres se abrió de par en par, dejando escapar una oleada de pánico que oprimía el pecho. Varios médicos irrumpieron con equipo de emergencia; sus pasos retumbaron con fuerza sobre el suelo de mármol pulido.Lucía Vega se quedó petrificada en el umbral, con el cuerpo temblando violentamente. Sus palmas estaban cubiertas de un líquido rojo, espeso y cálido. La sangre de Mateo.—Señora Torres, tiene que retroceder. ¡Por favor, déjenos espacio! —El médico de guardia empujó los hombros de Lucía con firmeza, aunque con cortesía, obligándola a retroceder hacia el pasillo.—Pero él... los puntos... —La voz de Lucía se quebró. Sus ojos, abiertos de par en par por el horror, intentaban divisar algo dentro de la habitación.Sobre la cama, Mateo estaba semirecosta

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