LOGINGaspar dio un paso más, acortando la distancia entre nosotros. Sus ojos se clavaron en los míos y en ellos vi una determinación inquebrantable.
—No tienes elección, Irina. El contrato te espera. Lo firmarás.
—¡No lo haré! —grité, y mi voz resonó en el salón. —¡No firmaré nada! ¡No me casaré contigo! ¡No soy tuya! ¡No soy de nadie!
Su mano se extendió, no para tocarme, sino para señalar una mesa auxiliar. Sobre ella yacía abierto un documento de cuero oscuro. El contrato. El mismo que me había enseñado en la biblioteca.
—Ese contrato —dijo con un tono de voz plano— es tu salvación. Es la única prueba de que eres intocable. Sin él, Serguei no tendrá reparos en ir a por ti. Y te aseguro que su método de protección es mucho menos... civilizado que el mío.
Me quedé en silencio, con la mirada fija en el documento. La tinta negra sobre el papel blanco parecía gritar mi condena. Mi mente se resistía, mi alma se negaba. Sin embargo, la imagen de la mafia, la violencia en el convento y la desesperación en los ojos de Anya me golpearon con fuerza.
—No puedo —susurré, y se me llenaron los ojos de lágrimas. —No puedo firmar mi vida a un hombre al que no amo.
Gaspar se acercó a la mesa, tomó el contrato y lo sostuvo frente a mí. Sus ojos no me daban tregua.
—No te pido que me ames, Irina. Te pido que sobrevivas y para sobrevivir, debes firmar. Es una formalidad necesaria.
—¡Es una mentira! —grité, mientras se me cerraban los puños.
—Es la verdad de tu nueva vida —respondió con voz firme. —Una verdad que te mantendrá con vida. Y recuerda que el contrato también estipula tu libertad cuando Serguei haya sido neutralizado. Es tu única salida.
Mis ojos se posaron en la pluma de plata que yacía junto al contrato. Un arma silenciosa, más poderosa que cualquier fusil.
—¿Y si no lo hago? —pregunté.
Gaspar se inclinó y su aliento cálido rozó mi oído.
—Entonces, principessa, te dejaré a tu suerte y no podré protegerte.
Sentí un escalofrío. Sabía que no estaba mintiendo. Su amenaza era real. La elección era sencilla: la farsa o la muerte. La vida que había conocido, la fe en la que me había apoyado, todo se desvanecía. Solo quedaba la supervivencia.
Gaspar dejó el contrato sobre la mesa, junto a la pluma. Me miró una última vez, pero no me obligó a coger la pluma.
—Piénsalo bien, Irina —dijo con voz grave. —Pronto es la boda. Y sin esa firma, no hay protección.
Se dio la vuelta y salió del salón, dejándome sola con mis pensamientos. El silencio se hizo pesado, casi asfixiante. El contrato brillaba bajo la luz de los candelabros, era la advertencia de mi condena. Mi corazón latía con fuerza, en una mezcla de rabia y desesperación. No podía respirar, la incertidumbre me ahogaba.
Necesitaba aire, necesitaba escapar, aunque solo fuera por un momento. La mansión se sentía como una tumba. Sin pensar en las consecuencias, me dirigí a la puerta principal.
María me vio, sus ojos se abrieron de par en par, pero no dijo nada. Salí al jardín y el aire fresco de la noche napolitana me dio de lleno en la cara. Respiré hondo, intentando calmar la angustia que llevaba dentro.
Caminé sin rumbo fijo por los senderos de grava bajo la luz de la luna. El jardín era precioso, pero no me transmitía paz. Solo me recordaba mi encierro.
Llegué a la reja de hierro forjado que separaba la mansión de la calle. Era alta e imponente, pero no parecía tan segura como el interior. No obstante, la desesperación me empujaba.
Mis dedos se aferraron a los fríos barrotes. Miré hacia la calle, oscura y solitaria. Un rayo de esperanza, por muy ingenuo que fuera, se encendió en mi pecho. Podría intentarlo.
De repente, una sombra se movió en la oscuridad. Dos figuras emergieron de entre los árboles y se acercaron a la reja. Eran hombres grandes y fuertes. Sus rostros estaban ocultos por la penumbra, pero adiviné sus intenciones. No eran guardias, sino depredadores.
Mi corazón se paralizó. El miedo, un miedo primario y visceral, me paralizó. Intenté gritar, pero no pude. Los hombres se acercaron a la reja y sus ojos brillaban en la oscuridad.
Uno de ellos extendió una mano intentando alcanzarme a través de los barrotes. Un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies; sentía que estaba perdida.
Pero, antes de que sus dedos pudieran tocarme, se interpuso la figura de Gaspar.
Apareció de la nada y se movió tan rápido que apenas lo vi. Agarró la mano del hombre que intentaba alcanzarme y, con un giro, lo inmovilizó. El hombre soltó un gemido ahogado.
El otro intentó reaccionar, pero Gaspar fue más rápido. Gaspar soltó al primer hombre, que se desplomó contra la reja gimiendo de dolor. Sus ojos oscuros se posaron en mí y no había rabia ni burla en ellos.
—Ya te dije que no tenías elección, Irina —dijo, y su voz era un susurro peligroso. —Este mundo es más cruel de lo que imaginas y yo soy tu única salvación.
Me arrastró de regreso a la mansión sin darme tiempo a reaccionar. Mis piernas temblaban y mi corazón latía con fuerza. La huida había sido una locura, una prueba de mi ingenuidad. La aparición de aquellos hombres y la rapidez de Gaspar me habían recordado la brutal realidad.
Entramos en la mansión. El silencio volvió a envolvernos. Gaspar me soltó el brazo y me miró a los ojos.
—María —ordenó Gaspar y la ama de llaves apareció de inmediato, con el rostro preocupado. —Prepara un té para los nervios para la señorita.
María asintió y se retiró rápidamente. Gaspar me condujo hasta el sofá más cercano y me empujó suavemente para que me sentara. Se sentó frente a mí, con la mirada fija en mi rostro pálido.
—¿Quiénes eran esos hombres? —pregunté con la voz aún temblorosa. El miedo aún me tenía agarrada.
Gaspar se recostó en el sofá con una postura relajada, casi indolente, que contrastaba con mi tensión.
—Podrían ser muchos —dijo con un tono plano. —Serguei Ivanov tiene ojos y oídos en todas partes, incluso aquí. Pero también tengo otros enemigos. La lista es larga, Irina.
Sus palabras me congelaron la garganta. Tantos enemigos, tanta gente queriendo derribarlo y yo, ahora, en el centro de todo.
—O... o Chiara —murmuré, sin darme cuenta de que lo estaba diciendo en voz alta. Entonces, me vino a la mente la imagen de ella riéndose con Gaspar, con la mano en su brazo.
Escuché una risa apenas perceptible que escapaba de los labios de Gaspar. No era una risa de diversión, sino de picardía. Se inclinó hacia mí y sus ojos oscuros me escudriñaron.
—¿Chiara? —preguntó, murmurando. —¿Qué tienes contra Chiara?
Sentí cómo me subía el calor a las mejillas. La pregunta me tomó por sorpresa. Intenté disimular mientras mi mente buscaba una excusa.
—Nada —respondí con más firmeza de la esperada. —Solo... solo me pareció que ella...
—¿Que ella qué? —insistió, con la mirada fija en la mía, como si intentara leer mis pensamientos.
—Nada —repetí, apartando la mirada. No le daría la satisfacción de saber que su «amiga» me había afectado.
Gaspar se recostó de nuevo, con una sonrisa apenas perceptible en los labios. No insistió. El silencio se hizo denso, cargado de la tensión creada entre nosotros.
Él lo sabía y yo, por primera vez, me sentí expuesta ante él, no por mi miedo, sino por algo más. Algo que no quería admitir.
María regresó con una bandeja con un té humeante con aroma a hierbas. Me lo ofreció. Lo tomé; pero mis manos aún temblaban ligeramente.
—El fin de semana te casas conmigo —dijo Gaspar, y su voz recuperó su tono habitual de autoridad. —Y no habrá más intentos de huida, ¿entendido?
Asentí, incapaz de hablar. La farsa, el contrato, el matrimonio... Todo era real. Y, por primera vez, me sentí completamente atrapada y Gaspar parecía mi única salida.
POV: IrinaSiete años de matrimonio no eran un cuento de hadas, eran un pacto de sangre renovado cada mañana.El Capo seguía siendo el Capo; su vida, una intrincada telaraña de lealtades y amenazas. Pero la mayor de sus lealtades era yo, y yo era su única amenaza real a la paz. Y ese equilibrio, forjado entre sábanas de seda y el olor a pólvora, era nuestro paraíso.Estábamos en la biblioteca, ya pasada la medianoche. El peso de la villa era palpable; el silencio de los niños durmiendo y el siseo del mar Egeo rompiéndose contra las rocas.Gaspar acababa de regresar de un viaje de tres días a Milán. Tres días de conferencias de negocios, dicen. Tres días de reorganización de rutas.Lo observé desde el umbral. Estaba sentado en su escritorio de caoba, la chaqueta de su traje Armani colgada cuidadosamente, pero con la camisa blanca desabrochada hasta la mitad del pecho.Su mano, tatuada y firme, sostenía una copa de brandy. No estaba leyendo documentos. Estaba simplemente mirando, sus oj
POV: IrinaSiete años.Siete años se habían deslizado bajo los puentes de Nápoles desde el día en que di a luz a Dante y Sofía. Siete años desde que Gaspar, con su rostro cubierto de lágrimas y sudor, me demostró que el amor era la única arma capaz de dominarlo.El tiempo no había envejecido a Gaspar, solo lo había pulido. Seguía siendo el Capo, la figura de poder inmutable que gobernaba el sur de Italia desde nuestra villa en Posillipo.Pero en casa, bajo las arañas de cristal y los frescos del techo, era solo mío. Y eso era lo que importaba.Nuestros hijos eran la viva imagen de nuestra unión: Dante era tranquilo y calculador, con los ojos oscuros y penetrantes de su padre, mientras que Sofía era un torbellino de fuego con mi cabello rubio y la risa contagiosa de su tía.La guerra había terminado. Dejamos los escombros para que otros limpiaran.Mi herencia, los millones y las propiedades sucias que mi padre, Dimitri Petrov, había amasado con la Bratva, fue el primer peso que quise q
POV: IrinaEl dolor era una bestia furiosa, pero no me importaba. Yo había sobrevivido a Kózin, a Natalia, a la verdad de mi padre. Unas contracciones no iban a vencerme. Eran solo la última batalla, y yo no iba a perder.De hecho, ver el rostro de Gaspar por primera vez en pánico fue casi tan satisfactorio como mi venganza contra Ivanov. Era la prueba de que, a pesar de su poder absoluto, había algo que él no podía controlar, algo que dependía completamente de mí.Estábamos en una habitación privada, casi un piso entero del hospital más exclusivo de Nápoles, una fortaleza médica que Gaspar había asegurado semanas antes de la fecha prevista.Había guardias de seguridad de confianza en cada pasillo, siluetas sombrías que se movían con la discreción de los fantasmas.Gaspar parecía más tenso que en cualquier guerra que hubiéramos librado. Su traje perfectamente cortado ya estaba arrugado, el cabello revuelto de tanto pasarse las manos por la cabeza.—Respira, amore —suplicaba, su voz re
POV: IrinaLa reunión no tuvo lugar en Nápoles, sino en un pequeño y viejo palacio en Palermo, un territorio neutral, pero bajo la influencia incuestionable de la Ndrangheta. Quería que Serguei sintiera la humedad del miedo italiano antes de la ejecución.Gaspar, vestido en su traje más oscuro y con una calma que me ponía los nervios de punta, me tomó de la mano antes de entrar.—Mi amor, si tienes la más mínima duda…—No la tengo —le interrumpí, ajustando el traje de corte impecable que me había traído. Debía lucir igual —. Serguei y Natalia intentaron matar a tu familia y a la mía. Esta es mi única condición de paz.Al entrar al salón, el ambiente era una sopa espesa de tensión. Serguei Ivanov, el padre de Natalia y uno de los Capos más antiguos y respetados de la Bratva, estaba sentado a la cabecera.A su derecha, Natalia. Estaba pálida, con la mirada altiva, pero en sus ojos verdes brillaba un pánico apenas contenido. A su izquierda, se sentaron tres de los líderes más grandes de l
POV: IrinaEl coche blindado devoraba la oscuridad de la autopista. La Toscana, el cementerio, Kózin… todo era una niebla.Estaba conduciendo con una mano en el volante y la otra, la que no soltaba su arma, sobre mi muslo. No era una caricia, era una afirmación de posesión.Las lágrimas se habían secado con la humillación. Me sentía vacía, fría, como si mi cuerpo fuera una cáscara llena de polvo. Kózin me había desnudado mentalmente con la verdad de mi padre. Había tomado la última pieza de mi inocencia.—Lo maté —murmuró Gaspar, sin apartar los ojos de la carretera. Su voz era un gruñido—. Lo maté por ti, amore.No respondí. ¿Qué significaba su venganza para mí? Yo no quería justicia; quería borrar la asquerosa verdad de Dimitri. Quería olvidar que mi propia sangre había sido un arma.Llegamos a la mansión de Nápoles en un silencio sepulcral. Dante ya estaba en el ala médica, recibiendo transfusiones. La casa estaba limpia, lista para la guerra que aún no terminaba.Apenas las puerta
POV: GasparEstaba a tres kilómetros del almacén del puerto, con el pulgar apretando el botón de mi radio, listo para dar la orden de asalto total. El aire dentro del todoterreno blindado era denso, cargado de pólvora y la adrenalina cruda de la guerra.Mis hombres esperaban la señal con los ojos duros en el espejo retrovisor. Íbamos a rescatar a Dante y a asegurar el Libro, poniendo fin a la mentira de Dimitri con un baño de sangre.Y entonces, llegó la señal.Mi mano se congeló sobre la radio. La furia me golpeó con la fuerza de un proyectil.—¡Retrasen la puta orden! —rugí, golpeando la consola central con el puño. El vehículo se estremeció—. ¡Detengan todos los flancos!Mi conductor frenó bruscamente, obligando a toda la columna de vehículos a detenerse en medio de la carretera industrial.—¿Gaspar? —preguntó Iván por radio, su voz tensa.—Código Rojo —siseé en el micrófono—. Repito: Código Rojo. Todo el plan ha volado por los aires.En mi mente, la última conversación con Irina r







