MasukCinco años desde que dejé Milán en cenizas, desde que Damiano se pudrió tras las rejas, desde que me convertí en la mujer que siempre quise ser: libre, amada, mía.Ahora el olor a antiséptico se mezcla con el sudor en mi piel, y estoy a punto de partirme en dos.Mis gemelos, dos pequeños terremotos que no paran de patear, están listos para salir, y yo, entre contracciones, gruño como una leona, mi mano apretando la de Dante hasta que sus nudillos palidecen. Él está a mi lado, magullado por la vida pero más guapo que nunca, su camisa arrugada, su cabello revuelto, intentando no reír mientras le lanzo insultos que harían sonrojar a un marinero.—¡Maldito seas, Dante, esto es tu culpa! —siseo, otra contracción apretándome, mi cuerpo arqueándose en la camilla—. ¡Dos! ¡Dos bebés! ¿No podías darme solo uno?Él ríe, un sonido profundo que me calienta incluso en medio del dolor, y se inclina, su aliento rozando mi frente sudorosa.—Reina, tú querías todo de mí —bromea, esquivando mi intento d
DANTEEl avión aterriza en Milán, el zumbido de los motores desvaneciéndose mientras las ruedas golpean la pista, el cielo gris de la ciudad un contraste opaco tras los colores vibrantes de Portugal.Serena está a mi lado, su mano entrelazada con la mía, su piel cálida contra la mía, una sonrisa suave curvando sus labios.Lleva meses soltera, es decir, ya no está casada, porque soltera no está, pero sí libre de las cadenas de Damiano, y yo, con la memoria completa, siento cada día como un regalo.El juicio de ese bastardo fue un martillo: grabaciones de una cámara callejera lo mostraron atropellándome, su coche acelerando mientras yo yacía en el asfalto. Intentó mentir, diciendo que estaba fuera del país, pero los registros de vuelo probaron que huyó después.Ahora cumple 12 años en prisión, y su nombre es ceniza. Pero hoy no pienso en él. Hoy es sobre Serena, sobre nosotros, sobre la familia que espera conocerla.Bajamos del avión, el aire fresco de Milán oliendo a asfalto y lluvia r
SERENAEl avión desciende, el rugido de los motores apagándose mientras las ruedas tocan la pista, el cielo turquesa de Santorini extendiéndose más allá de la ventanilla.Mi cabeza, aún vendada, late con un dolor sordo, pero la vista del mar destellando bajo el sol me arranca una sonrisa, una chispa de libertad que no sentía en meses. Dante está a mi lado, su mano envolviendo la mía, sus dedos ásperos rozando mi piel, su presencia un ancla en este salto al vacío.Hemos dejado Milán atrás, a Damiano tras las rejas, a mi familia y sus traiciones, aunque sé que no por mucho tiempo. Pero ahora, en esta isla, solo somos nosotros, y esa idea me enciende, un cosquilleo subiendo por mi pecho.Bajamos del avión, el aire cálido oliendo a sal y olivos, el sol quemando mi piel a través del vestido blanco que me puse, ligero, pegándose a mis muslos. Dante carga nuestras maletas, su camisa abierta dejando ver los moretones que aún marcan su pecho, pero camina con una seguridad que me hace sonreír m
SERENAEl zumbido de la ambulancia me envuelve, un rugido sordo que se mezcla con el latido desbocado en mi pecho.Estoy acostada en la camilla, la cabeza vendada, un dolor punzante latiendo en mi frente donde la sangre aún gotea, manchando la sábana blanca. Mis manos se aferran a Dante, mis dedos clavándose en su brazo, su calor el único ancla en este torbellino. Mi mente da vueltas, atrapada en el ataque de Damiano: su risa de demonio, sus manos apretándome, la sangre corriendo por mi cara. Y luego Dante, su voz rota gritando mi nombre.Los paramédicos trabajan a mi alrededor, sus voces un murmullo lejano mientras revisan mi pulso, estabilizan el corte en mi cabeza. Uno me inyecta algo, un pinchazo frío que apenas siento, pero no puedo quitar los ojos de Dante. Está sentado a mi lado, magullado, la sangre seca en su labio, un moretón oscureciendo su mandíbula. Sus ojos verdes arden, no con dolor, sino con una venganza que me estremece. Me toma la mano, sus dedos ásperos apretando lo
DANTEEl zumbido en mi cabeza es un rugido, la sangre goteando por mi labio, mi cuerpo temblando de rabia y dolor. Damiano Moretti, ese hijo de puta, tiene a Serena en su hombro, su cuerpo inerte, la sangre corriendo por su frente, manchando su vestido negro. Está en el pasillo, a pasos del ascensor, su risa fría cortando el aire mientras se burla de mí, sus ojos oscuros brillando como los de un depredador.—¡No te atrevas a tocarla! —grité, pero mi voz se quiebra, mis piernas ceden, el golpe en mi cabeza y el dolor en mi costilla me clavan al suelo. No puedo dejar que se la lleve. No puedo—. ¡Serena! —rujo, mi voz desgarrada, un grito que retumba en el pasillo, sacudiendo mi propio cuerpo.Reúno cada maldita gota de fuerza, mis manos temblando contra el suelo, la sangre goteando en el piso. Empujo, mis músculos gritando, y me levanto, tambaleándome, el mundo girando, pero mis ojos fijos en ellos. Damiano entra en el ascensor, su risa resonando, una burla que me quema.—¡Pobre imbécil
DANTEEstá dormida en mi pecho, su cabeza apoyada en mi hombro, su respiración lenta, cálida, rozando mi piel a través de la camisa. Sus manos descansan en mi regazo, sus uñas rojas brillando bajo la lámpara, y mi brazo la envuelve, firme, como si pudiera protegerla de todo: su padre, Damiano, las malditas cadenas que la atan. No quiero moverme, no quiero despertarla. Su rostro, relajado por primera vez en horas, es un contraste con las lágrimas que lloró antes, contándome lo del matrimonio, las amenazas, el proyecto en Dubái. Mi pecho se aprieta, no de duda, sino de furia, de una certeza que me quema: la ayudaré a salir de ese matrimonio, cueste lo que cueste.El silencio es pesado, solo roto por su respiración y el tictac lejano de un reloj. Mi mente da vueltas, repasando sus palabras: “—No me dejan divorciarme... Mi padre me desheredará.” Quiero arrancarla de esa vida, de las garras de su familia, de ese maldito esposo que la cree su propiedad.Pero ahora, con ella dormida, tan frá







