FAZER LOGINEn el pasado, Bella Garcia y Leonardo Alarcón eran la golden couple intocable de la escuela secundaria. Su relación parecía perfecta, respaldada por la alianza de poder entre el padre de Bella, un senador, y Alejandro Alarcón, un empresario millonario y padre de Leo. Pero, de la noche a la mañana, el mundo de Bella quedó reducido a cenizas. Su padre se suicidó después de ser convertido en el chivo expiatorio de un enorme escándalo de corrupción orquestado por Alejandro Alarcón. Consumida por la rabia, Bella acudió a la residencia de los Alarcón para exigir justicia. La confrontación terminó convirtiéndose en una tragedia sangrienta cuando la madre de Leo cayó por las escaleras y murió. Y Leo, el hombre que más amaba, terminó convirtiéndose en el principal testigo que la envió tras las rejas durante diez años. Ahora, Bella ha recuperado su libertad como una mujer sin futuro. Cuando su madre queda en estado crítico y necesita una fortuna para cubrir sus gastos médicos, Bella se ve acorralada y decide venderse en una oscura subasta de vírgenes. Allí, un hombre paga una suma exorbitante por ella. Ese hombre es Leo. Leo no ha venido a salvarla. Ha comprado a Bella para obligarla a entrar en un matrimonio lleno de sufrimiento como parte de su venganza. Entre las paredes de una lujosa residencia que se ha convertido en una nueva prisión, Bella queda atrapada entre un odio que arde con fuerza y una cadena de oscuros secretos que comienzan a salir a la luz uno tras otro. ¿Es Leo realmente un monstruo decidido a destruir su vida, o es el único protector dispuesto a permitir que Bella lo odie con tal de mantenerla con vida?
Ver mais«Está bien, Bella. Este es el único camino para salvar a mamá».
Bella apretó los dientes hasta sentir un dolor sordo en la mandíbula, repitiéndose esas palabras una y otra vez en su mente. Bajó la cabeza, intentando intercambiar los últimos restos de su dignidad por la vida de su madre.
Click.
El suave sonido de la tarjeta electrónica al pasar por el lector rompió el silencio de aquella lujosa habitación de hotel. El corazón de Bella se le subió hasta la garganta. La puerta se abrió lentamente.
Se suponía que Bella debía sacar pecho o adoptar una pose provocativa, tal como le había indicado el proxeneta, pero sus piernas se quedaron rígidas y entumecidas. Bajó aún más la cabeza, contemplando la gruesa alfombra que parecía un pantano de arenas movedizas dispuesto a tragársela por completo.
Unos pasos firmes, lentos y controlados cruzaron el umbral. El hombre se detuvo a unos metros de ella. El intenso aroma de un perfume caro se extendió por la habitación y le penetró las fosas nasales.
Sin embargo, Bella no se atrevió a levantar el rostro.
La habitación quedó en silencio de repente. Entonces, una voz rompió suavemente el silencio. Una voz grave, profunda y capaz de atravesar los recuerdos de Bella.
—Hola, Bella.
El aliento de Bella se quedó atrapado en su garganta. Sus pulmones parecieron quedarse sin aire. Esa voz... la voz que había aparecido una y otra vez en sus pesadillas durante los últimos diez años. La voz de su exnovio, el hombre que había dado un falso testimonio en el tribunal para enviarla tras las rejas.
Todos los músculos del cuerpo de Bella se tensaron al instante. Se obligó a levantar la cabeza. Sus ojos, ya empañados por las lágrimas, se encontraron con la mirada fría del hombre frente a ella.
—¿Leo? —La voz de Bella salió apenas como un susurro, ronca y quebrada.
Sacudida por el impacto de la sorpresa, su desesperación se transformó de pronto en rabia. Bella se dio la vuelta y corrió hacia el armario. Con los dedos temblando con tanta fuerza que apenas podía moverlos, arrancó de allí su ropa gastada. Se la puso de nuevo tan rápido como pudo y luego se volvió para dirigirse apresuradamente hacia la salida.
—¿Adónde crees que vas? Ya te compré en la «subasta de vírgenes».
La voz de Leo llegó desde atrás, fría y cargada de una burla deliberada.
Antes de que los dedos de Bella alcanzaran el picaporte, la fuerte mano de Leo le rodeó la muñeca con fuerza, obligándola a detenerse.
—Voy a cancelarlo —dijo Bella con indiferencia. Apartó el rostro, negándose a mirar a aquel hombre a los ojos.
El agarre se convirtió en un tirón brusco. Leo hizo girar a Bella hasta que quedaron frente a frente, muy cerca el uno del otro. Bella continuó mirando hacia la pared, evitando sus ojos.
Leo se inclinó y le susurró las palabras justo junto al oído.
—¿Puedes pagar la penalización por cancelarlo? Es del ciento cincuenta por ciento. Exactamente, quinientos mil dólares.
Bella cerró los ojos con fuerza y apretó sus propios dedos para contener el intenso temblor que le sacudía el pecho. Respiró profunda y pesadamente por la boca.
Leo no le dio ni un instante de respiro. Fijó la mirada en ella, atacando directamente su punto más vulnerable.
—¿De verdad eres capaz de dejar que tu madre siga sufriendo sin recibir el tratamiento que necesita?
Los ojos de Bella se abrieron de golpe. Su mirada se encendió.
—¿Cómo sabes lo de mi madre? —preguntó en un tono elevado.
Una sonrisa fría y apenas perceptible apareció en los labios de Leo. Soltó la muñeca de Bella, pero decidió permanecer tan cerca que su sombra parecía envolver por completo el cuerpo de ella.
—¿Crees que podría dejarte libre después de que mataste a mi madre? ¿Durante tus años en prisión nunca escuchaste el nombre de Leonardo Alarcón, el dueño de Ironbound Resources? ¡Tengo el poder suficiente para descubrir hasta el último detalle de tu vida! —espetó Leo. El pecho del hombre subía y bajaba al ritmo de su respiración agitada.
—¡Tsk! —Bella chasqueó la lengua con sarcasmo. Las comisuras de sus labios se alzaron en una sonrisa de desprecio forzada—. Así que no solo heredaste la empresa de tu padre, sino también... ¡SU ASTUCIA Y SU AVARICIA! —gritó Bella.
Bella lo miró directamente a los ojos, desafiándolo sin pestañear.
Al escucharla, los músculos de las mejillas de Leo se tensaron. Agarró el brazo de Bella y lo apretó con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos y Bella hizo una mueca de dolor.
—¡Mataste a la madre que lo era todo para mí, Bella! ¡Tienes que sufrir el resto de tu vida! ¡Cada grito de tu sufrimiento será el entretenimiento más placentero para mí! —amenazó Leo con voz baja, temblando de rabia contenida.
Finalmente, una lágrima resbaló por la mejilla de Bella. No era una lágrima de tristeza, sino la señal de su derrota absoluta. Había caído en la trampa y Leo tenía en sus manos lo único que más valoraba: la vida de su madre.
Con la mirada repentinamente vacía, Bella tiró de su brazo con fuerza hasta liberarse del agarre de Leo.
Con movimientos lentos y los hombros caídos, Bella volvió a quitarse la ropa, una prenda tras otra, justo delante de Leo. La última pieza de tela cayó sobre la alfombra, dejando su cuerpo completamente desnudo.
Bella levantó la mirada hacia Leo con las mejillas empapadas de lágrimas, pero su voz sonó plana y fría, desprovista de emoción.
—Haz conmigo lo que quieras, Leonardo Alarcón. Ya me compraste.
Bella llegó al hospital con pasos apresurados. Maria se puso de pie de inmediato y se acercó a ella en cuanto vio a la joven entrar en la habitación.—Señorita Bella... La señora Beatrix te ha estado buscando desde hace un rato —dijo Maria, recibiéndola con expresión preocupada.—Maria... Gracias por cuidar de mamá mientras yo trabajaba —respondió Bella mientras le daba unas suaves palmadas en el hombro.Bella se acercó enseguida y se sentó al borde de la cama.—Mamá... Ya llegué... —dijo Bella. Forzó las comisuras de sus labios para dibujar una dulce sonrisa hacia su madre, que yacía débil sobre la cama con una vía intravenosa conectada a su mano.—Perdóname, Bella... Apenas saliste de prisión y ya estoy causándote problemas. Tienes que trabajar duro para pagar el hospital —dijo Beatrix con los ojos apagados y húmedos.—Mamá... No digas eso. Te quiero muchísimo. Es lo menos que puedo hacer —la interrumpió Bella rápidamente, sujetando con fuerza la fría y delgada mano de su madre.—Se
Tiempo presente, habitación de hotel.Bella permanecía inmóvil, completamente desnuda. Sus hombros caían con resignación y ambas manos colgaban rígidas a los costados de sus muslos, aunque su pecho desnudo subía y bajaba de manera irregular. Sus ojos permanecían fijos en Leo, sin siquiera parpadear.Leo se quedó inmóvil por un instante. Su mirada recorrió lentamente a Bella desde los pies hasta sus hombros, que temblaban ligeramente. La mandíbula del hombre se tensó, revelando la agitación que se ocultaba bajo las venas marcadas de su cuello.—Al fin reaccionas —dijo Leo. Su voz era tranquila y baja, pero resonaba con profundidad—. ¿No prometiste una vez que me darías tu virginidad? Cuando estábamos en la escuela secundaria, todavía eras mi novia. ¿Lo recuerdas?Los párpados de Bella temblaron con fuerza. Apartó la mirada de los ojos de Leo y la fijó en un punto vacío de la pared blanca detrás de él. Una lágrima recorrió su pálida mejilla, llegó hasta su barbilla y cayó sin que de sus
Las suelas de los zapatos de Bella golpeaban el piso de porcelana del pasillo del hospital, produciendo un eco agudo que se mezclaba con el bullicio de las personas que iban y venían.El intenso olor a desinfectante le penetraba en la nariz cada vez que respiraba entrecortadamente. Sentía una oleada de calor apretándole el pecho y extendiéndose hasta el cuello, pero obligó a sus piernas a seguir corriendo entre las filas de asientos de espera.Bella se detuvo de repente cerca de las puertas dobles de vidrio que llevaban el letrero de UCI.En una esquina del pasillo, una mujer de mediana edad vestida con ropa sencilla permanecía de pie, secándose los ojos rojos e hinchados.—¡Señorita Bella! —exclamó la mujer en un pequeño grito. Sus ojos se abrieron de par en par mientras recorrían el cuerpo de Bella de arriba abajo, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.—¡Maria! —Bella avanzó a grandes zancadas y tomó ambas muñecas de Maria. Sus dedos fríos se aferraron con fuerza a ellas.M
Dos semanas antes—¡Leo! ¡Yo no maté a tu madre! ¡Lo que viste no fue así! ¡Estás equivocado!Bella gritó hasta que las venas de su cuello se tensaron y se hicieron visibles. Sus dedos se aferraron con fuerza al borde de la baranda de madera frente al estrado, dejando marcas de sudor frío sobre la superficie. Tenía los ojos rojos e hinchados mientras miraba fijamente hacia el estrado de los testigos de la parte acusadora.Allí, Leo, el hombre que más amaba, permanecía sentado con la espalda erguida y el rostro inexpresivo. No había rastro de emoción en aquel rostro. La mirada de Leo se clavaba en la suya, fría, rígida y sin el menor atisbo de misericordia.¡Crrriiiic!El chirrido estridente de una bisagra de hierro oxidado interrumpió aquel doloroso recuerdo de diez años atrás.Bella sacudió la cabeza con fuerza y cerró los ojos con firmeza para expulsar de su mente la imagen de la sala del tribunal que había irrumpido de repente en sus recuerdos.El frío aire de Westchester le atrave


















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