INICIAR SESIÓN—No quiero entrar en ese pasillo gigante.La voz de Leo apenas se escuchó, atrapada en su garganta. Sus pequeños dedos apretaban el borde de la camisa de Elena hasta arrugarla.El niño escondió el rostro detrás de las piernas de su madre, negándose a mirar hacia delante.Al otro lado de la puerta de cristal de la sala de radiología, la máquina de resonancia magnética emitía un zumbido constante. Para un adulto, no era más que un equipo médico. Sin embargo, para un niño de cinco años al que apenas un mes atrás le habían abierto el pecho, aquella máquina no era diferente de un monstruo dispuesto a devorarlo. El característico olor a desinfectante y medicamentos que impregnaba el pasillo del hospital tampoco ayudaba precisamente a calmar su miedo.Julian estaba de pie a unos pasos detrás de ellos. Aquella mañana había cancelado dos reuniones de la junta directiva. No había llevado ni a su asistente ni a ningún representante. Acompañar a su hijo a un control rutinario después de la operac
—¡Corten todo acceso a sus cuentas y recursos financieros! ¡Esta misma noche!Julian terminó la llamada sin esperar una respuesta. Dejó que el teléfono cayera sobre el asiento de cuero a su lado, mientras apoyaba la frente contra el frío cristal de la ventanilla del auto.Al otro lado de la línea, su asistente seguramente estaría completamente sorprendido. Pero Julian ya no tenía fuerzas para preocuparse por nada.Romper los lazos de sangre con su propia madre resultaba ser mucho más agotador de lo que había imaginado.Pasada la medianoche, acompañado por el repiqueteo de la lluvia que se reflejaba en el cristal, Julian solo podía permanecer inmóvil en el asiento trasero. Se sentía entumecido. Se sentía como el peor desgraciado que hubiera nacido jamás, pero, al mismo tiempo, también estaba destrozado. La decisión que acababa de tomar se sentía como si hubiera sido él mismo quien acabara de arrebatarle la vida a su propia madre.Cuando el auto se detuvo en el vestíbulo del edificio de
—Señor, la Gran Señora ha sido trasladada de urgencia a la UCI. Ella... se cortó las venas. La noticia al otro lado de la línea telefónica destrozó el silencio de la mañana. Julian se quedó inmóvil junto a la cama. El teléfono que sostenía en la mano parecía a punto de hacerse añicos, mientras apretaba la mandíbula, conteniendo algo que estaba a punto de estallar. No dijo nada, pero su respiración se volvió pesada y entrecortada. ¿Estaba furioso? Sin duda. El recuerdo de cuando su madre había expulsado a Elena en medio de una tormenta de nieve, cinco años atrás, seguía tan vivo como si hubiera ocurrido ayer. Sin embargo, maldita sea, un pequeño rincón de su corazón seguía reaccionando por instinto. Después de todo, aquella mujer que ahora luchaba entre la vida y la muerte era su madre. La caída de la familia Sterling parecía haber vuelto aún más temeraria a la Gran Señora. La anciana conocía demasiado bien el punto débil de su hijo. Este intento de suicidio no era simplemente u
—Tú quédate del lado derecho.Julian fue el primero en romper el silencio incómodo.Afuera, el bullicio de la recepción y la ráfaga de preguntas de los periodistas quizá ya habían quedado muy atrás, en el vestíbulo del hotel. Sin embargo, dentro de la habitación principal del penthouse, los restos de aquella tensión todavía seguían suspendidos en el aire.Elena seguía de pie, rígida, junto a la mesita de noche, con la mirada perdida sobre el acta de matrimonio que acababan de dejar encima de la mesa. Ya eran oficialmente marido y mujer desde hacía unas horas, pero, por alguna razón, quedarse a solas en aquella habitación se sentía mucho más agotador que enfrentarse a los cientos de invitados de antes.En lugar de dirigirse hacia la cama, Julian caminó hasta el armario situado en una esquina de la habitación. El hombre sacó una almohada y una manta de repuesto.—¿Qué vas a hacer? —preguntó Elena espontáneamente.Los pasos de Julian se detuvieron. Se volvió por un instante y levantó la
—Sabes que estoy arriesgándolo todo —dijo Elena, casi en un susurro.Su dedo índice golpeó suavemente el documento sellado que descansaba sobre su regazo. Aquel maldito papel era un escudo legal perfecto, pero, al mismo tiempo, su firma la ataría a Julian. Al hombre maldito al que había deseado con todas sus fuerzas sacar de su vida, pero que, irónicamente, nunca había podido olvidar.Julian giró la cabeza hacia ella. Las marcas del cansancio eran evidentes en su rostro, aunque mantenía la postura erguida.—No te estoy obligando, Elena —dijo con suavidad—. Pero ambos sabemos que esta es la única manera. Ese documento es la garantía de que ellos no podrán tocar a Leo.Al escuchar el nombre de su hijo, las defensas de Elena se derrumbaron de inmediato. Cerró los ojos con fuerza. La imagen del rostro pálido de Leo, con una vía intravenosa conectada a su brazo, chocó de lleno con las noticias de aquella mañana.Elena estaba dispuesta a hacer cualquier cosa ahora, sin importarle lo que pud
—No necesito una hora, señor Harris.Elena dejó su tableta sobre la mesa. Su voz sonó un poco demasiado fuerte en aquella habitación silenciosa.—Deme quince minutos. Le demostraré por qué este diseño del que tanto se enorgullece puede venirse abajo antes de que el resort siquiera llegue a abrir.Harris se masajeó el puente de la nariz, visiblemente cansado. Alrededor de la mesa ovalada, varios arquitectos e ingenieros senior comenzaron a suspirar profundamente. Algunos miraban abiertamente sus relojes, mientras otros intercambiaban miradas de desgana. Era evidente que odiaban que alguien nuevo viniera a enseñarles cómo hacer su trabajo.Elena entendía perfectamente lo que significaba su lenguaje corporal, pero decidió no prestarle atención. Arrastró su silla, se inclinó hacia los enormes planos extendidos en el centro de la mesa y tomó un marcador rojo.Sin pedir permiso, rodeó con un trazo grueso y firme un punto del área del ala este.—Aquí todavía están utilizando un supuesto de c







