FAZER LOGINLa puerta del departamento se cerró detrás de ellos.
Y Luna supo inmediatamente que entrar allí había sido un error. El problema era que ya era demasiado tarde para arrepentirse. El sonido resonó en el silencio del apartamento… Luna apenas tuvo tiempo de dejar el bolso sobre la mesa antes de que Matías la tomara por la cintura. La atrajo hacia él con una urgencia que llevaba demasiado tiempo contenida. —Pensé que no vendrías a mi departamento… no después de lo ocurrido esta noche —murmuró él contra sus labios. —Pensé en no hacerlo. Pero su cuerpo ya estaba respondiendo al suyo. El beso comenzó lento. Casi cauteloso. Como si ambos estuvieran tanteando un terreno que sabían que no deberían pisar. Después se volvió más profundo. Más hambriento. Matías la empujó suavemente contra la pared, atrapándola entre su cuerpo y el frío del concreto. El contraste hizo que Luna se estremeciera. Las manos de Matías recorrieron su espalda con una seguridad que hizo que el pulso de Luna se acelerara. Sus dedos se aferraron a su camisa. Las manos de Luna subieron por su espalda… hasta que se detuvieron. Algo bajo la tela de su camisa no se sentía normal. Sus dedos recorrieron la piel de Matías. Y entonces lo encontró. Una cicatriz. Larga. Irregular. Demasiado reciente. Luna se apartó apenas lo suficiente para mirarlo. —¿Qué es esto? Matías tardó un segundo en responder. Un segundo demasiado largo. —Nada. Ella arqueó una ceja. —Eso no parece nada. Los ojos ámbar de Matías brillaron con algo difícil de interpretar. Era una mirada oscura, pero también peligrosa. —Digamos que alguien intentó matarme. Luna frunció el ceño. —¿Y lo logró? Matías sonrió apenas. —No. El silencio que siguió fue pesado. Luna intentó reír, pero la risa no salió. Matías volvió a acercarse a ella. Su boca rozó su oído. Sus dedos se cerraron alrededor de su cintura. —Solo lo intentó. Un escalofrío recorrió la espalda de Luna. No sabía si era por la cercanía de Matías… o por la forma en que había dicho esa última frase. Porque no sonaba como alguien que hubiera sobrevivido a un ataque. Sonaba como alguien que había sobrevivido… después de matar a quien lo atacó. Matías volvió a besarla como si nada hubiera pasado. Pero la mente de Luna ya no estaba completamente en ese beso. Una pregunta comenzaba a abrirse paso en su cabeza. Una pregunta peligrosa. ¿Quién era realmente el hombre al que estaba besando? Y más importante aún… ¿De qué cosas era capaz? Sin embargo, su mente se nubló cuando Matías volvió a reclamar su boca. El beso se volvió más intenso. Más desesperado. Sus manos recorrieron sus curvas con una seguridad que hizo que ella cerrara los ojos y se dejara llevar. Se aferró a sus caderas justo en el momento en que él la levantó del suelo. Un pequeño jadeo escapó de sus labios. —Espera… ¿qué intentas hacer? —preguntó Luna con la voz ronca cuando sintió su espalda chocar contra una puerta cerrada. Matías soltó una risa baja. —Pensé que era bastante obvio. Intentó abrir la puerta sin soltarla, pero la manija no cedió. —Espera —murmuró Luna, riendo suavemente. Deslizó las piernas hasta tocar el suelo y se apoyó un momento contra su pecho. —Deja que abra. Sin apartarse demasiado de él, giró el cuerpo y alcanzó la manija. La puerta se abrió con un clic suave. Matías no le dio tiempo a decir nada más. La levantó otra vez con facilidad y entró con ella en la habitación. La dejó caer suavemente sobre la cama. Durante un instante se quedó de pie frente a ella. Observándola. Como si estuviera decidiendo algo. Como si aún tuviera la opción de detenerse. Pero ninguno de los dos iba a hacerlo. Matías se quitó la camisa. El corazón de Luna se aceleró cuando su torso quedó al descubierto. Era exactamente como lo había imaginado. O quizá peor. Fuerte. Marcado. Peligrosamente atractivo. La cicatriz cruzaba su piel como un recuerdo violento. Una marca que hablaba de peligro. Una marca que debería hacer que Luna saliera corriendo de ese departamento. Y aun así… no podía hacerlo. Porque en ese momento lo único que veía era a él. Matías Russell. Matías avanzó hacia la cama lentamente. Sus manos se apoyaron a ambos lados del cuerpo de Luna. —Aún puedes irte —murmuró. Luna lo miró fijamente. —No quiero irme. Los ojos de Matías se oscurecieron apenas. —Entonces no me culpes después… cuando descubras que no soy un buen hombre… Matías se inclinó y la besó de nuevo. Esta vez con una intensidad que borró cualquier duda. Las manos de Luna recorrieron su espalda. Sintiendo cada músculo bajo sus dedos. Sintiendo también la cicatriz. La marca de una historia que ella todavía no conocía. Cuando finalmente cayó sobre ella, Luna dejó de pensar. Dejó que la besara. Que la tocara. Que la llevara poco a poco hasta el borde del placer. Una vez. Y después otra. Y otra más. El mundo se redujo al calor de su piel. Al sonido de sus respiraciones mezclándose en la oscuridad. Mientras su mente repetía una mentira conveniente. Solo es sexo. Nada más. Luna repitió esas palabras en su cabeza como si fueran un escudo. Porque aceptar la verdad sería mucho más peligroso. Y la verdad era que cada beso de Matías hacía que su plan de venganza se volviera más frágil. Si estaba allí, en esa cama, gimiendo su nombre… era solo porque necesitaba acercarse a él. Solo porque necesitaba descubrir la verdad. Solo porque quería vengarse. Eso era todo. O al menos eso era lo que Luna intentaba convencerse. Horas después, cuando todo terminó, Matías se dejó caer a su lado. Su respiración se volvió lenta. Profunda. En cuestión de minutos estaba dormido. Luna permaneció inmóvil unos segundos. Escuchando su respiración. Después se levantó con cuidado de no hacer ruido. Tomó su bolso. Sacó su cigarrera plateada. Y salió de la habitación. El departamento 4B de Matías estaba en lo alto de un edificio en el centro de la ciudad. El ventanal de la sala ofrecía una vista impresionante de las luces nocturnas. Pero Luna apenas la miró. Abrió su cigarrera y encendió un cigarro. Inhaló profundamente. Dentro de la misma había una fotografía. Sus dedos acariciaron la imagen con una delicadeza que no había mostrado en toda la noche. Los mismos labios que ahora sostenían el cigarro seguían hinchados por los besos de Matías. Era una traidora. Lo sabía. Pero aun así no podía detenerse. Porque la mujer en la fotografía era Isabella. Su hermana. El humo escapó lentamente de sus labios mientras observaba la imagen. —Lo voy a hacer pagar, Isabella —susurró. Detrás de ella, en la oscuridad del pasillo, una figura la observaba. Matías estaba apoyado en el marco de la puerta. En silencio. Sus ojos recorrían cada movimiento de Luna. La fotografía. El cigarro. La forma en que parecía hablarle a la persona de la fotografía. Nada escapaba a su atención. Y por primera vez en mucho tiempo… Matías Russell sonrió. La miraba con la misma atención con la que un depredador observa a su presa. Mientras tanto… al otro lado de la calle, alguien más observaba. Desde la ventana oscura de otro edificio. Una figura inmóvil. Paciente. El departamento de Matías estaba casi a oscuras. Pero la luz de la luna permitía distinguir dos siluetas dentro del apartamento. El observador sonrió levemente. —Perfecto —susurró. Porque si todo salía según lo planeado… uno de los dos estaría muerto muy pronto. Y lo peor de todo… es que ninguno de los dos lo sabía todavía.Rivas levantó la mirada.—No sabes todo lo que pasó.—Lo suficiente.No retrocedió.Nunca lo hacía.—¿Crees que tiene que ver con esto?Pausa.—¿Con lo de ahora?Rivas no respondió.Pero no hizo falta.La forma en que evitó mirarla.La tensión en su cuerpo.El silencio.Todo lo dijo.El pasado no estaba atrás.Estaba metido en esto.Y no pensaba soltarlo.Horas después, cuando la tarde comenzaba a ceder ante la noche y las luces de la ciudad se encendían una a una, Salgado seguía frente a la pantalla de su portátil. El archivo de Luna continuaba abierto, un recordatorio frustrante de su vacío.Vacío. Otra vez.—No existes, ¿verdad? —murmuró para sí misma, la voz teñida de una mezcla de admiración y exasperación. Era como intentar atrapar humo.Intentó otra ruta, una búsqueda lateral, poco convencional. Registros médicos. Nada. Universidades.Nada. Bancos. Absolutamente nada. Era una fantasma digital, una sombra sin huellas.Con un suspiro, cerró el portátil. El clic de la tap
Luna deja de soñar.Se lo repitió a sí misma aquella mañana mientras observaba la espalda de Matías desaparecer por el pasillo. El clic de la puerta principal al cerrarse terminó de quebrar el silencio del departamento y, durante un instante incómodamente largo, todo volvió a sentirse demasiado claro.Había conseguido el dinero.No directamente de él, pero sí gracias a él. A su verdadero apellido, a la familia que llevaba años construyendo poder detrás de nombres impecables y cuentas imposibles de rastrear. Había encontrado una grieta mínima, apenas suficiente para meter la mano y sacar una pequeña fortuna antes de que alguien notara el faltante.Y con eso bastaba.Bastaba para pagar la operación de su madre. Bastaba para garantizarle años tranquilos sin volver a preocuparse por hospitales, tratamientos o cuentas atrasadas. Bastaba para desaparecer antes de que las cosas se complicaran más de lo debido.Porque ese siempre había sido el plan.Entrar.Tomar lo necesario.Irse antes de q
Rivas no conciliaba el sueño de verdad. No era insomnio, no ese mal moderno que se calma con pastillas, café cargado o una noche especialmente mala. Lo suyo era otra cosa. Algo más silencioso. Más profundo. Más difícil de explicar sin sentir que estaba exagerando.Dormía, sí.Pero descansar era distinto.Era como si el cuerpo se apagara unas horas mientras la cabeza seguía funcionando en algún lugar oscuro al que él no podía entrar ni controlar.Cada mañana despertaba con la sensación incómoda de haber llegado tarde a algo importante. Como si el mundo siguiera avanzando mientras él permanecía atrapado en una pausa extraña, viendo cómo todo se movía apenas un segundo delante de él.Siempre un paso atrás.Y esa sensación, constante y pegajosa, comenzaba a desgastarlo más de lo que estaba dispuesto a admitir.Esa mañana, sentado en la cafetería frente a la comisaría, el café tampoco ayudó.Ni siquiera un poco.Estaba caliente, sí, pero sabía vacío. Muerto. Como si el sabor se hubiera que
No pasó de golpe.Nadie lo habló.Pero dejó de sentirse como algo temporal.Luna ya no dejaba el bolso listo junto a la puerta.Ya no doblaba la ropa como si fuera a irse al día siguiente.Y, aunque tenía su propio cuarto…cada vez cruzaba menos esa distancia.El departamento seguía igual.Frío.Ordenado.Demasiado limpio.Pero ya no se sentía ajeno.Y eso…le molestaba más de lo que quería admitir.El sonido del café rompía apenas el silencio.Luna apoyó la cadera contra la encimera, mirándolo sin disimulo.Matías ya estaba listo.Como siempre.Impecable.Como si el día no pudiera tocarlo.—Siempre estás listo antes que yo.—Siempre te despiertas tarde.—No es tarde.—Para mí sí.Luna dio un sorbo.—Entonces es tu problema.Matías levantó la mirada.Se quedó ahí un segundo más de lo normal.Como si midiera algo.—Podría ser.Silencio.—Entonces cámbialo.—No cambio cosas que funcionan.Pausa.—Aunque últimamente…No terminó la frase.Luna alzó una ceja.—Yo no soy “cosas”.Matías sos
El sobre no pesaba.Pero no se le iba de la cabeza.Rivas lo sostuvo un segundo más de lo normal, como si al soltarlo fuera a pasar algo. Como si todavía pudiera decidir no meterse más.Pero ya estaba dentro.Lo guardó en la chaqueta. Demasiado cerca del cuerpo.Salgado cerró la puerta del coche de un golpe seco.El eco rebotó en el estacionamiento vacío.—Nos están marcando.No sonó como duda.Rivas siguió mirando al frente. El parabrisas devolvía el reflejo del edificio… las ventanas… sombras que no terminaban de quedarse quietas.Como si algo estuviera ahí… pero no quisiera dejarse ver.—No.Se tomó un segundo.—Nos están midiendo.Salgado giró hacia ella, tensa.—¿Y eso te tranquiliza o qué?Rivas encendió el motor.—Que todavía no saben qué hacer con nosotros.Peor.Mucho peor.El aire dentro del coche se volvió pesado.—Pues más nos vale movernos antes —murmuró Salgado—. Antes de que decidan.Rivas asintió, pero no arrancó enseguida.Sus dedos se quedaron sobre el volante.—Vamo
No pasó de golpe.Nadie lo dijo en voz alta.Pero dejó de sentirse temporal.Luna lo notó en detalles que no pedían permiso.Su bolso ya no estaba listo junto a la puerta.Su ropa dejó de doblarse como si fuera a irse al día siguiente.Ya no preguntaba dónde estaban las cosas.Las encontraba.Como si siempre hubieran sido suyas.El departamento no cambió.Seguía siendo frío.Ordenado.Demasiado limpio.Pero algo sí lo hizo.Ella.Y eso…no le gustaba.—Aquí no suena nada —murmuró una noche, apoyada en la encimera, mirando el vacío como si pudiera romperlo con la voz.Matías no levantó la vista.—Es la idea.—Debe ser insoportable.—No lo es.Luna giró apenas la cabeza.Lo observó sin disimulo.—El silencio siempre dice algo.Matías pasó la página.—Solo