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CAPÍTULO 105

last update Petsa ng paglalathala: 2026-09-26 11:57:02

La audiencia empezó con una imagen ampliada de la firma de Diego. Álvaro no necesitó elevar la voz.

—¿Es suya?

—Sí.

—¿Reconoce el documento?

Diego miró la pantalla. El trazo de la D, la forma cerrada de la Q, incluso la pequeña presión de tinta al final del apellido eran suyas. Había firmado miles de documentos en Vidal. Aquel, sin embargo, no le devolvía una escena completa.

—Reconozco una excepción de acceso relacionada con el archivo de Elvira Miralles. No reconozco que el alcance que aparec
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    La audiencia empezó con una imagen ampliada de la firma de Diego. Álvaro no necesitó elevar la voz.—¿Es suya?—Sí.—¿Reconoce el documento?Diego miró la pantalla. El trazo de la D, la forma cerrada de la Q, incluso la pequeña presión de tinta al final del apellido eran suyas. Había firmado miles de documentos en Vidal. Aquel, sin embargo, no le devolvía una escena completa.—Reconozco una excepción de acceso relacionada con el archivo de Elvira Miralles. No reconozco que el alcance que aparece aquí sea el que autoricé.—¿No lo recuerda o afirma que fue modificado?—No es lo mismo.—Lo sé.—Entonces no me obligue a elegir una respuesta que todavía no tengo.Carson Webb intervino antes de que el intercambio se convirtiera en duelo.—Señor Vidal, explique qué sí recuerda.Diego habló de dos técnicos, un período de treinta días y una migración de archivos históricos que Elvira había solicitado porque parte de la documentación de la fundación estaba alojada en sistemas incompatibles. No

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    Gonzalo juró que había entregado las tres copias. Antes de la reunión, Alba lo había encontrado en el pasillo mirando el sector ennegrecido detrás de una mampara temporal. Él no parecía un hombre buscando perdón. Parecía un hombre haciendo inventario de una negligencia. —La asistente que llevó la tercera caja ya no trabaja aquí —dijo. —¿La llamaste? —Sí. Viene esta tarde. —Eso es mejor que decirme que lo lamentas. Gonzalo asintió. No intentó defenderse. La diferencia fue pequeña y, por eso mismo, Alba la creyó más. Durante meses su padre había tratado cada admisión como si nombrar tarde una falta pudiera recuperar el tiempo perdido. Ahora empezaba a entender que reparar también era hacer trabajo aburrido: buscar recibos, localizar personas, aceptar que una respuesta quizá lo dejara peor. Entraron juntos a la sala sin tocarse. Frente a Alba, Pradas y Diego, Gonzalo repitió la secuencia sin grandilocuencia, con el olor a humo todavía pegado a las paredes del edificio. —La de arch

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    El olor llegó antes que las llamas. Papel caliente. Plástico. Madera vieja. Alba bajó dos pisos por la escalera mientras Pradas llamaba a emergencias y Diego seguía a medio paso detrás sin tocarla. —La alarma ya está activada —dijo él—. Seguridad evacúa el ala norte. —¿Cuántas personas? —Ocho confirmadas en planta. Dos ya fuera. Alba encontró a una coordinadora junto a la puerta del archivo, tosiendo y tratando de volver a entrar. —Mi bolso está adentro. —Tu bolso se quema —dijo Alba—. Tú no. La mujer protestó. Alba la tomó por los hombros y la empujó hacia la escalera. Una puerta cortafuego se cerró al fondo. —Falta Mateo —dijo alguien. Alba reconoció al empleado solo por el cargo. Un auxiliar de archivo. Veintidós años. Nuevo. —¿Dónde estaba? —En la sala de copias. Diego miró el corredor lleno de humo. —Los bomberos están a tres minutos. Alba apretó los dientes. Podía esperar. Podía mandar a seguridad. Podía correr. La decisión no era una prueba de valentía. —¿La sal

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    Diego no negó que la filtración hubiera salido de Vidal. Lo que negó fue que Alba tuviera que presentarse ante su consejo para explicar por qué quería trabajar tres meses en Nueva York. —La invitación llegó a cumplimiento porque mi relación contigo está declarada y cualquier cambio de residencia temporal puede afectar ciertos reportes —explicó a Alba en una sala privada de la fundación—. Eso no les da derecho a convertir tu carrera en argumento sobre mi permanencia. Pradas estaba al otro lado de la mesa. Chen, por videollamada, había reducido el hallazgo a tres líneas: la versión filtrada provenía del circuito interno de cumplimiento; siete usuarios habían podido verla; uno de ellos estaba ahora bajo autoridad temporal del comité de revisión. No más nombres. No más currículos. —¿Puede demostrar quién la sacó? —preguntó Alba. —Todavía no —respondió Chen—. Sí puedo preservar accesos y evitar que borren el rastro. —Hazlo. Diego levantó la vista hacia ella. Alba se corrigió. —¿Eso

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    Alba pasó toda la mañana sin llamar a Diego. No por castigo. Porque necesitaba decidir qué parte de la filtración era suya antes de entrar en el pánico ajeno. A las ocho y media habló con el consorcio de Nueva York. Confirmaron que solo seis personas habían recibido el documento completo. A las nueve, Pradas abrió una revisión de acceso. A las diez, la fundación recibió tres solicitudes de prensa preguntando si Alba abandonaría Madrid. A las once y media, la parte baja de su espalda empezó a doler. Alba estaba de pie sobre una mesa larga revisando planos de Puertas Abiertas cuando tuvo que enderezarse despacio y apoyar ambas manos en la cintura. —¿Te pasa algo? —preguntó una coordinadora. —Llevo cinco horas inclinada sobre papel como si tuviera veinte años y una columna prestada. —Hay una silla. —Concepto revolucionario. Se sentó. Durante varios minutos no pensó en Diego, Dean, Álvaro ni Victoria. Estiró una pierna, después la otra. Rotó los hombros. Bebió agua. El dolor cedió

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