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CAPÍTULO 2

last update Fecha de publicación: 2026-08-13 11:12:46

El jardín olía a tierra recién regada cuando Alba bajó los últimos escalones de piedra. Las últimas rosas del verano todavía se aferraban a los tallos, con un olor que había echado de menos sin saberlo en las noches de Nueva York, cuando el frío se colaba por las ventanas mal selladas de su apartamento de Greenwich Village. Diego estaba junto al seto de laureles, justo donde ella lo había imaginado, con la chaqueta colgada del brazo y las mangas de la camisa dobladas hasta el antebrazo. Un detalle que dos años atrás la habría hecho cruzar el jardín entero sin pensarlo dos veces. Ahora se obligó a caminar despacio, midiendo cada paso, como si la lentitud pudiera protegerla de algo.

—No viniste a la lectura del testamento —dijo Alba, deteniéndose a una distancia prudente.

—No tenía derecho a estar ahí.

—Nunca te ha detenido eso.

Diego sonrió sin alegría, un gesto breve que se le apagó en la comisura antes de completarse.

—Vine porque Elvira me llamó tres semanas antes de morir.

Alba se quedó quieta.

—¿Para qué?

—Estaba preocupada por Blanca y por lo que estaba pasando en la fundación. Me pidió que observara y que no confundiera una sospecha con una conclusión. También dijo que ibas a volver enojada y que hacías bien.

Alba caminó hasta el banco de piedra donde su abuela solía leer los domingos.

—¿Por qué sigues en la junta si ya no eres mi marido?

—Porque Elvira nunca sacó mi nombre de los estatutos. Y porque me pidió que no me fuera hasta que tú supieras lo que ella había visto.

—¿Y anoche no podías decírmelo?

Diego tardó un instante.

—Podía. No te dije todo porque todavía tengo fechas, reuniones y piezas sueltas. Pensé que era mejor darte algo completo que una sospecha a medio construir.

Alba soltó una risa breve, sin humor.

—Sigues haciendo lo mismo.

—¿Qué cosa?

—Decidir qué puedo soportar antes de preguntármelo.

Diego bajó la mirada.

—Lo sé.

—Deja de decir eso.

—¿Qué quieres que diga?

La pregunta la golpeó porque, dos años atrás, no se la había hecho. Alba se puso de pie.

—Quiero que entiendas por qué me fui. No me fui porque aparecieran correos con mi nombre. No me fui porque Victoria me mirara como si ya hubiera dictado sentencia. Me fui porque tú estabas delante de mí y me preguntaste si podían ser ciertos.

Diego abrió la boca, pero ella no le permitió interrumpir.

—Dormías conmigo. Sabías cómo trabajaba, qué firmaba, qué no. Sabías cuántas veces había discutido con la fundación por procedimientos mucho menores que aquello. Y aun así, cuando alguien puso unos papeles frente a ti, necesitaste pruebas para creerme a mí.

La respiración de Diego cambió.

—Lo sé.

—No, Diego. Sabes que te equivocaste. No sé si entiendes lo que me hizo. La primera noche en Nueva York dormí en un apartamento donde solo había un colchón, una maleta y una mesa plegable. Cada vez que sonaba el teléfono pensaba que eras tú diciéndome que finalmente habías entendido. Durante semanas seguí esperando una llamada que ya sabía que no debía necesitar.

Diego la miró como si cada palabra tuviera peso físico.

—Te llamé.

—Después.

Una sola palabra bastó.

—Te necesitaba antes de subir al avión. Antes de firmar. Antes de que decidieras que la duda era más segura que yo.

Diego no intentó tocarla.

—No puedo cambiar ese momento.

—Por eso no puedo simplemente volver a quererte como si nada hubiera ocurrido.

La frase salió antes de que Alba pudiera corregirla. Volver a quererte. No dejar de quererte. Los dos entendieron la diferencia. Alba apartó la vista primero.

—Y eso es todo lo que voy a decir sobre nosotros esta noche.

Alba caminó hasta el banco de piedra y se sentó, invitándolo con un gesto a hacer lo mismo. Diego dudó un segundo antes de aceptar, dejando entre ambos un espacio prudente que ninguno de los dos parecía capaz de sostener por mucho tiempo.

—Cuéntame cómo fue —dijo ella—. Los últimos dos años. No los detalles de la fundación. Tú. Cómo fue quedarte en esta casa después de que yo me fui.

Diego tardó en responder, con la mirada fija en algún punto del jardín que ya se perdía en sombras.

—Fue aprender a vivir en un lugar diseñado para dos personas que ya no eran dos personas. Victoria me trataba como si siguiera siendo su yerno, con toda la incomodidad que eso implica cuando ya no lo eres del todo. Blanca... Blanca empezó a aparecer en cada espacio que antes ocupabas tú. En las cenas. En las reuniones de la fundación. En mi despacho, con excusas cada vez menos convincentes.

—¿Y tú se lo permitiste?

—Al principio no me di cuenta. Después, cuando me di cuenta, ya no sabía cómo cortarlo sin que pareciera una acusación sin pruebas. Y ahora entiendo que ese silencio mío fue justo lo que ella necesitaba para seguir avanzando sin que nadie la detuviera.

Alba sintió que algo en su pecho se ablandaba, apenas, contra su voluntad. Reconocía esa honestidad. Era la misma honestidad tardía que la había hecho enamorarse de él una vez, la misma que después la había hecho odiarlo cuando llegaba demasiado tarde para evitar el daño.

—¿Sabes qué es lo más difícil de haber vuelto? —dijo, sin mirarlo—. No es esta casa. No es Blanca. Es que todavía reconozco tu olor, Diego. Todavía sé cómo suena tu respiración cuando estás incómodo. Dos años, y mi cuerpo no aprendió nada.

—El mío tampoco —respondió él, en voz baja, y la confesión pareció costarle más que cualquier informe sobre transferencias sospechosas.

Alba giró la cabeza y cometió el error de mirarle las manos.

Eran las mismas. Los mismos dedos largos, la misma línea de vello oscuro sobre la muñeca donde antes estaba el reloj. Con esas manos Diego le había abierto la ropa cientos de veces en esa casa, en el vestidor, en el coche parado en el garaje de Chamartín porque no habían aguantado los seis minutos hasta el dormitorio. Alba se había pasado dos años convenciéndose de que aquello había sido una costumbre, algo que dos personas construyen por repetición y desmontan por ausencia. Lo tenía a un metro y la costumbre volvía intacta, sin trámite, con una precisión humillante: sabía exactamente cómo la agarraba de la cadera para girarla, cuánto tardaba en dejar de ser cuidadoso, el sonido que hacía contra su cuello cuando ya no le quedaba control.

Sintió el calor subirle por dentro de los muslos y odió la falta de negociación de su propio cuerpo. En Nueva York había habido dos hombres. Con uno duró tres semanas. Con el otro, una noche entera pensando en otra cosa. Ninguno de los dos había conseguido lo que Diego estaba consiguiendo en ese jardín sin haberla tocado todavía.

Se apretó las manos contra la piedra del banco hasta que le dolieron los nudillos.

—No me mires así —dijo Diego.

—No te estoy mirando de ninguna forma.

—Alba.

—No lo digas.

—Estás pensando en lo mismo que yo.

Ella se levantó porque quedarse sentada era peor. El movimiento la dejó más cerca de lo que había calculado, a la distancia exacta donde podía olerle la piel bajo el jabón, esa cosa suya que ningún perfume había tapado nunca. Diego no retrocedió. Tampoco levantó las manos. Se quedó absolutamente quieto, con la respiración alterada, y esa quietud fue lo más agresivo que hizo en toda la noche.

—Sigues siendo el hombre que prefiere protegerme de la mitad de la verdad —dijo, muy cerca de su boca, sin tocarlo, con el pulso golpeándole en sitios que no tenían nada que ver con la conversación—. Y sigo sin poder perdonarte por eso.

—Lo sé.

—Entonces no vuelvas a hacerlo.

Diego bajó la cabeza, lo suficiente para que el aliento de ambos se mezclara un instante, cálido y desordenado, antes de que Alba diera un paso atrás, obligándose a recordar por qué había cruzado un océano entero para no depender otra vez de ese calor. Sintió el pulso latiéndole en la garganta, un ritmo que no tenía nada que ver con la pulsera de Blanca, la fundación ni ninguna de las razones oficiales por las que había vuelto a Madrid. Era algo mucho más peligroso y mucho más antiguo.

—Cuéntame todo lo que sepas —dijo, con la voz un poco más ronca de lo que hubiera querido—. Ahora. Aunque esté a medio construir.

Y él obedeció. Esta vez no empaquetó la información como una sentencia ni decidió qué parte podía soportar ella. Le dio fechas, no conclusiones: reuniones fuera de horario, una visita que no figuraba en recepción, llamadas de Blanca desde un despacho vacío y un nombre que se repetía en documentación de gobernanza.

—Eso es todo lo que sé —dijo—. Lo que significa, todavía no.

Alba agradeció, contra su voluntad, la diferencia. Dos años atrás Diego habría esperado a tener una teoría cerrada. Ahora acababa de dejarle la incertidumbre completa entre las manos.

Cuando terminó, la noche ya había caído del todo. Alba repitió el único nombre que seguía apareciendo detrás de cada irregularidad.

—Serrano Advisory.

Diego asintió.

—Y Elvira quería que averiguáramos quién los metió en la fundación.

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