Compartilhar

CAPÍTULO 3

last update Data de publicação: 2026-08-13 11:13:31

El despacho de Hugo Pradas olía a papel viejo y a café recién hecho, un olor que a Alba siempre le había parecido reconfortante, como si el trabajo honesto tuviera un aroma propio que ninguna casa de mármol pudiera imitar. Llegó ocho minutos antes de la hora acordada, con la carpeta que Elvira le había entregado en secreto un mes antes de morir, sin explicarle entonces para qué serviría.

El edificio donde Pradas mantenía su oficina, en una calle estrecha cerca del centro, no tenía nada del brillo que caracterizaba a la mansión Beltrán ni a las oficinas de Vidal Capital. Paredes con estanterías hasta el techo, expedientes ordenados por año y no por importancia, una secretaria que llevaba veinte años ahí y que la saludó por su nombre de pila sin necesidad de que Alba se lo recordara. Había algo tranquilizador en ese desorden ordenado, en esa falta absoluta de teatro, después de volver a respirar el aire calculado de su familia.

Pradas la recibió de pie, con un apretón de manos firme y la mirada de un hombre acostumbrado a evaluar a las personas en los primeros diez segundos de cualquier encuentro. La había conocido de niña, en las rodillas de Elvira, mucho antes de que Alba entendiera qué hacía justo ese hombre serio que su abuela recibía cada tercer jueves del mes.

—Gracias por venir tan puntual —dijo, señalando la silla frente al escritorio—. Su abuela también odiaba la impuntualidad. Decía que llegar tarde era la forma más elegante de faltarle el respeto a alguien.

Alba sonrió, a su pesar. Hacía días que no sentía algo parecido a la calma.

Pradas abrió la carpeta sobre el escritorio sin preámbulos, con la eficiencia de un hombre que llevaba tres décadas sin desperdiciar palabras.

—Su abuela dejó una cláusula que Victoria todavía no ha visto —dijo, ajustándose los lentes—. Durante noventa días, la coparticipación del fideicomiso principal queda repartida entre usted y Blanca, sin que ninguna de las dos pueda ser removida. Al final del plazo, el consejo vota quién se queda con el control absoluto.

—¿Basándose en qué?

—En quién demuestre, con hechos verificables, merecerlo. Y hay una condición adicional: ambas deben ejercer activamente sus funciones durante todo el período. Si una renuncia, abandona Madrid de forma prolongada o se niega a participar en las decisiones que le correspondan, pierde el derecho a la votación final.

Alba sintió que la espalda se le tensaba.

—¿Me está diciendo que tengo que quedarme aquí noventa días?

—Sí. Elvira se aseguró de que ninguna pudiera ganar por ausencia de la otra.

Noventa días.

Noventa días en la misma ciudad, bajo el mismo techo demasiadas noches, con Diego formando parte obligatoria de las decisiones que podían devolverle el legado de Elvira. Noventa días viendo a Blanca ocupar los espacios que Alba había dejado vacíos y comprobando, demasiado cerca, si el hombre que la había perdido era realmente capaz de cambiar.

Nueva York apareció en su cabeza como una puerta abierta: su apartamento, el estudio, el equipo que esperaba su regreso. Hasta esa mañana había pensado que Madrid sería una batalla breve.

No lo era.

—¿Y Vidal Capital?

Pradas pasó otra página.

—Conserva su asiento de supervisión financiera durante el período. El representante designado es Diego Vidal Quintana.

Alba soltó el aire lentamente. Blanca. Victoria. Diego.

Elvira no le había dejado una visita. Le había dejado una prueba de resistencia.

Lo insoportable no era únicamente verlo en reuniones. Era saber que durante noventa días no podría usar Nueva York como distancia, ni el trabajo como excusa, ni un océano como frontera. Tendría que sentarse frente a Diego, discutir decisiones con él y comprobar, una y otra vez, si el hombre que llegaba tarde a todas las verdades había aprendido por fin a preguntar antes de decidir. Alba había tardado dos años en construir una vida donde no necesitaba que él apareciera. Su abuela acababa de obligarla a descubrir qué quedaba de esa certeza cuando Diego estaba a pocos metros.

—Mi abuela tenía un sentido del humor bastante cruel.

—Su abuela diría que era eficiente.

Pradas la miró por encima de los lentes.

—Elvira no dejó espacio para simpatías. Dejó espacio para pruebas.

Alba abrió la carpeta con manos que no temblaban tanto como esperaba. Dentro había fotografías de un edificio en obras en Nueva York, planos de restauración cuidadosamente doblados, y una nota manuscrita de su abuela, con esa letra inclinada que Alba reconocería entre mil: *Esto es lo único que construimos juntas que Blanca nunca pudo tocar. Termínalo.*

—El proyecto de Nueva York —murmuró, pasando los dedos sobre la tinta como si pudiera tocar a Elvira a través del papel.

—El proyecto que la mantuvo ocupada mientras estaba fuera, sí. Y el motivo, sospecho, de que su abuela confiara en usted más que en nadie más en esta familia.

Alba pasó las páginas despacio, deteniéndose en una fotografía donde aparecían ella y Elvira, ambas con cascos de obra, señalando algo fuera de cuadro con la misma sonrisa exacta. No recordaba haber posado para esa foto. No recordaba, en realidad, muchas de las cosas pequeñas de esos dos años, porque había pasado tanto tiempo con la cabeza baja, trabajando, que solo ahora, en ese despacho, empezaba a entender cuánto de sí misma había reconstruido junto con ese edificio.

—Elvira nunca me dijo que guardaba estas fotos.

—Su abuela guardaba muchas cosas que nunca mencionaba, señorita Beltrán. Yo mismo descubrí la mitad de este archivo después de su muerte, no antes. Era una mujer que prefería actuar en silencio y dejar que los resultados hablaran cuando ya no pudieran discutírselos.

—Diego me habló anoche de Serrano Advisory. ¿Le suena ese nombre?

Algo en la expresión de Pradas se tensó.

—Lo he visto en documentación de gobernanza de la fundación. No tengo todavía nada que justifique una acusación. Si Elvira estaba siguiendo esa empresa, quiero saber por qué.

—Eso es lo que pienso averiguar.

Alba cerró la carpeta despacio, sintiendo el peso de lo que acababa de recibir.

—Necesito acceso completo a las cuentas de la fundación. A todas, sin excepción.

—Eso llevará tiempo, señorita Beltrán.

—No tengo tiempo, Pradas. Tengo noventa días.

Él anotó algo en su libreta sin levantar la vista, con la caligrafía apretada de quien ha aprendido a documentar cada palabra por si algún día se convierte en evidencia.

—Hay algo más que debería saber antes de que empiece a moverse. Esta mañana, antes de que usted llegara, alguien entró a este despacho.

Alba se quedó inmóvil, con la carpeta todavía entre las manos.

—¿Entró cómo?

—Con llave. No hay señales de forcejeo, ni ventanas forzadas. Pero el archivador donde guardo los documentos de Elvira estaba dos centímetros fuera de su sitio. Yo no lo dejé así. Llevo veintidós años ordenando ese archivador de la misma manera exacta, y sé cuándo algo se ha movido.

El aire del despacho se volvió más frío de lo que el aire acondicionado podía justificar por sí solo.

—¿Falta algo?

Pradas negó, despacio, con el gesto endurecido.

—Nada que yo pueda confirmar todavía. Y eso, señorita Beltrán, es lo que más me preocupa. Porque significa que quien entró sabía lo que buscaba, y que probablemente ya lo tiene, o que sigue buscándolo con más cuidado del que nosotros estamos usando para protegerlo.

Alba guardó la carpeta en su bolso, con un gesto lento, deliberado, como si el peso del gesto pudiera anclarla a algo firme en medio de tanta incertidumbre.

—Entonces empecemos hoy mismo —dijo—. Antes de que alguien vuelva a entrar y esta vez sí encuentre lo que busca.

Pradas sacó una libreta nueva.

—Necesito que reconstruya cada conversación relevante con Elvira. Fechas, documentos, cualquier advertencia que entonces pareciera menor.

Alba recordó una tarde de otoño, poco antes de marcharse. Elvira había señalado el proyecto de Nueva York y le había dicho que algún día sería más importante de lo que Alba imaginaba.

—Entonces no entendí por qué sonaba a advertencia —dijo.

Pradas anotó la fecha.

—Ahora tenemos una razón para averiguarlo.

El teléfono de Pradas sonó antes de que pudiera despedirse. Él contestó, escuchó dos segundos, y su rostro perdió el color habitual.

—Repita eso —dijo al aparato, ya de pie.

Colgó y miró a Alba con una gravedad nueva.

La explicación legal podía ocupar páginas; para Alba se reducía a algo mucho más sencillo y mucho más peligroso: durante noventa días no habría océano entre ella y Diego. Cada decisión patrimonial iba a obligarla a comprobar si él seguía necesitando certezas antes de creerle o si, esta vez, sería capaz de quedarse a su lado mientras la respuesta todavía estuviera incompleta.

—Era mi asistente. Alguien acaba de presentarse en la fundación pidiendo una copia certificada del testamento completo de Elvira. No es un procedimiento estándar, y no dio su nombre.

Continue a ler este livro gratuitamente
Escaneie o código para baixar o App

Último capítulo

  • La Heredera que Regresó   CAPÍTULO 121

    Blanca esperó hasta el día siguiente para buscar a Diego. Ese fue el primer error. El segundo fue convencerse de que necesitaba cerrar algo. Lo encontró en una sala lateral de la fundación después de una reunión sobre la investigación audiovisual. Estaba solo, guardando documentos en una carpeta. —¿Tienes un minuto? Diego levantó la vista. —Sí. Blanca cerró la puerta, pero no con llave. —Lo de ayer... —¿La grabación? —Todo. Diego esperó. Blanca llevaba veinticuatro horas viendo clips de Alba en el atril, de Diego entrando por la puerta principal, del beso en el vestíbulo. También llevaba semanas intentando construir algo propio. Las dos realidades habían coexistido hasta que una pareció empujar a la otra fuera de su sitio. —No puedo hacer como si no me doliera —dijo. —No te he pedido eso. —Lo sé. —Entonces ¿qué necesitas de mí? La pregunta debería haberla detenido. No lo hizo. —Quiero saber si alguna vez hubo una posibilidad. Diego dejó la carpeta sobre la mesa. —Blan

  • La Heredera que Regresó   CAPÍTULO 120

    A las ocho de la mañana había seis móviles de televisión frente a la fundación.Alba llegó caminando desde el estacionamiento subterráneo y pidió que no la hicieran entrar por una puerta lateral.—Hay prensa —advirtió seguridad.—Ya lo sé.—Podemos evitarla.—No quiero evitarla. Quiero llegar a trabajar.Diego no la acompañó. La decisión fue de ambos. Si aparecía a su lado a primera hora, la historia podía convertirse otra vez en “Diego protege a Alba”. Él iría más tarde si ella lo quería. Alba cruzó la entrada principal.—¿Se arrepiente de la relación con Diego Vidal?La pregunta llegó desde la segunda fila y, por un instante, Alba perdió el ritmo de la respiración. No hab&iac

  • La Heredera que Regresó   CAPÍTULO 119

    El problema de una multitud no era sentir miedo, sino la velocidad con que ese miedo se propagaba. Alba lo vio recorrer el salón en ondas: una persona recogía su bolso, otra interpretaba el gesto como señal, una tercera se levantaba y, de pronto, una mesa completa empujaba hacia la misma salida.—No bloqueen puertas —ordenó al equipo de seguridad—. Abran las tres. Flujo lento.Un hombre tropezó cerca del pasillo central. Una mujer cayó de rodillas. Nada grave todavía. Diego miró a Alba.—¿Qué necesitas?—Lado derecho. Ayuda a separar el flujo. No me pierdas de vista, pero no vengas detrás de mí.—Hecho.Se movió. Alba subió a una silla para que la gente pudiera verla.—Las salidas están despejadas. No hay fuego. No hay amenaza física confirmada. Salgan si

  • La Heredera que Regresó   CAPÍTULO 118

    La gala funcionó durante una hora y diecisiete minutos. Luego la pantalla principal cambió. Alba estaba junto a una mesa de beneficiarios cuando la imagen del proyecto de Aldecoa desapareció. Durante medio segundo apareció negro.Alba pidió que nadie prometiera control total sobre las copias: necesitaba hechos, no otra frase tranquilizadora destinada a romperse diez minutos después.Después, una fotografía pixelada. No explícita. Suficiente. Un fragmento del salón de música.Su hombro desnudo. La camisa abierta de Diego. La fecha de la cámara del salón de música incrustada en una esquina.Alba reconoció la escena antes que el resto. Diego también. El archivo se cortó a los dos segundos. Demasiado tarde.El salón quedó inmóvil. Alguien detrás del control audiovisual soltó una ma

  • La Heredera que Regresó   CAPÍTULO 117

    Álvaro llamó a Blanca la mañana de la gala. Esta vez ella contestó. —No vuelvas a aparecer en mi programa. —Entonces ven a verme tú. —No. —Tengo material que te afecta. Blanca cerró los ojos. —Esa frase ya dejó de funcionar. —No del todo. Él mencionó la fecha exacta de una visita al despacho de Diego. Después otra. Después el mensaje de dos años atrás. —¿Qué quieres? —preguntó Blanca. —Que confirmes el contexto ante el comité independiente. —La revisión contra Diego terminó. —La revisión de sus controles no. —No soy tu testigo. —No necesito que quieras serlo. Puedo citar registros y dejar que otros expliquen la cercanía. Blanca apretó el teléfono. —Si usas mi vida privada como inferencia de riesgo, voy a responder públicamente. —¿Con qué? ¿Diciendo que estabas enamorada del marido de tu hermana mientras él estaba destruido?

  • La Heredera que Regresó   CAPÍTULO 116

    Dean llegó a Madrid dos días antes de la gala y no avisó a Alba hasta después de aterrizar.No porque quisiera sorprenderla. Porque su agenda ya no se organizaba alrededor de la posibilidad de verla.El mensaje fue simple: *En Madrid hasta el lunes. Reunión de Aldecoa mañana a las diez. Llevo las correcciones de Nueva York.*Alba respondió una hora después. *Perfecto. Nos vemos allí.* Diego estaba en la misma habitación cuando llegó el mensaje. No preguntó quién era. Alba se lo dijo igual.—Dean llegó.—¿Por el proyecto?—Sí.—¿Y la gala?—Está invitado como arquitecto.Diego siguió abrochándose el reloj.—Entonces supongo que lo veré.Alba apoyó una mano en el marco de la puer

Mais capítulos
Explore e leia bons romances gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de bons romances no app GoodNovel. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no app
ESCANEIE O CÓDIGO PARA LER NO APP
DMCA.com Protection Status