LOGINEran las nueve y diez de la mañana cuando Alba llegó al despacho de Pradas y encontró la puerta ya cerrada por dentro, algo que él nunca hacía. Diego había llegado quince minutos antes que ella, algo que descubrió al entrar y encontrarlos ya inclinados sobre el escritorio, hablando en voz baja, con esa complicidad incómoda de dos hombres que habían decidido, sin consultarla, empezar a protegerla antes de que ella pudiera pedirlo.
—Podrían haberme esperado —dijo, cerrando la puerta tras de sí.
Diego se puso de pie.
—Eso es cierto.
Alba entrecerró los ojos.
—¿Otra vez?
—Llegamos temprano porque Pradas encontró algo esta madrugada. Debí avisarte antes de entrar.
Pradas levantó las cejas, pero tuvo la prudencia de no comentar.
—No necesito que me pidas permiso para respirar —dijo Alba.
—No. Pero sí necesito dejar de tomar decisiones que te incluyen sin incluirte.
La frase hizo más ruido dentro de ella que la cerradura cuando Pradas cerró la puerta con llave.
—Bien —respondió—. Entonces empecemos de nuevo.
Diego apartó la silla junto al escritorio, pero no la tocó.
—Pradas encontró algo esta madrugada. ¿Quieres verlo?
Alba se sentó.
—Ahora sí. Y antes de que empieces: Cornelia dice que la reunión que Rivas teme no figura en las actas.
Pradas no pareció sorprendido.
—Por eso cerré la puerta. Encontré una referencia cruzada a una sesión de gobernanza que nunca fue incorporada al libro oficial. No sé todavía quién la retiró.
—Entonces ya no estamos buscando solo qué pasó —dijo Alba—. También quién decidió que no quedara escrito.
Era una corrección pequeña. Otra. Y empezaban a acumularse.
Pradas fue directo al informe extendido sobre el escritorio.
—El ángulo muerto no fue un fallo técnico. Alguien con acceso administrativo lo creó seis semanas antes del ataque. Los permisos capaces de hacerlo pasan por el técnico externo, Rivas y las credenciales de Victoria.
Alba se inclinó sobre el informe al mismo tiempo que Diego. Sus hombros se rozaron y ninguno se apartó de inmediato. La proximidad obligatoria de aquellos noventa días tenía una dimensión que ningún estatuto había previsto: podían discutir sobre accesos y contratos, pero su cuerpo seguía reconociendo al hombre que tenía al lado.
—Eso no prueba que mi madre ordenara nada —dijo Alba.
—No —respondió Diego antes que Pradas—. Y tampoco voy a completar el vacío por mi cuenta. Alguien pudo usar sus credenciales.
Alba lo miró. Dos años atrás habría escuchado la primera mitad de la evidencia y construido una conclusión. Esta vez había detenido el impulso delante de ella.
—Blanca es una posibilidad —dijo Alba—. No una sentencia.
—Exacto.
Pradas deslizó una segunda hoja. El hombre de las cámaras coincidía con un contratista de seguridad cuyo cliente corporativo era Serrano Advisory. Era suficiente para llevar el asunto al consejo, no para fingir que ya conocían toda la historia.
—Quiero el contrato completo —dijo Alba—. Y quiero saber qué más existe antes del viernes.
Diego asintió.
—Puedo abrir una revisión paralela en Vidal. Cinco o siete días para un panorama completo, menos para una primera muestra.
—No tenemos siete.
—Entonces te entrego lo que exista antes del viernes, aunque esté incompleto. Sin decidir por ti qué significa.
La promesa quedó entre ambos con más peso que el propio informe.
Alba añadió lo de las actas que Blanca había pedido. Pradas tomó nota sin convertirlo en acusación. Desde su regreso, el plan no consistía en que un hombre reuniera información y después se la explicara: Alba estaría dentro de cada paso.
Pradas salió un momento para pedir copias certificadas y los dejó solos frente al escritorio. Diego no tomó el informe ni empezó a ordenar tareas. Se limitó a señalar la primera página.
—¿Quieres que revisemos esto juntos o prefieres llevártelo y hablar después?
Alba apoyó una mano sobre la carpeta.
—Juntos. Pero si encuentras algo antes que yo, me lo dices antes de decidir qué significa.
—Y si eres tú quien lo encuentra, haces lo mismo.
La condición la sorprendió porque no sonaba a una exigencia. Sonaba a reciprocidad. Durante varios minutos leyeron en silencio, hombro con hombro, pasándose las hojas sin quitarse el documento de las manos. Diego hizo preguntas en lugar de completar respuestas. Alba corrigió dos fechas y él las anotó sin discutir. Era trabajo, nada más, y aun así la intimidad de aquella coordinación le resultó más peligrosa que un acercamiento evidente. El cuerpo podía recordar el deseo; esto era otra cosa. Era recordar cómo se sentía tener a alguien al lado y no delante, decidiendo por ella. Pradas regresó con las copias antes de que esa sensación pudiera acomodarse demasiado.
Alba se levantó, sintiendo que el plan por fin empezaba a tomar forma concreta en lugar de sospechas sueltas.
—Entonces trabajemos con lo que tenemos y construyamos el resto en los próximos tres días. No podemos permitirnos llegar al viernes con menos de lo que Victoria ya sabe.
Diego se acercó a la puerta antes de salir, y se detuvo un momento junto a Alba.
—¿Estás lista para lo que viene el viernes? —preguntó, con una voz más suave que la que había usado en toda la reunión.
—No del todo. Pero prefiero no estar lista y avanzar, a esperar sentirme segura y quedarme quieta mientras Blanca sigue moviendo piezas.
—Esa es la diferencia entre tú y Blanca —dijo Diego, con algo parecido al orgullo asomando en su voz—. Ella espera el momento perfecto. Tú simplemente actúas y corriges sobre la marcha.
—¿Y tú, Diego? ¿Qué diferencia hay entre el hombre que calló hace ocho meses y el que está parado frente a mí ahora?
Él se tomó un segundo antes de responder, como si la pregunta mereciera más honestidad de la que solía permitirse.
—Que ahora sé sin margen de error lo que pierdo si vuelvo a callar. Y esta vez no estoy dispuesto a pagar ese precio otra vez.
—Entonces tenemos un plan —dijo Pradas—. Contrato completo antes del viernes, auditoría paralela y Rivas como testigo potencial.
Salieron juntos del despacho. En el ascensor quedaron uno al lado del otro, demasiado cerca para un espacio tan pequeño. Diego miró la carpeta que Alba llevaba contra el pecho y después su mano, como si aún recordara el roce sobre el informe. No intentó tocarla.
—¿Qué hacemos con Blanca mientras tanto?
Alba no respondió hasta que las puertas empezaron a cerrarse.
—Nada.
Diego la miró. El ascensor dio un tirón leve al arrancar y el hombro de Alba chocó contra el suyo. Él levantó una mano por reflejo hacia su cintura y se detuvo a dos centímetros, esperando. Alba sostuvo esa mano suspendida con la mirada durante un segundo demasiado largo.
—Puedes —dijo.
Diego apoyó la palma apenas el tiempo necesario para estabilizarla. El contacto fue mínimo; la reacción de Alba, no. El calor atravesó la tela del abrigo y le recordó con una precisión irritante que la distancia entre ellos seguía siendo una decisión, no una ausencia de deseo.
—Quiero que llegue al viernes creyendo que todavía no sabemos dónde mirar —dijo Alba, con la voz más firme de lo que sentía el cuerpo.
El ascensor frenó en planta baja. Diego aflojó la mano sobre su cintura, pero las puertas se abrieron antes de que llegara a retirarla. Blanca estaba al otro lado.
Su mirada bajó primero a la mano de Diego y después volvió al rostro de Alba.
—Veo que la reunión fue productiva —dijo.
Alba esperó hasta que la redistribución quedó firmada antes de besar a Diego.No quería que la escena pareciera una recompensa por haber aceptado límites institucionales ni que él confundiera su deseo con aprobación. Esperó a que Pradas saliera, a que la coordinadora recogiera las copias del nuevo organigrama y a que el pasillo volviera a llenarse de gente que tenía asuntos más urgentes que la vida sentimental de su presidenta. Entonces le tomó la corbata y lo acercó.—Ahora sí.Diego alcanzó a sonreír antes de que Alba le cerrara la boca con la suya.El beso duró poco porque estaban en la fundación y porque a Alba le gustaba descubrir que podía detenerse sin sentir que desperdiciaba una oportunidad. Cuando se apartó, Diego siguió cerca.—¿Eso significa que ya puedo recuperar jurisdicción sobre tu hermana?—Eso significa que puedes dejar de hablar durante treinta segundos.—Ambicioso.Alba le dio un último beso y se alejó.—Esta noche en mi apartamento.—¿Orden o invitación?—Invitaci
Alba no durmió con Diego esa noche. No dudaba de que él hubiera dicho la verdad. El problema era otro: creerle no borraba los años en que la frontera con Blanca había sido suficientemente cómoda para que nadie la cerrara del todo.A las siete de la mañana lo llamó.—Quiero verte antes del trabajo.—Voy.—No. Café de la esquina. Neutral.Diego llegó primero. Alba se sentó frente a él con el cabello todavía húmedo y una chaqueta sobre ropa sencilla.—Estoy enfadada —dijo.—Con Blanca.—También contigo.Diego dejó la taza.—Está bien.—No me respondas como si aceptar mi enojo fuera otra prueba que puedes aprobar.Él se quedó quieto.—Ayer ella ignoró un no. Eso es de ella —continuó Alba—. Pero durante años tú dejaste una puerta entornada porque te resultaba más cómodo no hacerla sentir rechazada. Yo tuve que volver, verla tocarte y explicarte por qué ese segundo y medio importaba para que empezaras a cerrarla.La mandíbula de Diego se tensó.—No me hagas responsable de que Blanca haya cr
Blanca esperó hasta el día siguiente para buscar a Diego. Ese fue el primer error. El segundo fue convencerse de que necesitaba cerrar algo. Lo encontró en una sala lateral de la fundación después de una reunión sobre la investigación audiovisual. Estaba solo, guardando documentos en una carpeta. —¿Tienes un minuto? Diego levantó la vista. —Sí. Blanca cerró la puerta, pero no con llave. —Lo de ayer... —¿La grabación? —Todo. Diego esperó. Blanca llevaba veinticuatro horas viendo clips de Alba en el atril, de Diego entrando por la puerta principal, del beso en el vestíbulo. También llevaba semanas intentando construir algo propio. Las dos realidades habían coexistido hasta que una pareció empujar a la otra fuera de su sitio. —No puedo hacer como si no me doliera —dijo. —No te he pedido eso. —Lo sé. —Entonces ¿qué necesitas de mí? La pregunta debería haberla detenido. No lo hizo. —Quiero saber si alguna vez hubo una posibilidad. Diego dejó la carpeta sobre la mesa. —Blan
A las ocho de la mañana había seis móviles de televisión frente a la fundación.Alba llegó caminando desde el estacionamiento subterráneo y pidió que no la hicieran entrar por una puerta lateral.—Hay prensa —advirtió seguridad.—Ya lo sé.—Podemos evitarla.—No quiero evitarla. Quiero llegar a trabajar.Diego no la acompañó. La decisión fue de ambos. Si aparecía a su lado a primera hora, la historia podía convertirse otra vez en “Diego protege a Alba”. Él iría más tarde si ella lo quería. Alba cruzó la entrada principal.—¿Se arrepiente de la relación con Diego Vidal?La pregunta llegó desde la segunda fila y, por un instante, Alba perdió el ritmo de la respiración. No hab&iac
El problema de una multitud no era sentir miedo, sino la velocidad con que ese miedo se propagaba. Alba lo vio recorrer el salón en ondas: una persona recogía su bolso, otra interpretaba el gesto como señal, una tercera se levantaba y, de pronto, una mesa completa empujaba hacia la misma salida.—No bloqueen puertas —ordenó al equipo de seguridad—. Abran las tres. Flujo lento.Un hombre tropezó cerca del pasillo central. Una mujer cayó de rodillas. Nada grave todavía. Diego miró a Alba.—¿Qué necesitas?—Lado derecho. Ayuda a separar el flujo. No me pierdas de vista, pero no vengas detrás de mí.—Hecho.Se movió. Alba subió a una silla para que la gente pudiera verla.—Las salidas están despejadas. No hay fuego. No hay amenaza física confirmada. Salgan si
La gala funcionó durante una hora y diecisiete minutos. Luego la pantalla principal cambió. Alba estaba junto a una mesa de beneficiarios cuando la imagen del proyecto de Aldecoa desapareció. Durante medio segundo apareció negro.Alba pidió que nadie prometiera control total sobre las copias: necesitaba hechos, no otra frase tranquilizadora destinada a romperse diez minutos después.Después, una fotografía pixelada. No explícita. Suficiente. Un fragmento del salón de música.Su hombro desnudo. La camisa abierta de Diego. La fecha de la cámara del salón de música incrustada en una esquina.Alba reconoció la escena antes que el resto. Diego también. El archivo se cortó a los dos segundos. Demasiado tarde.El salón quedó inmóvil. Alguien detrás del control audiovisual soltó una ma







