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CAPÍTULO 7

last update Fecha de publicación: 2026-08-13 11:16:00

Al día siguiente, Alba llegó temprano a las oficinas de la fundación, antes de que la mayoría del personal administrativo ocupara sus puestos, con la intención deliberada de moverse por los pasillos sin la vigilancia constante que sentía en la mansión. Rivas había llamado al acceso interno de la noche anterior una prueba rutinaria del propio sistema, olvidada en el calendario de mantenimiento. La explicación no cerraba la deuda; la empeoraba. Si el acceso era legítimo, alguien con permiso había activado el sistema sin dejar aviso previo. Si no lo era, acababan de vestir una intrusión interna con un nombre inocuo. Alba no pensaba elegir entre esas dos versiones antes de hablar con Rivas. El edificio, un antiguo palacete reconvertido en oficinas en el corazón de Salamanca, tenía esa clase de silencio matutino que revelaba mucho más de una institución que cualquier reunión oficial. Los cafés a medio terminar sobre los escritorios, las luces encendidas en despachos vacíos, los pequeños hábitos de la gente que trabajaba ahí cuando creía que nadie más los observaba.

Antes de buscar a Rivas, Alba se sirvió un café de la máquina del pasillo y encontró un mensaje de Diego.

*No salgas sola del edificio hasta que sepamos qué fue el acceso de anoche.*

Alba estuvo a punto de responderle que no empezara otra vez. Un segundo mensaje llegó antes.

*No es una orden. Es una petición.*

Alba miró la pantalla durante demasiado tiempo. El mensaje contenía la clase de corrección que parecía mínima hasta recordar que su matrimonio había terminado precisamente porque Diego confundía con demasiada facilidad cuidar con decidir.

*Te aviso cuando salga*, respondió.

No estaba obedeciendo; estaba negociando. Y él, por fin, parecía entender la diferencia.

Encontró a Rivas solo en el pasillo que llevaba al archivo de gobernanza, con una carpeta bajo el brazo y el paso apresurado de quien preferiría no cruzarse con nadie esa mañana. Era un hombre delgado, de movimientos precisos, que llevaba quince años trabajando para la fundación sin levantar nunca la voz, sin llamar nunca la atención más de lo estrictamente necesario.

—Necesito preguntarle algo, Rivas.

Él se detuvo, pero no se giró del todo, como si quisiera dejar abierta la posibilidad de seguir caminando en cualquier momento.

—Estoy ocupado, señorita Beltrán.

—¿Quién le pidió los planos del sistema de seguridad este año?

Rivas se quedó inmóvil un segundo de más, un segundo que en cualquier interrogatorio habría sido suficiente para condenarlo.

—Eso es información confidencial de gobernanza.

—Alguien usó esos planos hace tres noches para entrar a mi casa mientras dormía.

Rivas palideció, apenas, lo suficiente para que Alba, acostumbrada a leer los detalles mínimos de un rostro, lo notara con absoluta claridad.

—Yo no tuve nada que ver con eso.

—No dije que lo tuviera. Pregunté quién pidió los planos.

Él miró hacia ambos lados del pasillo, un gesto rápido y nervioso, antes de bajar la voz hasta convertirla en apenas un murmullo.

—No puedo decírselo aquí.

—Entonces dígamelo donde pueda.

—No puedo decírselo en ninguna parte, señorita Beltrán. Y le sugiero, con todo el respeto que le tengo, que deje de preguntar. Por su propio bien.

—¿Mi propio bien, o el de alguien más?

Rivas no respondió de inmediato. Sus ojos, por un instante, se movieron hacia la puerta cerrada del despacho de gobernanza, como si temiera que alguien pudiera estar escuchando desde dentro.

—Hay personas en esta fundación, señorita Beltrán, que llevan más tiempo del que usted imagina construyendo cosas que no les conviene que nadie mire de cerca. Yo tengo una familia. Tengo una hija que empieza la universidad el año próximo. No estoy en posición de convertirme en el hombre que lo arruinó todo por hacer lo correcto.

Era la primera grieta real en el muro que rodeaba a Serrano Advisory. Rivas no había dado un nombre, pero sí algo más difícil de fingir: miedo.

—No voy a pedirle que arriesgue lo que tiene, Rivas. Pero si algún día decide que el silencio pesa más que el miedo, mi puerta va a seguir abierta.

—¿Alguien lo amenazó?

Rivas miró otra vez hacia el despacho de gobernanza. No respondió. Se limitó a caminar hacia el ascensor con una prisa que ya no intentaba disimular.

Alba lo vio alejarse y sintió que el caso cambiaba de forma. Quien estuviera detrás del intruso no estaba jugando solo con la desestabilización de una heredera recién llegada. Tenía suficiente poder para conseguir que un hombre con quince años en la fundación prefiriera callar antes que pronunciar un nombre. Rivas no había negado saber quién pidió los planos; había dicho que no podía contarlo. *Por su propio bien* sonaba menos a protocolo que al precio de hablar.

Sacó el teléfono y escribió a Pradas: *Rivas sabe algo y tiene miedo. Necesito protección legal para cualquiera que decida hablar.*

La respuesta llegó en menos de un minuto: *Ya lo sospechaba. Mañana a primera hora. Traiga a Diego.*

Alba volvió a leer la última frase. Una semana atrás, que alguien incluyera a Diego en una decisión que la afectaba habría bastado para ponerla a la defensiva. La diferencia era sencilla: Pradas lo había pedido y ella conservaba el derecho a decir que no. Abrió la conversación con Diego.

*Rivas sabe algo. Pradas quiere vernos mañana a primera hora. Yo también quiero que estés.*

La respuesta llegó casi de inmediato.

*Dime dónde.*

Nada más. No preguntó qué había confesado Rivas, no le pidió que esperara y no convirtió la invitación en permiso para tomar el control. Alba guardó el móvil con una incomodidad distinta, menos parecida a la desconfianza y demasiado cercana a reconocer un cambio. Lo inquietante era que elegir incluirlo ya no se sentía como rendirse. Durante dos años había confundido cualquier necesidad de Diego con una recaída hacia la mujer que había sido antes de Nueva York. Pero pedirle que estuviera presente no significaba entregarle la decisión; significaba permitir que escuchara la misma información al mismo tiempo y comprobar qué hacía con ella. No confiaba en él todavía. Precisamente por eso quería verlo actuar cuando ninguno de los dos tuviera una respuesta preparada.

Siguió hacia el ascensor. Desde su regreso, Serrano Advisory dejó de parecerle una suma de papeles y accesos irregulares. Tenía algo más difícil de archivar: personas asustadas.

Antes de llegar al ascensor, se cruzó con Cornelia, que caminaba en dirección contraria con una carpeta bajo el brazo.

—Tienes cara de haber encontrado algo —dijo Cornelia, deteniéndose apenas.

—Encontré miedo. Eso, al menos, confirma que hay algo real que temer.

Cornelia asintió despacio, sin sorprenderse.

—El viernes lo sabremos mejor. Prepárate bien, Alba. Victoria no va a poner las cosas fáciles.

—No esperaba que lo hiciera.

—Hay algo más que deberías saber antes del viernes —añadió Cornelia, bajando la voz—. Hace tres días, Blanca pidió una copia de las actas de la última reunión de gobernanza. Ninguna razón oficial. El asistente que se la entregó me lo comentó como algo curioso, sin darle mayor importancia.

—¿Qué actas?

—Las que mencionan el contrato con Serrano Advisory.

Alba sintió que el pulso se le aceleraba de nuevo, esta vez no por miedo sino por algo más parecido a la certeza.

—Gracias, Cornelia. En serio.

—No me lo agradezcas todavía. Y escucha bien esto: si Rivas niega esa reunión, yo no voy a negarla.

Alba dejó de caminar.

—¿Estás dispuesta a decirlo delante de Pradas?

—Estoy dispuesta a decirlo delante de quien haga falta. Pero hay una cosa más.

Las puertas del ascensor se abrieron.

—¿Cuál?

Cornelia mantuvo la voz firme.

—La reunión que Rivas teme no figura en ninguna de las actas que me entregaron.

Alba sostuvo la puerta con una mano.

—Entonces, ¿dónde está?

—Esa es la pregunta que tienes que hacerle mañana a Pradas.

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