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Capítulo 2

Author: Yessica Rojas
Selena entró llevando un montón de pergaminos enrollados. Hizo una reverencia únicamente ante Kane y luego le entregó los documentos con una expresión de tímidez calculada y perfecta.

—Alfa, esta es mi carta de agradecimiento para ti.

Kane tomó los pergaminos y su sonrisa se volvió aún más profunda.

—¿La escribiste tú misma?

—Me concediste la Medalla de Laurel y me confiaste los asuntos de la manada. Solo quería expresar lo agradecida que estoy.

Su mirada se desvió fugazmente hacia mí.

—Ahora que la Luna por fin está dispuesta a seguir el protocolo, creo que nos llevaremos mucho mejor.

Kane estaba claramente complacido.

Se acercó a mi lado, desenrolló el pergamino y lo leyó atentamente.

Estaba lleno de elogios de Selena hacia él, agradeciéndole por su confianza y por permitirle ayudar a la Luna a aprender las costumbres de la manada.

Al final, había añadido:

«Últimamente, la Luna ha demostrado su disposición a cumplir con los procedimientos de la manada. Que la Diosa de la Luna la guíe para dejar atrás su orgullo y para respetar las leyes de la manada».

Kane volvió a enrollar el pergamino y soltó una risa baja.

—Está bien escrito. Has trabajado mucho todos estos años.

Luego se volvió hacia mí con tono despreocupado.

—Evelyn, escribe una tú también.

Levanté la mirada.

—¿Escribir qué?

—Un reconocimiento público para Selena.

Kane frunció ligeramente el ceño, como si no entendiera por qué lo preguntaba.

—Ella se ha encargado de muchísimos asuntos de la manada por ti, aunque algunos lobos creen que se ha excedido en sus funciones. Incluso hay quienes la consideran la verdadera Luna. Como mi compañera, deberías ser tú quien aclare ese malentendido.

Me quedé mirando la carta de agradecimiento entre sus manos y de pronto los últimos siete años regresaron a mi memoria.

El hermano de Selena había muerto salvando a Kane en la frontera.

Él había jurado cuidarla de por vida, manteniéndola a su lado.

Y, desde aquel día, ella se hizo cargo de todo lo que me correspondía a mí.

Yo era la Luna de la Manada Blackwood, pero tenía menos autoridad que cualquier Omega.

Una vez le pregunté por qué le había entregado a otra loba lo que me pertenecía.

Su respuesta fue:

—Selena entiende los asuntos de la manada mejor que tú.

Y ahora pretendía que, con mi propia mano, escribiera elogios para la loba que me había arrebatado todo aquello.

Aparté la mirada y respondí en voz baja:

—Está bien.

Kane pareció satisfecho y se inclinó para besarme la mejilla.

—Así me gusta, mi buena Luna.

Se puso de pie y le dijo a Selena:

—Vamos. Te acompañaré.

Selena se apresuró a negarse.

—No tienes por qué molestarte, Alfa. Los guardias de afuera pueden...

—Iré contigo. Basta de protestas.

Ya había levantado la cortina para dejarla pasar.

Selena se detuvo deliberadamente al pasar frente a mí.

La mano de Kane se apoyó en su cintura mientras apartaba la tela para que pasara.

Entonces, Selena se inclinó hacia su pecho y levantó la mirada para sonreírle.

—Alfa, eres demasiado bueno conmigo.

Kane restó importancia al gesto con una sonrisa relajada.

—Juré cuidarte de por vida. Esto no es nada.

Sus voces se fueron apagando por el pasillo.

Antes, habría corrido detrás de ellos.

Le habría exigido que me explicara por qué estaba tan cerca de ella.

Habría pasado horas destrozándome por dentro al recordar sus palabras sobre todo lo que Selena se merecía.

Ahora ya no quedaba nada dentro de mí.

La pérdida de mi cachorro había agotado hasta la última de mis fuerzas.

Ya no sentía dolor ni rabia.

Solo quería irme en silencio.

En dos horas.

Extendí un pergamino en blanco sobre la mesa y me mordí la punta del dedo hasta hacerlo sangrar.

Usando mi propia sangre como tinta, escribí mi reconocimiento público.

Cuando terminé, la sangre de mi dedo ya se había secado.

La cortina volvió a agitarse.

Kane entró con pasos ligeros, como si nada hubiera pasado.

—¿Ya terminaste?

Se acercó a mi lado, con una rara emoción iluminándole la voz.

—Ya que tenemos tiempo, vamos juntos a elegir tu vestido.

Miré el pergamino que acababa de enrollar y respondí sin emoción:

—Claro.

Kane sonrió de oreja a oreja, me tomó de la mano y me llevó rápidamente hacia el vestidor.

De repente, su mano se tensó alrededor de la mía.
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